En un libro repleto de datos, Samuel Moyn se pregunta cómo se puede distribuir la riqueza de EE. UU. de manera más equitativa y, con ello, mejorar la democracia.

En la antigua mitología griega, Eos, la diosa de la aurora, se enamora de Titono, un príncipe troyano. Desesperada por estar con él para siempre, le pide a Zeus que le conceda la vida eterna. Pero olvida pedirle la eterna juventud. Titono vive… y vive… y vive. Pero, a medida que su gloria se desvanece en la decrepitud, se convierte en una carga en lugar de una alegría. “La vejez mortal”, reza el himno homérico que narra la historia, “es temida incluso por los dioses”.

Es una historia citada por Samuel Moyn, profesor de derecho e historia de Yale, en su nuevo libro, Gerontocracy in America: Cómo los mayores están acaparando poder y riqueza y qué hacer al respecto. Para él, la generación del baby boom —aproximadamente, los nacidos entre 1946 y 1964— está lastrando a EE. UU., tanto económica como políticamente, a medida que envejecen y se aferran a su parte de la riqueza nacional.

Es bien sabido que los estadounidenses mayores poseen la mayor parte del patrimonio del mercado de valores e inmobiliario del país. En las dos décadas antes y después del año 2000, los hogares encabezados por adultos mayores de 65 años incrementaron su patrimonio neto medio en un 42 por ciento, mientras que la riqueza de las familias de adultos de entre 18 y 34 años disminuyó en un 68 por ciento.

Los baby boomers también acceden a más empleos bien remunerados que en el pasado. Los estadounidenses trabajan hasta una edad más avanzada, ya sea por elección o por obligación, lo que significa que las personas mayores (que tienden a ocupar puestos de mayor responsabilidad) representan más del doble del porcentaje de la fuerza laboral (25 por ciento en la actualidad) que en 1990. El resultado es un sistema de clases basado en la edad. “La oligarquía estadounidense es, en general, una ‘viejocracia’”, escribe el autor.

Las personas mayores tienen el poder político para mantenerlo así. Los mayores dominan las elecciones en términos de participación; la edad media para votar es de 52 años y va en aumento. El principal grupo de presión de la tercera edad, la AARP —antes Asociación Estadounidense de Personas Jubiladas— es el que cuenta con mayor financiación de la historia. Esto significa que las personas mayores ejercen un control absoluto sobre la economía política.

No es de extrañar que las políticas favorezcan sus intereses. Cualquier recorte a la seguridad social y a Medicare —algo que sin duda será necesario a medida que crezca el déficit— es un suicidio político. Los votantes mayores son menos propensos a querer aumentar los impuestos para financiar las escuelas, se oponen desproporcionadamente a una mayor inmigración (tienden a ser más nostálgicos de la demografía del pasado) y les preocupa más la inflación que el crecimiento. Los jóvenes tienden a querer lo contrario, lo que genera una nueva dinámica política polarizada en EE. UU.: no republicanos contra demócratas, sino jóvenes contra viejos.

Los propios políticos son un ejemplo de ello. "Nuestra envejecida clase política no está en sintonía con aquellos a quienes dicen representar", escribe Moyn, señalando que, si bien la mitad de los estadounidenses tiene menos de 40 años, solo uno de cada 20 en el Congreso lo es. Eso crea un “fracaso de la ‘representación descriptiva’”, o la idea de que la clase política debería parecerse a las personas a las que sirve. Moyn cita un inquietante estudio global que encontró que “cuanto mayor es la diferencia de edad entre las personas y sus políticos, más débil es la confianza en que la democracia está funcionando”.

Por supuesto, la historia de la gerontocracia tiene dos caras. No se trata solo de viejos codiciosos que se aferran a la riqueza del país, sino también de una nación en la que el pacto social ya no tiene un propósito. Cuando se introdujo la seguridad social durante la Gran Depresión, millones de personas mayores vivían en la pobreza y con miedo. La nueva red de seguridad cambió eso para bien. Pero, dado que esos derechos son ahora, por mucho, las partidas más importantes del presupuesto federal, es evidente que se necesita alguna reforma del sistema.

Las soluciones propuestas por el autor —aumentar los impuestos a los ultrarricos para financiar un estado de bienestar al estilo europeo e introducir edades de jubilación obligatorias para que los jóvenes puedan ascender profesionalmente— difícilmente serán aprobadas por el Congreso por razones obvias. También recomienda limitar los tratamientos médicos al final de la vida, que son excesivamente caros (y a menudo improductivos). Pero esa es una conversación que la mayoría de los estadounidenses prefiere evitar. En la década de 2000, trabajé para una revista de noticias estadounidense que publicó un artículo de portada con un título provocador: “Argumentos a favor de matar a la abuela”. A esto le siguió una cantidad récord de cartas de odio dirigidas al editor.

Moyn coincide con Daniel Callahan, bioeticista que en 1987 fue el primero en plantear la cuestión de limitar los costosos cuidados al final de la vida. Consideraba inmoral priorizar la supervivencia a toda costa de las personas muy mayores si ello implicaba privar a los jóvenes de gran parte de lo necesario para su sustento, o incluso a las propias personas mayores, quienes necesitarían una generación joven comprensiva, dispuesta y capaz de apoyarlas. Al igual que el filósofo romano Séneca, tanto Callahan como Moyn argumentarían que una buena vida no se mide por la longevidad, sino por la calidad de vida.

El estilo del autor es directo y conciso; Gerontocracy in America es, básicamente, un ensayo periodístico. Sin embargo, Moyn nos sorprende ocasionalmente con reflexiones filosóficas. Por ejemplo, señala que las sociedades que veneran verdaderamente a las personas mayores —en particular las indígenas— también tienden a permitir que las personas muy ancianas mueran con poca o ninguna intervención cuando llega su hora.

En EE. UU., donde se venera la juventud y se teme a la vejez, hacemos lo contrario. Quizás, si abordáramos con mayor franqueza las cuestiones existenciales de la mortalidad y el sentido de la vida, como sociedad encontraríamos mejores maneras de vivir, morir y compartir la riqueza.

(Rana Foroohar. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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