Se hablaba de Jorge Bergoglio entre los embajadores acreditados ante la Santa Sede y el detalle que más se comentaba en diciembre de 2015 era cuándo regresaría a Buenos Aires.

Ya había visitado Brasil. Había estado en Ecuador, Paraguay y Bolivia.

El año siguiente se preparaba una visita a Colombia. Más adelante viajaría también a Chile. Prácticamente había recorrido toda Sudamérica.

Menos Argentina.

Su propia patria.

Y, como hoy sabemos, jamás regresó.

Aquella ausencia comenzaba ya a llamar la atención.

Nadie imaginaba entonces que el primer Papa argentino recorrería buena parte del mundo, visitaría decenas de países, cruzaría océanos innumerables veces y se convertiría en una de las figuras más conocidas del planeta sin volver nunca a la tierra donde había nacido, donde había sido sacerdote, obispo, cardenal y arzobispo de Buenos Aires.

Muchos buscaban explicaciones políticas.

Otros hablaban de prudencia pastoral.

Algunos atribuían la decisión a la profunda polarización argentina, donde cualquier visita pontificia corría el riesgo de ser utilizada por unos o por otros en las interminables disputas nacionales. Pero en los ambientes diplomáticos nadie tenía una respuesta definitiva.

Fue precisamente en medio de aquellas conversaciones cuando escuché una explicación mucho más humana, más sencilla y probablemente más cercana a la realidad de Jorge Mario Bergoglio.

Las fotografías conservan a veces lo que los documentos oficiales nunca registran. Los archivos diplomáticos guardan discursos, notas verbales, audiencias y comunicados.

Pero las conversaciones humanas, las bromas entre amigos y las observaciones espontáneas suelen quedar solamente en la memoria de quienes estuvieron presentes.

Una de esas escenas ocurrió en Roma el 8 de diciembre de 2015.

Aquella noche varios embajadores acreditados ante la Santa Sede nos reunimos en una recepción con una vista privilegiada sobre la Plaza de San Pedro.

Las luces del Vaticano iluminaban la fachada de la basílica mientras la gran cúpula de Miguel Ángel dominaba el horizonte romano.

El ambiente era cordial.

Diplomáticos de distintos países conversábamos sobre política, Iglesia, América Latina y los acontecimientos de aquellos años.

Entre los presentes se encontraba Eduardo Valdés, entonces embajador de Argentina ante la Santa Sede y viejo amigo de Jorge Mario Bergoglio desde mucho antes de que se convirtiera en Papa.

En algún momento de la conversación surgió inevitablemente el tema de Francisco.

Todos conocíamos al Papa sonriente que recorría las plazas, saludaba a los fieles, hacía bromas con periodistas y parecía desenvolverse con naturalidad en Roma.

Fue entonces cuando Eduardo Valdés nos contó una anécdota que provocó risas entre los presentes.

Nos relató que un día le había dicho directamente al propio Francisco:

—¿Por qué aquí sonríe tanto y allá en Buenos Aires siempre tenía cara de culo y de ciruela?

La expresión era típicamente argentina, directa, coloquial y amistosa.

No era una ofensa, sino una observación formulada con la confianza de una larga amistad.

Según nos contó Valdés aquella noche, Bergoglio le respondió con una sonrisa:

—Bueno, tú sabes, Eduardo, que allá era en Buenos Aires problema tras problema. Y aquí uno tiene todas las facilidades para resolver las cosas.

La respuesta provocó nuevas carcajadas.

Sin embargo, detrás del humor existía una reflexión profunda.

El Bergoglio de Buenos Aires había gobernado una arquidiócesis inmensa en una ciudad atravesada por conflictos políticos, tensiones sociales, pobreza creciente, enfrentamientos ideológicos y crisis económicas recurrentes.

Le tocó vivir los años difíciles posteriores al colapso argentino de 2001, la fragmentación social, las disputas entre el poder político y diversos sectores de la sociedad, así como las complejas relaciones entre la Iglesia y los gobiernos de turno.

Durante años debió arbitrar conflictos internos de la Iglesia, atender sacerdotes, comunidades religiosas, movimientos laicales y una multitud de personas que acudían diariamente a él buscando ayuda espiritual o material.

Quienes lo conocieron en aquella etapa suelen describirlo como un hombre austero, reservado, disciplinado y poco inclinado a la exhibición pública de emociones.

No era un personaje de gestos fáciles. Era un pastor absorbido por las preocupaciones cotidianas de una ciudad inmensa.

El Francisco de Roma parecía distinto.

No porque hubiera cambiado su personalidad esencial, sino porque había pasado de administrar una diócesis sometida a las turbulencias argentinas a dirigir una institución universal con estructuras centenarias, organismos especializados y mecanismos de gobierno capaces de distribuir responsabilidades y enfrentar los problemas desde una perspectiva más amplia.

Paradójicamente, el hombre que asumió una responsabilidad infinitamente mayor parecía más relajado que el arzobispo que había dejado Buenos Aires.

La observación de Eduardo Valdés y la respuesta de Bergoglio contienen una verdad humana que trasciende la anécdota.

Muchas veces las personas no cambian cuando alcanzan nuevas responsabilidades; simplemente dejan atrás algunas de las presiones que las acompañaron durante años.

Aquella noche de diciembre de 2015 las fotografías muestran precisamente eso: los rostros sonrientes de quienes compartíamos la reunión.

La belleza de Roma iluminada. La Plaza de San Pedro observada desde una terraza privilegiada.

Y el recuerdo de una conversación que resumía, mejor que muchos análisis académicos, el contraste entre dos etapas de una misma vida.

El Bergoglio de Buenos Aires cargaba diariamente con los problemas inmediatos de una ciudad compleja y de una Iglesia inmersa en los debates argentinos.

El Francisco de Roma seguía siendo el mismo hombre, con las mismas convicciones, la misma austeridad y el mismo carácter, pero contemplaba el mundo desde otro lugar.

Quizás por eso sonreía más.

Y quizás por eso aquella respuesta quedó grabada en la memoria de quienes la escuchamos.

Porque fue una explicación sencilla, pronunciada con humor argentino y sabiduría porteña, sobre una realidad que todos comprendimos de inmediato.

Con el paso de los años, mientras los viajes apostólicos se multiplicaban y Argentina seguía esperando una visita que nunca llegó, aquella conversación adquirió un significado distinto.

Tal vez Francisco entendía mejor que nadie las heridas, las divisiones y las pasiones de su país. Tal vez sabía que cualquier regreso suyo sería interpretado políticamente.

Tal vez prefirió seguir siendo el Papa de todos antes que convertirse, aunque fuera involuntariamente, en una bandera de unos contra otros.

Nunca lo sabremos con certeza.

Lo que sí recuerdo es aquella noche bajo las luces de San Pedro, entre diplomáticos, amigos y viejos conocidos del Papa, cuando comprendimos que detrás de la sonrisa de Francisco seguía estando el mismo Bergoglio de siempre.

La diferencia era que en Roma los problemas seguían existiendo, pero ya no llegaban todos a la puerta de su despacho en Buenos Aires cada mañana.

Y tal vez esa sea una de las paradojas de la vida pública: a veces el peso de una ciudad puede resultar más agotador que el peso del mundo entero.

El Papa que no retornó jamás al país donde no sonreía
El Papa que no retornó jamás al país donde no sonreía
El Papa que no retornó jamás al país donde no sonreía

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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