El caso de Los Girasoles, un patrón global. Anatomía psicológica de los victimarios que lloran, buscan y engañan antes de que la verdad los alcance.

Hay un guion que se repite con precisión perturbadora en la crónica de muchos crímenes tanto en República Dominicana como en todo el mundo: el que mata llora primero. Alerta a los vecinos, organiza la búsqueda, se mezcla entre las manos que levantan escombros y apartan yerbas, mientras sabe exactamente dónde está el cuerpo, estaba en una mochila, tirado en una cañada, porque él mismo lo puso ahí.

Lo que distingue el caso de Los Girasoles no es solo la brutalidad del acto, sino la teatralidad posterior. Él no huyó. No se escondió. Regresó al escenario de su crimen e interpretó el papel de víctima colateral, el padre angustiado, mientras una comunidad entera invertía energía, tiempo y dolor genuino en una búsqueda que él sabía inútil. Esa decisión de volver, de mezclarse, de actuar, no es accidental. Es un patrón documentado. Y tiene nombre.

En septiembre de 2017, la República Dominicana vivió un caso que partió en dos la conversación nacional sobre violencia de género y juventud. Emely Peguero, una joven de dieciséis años embarazada, desapareció. Marlon Martínez, su pareja y padre del bebé que ella gestaba, grabó junto a su madre Marlin un video que circuló por redes sociales suplicándole a Emely que «volviera a casa». El tono era de angustia. Las palabras, cuidadosamente escogidas. Pero Emely ya estaba muerta, y su cuerpo había sido ocultado dentro de una maleta. Marlin Martínez fue condenada por ocultamiento del cadáver. El caso dejó cicatrices profundas en la sociedad dominicana, y un precedente que ahora, con Los Girasoles, resulta imposible ignorar.

Pero el libreto no es exclusivamente dominicano.

El estadounidense Chris Watts asesinó a su esposa embarazada y a sus dos hijas en 2018, luego fingió desesperación ante cámaras y policía. Su actuación colapsó cuando surgieron inconsistencias en su conducta y declaraciones ante la policía.

Susan Smith, en 1994, conmocionó a Estados Unidos con una historia que apeló a los peores prejuicios raciales del país. Smith reportó que un hombre negro la había asaltado en su auto y secuestrado a sus dos hijos pequeños. Apareció en televisión nacional durante nueve días consecutivos, llorando, suplicando por el regreso de Michael y Alexander. La nación entera la abrazó. Pero Smith había dejado rodar su auto con los niños dentro hacia un lago en Union, Carolina del Sur. Los había ahogado. Y durante nueve días fingió el papel de madre desgarrada mientras sabía exactamente dónde estaban sus hijos.

Scott Peterson denunció la desaparición de su esposa Laci en 2002 y se mostró como un marido angustiado, pero ya había arrojado los cuerpos de ella y su bebé a la bahía de San Francisco.

Estos no son casos aislados. Son iteraciones del mismo guion. La geografía cambia. Los nombres cambian. La edad de las víctimas cambia. Pero la actuación es idéntica: matar, ocultar, reportar, llorar, buscar y esperar que la representación del dolor sea más convincente que la evidencia.

1. Cortina de humo emocional

Llorar, denunciar la desaparición y unirse a la búsqueda funciona como coartada emocional. La comunidad piensa: ¿Cómo va a ser él, si fue el primero en avisar? Al activar la alarma, el asesino se coloca en la categoría de víctima y desvía la sospecha hacia «el otro».

2. Placer de engañar (duping delight)

Paul Ekman describió el placer que algunos sienten al engañar con éxito: no es alivio, es goce y sensación de poder. Este placer puede filtrarse en microexpresiones: sonrisas fugaces, incongruencias gestuales. El caso de Diane Downs ilustra cómo una sonrisa inadecuada delata el disfrute de engañar.

3. Control narrativo

Quien reporta primero define el relato: línea de tiempo, marco emocional y dirección de la búsqueda. La comunidad y la policía operan, al inicio, dentro de la realidad alternativa que el asesino construye, mientras él dirige el drama que creó.

4. Suministro narcisista

En perfiles narcisistas, la búsqueda se vuelve un escenario de validación: atención, cámaras, abrazos y consuelo alimentan su ego. El asesino se percibe como autor y protagonista de la tragedia que él mismo provocó, disfrazada de duelo legítimo.

5. Compartimentalización

Algunos individuos separan mentalmente al «padre preocupado» del «hombre que mató». No es amnesia, sino capacidad de funcionar socialmente como si el crimen estuviera archivado en otro compartimento. El caso de Chris Watts lo ejemplifica claramente.

