El liberalismo, como doctrina filosófica, económica y política tuvo sus orígenes en los años finales del siglo XVIII y se consolidó a partir del siglo XIX con el  auge del capitalismo industrial. Centrado en la defensa de la libertad y los derechos individuales de los seres humanos, tanto en los aspectos sociales, económicos como jurídico, se convirtió en la base intelectual que  trascendió también a lo político, lo religioso, social, educativo, la libertad de pensamiento,  la igualdad ante la ley, el libre mercado, la propiedad privada, la libertad de culto, los derechos culturales, la libertad de prensa  y de asociación como sustento fundamental para impulsar el progreso de la sociedad.

Luperón junto a compañeros liberales

En el ámbito político-económico y social de la República Dominicana, las dificultades para romper con la economía pre capitalista empujaron a los sectores intelectuales que se acogieron a esa doctrina a desarrollar proyectos para impulsar el progreso, que solo fueron posibles a partir del surgimiento de la industria azucarera a partir de los años setenta del siglo XIX. Además de Pedro Francisco Bonó, Benigno Filomeno de Rojas, y Ulises Francisco Espaillat que fueron destacados liberales de la época republicana, el general Gregorio Luperón, uno  de los líderes de la Guerra Restauradora,  fundó el Partido Nacional como una organización de vocación liberal, y como líder político se convirtió en el principal defensor del progreso nacional y de la libertad social.

El pensamiento liberal de Gregorio Luperón, quien no tuvo la oportunidad de ir a la escuela, ni de estudiar esa doctrina económica, filosófica y de gobierno sólo tuvo la posibilidad de conocerla a partir de su estadía en Europa y los Estados Unidos. Sin embargo, debió recibir sus primeras lecciones del liberalismo aportadas por sus compañeros  de luchas, en especial de Ulises Francisco Espaillat, Pedro Francisco Bonó y Eugenio María de Hostos. El origen y  la importancia de Gregorio Luperón no provino, de acuerdo a Roberto Cassá, de “representar el liberalismo, sino de contribuir, con su espada, a consolidarlo como proyecto o realidad gubernamental”.[1]

En la necrología de Espaillat escrita por Gregorio Luperón, aparece el testimonio de sus vínculos con este intelectual, el más importante pensador de finales del siglo XIX, y de paso la confirmación de la influencia liberal recibida de quien fue su amigo. Espaillat falleció  el 25 de abril de 1878:

“Profundamente turbado por tan inesperada como infausta nueva, no me sentí con el orgullo despreciable de retener mis lágrimas, y he llorado. Sí; Espaillat fue mi compañero, mi amigo, mi consejero, mi médico; juntos hemos luchado por la Independencia de la Patria, juntos hemos sufrido por la libertad de los dominicanos, juntos hemos sido perseguidos o insultados por las doctrinas que hemos propagado y los principios que hemos defendido; y así como hay parentesco de sangre, también lo hay de ideas y sentimientos. Repetidas veces se ha dicho que “el fanatismo todo lo perdona a sus ídolos, al mismo tiempo que todo lo imputa a sus víctimas: sea en hora buena. Espaillat era más que mi correligionario político, fue mi ídolo, mi filósofo, mi maestro; siempre quise seguirlo sin poder alcanzarlo”.[2]

Emilio Rodríguez Demorizi, en “Luperón y Hostos” (1975), deja abierta la influencia recibida por Gregorio Luperón de parte de dos puertorriqueños ilustres que lucharon por la independencia de su patria, a los que se vinculó y tuvo como amigos y protegidos: Eugenio María de Hostos y Emeterio Betances:

“Sin Luperón, en la vida de Hostos habría faltado algo esencial: la contemplación directa del hombre que él buscaba para darle forma a sus ansia de civilización y libertad en las Antillas. Igualmente, Luperón, necesito de ambos, de Betances y de Hostos, para hacer más perfecta su transmutación de soldado en estadista, de hombre de armas en hombre de pensamiento”,  pues Hostos le sirvió de secretario: “Junto a Luperón, Hostos se convirtió en maestro, no en soldado, y el soldado se hizo aún más civilista”.[3]

