Cuando Trujillo cayó, todo el aire cambió
Cuando murió Rafael Leónidas Trujillo, todos sentimos que algo cambiaba en el aire. Literalmente. Durante treinta años aquel hombre había gobernado con puño de hierro, y de repente apareció una oportunidad que creíamos perdida para siempre: la posibilidad de respirar, de vivir, de ser ciudadano en lugar de ser una hormiga en su imperio.
Se convocaron elecciones para el 20 de diciembre de 1962. Recuerdo aquellos días como si fuera hoy. El aire mismo vibraba de esperanza. En las calles había movimiento, había conversación, había vida. Las familias se reunían en las casas para hablar de política sin miedo, sin mirar hacia atrás, sin susurrar. Durante treinta años habíamos susurrado. Ahora podíamos hablar.
El Partido Revolucionario Dominicano llevaba como candidato a Juan Bosch: un profesor, un intelectual. No era un militar. No era un cacique. Era un hombre que había escrito libros, que pensaba sobre el país, que tenía ideas sobre cómo podría ser una nación donde los derechos importaran. Ganó con el 59% de la votación. El 27 de febrero de 1963 tomó posesión como presidente. Aquella mañana las campanas de las iglesias sonaban diferentes. O quizás éramos nosotros quienes las recibíamos de otro modo.
Por primera vez en décadas podíamos permitirnos el lujo de creer en algo. De esperar. De imaginar un país distinto.
Las Estructuras Económicas que Bosch heredó
Pero había algo que muchos no veíamos venir o, mejor dicho, que muchos preferíamos no ver: el verdadero poder de la República Dominicana nunca había residido en quien se sentaba en el Palacio Nacional. Residía en raíces más profundas, en los hombres que controlaban las empresas, los puertos, los bancos, las tierras. Eran actores económicos reales con intereses concretos.
Aquellas empresas que Trujillo había confiscado y que durante treinta años administró como si fueran suyas —con una pulcritud como nunca se había visto en el país, debo admitirlo— cayeron en manos de un grupo de familias dominantes cuando el dictador cayó. Ellos tomaron las riendas. Ellos administraban. Ellos se enriquecían. El Estado se limitaba a mirar.
Cuando Juan Bosch asumió la presidencia con sus ideas de reforma agraria, de derechos ciudadanos, de un Estado que reorganizara la economía nacional en beneficio del pueblo, esos grupos de poder sintieron una amenaza existencial. No era paranoia de mi parte. Era real. Era palpable. Podías verlo en sus caras cuando leían los decretos de Bosch. Podías sentirlo en las conversaciones de los cafés, en los teléfonos que sonaban en las sedes de sus empresas.
Aquellos hombres —terratenientes, dueños de bancos, empresarios del comercio— no habían esperado treinta años para que un profesor universitario viniera a quitarles lo que consideraban suyo. Habían esperado. Habían mantenido sus redes en el ejército. Habían sabido jugar el juego político. Y ahora, cuando creían llegado el momento de recoger la cosecha, aparecía Bosch hablando de justicia social.
La conspiración que podía olerse desde el principio
Cuando Bosch asumió y comenzó a decretar sus medidas de reforma, la reacción fue progresiva pero inequívoca. La reforma agraria amenazaba propiedades ancestrales. La reorganización de las empresas confiscadas significaba que ciertos grupos familiares perderían el control de negocios que habían administrado durante años. Los derechos laborales limitaban la libertad con que esos empresarios estaban acostumbrados a operar.
Reaccionaron primero con la negociación directa. Pidieron audiencias con Bosch. Le presentaron argumentos económicos sobre por qué sus reformas perjudicarían al país. Cuando eso falló, escalaron: se acercaron a los militares descontentos, a los oficiales que veían con desconfianza a un profesor civil reorganizando la economía nacional.
Cuando la presión política tampoco funcionó, recurrieron a la demonización pública. Lo acusaron de comunista por radio y por todos los medios a su alcance, y se sirvieron de sacerdotes para amplificar el mensaje. Recuerdo muy bien el debate entre el profesor Bosch y el padre Láutico García. Fue un ataque visceral, pero Bosch no se dejó golpear fácilmente. Con su inteligencia y su capacidad argumentativa defendió punto por punto su proyecto. Demostró que la reforma agraria no era comunismo, sino reorganización económica y justicia social. Por un tiempo, el ataque público pareció retroceder.