6. Monitoreo de la investigación

Al participar en la búsqueda, el asesino vigila qué sabe la policía: hacia dónde buscan, si se acercan al cuerpo, si hay cámaras, si cambia el trato hacia él. Es un espía dentro del operativo, ajustando su relato según la información obtenida.

7. Reexcitación emocional

Para ciertos perfiles, volver a la escena o al cuerpo no genera culpa sino excitación. La búsqueda les da cobertura para regresar y revivir emocionalmente el crimen, como una droga, tal como mostró Pistorius en el caso del Estrangulador de Estaciones.

Más allá del monstruo: cuando la mente se quiebra

Comprender la psicología del victimario no basta: también debemos preguntar qué condiciones permiten que estos actos ocurran. Detrás de la narrativa del «monstruo», cómoda porque simplifica y evita responsabilidad colectiva, suele haber una crisis de salud mental no tratada, agravada por fallas estructurales. Esto no justifica, pero sí explica, y lo que se explica puede prevenirse.

Estos pensamientos no nacen de la «maldad» abstracta, sino de situaciones extremas: psicosis posparto, depresión posparto, esquizofrenia, trastorno bipolar con episodios psicóticos o depresiones severas que distorsionan la realidad. La línea entre un pensamiento perturbador y un acto irreversible es más delgada de lo que admitimos, y se vuelve crítica cuando no hay intervención profesional.

Estos hechos ocurren con más frecuencia de la que imaginamos y son condiciones que erosionan la resistencia emocional de cualquier ser humano: bajos ingresos, madres solas, violencia intrafamiliar, agotamiento, hacinamiento y casi nula disponibilidad de servicios de salud mental. Bajo esa presión constante, la capacidad de regulación emocional se deteriora. La paciencia, una función ejecutiva, no una virtud abstracta, se agota. Nada de esto excusa el daño a un niño, pero sí explica cómo alguien puede llegar a un punto de quiebre que en otras circunstancias no habría alcanzado.

El consumo de alcohol y sustancias, muy común y poco tratado, no crea violencia por sí mismo, pero desactiva frenos internos y reduce el umbral entre impulso y acción. A esto se suma el trauma infantil: golpes, gritos, humillación y abandono dejan cicatrices que, sin tratamiento, resurgen como impulsividad, reacciones desproporcionadas y patrones aprendidos de violencia. El trauma no tratado viaja de generación en generación hasta que estalla.

Es clave distinguir que un pensamiento intrusivo no equivale a intención. Muchas personas con ansiedad o depresión severa tienen imágenes involuntarias que las asustan. El riesgo real aparece cuando estos pensamientos se combinan con aislamiento, falta de sueño, desesperanza, pérdida de contacto con la realidad, consumo de sustancias y ausencia de apoyo. Esa mezcla, común en sectores vulnerables, es la que convierte un pensamiento en peligro.

Esto no es solo un asunto individual, sino de política pública. Un país que no invierte en salud mental comunitaria, que no capacita a médicos en detección temprana, que no crea redes posparto ni educa sobre señales de alarma, no puede sorprenderse cuando la tragedia se repite. La prevención no es un lujo: es infraestructura básica para proteger a los niños.

El libreto tiene que cambiar

Cuando un padre o madre llega a generar pensamientos peligrosos hacia sus hijos, no estamos ante un monstruo, sino ante alguien en crisis profunda que necesitaba ayuda urgente. La narrativa del monstruo permite condenar y olvidar, pero oculta las grietas estructurales que permiten estas tragedias.

Sin embargo, cuando la crisis cruza la línea de la acción, cuando hay un niño muerto, un cuerpo oculto, un padre que engaña a quienes buscan, la rendición de cuentas debe ser total. Comprender la psicología no borra el crimen: lo ilumina. Y esa luz debe servir para dos cosas: justicia plena y prevención real.

La salud mental no es un lujo. Es una necesidad. Y en la República Dominicana, es hora de tratarla como tal antes de que otro llanto ensayado nos encuentre como público cautivo de un libreto que ya conocemos demasiado bien.

Merliz Rocio Lizardo Guzmán

Aprendiz de la conducta humana. Merliz Rocío Lizardo Guzmán. Hija del escritor y profesor universitario Luis F. Lizardo Lasocè y de la doctora en medicina Idaliz Guzmán Suárez. Licenciada en psicología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con estudios relacionados en la Universidad de NYU y Hackensack, New Jersey donde cursó estudios en PTSD, además, Maestría en Sexualidad Humana. Actualmente es Profesora, por más 15 años en el área de psicología de la UASD y Terapeuta del Hospital Marcelino Vélez Santana. Asesora de estrategia de Marketing empresarial de grandes empresas nacionales y multinacionales.

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