Por su parte, Franklin J. Franco en Historia de las ideas políticas, apunta que Gregorio Luperón no puede ser considerado como un ideólogo del liberalismo, “sino como un dirigente, pues gran parte de sus escritos son obras de la influencia” de Pedro Francisco Bonó.[4]

Sin lugar a dudas de que, partiendo de sus escritos, de la evolución de su pensamiento, la forma de gobernar, y  en la manera que fundó y proyectó su Partido Nacional, Luperón se convirtió en un instrumento político para impulsar el  liberalismo de Estado en República Dominicana. El líder cibaeño se destacó como el más militante en la lucha para hacer resplandecer esas ideas. Él y sus compañeros se destacaron como responsables del surgimiento de un Estado moderno que propició las libertades públicas, la democracia, la libertad de culto, la educación para todos los dominicanos, y el desarrollo de las fuerzas productivas; como “garantía para el logro de los ideales de civilización moderna".[5]

Alcazar de Colón, una imagen de 1862 tomada del periodico Museo Universal de Españña. Fondo Colección AGN

El camino de su vida y pensamiento

Desde joven Luperón trabajó en el corte de madera, luego se afilió a las luchas de los cibaeños en la  Revolución de 1857 y posteriormente se convirtió en uno de los dirigentes más importantes de la Guerra Restauradora. Después de 1867 se vinculó al comercio cibaeño   “por convencimiento que tiene de que el trabajo honrado del hombre es el que da respetabilidad a las familias, independencia a los individuos y libertad, vida propia, moralidad, civilización y seguridad a las naciones”.

Luperón rechazaba vehemente su participación en las cosas del Estado, y aunque fue delegado del Cibao, Gobernador de Puerto Plata y Presidente Provisional de la República, aparece de manera permanente en su discurso—y así lo demostró después que llevó a los azules al gobierno—su alejamiento de las responsabilidades estatales.  En 1865 Luperón rechazó ser gobernador de Puerto Plata, porque “no quería saber ni de empleos ni de política…, porque sólo aspiraba a la vida pacifica, sin pasión, sino por la libertad y la justicia”.[6]

Más tarde, durante el gobierno de Fernando A. Meriño, liquidó su casa de comercio que poseía en Puerto Plata, “y se entregó por completo a la agricultura….convencido de que la agricultura es la nodriza más generosa de las naciones”. Por eso   “sembró tres mil tareas de cañas de azúcar y fomentó una hacienda de cacao, café, de frutos menores y de crías de ganadería y de aves”.[7] Luperón tuvo una vocación acendrada, de acuerdo a Roberto Cassá, por la vida privada y los negocios, conformando un extraño caso, de prototipo de burgués.[8]

Esa relación con la producción azucara que estableció en República Dominicana a partir de  1870, y su condición de empresario, el líder del Partido Azul va a ampliar su compresión de las ideas  liberales, aunque no pudo  descifrar los efectos que tendría en el país la inversión del capital norteamericano en la economía nacional.

Luperón y su afán por la democracia

El estado moderno que Luperón  perseguía establecer en República Dominicana, partía del supuesto de que este debía descansar en el propósito y en la acción de un reducido núcleo de ilustrados con suficiente capacidad para hacerlo realidad, pero dándole a las masas el derecho a elegir a sus presidentes a través del sufragio universal. El líder restaurador fue siempre un abanderado de ese principio:

En medio del levantamiento de los liberales restauradores contra el gobierno de Buenaventura Báez en 1866, el dirigente del Partido Azul proclamó el sufragio universal para disipar de la mente de Pedro Antonio Pimentel las dudas que este tenía en su elección, y además porque para la ocasión ese principio era el “más equitativo, (y) el más conforme con las ideas políticas de Luperón y siempre lo había propuesto con verdadero entusiasmo”. Se le puede criticar que en 1888 aceptó una reforma constitucional antiliberal, pero se cuidó de  aclarar en un manifiesto puesto a circular, que él era partidario “del sufragio universal directo, que es la manifestación genuina de la soberanía nacional”.[9]

Tuvo fe en las  elecciones como método para ascender a la presidencia y como medio para evitar el  derramamiento de sangre; pero justificó el papel de la guerra para imponer la libertad, la justicia y la moralidad, lo que no dejaba de ser contradictorio con su pensamiento liberal, por entender que las guerras civiles habían sido hasta cierto punto, un método  necesario para imponer la libertad “la justicia y la moralidad, y consolidar la paz”.

Uno de los principios democráticos levantado por Luperón en 1888, como parte de su único intento de ocupar la presidencia a través del voto, está contenido en un Manifiesto puesto a circular para presentar su  “credo político”. En este, Luperón  anota que las  prácticas de los regímenes políticos que había conocido en Europa, respetaban los derechos de las minorías que, representadas en partidos, quedaban fuera del Estado al perder las elecciones:

“Cualquiera que sea la mayoría que haya llevado los gobernantes al poder, ellos no han de olvidar que las opiniones de las minorías no deben ser desentendidas, sino respetadas, consideradas y discutidas de buena fe”.[10] Y no sólo precisaba el respeto a las minorías, sino también  que propugnaba por la coexistencia pacífica entre los partidos, lo que alejaba, según él, los movimientos armados en las luchas por el poder político.

Esa era el pensamiento democrático profesado por el líder del Partido Nacional, entendiéndolo como muro de contención, contra los déspotas y los régimen es de vocación autoritarias. Pero además, se adelantaba a nuestro tiempo, al detectar como perjudicial para los sistemas democráticos, establecer de manera constitucional la reelección presidencial:

“Cuando la Constitución fatalmente contiene la reelección, es seguro que el partido que tiene el poder, consigue hacerse reelegir con perjuicio de los demás, para eternizar la funesta oligarquía de los partidos y mantener la injusticia exclusión de los otros en legitima participación de las cosas públicas”. [11]

Además, el jefe del Partido Azul, fue crítico radical  de los que defendían los regímenes centralizados en el Poder Ejecutivo, viendo al congreso como instrumento para  expresar y ejercer los derechos, pues lo percibía como la herramienta para evitar la preeminencia del ejecutivo sobre los demás poderes del Estado, entendiendo que  la presidencia se había constituido en el más fuerte de los poderes públicos, pervirtiendo el carácter de la soberanía de aquel; “El Congreso debe ser la garantía del derecho de todos, sin inclinarse al despotismo ni a la anarquía”.

Calle del Comercio. Imagen tomada de Santo Domingo, su pasado y su presente, 1873. Fondo Colección AGN

Percepción de los límites liberales

El líder del Partido que surgió como consecuencia de la guerra restauradora,  tuvo conciencia  de los límites de la sociedad dominicana para aceptar la existencia de un proyecto de Estad liberal, entendiendo que el pueblo no entendía las ideas liberales porque carecía “de instrucción”: Luperón al parecer no entendió el aspecto de la relación entre economía y pensamiento político.

