La última vez que Donald Trump se reunió con Xi Jinping, en octubre de 2025, el ambiente general era el de un combate de lucha libre en el que el ganador se lo llevaba todo: el Peleador de Pekín, con su poderoso control sobre las tierras raras, se enfrentaba al Hombre de los Aranceles, con su característico golpe de antebrazo en la forma de impuestos de importación. A los jueces del combate no les resultó difícil otorgarle el título al gran Xi. La amenaza de paralizar las fábricas estadounidenses cortando el suministro de materias primas críticas hizo que el contendiente estadounidense tirara la toalla antes de que la pelea hubiera tan siquiera comenzado, aunque, de todos modos, se atribuyó la victoria.
Desde ese «enfrentamiento», la lucha entre EE. UU. y China ha sido intensa, pero más discreta, con ambas partes tratando de evaluar las debilidades de la cadena de suministro del otro mientras refuerzan la suya propia. Dado que la fragilidad generada por la guerra contra Irán aumenta el riesgo de una dislocación económica, existe poco entusiasmo por repetir la disputa pública. Si la cumbre entre Xi y Trump en China se lleva a cabo el próximo mes, producirá (quizás afortunadamente) escasos resultados, salvo, tal vez, algunas promesas de buena voluntad sobre futuras inversiones chinas en EE. UU.
Cómo se ha desarrollado el drama entre EE. UU. y China:
1 de febrero de 2025
EE. UU. le impone los primeros aranceles a China, de un 10 por ciento, supuestamente destinados a combatir el contrabando de fentanilo.
2 de abril de 2025
«Día de la liberación»: Trump añade nuevos aranceles del 34 por ciento a China.
12 de mayo de 2025
En las conversaciones de Ginebra, ambas partes reducen los aranceles y suspenden las contramedidas no arancelarias.
Septiembre-octubre de 2025
Las tensiones se intensifican: China amenaza con imponerles controles estrictos a las exportaciones de tierras raras y EE. UU. anuncia que les ampliará los requisitos de licencia de exportación a miles de compañías chinas. El 10 de octubre, Trump amenaza con imponerle aranceles adicionales del 100 por ciento a China a partir del 1 de noviembre.
30 de octubre de 2025
Trump y Xi se reúnen en Corea del Sur. Trump retira la amenaza de los aranceles del 100 por ciento, acepta ampliar las reducciones arancelarias existentes y aplazar los requisitos de licencias de exportación. China suspende los controles a la exportación de tierras raras y acuerda la compra de soja estadounidense, así como de otros productos agrícolas.
16 de marzo de 2026
Trump anuncia que un viaje previsto a China para una cumbre con Xi a principios de abril se pospondrá hasta mediados de mayo.
Desde que comenzó el segundo mandato de Trump, Washington y Pekín han estado poniendo a prueba su control sobre los puntos de estrangulamiento mutuos. Algunas conclusiones son evidentes. Los aranceles no son el golpe de gracia que Trump creía que serían. Al igual que hicieron durante su primer mandato, las compañías chinas los eludieron desviando sus exportaciones a través de terceros países. Las quejas de las empresas y los consumidores estadounidenses por la escasez de insumos, teléfonos inteligentes y computadoras obligaron a Trump a «abrir agujeros en el muro arancelario».
El verano y otoño pasados, EE. UU. pasó de depender únicamente de los aranceles a una estrategia más sofisticada, en cierto modo típica de la administración de Joe Biden: la imposición de controles y requisitos de licencia sobre la tecnología y, en particular, sobre los semiconductores, especialmente sobre el chip H20 producido por Nvidia. Por su parte, la amenaza enormemente potente de China fue imponerles restricciones generalizadas a las tierras raras.
En las semanas previas a la cumbre de octubre, ambas partes reconocieron el potencial daño que supondría poner en práctica esas amenazas. Trump se retractó de su retórica de confrontación, dejando a China con una clara victoria diplomática. Desde entonces, Trump se ha preocupado más por reemplazar los aranceles supuestamente de emergencia anulados por la Corte Suprema que por intensificar la campaña arancelaria.
Después de haber visto el poder que supone controlar los puntos de estrangulamiento de la cadena de suministro del otro, EE. UU. y China desde entonces han intentado subsanar sus debilidades. Pero cuando esto requiere cooperación internacional, la capacidad de EE. UU. para hacerlo se ve gravemente mermada por la destrucción de la confianza que Trump ha provocado a nivel mundial.
Ya en julio del año pasado, EE. UU. había dado un paso extremadamente inusual al adquirir una participación gubernamental en MP Materials, una compañía minera de tierras raras, seguido de otras incursiones en el capitalismo de Estado. Pero las operaciones de extracción y procesamiento de tierras raras no solo tardan años en llegar a la producción, sino que, además, EE. UU. actualmente carece de yacimientos económicamente viables de muchos minerales críticos.
La administración Trump ha lanzado una serie de iniciativas internacionales bilaterales y plurilaterales para construir una cadena de suministro de minerales críticos segura. Pero no resulta creíble que una administración pase de amenazar literalmente con apoderarse por la fuerza de un territorio como Groenlandia, citando sus yacimientos minerales como una de las razones, a pedirles unos meses más tarde a supuestos aliados en política exterior que confíen en ella para formar una coalición confiable que comparta el control sobre los recursos minerales.
Por su parte, el impulso de China hacia la autosuficiencia en materia de semiconductores de alta gama es, en gran medida, un asunto interno, en el que el Gobierno está invirtiendo enormes cantidades de dinero para intentar reducir la brecha tecnológica con EE. UU. Además, China recientemente ha ampliado sus poderes de seguridad sobre las cadenas de suministro, en particular tomando medidas de represalia contra los socios comerciales que intentan reducir su dependencia de China.
El contexto actual de relativa paz diplomática en las relaciones comerciales entre EE. UU. y China es la guerra de Irán, otro conflicto iniciado por Trump en el que no está claro que posea el «dominio de la escalada» necesario para ganar una prolongada prueba de fuerza. El choque energético probablemente le proporciona alguna ventaja económica relativa a corto plazo a EE. UU. como exportador neto de combustible, aunque China se ha protegido razonablemente bien con cuantiosas reservas de petróleo a mediano plazo. Pero, a largo plazo, EE. UU. ha socavado su credibilidad geoeconómica mientras fortalece la de China, la fuente mundial de la mayor parte de la tecnología renovable.
La rivalidad por el dominio entre EE. UU. y China es una lucha a largo plazo por la supremacía tecnológica y productiva que no se decidirá en unos pocos enfrentamientos de alto perfil; son las estrategias que persiguen Washington y Pekín entre las cumbres gubernamentales, y no las tácticas que despliegan durante ellas, las que determinarán su futuro.
(Alan Beattie. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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