Pero esos grupos nunca dejaron de moverse. Mientras Bosch creía haber ganado el debate público con sus argumentos, ellos continuaban en otro nivel: en los despachos militares, en los salones de juntas privados, en las conversaciones clandestinas. Los oficiales que simpatizaban con sus intereses económicos se fortalecían. Poco a poco, la presión subterránea crecía.
Bosch siguió adelante. Decreto tras decreto, intentó reorganizar el país. Pero los grupos económicos y sus aliados militares fueron escalando sus exigencias. Querían que apartara a ciertos funcionarios del gobierno. Querían que diluyera el alcance de las reformas. Querían que se convirtiera en un presidente que existiera solo de nombre, mientras ellos manejaban el país desde las estructuras reales del poder.
Bosch se negó. No se negó a discutir los puntos: se negó a renunciar a lo esencial de su proyecto. Ese gesto fue su victoria y su perdición. Fue el acto de un hombre que prefirió caer como presidente antes que vivir como títere.
Cuando nos robaron la esperanza: 25 de septiembre de 1963
Ese día se produjo el golpe de Estado. Fue como si el aire mismo se tornara irrespirable. Los tanques en las calles, los soldados en las esquinas, aquella sensación de que el mundo se derrumbaba en cuestión de horas. Recuerdo la rabia, la amargura, la impotencia. Habíamos creído que esto no volvería a suceder. Habíamos creído que Trujillo era la excepción y no la regla. Pero ahí estaba el golpe, perpetrado por los mismos militares que habían jurado honrar la Constitución.
Lo que aquellos golpistas no sabían era que había un sector del ejército y un sector del pueblo que no estaba dispuesto a aceptarlo. Mientras los grupos que adversaban a Bosch celebraban en sus salones, mientras los militares golpistas se repartían los ministerios y el poder, había gente como nosotros manteniendo vivo el movimiento. En silencio. En el exilio. En las casas, susurrando otra vez, como en tiempos de Trujillo.
Eso era lo que respirábamos: la certeza de que la batalla no había terminado, que apenas comenzaba.
Cuando dejamos de susurrar: 24 de abril de 1965
Dieciocho meses después, la presión no se pudo aguantar más y estalló. El capitán Mario Peña Taveras, siguiendo instrucciones del coronel Miguel Ángel Hernando Ramírez, encabezó el alzamiento. Aquellos hombres tenían lo que los grupos de poder y sus militares golpistas habían perdido: legitimidad y justicia de su lado. El llamado a la revolución salió por Radio Comercial, donde Peña Gómez, del PRD, transmitía sin cesar: "El pueblo debe salir a las calles. El pueblo debe defender su democracia".
Y el pueblo respondió. Salió en masa. De las casas humildes, de los barrios pobres, de las universidades. Salieron hombres y mujeres que habían probado la democracia, aunque fuera por noventa días, y no estaban dispuestos a entregarla sin luchar. El aire de las calles cambió de nuevo. Ya no era el aire de esperanza de 1962. Era el aire de la revolución: denso, peligroso, emocionante.
En minutos habíamos derrotado a los militares golpistas en la capital. Aquel sector del ejército que había estado esperando, que había estado en silencio, estalló. Yo estuve ahí. Participé. Éramos ciudadanos comunes, pero éramos muchos.
Los golpistas y sus aliados en San Isidro no iban a rendirse tan fácilmente. Ellos tenían aviones, tenían tanques, tenían la capacidad de destruir una ciudad si era necesario. Nosotros teníamos las manos desnudas, piedras y rabia justa.
Algunos de nosotros —Euclides Gutiérrez Félix y yo— nos pusimos a trabajar para detener aquel avance. Fuimos al puente y ordenamos colocar camiones como obstáculos. Queríamos impedir el paso de los tanques. Fue un gesto pequeño, tal vez ingenuo, pero era lo que teníamos. Hicimos lo que pudimos. Los tanques llegaron hasta medio kilómetro después del puente. Avanzaban inexorables, como avanza siempre el poder institucional cuando se siente amenazado.
Lo que Caamaño significó para nosotros
El movimiento tenía una dirección militar. El coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez lo conducía desde Puerto Rico, y contaba con un grupo de primer orden: Lora Fernández, Héctor Lachapelle, Hernando Ramírez y Montes Arache, el jefe de los hombres rana. Fueron ellos quienes derrotaron a las tropas golpistas de San Isidro.