En el caso de Manuel Rodríguez Objío, que fue un intelectual de sólido pensamiento liberal, además de amigo y compañero de Luperón,  este defendía la opinión de que las dificultades del liberalismo dominicano descansaban en que las ideas liberales  y patrióticas estaban en todos los labios, aunque quizá no en todas las cabezas”.[12] Objío se diferenciaba Luperón, proponiendo que el proyecto liberal debía ser impuesto por la fuerza,  “por medio del trabajo y afianzar su porvenir por medio de leyes sabias y liberales”.[13]

La libertad de culto como un derecho religioso

Uno de los principios del liberalismo rescatado de las Reformas Protestantes, y contenido en el Racionalismo, fue la libertad de culto. En República Dominicana la tolerancia religiosa fue extremadamente limitada durante la Anexión a España (1861-1865); al triunfar la guerra restauradora y establecerse un gobierno provisional este acogió para gobernar la constitución de Moca de 1858 que garantizaba la libertad de culto. Con el gobierno de Gregorio Luperón en 1879 y la reforma constitucional efectuada en 1880, quedó ratificada la libertad de imprenta y la libertad de culto.

El carácter mismo de los dominicanos, decía Gregorio Luperón, debía garantizarse y respetarse tomando en cuenta la libertad de religiosa, por ser un  atributo de los pueblos libres y civilizados: “démosles, pues, a todos los habitantes de la República su conciencia libre, como único juez de su comunión con Dios”.[14]

Calle las Damas, imagen aparecida en 1862 en el periódico Museo Universal de España. Fondo Colección AGN

Luperón y el concepto de la libertad

La libertad, contemplada en el derecho individual de cada uno de los dominicanos, era para Luperón una condición política y jurídica obligatoria, que debía ser considerada en el establecimiento de un régimen verdaderamente liberal, no sólo en el aspecto político sino también  en lo relativo al desarrollo económico y a la existencia de una sociedad moderna apartada de los intereses dictatoriales, desterrando la “plaga de langosta” de los déspotas, los crímenes, los robos y los asesinatos. Una sociedad en la que se respetaran los derechos individuales. Como parte de esos derechos Luperón promovida la libertad de culto, la prensa libre y la libertad de comercio y “todas las demás libertades necesarias: “ Sólo la libertad individual y colectiva produce el libro camino del trabajo, de los esfuerzos que proporcionan las riquezas y la mayor suma posible de bienestar, sin lo cual los pueblos no pueden alcanzar el más alto grado de civilización”.[15]

Libertad de prensa y liberalismo

Para Ulises Francisco Espaillat y otros dirigentes del Partido Azul, la prensa debía de jugar un papel estelar en la instauración del pensamiento liberal en las masas dominicanas y estaba llamada a servir de sostén a los gobiernos democráticos. Espaillat llegó a considerar a la prensa como un medio para llevar la educación al pueblo dominicano, mientras que para Luperón, la prensa era algo más, que sustituía el papel del Congreso en el estado, ya que servía como un medio para facilitar la relación pueblo-Estado:

“La imprenta es la tribuna desde donde se pregonan los derechos de los pueblos; es el más potente disque para contener las ambiciones de los mandatarios; es el síntoma más positivo de la vida nacional, de confianza en las instituciones. Con ella los partidos, lejos de apelar a las armas para dirimir sus diferencias, la convierten en palenque de sus luchas. Ella pone al ciudadano en relación con el Estado[16]

La educación en el proyecto liberal

Rodríguez Demorizi apunta en uno de sus libros, que Eugenio María de  Hostos se hizo maestro en Puerto Plata. Bajo el influjo y el magnetismo político de Luperón, al que sirvió como secretario, organizó el sistema educativo dominicano. Una vez el Partido Nacional ocupó la presidencia, le tocó abrir  la Escuela Normal y el Instituto Profesional.

La educación era tenida por los liberales del Partido Nacional  como un remedio capaz de curar todos los males sociales. Apoyado en Luperón, Hostos impulsó la apertura de las Escuelas Normales, que pronto comenzaron a dar sus frutos, fortaleciendo las ideas del líder azul al entender la instrucción pública como sustentadora del orden y del progreso;  garantía de la vida civilizada, la moral y la “convivencia democrática”.

