"Una idea puede convertirse en una fuerza, cuando se apodera de las masas." (Karl Marx)
El filósofo marxista Louis Althusser (1918-1990), influenciado por el pensador de la ciencia Gastón Bachelard (1884-1962), formuló su proposición de que el pensamiento de Karl Marx (1818-1883) atravesó lo que denominó una "ruptura epistemológica", mediante la cual sus ideas se habrían visto fracturadas entre un "Marx joven" y un "Marx tardío". Para Althusser, esta ruptura indicaría una división entre un Marx "utópico" y "precientífico" y un Marx "maduro" y "científico".
Sin embargo, a mi modo de ver, esta noción de "ruptura epistemológica" en Marx es una falaz ilusión. Si bien es cierto que el joven Marx se hallaba aún bajo la égida del pensamiento poshegeliano y evidenciaba un tremendo peso del humanismo feuerbachiano en su modo de pensar, tampoco es menos cierto que el Marx tardío seguía movido por esos mismos sentimientos éticos y humanistas al elaborar sus obras magnas posteriores. Quienes argumentan que Marx era meramente un científico social frío y desapasionado olvidan que el objeto de su vida fue una profunda revolución social que vendría a poner fin a la dominación de clases en el seno de la humanidad.
El proyecto marxista se ha visto puesto en tela de juicio tras la deriva totalitaria de sus principales artífices, pero sobrevive un núcleo de verdad en este: el modo de producción capitalista sigue siendo un sistema irracional propenso a las crisis y que conduce a la acumulación infinita de capital y su consiguiente concentración en pocas manos. Esta predicción de Marx se ha visto verificada empíricamente en los últimos años. No obstante, Marx subestimó la capacidad del capitalismo para mutar y absorber las demandas contestatarias de los pueblos en su red de consumo y mercantilización de la resistencia.
Hoy en día, el debate acerca del muy preocupante y acelerado aumento de la desigualdad socioeconómica extrema continúa urgentemente. En tiempos donde existe mayor potencial para erradicar el hambre y la miseria, con los medios agrícolas y tecnológicos con que contamos, a la vez que estos flagelos sociales siguen incrementando estrepitosamente, nos urge rescatar lo mejor del legado marxista para volver a pensar en serio cómo solucionar estos terribles problemas.
Para ello, es importante también reconocer que, tal como explicó Michel Foucault (1926-1984) —quizás el pensador social más importante del siglo XX— en sus cursos finales del Collège de France, el discurso de "guerra de clases" de Marx y su amigo Friedrich Engels (1820-1895) fue una "adaptación" del discurso de "guerra de razas" que predominaba en las seudociencias racistas del siglo XIX europeo. Todo esto formaría parte de un solo episteme o paradigma biopolítico, según el cual, como planteó Foucault tan incisivamente, la política sería la continuación de la guerra por otros medios.
Es bien sabido que el Manifiesto del Partido Comunista (1848) comienza afirmando que la historia de la humanidad hasta nuestros días no ha sido más que la historia de la lucha entre las clases de opresores y oprimidos. Este paradigma biopolítico movilizó a cientos de millones de personas —de una gran multiplicidad de extracciones sociales— a lo largo de los siglos XIX y XX y también de lo que va del XXI. El resultado fue, para bien o para mal, una larga serie de transformaciones sociopolíticas, económicas y culturales que en definitiva han cambiado el mundo para siempre, a pesar del terrible costo en vidas humanas.
Nuestro mundo actual se ve atravesado por conflictos interminables entre ideologías, movimientos y fuerzas sociales. Tal vez, si queremos habitar un mundo diferente en el futuro, lo que tengamos es que regresar a ese espíritu humanista poshegeliano del joven Karl Marx, rescatando sus aportes —y también los de Engels— a las distintas fuerzas que contribuyen a humanizar nuestras sociedades, tales como el antiimperialismo, el sindicalismo, el ecologismo, el feminismo, el antirracismo y los movimientos LGBTQIA+. Para lograr esto, tendremos que abandonar esa estricta frontera que el empirismo positivista nos impuso entre lo precientífico y lo científico, entre lo utópico y lo pragmático y entre lo posible y lo imposible.
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