Fue en ese momento cuando Francisco Caamaño Deñó se levantó. No como un golpista más, sino como un militar que había decidido estar del lado de la Constitución y del lado del pueblo. Ese nombre, en aquellos días, significaba resistencia contra los usurpadores.
Caamaño no era un intelectual como Bosch. Era un militar. Pero algo en su alma le decía que lo correcto estaba con nosotros, con el pueblo, contra quienes se sentían dueños del país. Mientras los usurpadores pedían desde sus torres que se sofocara la revolución, Caamaño organizaba la defensa. Mientras ellos celebraban con los militares golpistas en San Isidro, Caamaño rechazaba sus proposiciones y se levantaba contra ellos.
Se tomaron como objetivos puntos militares, bancos, edificios públicos y lugares considerados estratégicos. No era venganza. Era que entendíamos que contra un poder como aquel, contra golpistas que controlaban el ejército y la economía, no había negociación posible. Solo resistencia.
Los marines sabían de guerra de posición, pero no de callejón. Nosotros sí. Usábamos la guerrilla urbana, los callejones de Santa Bárbara, las emboscadas. Estábamos poco organizados, éramos civiles armados con rifles, pero éramos muchos y queríamos la ciudad.
Los golpistas no habían contado con eso. No habían contado con que el pueblo tuviera tanta rabia contenida, tanta voluntad de pelear. Habían pensado que dos días de represión acabarían con todo. Pero el pueblo seguía en las calles.
En esencia, lo que Caamaño buscaba era la restitución del orden constitucional y el regreso de Bosch al solio presidencial.
Washington interviene: ¿Por qué llegaron los cuarenta y dos mil marines?
Y entonces llegaron. Cuarenta y dos mil marines estadounidenses. El aire mismo se oscureció. Había helicópteros en el cielo. Había portaaviones en nuestras aguas territoriales. Había soldados extranjeros en las calles de Santo Domingo.
Washington no iba a permitir que la República Dominicana cayera en lo que ellos llamaban "comunismo". Porque eso fue exactamente lo que la oligarquía local le vendió a los Estados Unidos: la idea de que aquí se instalaría una sociedad comunista, de que si no intervenían esto se convertiría en otra Cuba. Bastó ese miedo para que cuarenta y dos mil soldados extranjeros invadieran nuestro país.
Fue en ese momento cuando realmente sentí que la batalla estaba perdida. No porque la revolución fuera injusta, sino porque los grupos de poder habían logrado comprar a una potencia mundial para detenerla.
Pero Caamaño no se rindió. Nosotros tampoco. Seguimos resistiendo como pudimos, con tácticas de guerrilla urbana, en los callejones, en las casas. El aire de la ciudad se volvía cada vez más denso, más peligroso. Las noches eran largas y estaban llenas de fuego.
Cuando la diplomacia se impuso sobre las balas
Fue Jottin Cury, nuestro ministro de Relaciones Exteriores, quien cambió el curso de los acontecimientos. Mientras la batalla arreciaba en las calles y los marines avanzaban, aquel hombre se movía en los espacios diplomáticos internacionales con una astucia que jamás olvidaré.
Llamó a las Naciones Unidas. Contactó personalmente al presidente francés Charles de Gaulle. Facilitó la intervención de la Organización de Estados Americanos. Mientras nosotros peleábamos en las calles contra la oligarquía y contra los marines, Cury negociaba en los salones.
De aquellas negociaciones surgió un acuerdo: ambos bandos debían rebajar sus pretensiones. El 5 de mayo de 1965 se firmó el Acta de Santo Domingo, que estableció el cese al fuego entre el Gobierno Constitucional y el llamado Gobierno de Reconstrucción Nacional, creó una zona de seguridad en la capital y reconoció la competencia de una Comisión Especial de la OEA para vigilar lo convenido. El 18 de junio, la Comisión Ad Hoc de la OEA sometió a los bandos la "Declaración al Pueblo Dominicano", cuyo punto central era la celebración de elecciones generales bajo supervisión en un plazo de seis a nueve meses. Y el 30 de agosto se firmó el Acta Institucional, que designó a Héctor García Godoy como presidente provisional y fijó elecciones para el año siguiente.