El progreso al que aspiraba Luperón

El proyecto de estado moderno y democrático soñado por Gregorio Luperón no tuvo continuidad a partir de 1887.  La dictadura de Lilís se encargó—a través de la represión política, la persecución contra los liberales, modificando la ley educativa e introduciendo reformas conservadoras en la constitución dominicana—, de cercenar los avances liberales alcanzados en el periodo 1879-1887. La necesidad de un régimen que defendiera la libertad apoyado en lo que entendía la necesaria  autoridad, se desatendió de los asuntos de Estado, permitiendo que a lo interno del partido y del gobierno se encubara el germen de la dictadura.

Sin embargo, la situación de cambios no eliminó del todo su forma de pensar. Su sueño siguió siendo un Estado democrático, que impulsara el desarrollo económico y social, que sirviera para garantizar la “armonía del mundo”, capaz de sacar de su letargo al pueblo dominicano y hacer temblar a los déspotas, haciendo que el país progresara a partir de la producción y del trabajo

En carta a  su amigo Segundo imbert,  en junio de 1887, quien residía en Puerto Plata y le había acompañado en muchas de sus luchas por instaurar el liberalismo, el líder del Partido Azul que se preparaba para regresar a República Dominicana desde Europa con el interés de participar en las elecciones de 1888, le dice:

“Hoy el progreso general no permite a ningún pueblo quedarse solo, con sus viejas costumbres, con su rutina y tenemos por fuerza la imperiosa necesidad de ir junto con los pueblos progresistas, en el mundo civilizado…Usted no sabe cuánto sufro admirando y contemplando la inmensa actividad de estos pueblos en las labores de todas las cosas. Su orden y su método en todo lo que hacen;…Nuestra falta de iniciativa industrial nos tienen tan escaso de conocimientos y tan pobres. Créame Ud. Querido compadre: en la única cosa que me atrevería ser tirano sería en impulsar nuestro país al trabajo laborioso, útil y provechoso que hace tan ricos y poderosos a tantos pueblos”.[17]

Orden y libertad terminó siendo  su consigna, pero el régimen de Lilis inaugurado en 1888, llevó al despotismo, sumiendo al pueblo dominicano en la más férrea dictadura de la época republicana del siglo XIX.

[1] (Roberto Cassá, La Épica Trágica, Ecos, Año 5, No.8, 1997).

[2] (G. Luperón, Notas Autobiográficas, vol. 2, pp.354-359).

[3] E. Rodríguez Demorizi, Luperón y Hostos, Santo Domingo, Editora Taller, 1975,  pp. 15, 23.

[4] (Franklin J. Franco, Historia de las ideas políticas, p.73).

[5] (Roberto Cassá,  La Epica Tragica, Ecos, Año 5, No.6, 1997).

[6] (Gregoro Luperón, Op. Cit., vol. 1, p.354).

[7] (Op. Cit., vol. 3, p. 121).

[8] (Roberto Cassá, Nación y Estado en el pensamiento de Américo Lugo. En: Política, identidad y pensamiento social en la República Dominicana, pp.105-130).

[9] (Gregorio Luperón, III, p.246).

[10] (G. Luperón, op. Cit., vol.3, p.250).

[11] (Op. Cit., vol. 2, p.14).

[12] (Manuel Rodríguez Objío, Relaciones, p.168),

[13]

[14] (Op. Cit., vol. 3, p.349).

[15] (Op. Cit,, vol.3, p.283).

[16] (G. Luperón, Op. Cit., vol.3, pp.36-37).

[17] (G. Luperón, Op. Cit., vol. 3, pp.24-241).

Alejandro Paulino Ramos

Historiador

Alejandro Paulino Ramos nació en San Francisco de Macorís en 1951. Historiador y profesor universitario. Es miembro de la Academia Dominicana de la Historia y autor de varias obras, entre ellas Mauricio Báez, Vida y obra de Ercilia Pepín, Diccionario de Cultura y folklore dominicano, y El Paladión: de la ocupación norteamericana a la dictadura de Trujillo. Fue subdirector del Archivo General de la Nación.

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