A las seis de la mañana, RG ya lleva dos horas despierta. Madre de tres hijos, abuela de dos nietos, en Guaricano, en Santo Domingo Norte, trabaja en el sector de la belleza. Administra cada peso con una precisión que ningún economista le enseñó. Cuando le preguntan si pensó en tener más hijos, la respuesta es corta y sin drama: "¿Con qué?".
Su historia no es ficción. Es una tendencia que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) acaba de documentar en su informe Estado de la población de América Latina y el Caribe 2026, el análisis demográfico más completo que el organismo ha publicado en años: la región está teniendo menos hijos, más tarde, y en condiciones que hacen cada vez más difícil criar a los que nacen.
La tasa global de fecundidad en América Latina y el Caribe cayó por debajo del nivel de reemplazo poblacional —fijado en 2.1 hijos por mujer— en la mayoría de los países de la región. El bono demográfico, ese período en el que la población en edad de trabajar crece más rápido que los dependientes y que impulsó décadas de crecimiento económico, llegará a su fin en promedio en 2028.
Las consecuencias son matemáticamente inevitables: la fuerza de trabajo en 20 países de la región pasará de crecer en 4.5 millones de personas por año, ritmo registrado entre 2010 y 2022, a apenas 1.5 millones anuales entre 2040 y 2050. Un tercio del dinamismo laboral que sostuvo el crecimiento regional simplemente desaparecerá.
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El informe queda corto ante este escenario: ¿Por qué las mujeres están teniendo menos hijos, y qué tendría que cambiar para que quienes quieren tenerlos puedan hacerlo sin pagar un precio desproporcionado?
El triple sesgo que nadie nombra en voz alta
Para entender lo que está pasando, hay que mirar una categoría técnica que la CEPAL llama el déficit del ciclo de vida económico: la brecha entre lo que una persona consume y lo que produce a lo largo de su vida. En la infancia y en la vejez, el consumo supera al ingreso. En la edad adulta, se genera el excedente que financia esos dos extremos.
El problema es quién paga ese déficit. Y ahí aparece lo que el informe llama el triple sesgo del financiamiento en América Latina.
El primer sesgo, destaca el informe, es etario. En América Latina y el Caribe apenas el 18.1% del consumo es de jóvenes de 0 a 24 años. Las familias cargan con el 61%. El contraste con los países nórdicos es de una curva diferenciada: en Finlandia, el Estado cubre el 46.3% del consumo de ese mismo grupo etario. En América Latina, criar un hijo es, en su mayor parte, un problema privado de cada familia. En Escandinavia, es una responsabilidad colectiva.
El segundo sesgo es socioeconómico. Solo las personas que viven en hogares cuyo jefe o jefa tiene educación superior logran generar un superávit laboral real durante su vida productiva, pueden solventar la crianza de sus hijos e hijas. Para los estratos de educación baja y media-baja, los ingresos laborales no alcanzan a cubrir sus propios gastos de consumo durante prácticamente todo el ciclo de vida. Trabajan toda su vida sin acumular. Y cuando llegan a la vejez, el sistema de pensiones, construido sobre cotizaciones formales, los deja fuera.
El tercer sesgo es de género. Y es el más invisible de los tres. Las mujeres sostienen de forma no remunerada gran parte de los déficits de consumo en la infancia y la vejez. Dedican entre dos y tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados. Esa sobrecarga no aparece en el PIB, no genera cotizaciones a la seguridad social, no acumula derechos jubilatorios. Pero sin ella, el sistema colapsaría.
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Lo que el triple sesgo revela, en conjunto, es que el modelo de bienestar latinoamericano no falla por accidente. Está estructurado para que las mujeres subsidien con su tiempo lo que el Estado no financia con presupuesto. Y las mujeres, cada vez más educadas, tal como lo pensaron las primeras ciudadanas de la década de 1920, cada vez más insertas en el mercado laboral, están tomando nota.
El bono de género: la promesa que llegó a medias
Entre 1980 y 2025, las mujeres latinoamericanas pasaron de representar el 27% de la fuerza laboral al 43%. Es uno de los cambios estructurales más profundos de la historia económica reciente de la región. Y sin embargo, no alcanzó.
No alcanzó porque la incorporación masiva de las mujeres al mercado formal no vino acompañada de una redistribución equivalente del trabajo doméstico. Los hombres no asumieron la mitad del cuidado cuando las mujeres salieron a trabajar. El Estado no construyó la infraestructura de cuidados que esa transición requería. Y las empresas no rediseñaron sus estructuras para acomodar a personas con responsabilidades de crianza.
