El primer café de la mañana es el que traza la forma en que va a transcurrir el día. Ese es un momento especial.

Tempranito, cuando me levanto, ya tengo un ritual para tomar el mío, y ese me da la oportunidad, sobre todo, de meditar y hacer planes.

Este jueves pasado, día de “Corpus Christi”, mi hijo menor y mi nuera, quienes están muy comprometidos con su iglesia, iban a asistir a la misa de su parroquia a las siete de la mañana.

Como sé la hora de levantarse diariamente de mis hijos, acostumbro a ponerles un emoji en que está el Pato Donald llevando una bandeja con una cafetera y unos croissants, diciendo “llegó el café”. Cuando este jueves, bien temprano, lo hice, mi hijo me dijo que se estaban tomando su café para prepararse e ir a la iglesia.

En las veces que acostumbro a quedarme en su casa, generalmente en el mes de diciembre, en que mi hijo mayor desde hace años sale de viaje con su familia, uno de los momentos que más disfruto y que me hace más feliz es cuando preparan bien temprano el cafecito mañanero y nos sentamos en la sala, mi hijo, mi nuera y yo. Es el momento más íntimo que tenemos, una verdadera comunión de amor.

Este pasado jueves sentí nostalgia al imaginarlos sentados en su sala disfrutando su café.

El año pasado, la esposa de mi hijo mayor se fue de viaje por quince días; yo me fui a su casa a darle apoyo a él y a mi nieto. Me ocupaba de todo lo concerniente a ellos, pero lo que más disfruté en esos días fue que me levantaba bien temprano, como en mi casa, ponía la greca y los dos nos sentábamos en la sala a deleitarnos tomando nuestra taza de café. Conversábamos, nos poníamos al día de lo sucedido y recordábamos esos preciosos momentos en que por tantos años lo disfrutamos en nuestra casa.

Crear recuerdos con la familia es lo que nos hace sonreír cuando el invierno llega, el pelo se vuelve plateado y los pasos se tornan lentos.

Elsa Guzmán Rincón

Bibliotecóloga

Maestra y Bibliotecóloga, retirada.

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