Yo estuve en esos momentos de transición. Tuve el honor de participar, junto a otros compañeros, en la redacción del acta de juramentación de Caamaño. Fue un acto de Estado: formal, sólido. García Godoy era un hombre respetado, alguien que podía servir de puente entre las partes.
Pero aun cuando se lograron los acuerdos, el aire seguía tenso. Ya el 19 de mayo, el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez —el verdadero ideólogo del movimiento— había caído asesinado junto a muchos de sus compañeros en el intento de asalto al Palacio Nacional. Y todavía faltaba más sangre. El 19 de diciembre de 1965, el coronel Juan María Lora Fernández, jefe de Estado Mayor del Ejército Constitucionalista, cayó en combate durante la batalla del Hotel Matúm, en Santiago de los Caballeros.
El 3 de septiembre de 1965, Caamaño compareció ante el Congreso Nacional para entregar el mandato. "Ningún poder es legítimo si no es otorgado por el pueblo, cuya voluntad soberana es fuente de todo mandato público", dijo aquel día. Eran palabras de esperanza. La realidad sobre el terreno era otra. La revolución no moría de buena gana.
Las elecciones de 1966 trajeron a Joaquín Balaguer, y con él la recomposición del poder político tradicional. Los compromisos adquiridos durante el gobierno provisional —amnistía para los combatientes, respeto a los militares constitucionalistas, retorno a la constitucionalidad— se disolvieron rápidamente en el aire dominicano. Los militares constitucionalistas sufrieron una persecución sistemática: para mayo de 1966, un nutrido grupo de oficiales había sido sacado del país con el pretexto de recibir entrenamiento en el extranjero o de ocupar posiciones diplomáticas. Entre ellos, Francisco Alberto Caamaño Deñó, enviado como agregado militar a Inglaterra.
La oligarquía había recuperado el poder. No del todo, pero sí en lo fundamental. Lo que quedó fue una democracia de fachada, sostenida por bayonetas extranjeras y por compromisos incumplidos.
Lo que quiero que entiendan: ese aire que respiramos fue aire de lucha
Ahora, después de vivirlo, después de haber estado metido en ello, después de haber respirado aquel aire de revolución, ¿cuál es el mensaje que quiero dejarle a las nuevas generaciones?
Que estudien la historia. Que entiendan cómo funciona el poder real de un país. Que no crean que el poder está solamente en quien se sienta en la presidencia, sino en los grupos económicos, en quienes controlan las empresas, en quienes tienen militares a su servicio.
Que tomen los ejemplos que hemos dado los dominicanos frente a los abusos cometidos contra este país. Porque desde que nació esta nación han venido los oportunistas —los oligarcas de cada época— tratando de tomarse el poder para beneficiarse. Primero fue Duarte: lo sacaron del país. Luego Pedro Santana. Después Buenaventura Báez. Después Trujillo. Y cuando creímos que habíamos salido de eso, surgió una nueva oligarquía.
Pero yo creía —y sigo creyendo— que el gobierno de Juan Bosch iba a ser distinto. Iba a ser el desarrollo de este país, tanto en lo educativo como en lo económico. Habría habido reforma agraria. Habría habido justicia social. Y lo troncharon.
Ese golpe de Estado es de temblar. No debe volver a suceder. Pero mientras siga habiendo oligarcas dispuestos a usar militares, dispuestos a llamar a potencias extranjeras, dispuestos a todo con tal de conservar su poder, seguirá habiendo peligro.
La democracia es frágil. Muy frágil. Se cae como un castillo de arena si quienes la defienden no están pendientes. Y aquel aire que respiramos en 1962, aquel aire de libertad y de esperanza, se puede perder otra vez en cuestión de horas si no hacemos nada.
Eso es lo que quiero que entiendan del testimonio que les dejo. Eso es lo que espero que aprendan.
El Dr. Ramón Andrés Blanco Fernández fue miembro fundador del Movimiento 14 de Junio y del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Detenido en 1960 y condenado a 30 años de prisión por su lucha antitrujillista, desempeñó cargos como viceministro de educación en el gobierno constitucional; posteriormente, con el PLD, fue regidor, diputado y Ministro de Interior. Testigo directo de los eventos de 1965, su obra como historiador constituye un testimonio invaluable sobre los momentos cruciales de la historia dominicana contemporánea.
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