El resultado es lo que los economistas llaman la doble jornada: las mujeres trabajan fuera del hogar y siguen siendo las principales responsables del trabajo dentro. Y cuando tienen que elegir entre carrera y maternidad, o entre número de hijos y calidad de vida, hacen cálculos que los datos demográficos registran con frialdad.
La CEPAL proyecta que para 2050 las mujeres llegarán al 45% de la fuerza laboral. Ese avance de dos puntos porcentuales en 25 años, comparado con los 16 puntos de los 45 años anteriores, sugiere que la incorporación de la mujer al mercado laboral está llegando a un techo. No porque las mujeres no quieran trabajar, sino porque el sistema no les ofrece las condiciones para hacerlo plenamente.
El informe llama a esto el "bono de género": el beneficio socioeconómico que se derivaría de la plena incorporación laboral femenina. Pero ese bono no se puede cobrar mientras las mujeres sigan cargando solas con la crisis de los cuidados. Es como tener un cheque que no se puede depositar.
República Dominicana: múltiples contradicciones
En este 2026, República Dominicana logró algo que ningún otro país de la región había conseguido en años: salir del mapa mundial del hambre, según la FAO. Es el sexto país latinoamericano en alcanzar el hambre cero, después de Brasil, Uruguay, Costa Rica, Chile y Guyana. Un logro real, construido en dos décadas y a través de múltiples gobiernos.
Y sin embargo, el mismo informe de la CEPAL ubica a República Dominicana en el Clúster 4 de transición demográfica moderada, este es el penúltimo en la escala regional, junto a Bolivia. Sus indicadores cuentan una historia más compleja que el titular del hambre cero.
La tasa de fecundidad adolescente es de 50.2 nacimientos por cada 1.000 mujeres de 15 a 19 años. Aunque cayó desde 95.7 en 2010, sigue siendo una de las más altas de la región y refleja brechas persistentes en el acceso a salud sexual y reproductiva, especialmente en zonas rurales y periurbanas.
La mortalidad en la niñez se sitúa en 31.5 defunciones de menores de cinco años por cada 1.000 nacidos vivos. La CEPAL identifica este valor como uno de los cuatro atípicamente altos de toda la región en 2024. Un país que salió del mapa del hambre no debería tener una de las mortalidades infantiles más elevadas de América Latina, de acuerdo al informe. Esa contradicción dice algo sobre cómo se distribuyen los beneficios del crecimiento económico.
En materia previsional, el panorama es igualmente preocupante: cerca del 80% de las personas de 65 años y más recibe pensiones insuficientes para cubrir sus necesidades básicas. El 33% de los adultos mayores permanece activo en el mercado laboral —generalmente en la informalidad— no por vocación sino por supervivencia económica.
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¿Qué tiene que ver esto con la fecundidad? Sé que se preguntará. La respuesta es: TODO; pues una mujer dominicana de 30 años que evalúa tener un segundo hijo está haciendo, consciente o no, un cálculo que incluye: el costo de la crianza que el Estado no cubre, la interrupción laboral que el mercado penaliza, la pensión insuficiente que le espera si dedica años al cuidado, y la certeza de que cuando sus padres envejezcan, será ella, y no el sistema, quien los cuide.
El límite del diagnóstico: cuando el mapa no alcanza para el territorio
Aquí es donde el informe de la CEPAL enfrenta su límite más honesto, aunque no siempre lo nombre con esa claridad. El Consenso de Montevideo (2013) fue un hito histórico en la política de población de la región. Puso la autonomía reproductiva, los derechos humanos y la igualdad de género en el centro del debate. Desplazó el viejo enfoque controlista, que veía la alta fecundidad como un problema a resolver desde arriba, y lo reemplazó por un paradigma centrado en los derechos individuales.
Para expertos, ese cambio fue necesario. Y fue correcto.
Pero el mismo paradigma que fue revolucionario para responder a la alta fecundidad ofrece pocas herramientas para enfrentar la fecundidad ultrabaja. Porque está construido para garantizar que las personas puedan no tener hijos si no quieren. No para crear las condiciones en las que quienes sí quieren tenerlos puedan hacerlo sin sacrificar su autonomía económica, su salud o su vejez.
El informe CEPAL 2026 actualiza el análisis de impactos demográficos con rigor y profundidad. Pero mantiene, en gran medida, la misma arquitectura conceptual de 2013. Los países que hoy enfrentan fecundidades que hace una década parecían impensables, algunos ya por debajo de 1.5 hijos por mujer, piden respuestas concretas sobre qué hacer. El documento ofrece, fundamentalmente, recomendaciones para gestionar las consecuencias del cambio demográfico, no para modificar sus trayectorias.
Como señalan algunos especialistas que han analizado el documento, el cual circula ampliamente por grupos de Whatsapp comprender las causas estructurales de la baja fecundidad, las desigualdades de género, la crisis de los cuidados, las barreras a la conciliación, es necesario pero no suficiente. El desafío pendiente es construir un marco teórico que permita diseñar políticas capaces de hacer posible la maternidad y la paternidad deseadas, sin vulnerar los derechos de quienes no las desean. Ese equilibrio es difícil. Pero es el que la región necesita encontrar.
¿Qué funciona? Las políticas que sí mueven la aguja
El informe no está vacío de propuestas. Y algunas de ellas, si se implementaran con presupuesto real y voluntad política sostenida, podrían cambiar la ecuación.
- Sistemas integrales de cuidado con financiamiento público. No es suficiente crear guarderías. Hace falta una arquitectura completa: centros de día, atención domiciliaria, residencias de larga estadía para adultos mayores, teleasistencia. Y financiamiento que no dependa de la capacidad de pago de las familias. Mientras el cuidado sea un gasto privado, seguirá siendo una barrera para la maternidad y un techo para la participación laboral femenina.
- Licencias parentales equitativas e intransferibles para los padres. Las licencias de maternidad, sin su contraparte masculina obligatoria, terminan penalizando a las mujeres en el mercado laboral. Los empleadores anticipan la ausencia de las madres y la descuentan en salarios, ascensos y contratos. Las licencias paternas no transferibles, que el padre pierde si no las usa, son la única herramienta que ha demostrado mover la aguja en la distribución del cuidado.
- Pensiones no contributivas que reconozcan el trabajo doméstico. El sistema previsional latinoamericano está construido sobre trayectorias laborales formales y continuas. Las mujeres, que interrumpen su carrera para cuidar y trabajan más en la informalidad, llegan a la vejez con pensiones insuficientes o sin pensión. Reconocer el trabajo doméstico como aporte previsional no es un gesto simbólico: es una corrección estructural.
- Salud sexual y reproductiva adolescente con acceso real. En República Dominicana, la tasa de fecundidad adolescente cayó a la mitad en 15 años. Pero 50.2 nacimientos por cada 1.000 adolescentes sigue siendo una cifra que habla de brechas en el acceso a información, métodos anticonceptivos y servicios de salud. Los "espacios amigables" en el primer nivel de atención, con consejería y acceso gratuito a métodos de larga duración, tienen evidencia de efectividad. El problema no es el diseño: es la cobertura y el presupuesto.
- Educación planificada ante la caída de matrícula. La UNESCO proyecta una caída de 38.3 millones de personas en edad escolar en América Latina entre 2020 y 2050. Eso no es solo un problema: es una oportunidad para reducir el tamaño de los grupos, mejorar la infraestructura, invertir en formación docente y elevar la calidad. Pero solo si los gobiernos planifican la transición en lugar de reaccionar a ella.
Educar a los hijos tiene un costo de oportunidad gigantesco para las mujeres debido a la injusta división sexual del trabajo. Esta gráfica ilustra que el 56.3% de las mujeres latinoamericanas en edad activa que están fuera del mercado laboral se dedican exclusivamente a tareas domésticas y de cuidados no remunerados, mientras que en los hombres esta cifra es de apenas el 7.3%. Al no existir un sistema público de cuidados, la maternidad condena a muchas mujeres a la pérdida de su autonomía económica y de su desarrollo profesional, obligándo a decidir no tener descendencia para no ser penalizadas.
Lo que pasa en Guaricano
RG, en Guaricano, no conoce el informe de la CEPAL. No sabe qué es el bono demográfico ni el déficit del ciclo de vida. Pero sabe, con la precisión de quien administra la escasez todos los días, que criar tres hijos y dos nietos en Santo Domingo Norte es una hazaña que el sistema no facilita.
Lo que los datos demográficos registran como una tendencia, menos hijos, más tarde, en condiciones más precarias, es, en la vida de millones de mujeres latinoamericanas, una decisión tomada en silencio, sin drama, con la lógica implacable de quien sabe exactamente cuánto cuesta lo que el Estado no paga.
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El reloj demográfico no se detiene con informes. Se detiene cuando las políticas públicas dejan de tratar el cuidado como un asunto privado de las mujeres y empiezan a tratarlo como lo que es: la infraestructura invisible sobre la que descansa todo lo demás.
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