El viento mueve las hojas de los platanales y levanta el polvo de los caminos de tierra en Esperanza, Valverde. A lo lejos, las aspas blancas giran sin descanso sobre el horizonte. Debajo, una extensión de paneles solares refleja el sol del mediodía como un espejo interminable. Desde cualquier punto del sector La Mina de Oro es imposible ignorar la presencia del parque híbrido eólico-solar Esperanza Renovable, una obra que contó con una inversión de US$ 246.5 millones que acaba de incorporarse al paisaje rural del noroeste dominicano.

La infraestructura, inaugurada por la Empresa Generadora de Electricidad Haina (EGE Haina), aportará 200 megavatios de capacidad instalada al Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI) y producirá alrededor de 485,000 megavatios hora al año. Sus turbinas y paneles forman parte de la apuesta nacional por una matriz energética más limpia y diversificada.

Pero a apenas dos kilómetros de distancia, la energía parece seguir un camino distinto.

En el barrio La Mina de Oro, una comunidad donde viven unas 300 personas, las familias todavía enfrentan dificultades para acceder a un servicio eléctrico regular. Algunas dependen de conexiones improvisadas; otras simplemente iluminan sus hogares con velas cuando cae la noche.

—¿Y ustedes tienen luz? —se preguntó.

La mujer sonríe con cierta incredulidad, mientras carga a un bebé de al menos ocho meses y otro niño la espera a unos pasos que termine de conversar.

¿Luz? No, no tenemos luz. Usamos velas para alumbrarnos.

La respuesta contrasta con la imagen de los aerogeneradores que giran a pocos minutos de su casa en un vehículo.

Elmer, de 62 años, fue uno de los primeros habitantes del sector. Llegó hace cinco años, compró un solar y levantó su vivienda después de pasar gran parte de su vida conduciendo camiones.

Fue testigo de la construcción del parque energético desde sus inicios.

—Claro que vi cómo estaban construyendo esas máquinas.

—¿Y ahora que lo ve terminado?

—Muy fenomenal. Me emociono y claro, también le da vista al barrio.

La admiración es evidente. Para el residente, la llegada de una infraestructura representa desarrollo, empleo temporal y la sensación de que una zona históricamente agrícola forma parte de los cambios que vive el país.

Sin embargo, la relación con la electricidad sigue marcada por la precariedad.

¿Y usted tiene energía eléctrica?

—Tenemos, sí.

—¿Y cuánto paga?

—No, ahora mismo no estamos pagando.

La realidad de La Mina de Oro no es un caso aislado. Forma parte de un fenómeno conocido como pobreza energética, un término que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) define como la falta de acceso a energía adecuada, confiable y asequible para la iluminación, la cocina y otras actividades esenciales para el bienestar y el desarrollo económico de las familias.

Las estadísticas muestran el desafío. En República Dominicana, 64,144 viviendas carecen de energía eléctrica, equivalente al 1.72 % del parque habitacional nacional, según el Viceministerio de Energía Eléctrica. La región Este concentra la mayor cantidad de hogares sin servicio, con 20,027 viviendas, seguida del Sur, con 18,768, y la Región Norte, con 18,705.

El parque renovable simboliza progreso para la comunidad, pero el acceso a la electricidad sigue siendo precario para muchos

El acceso a la energía eléctrica no solo permite encender una bombilla. También determina oportunidades de estudio, productividad, seguridad y calidad de vida. Así lo reconoce la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030 (END), establecida en la Ley 1-12, cuyo Segundo Eje Estratégico plantea la necesidad de asegurar el acceso de la población a servicios básicos de calidad, entre ellos la electricidad.

Mientras en La Mina de Oro persisten estas dificultades, el Gobierno impulsa una de las mayores expansiones energéticas de las últimas décadas.

Durante la inauguración del proyecto, el ministro de Energía y Minas, Joel Santos, afirmó que República Dominicana debe fortalecer su independencia y seguridad energética aprovechando recursos naturales como el sol, el viento, la biomasa y la generación hidroeléctrica.

El funcionario explicó que actualmente existen más de 25 proyectos energéticos en desarrollo que aportarán más de 1,000 megavatios adicionales al Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI) y permitirán ampliar la disponibilidad de energía renovable hacia 2028.

“Tenemos que seguir fortaleciendo nuestra independencia y seguridad energética. Tenemos recursos naturales importantes que pueden ayudar a la generación de energía, particularmente el sol, el viento y la biomasa. También tenemos la parte hidroeléctrica que vamos a seguir fortaleciendo”, sostuvo.

Mercedes, sin embargo, está muy lejos de esa realidad. Llegó a Esperanza hace siete años junto a su esposo, Pedro, después de vivir durante décadas en Santo Domingo.

Dice que los servicios de educación y salud están disponibles, pero principalmente en el centro del municipio.

—¿Ustedes tienen energía?

—Sí, pero tenemos… robada, como dicen.

Aunque el acceso a la electricidad se ha expandido de forma significativa en las últimas décadas, las brechas persisten entre el campo y la ciudad. La Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (Enhogar) 2024, elaborada por la Oficina Nacional de Estadística (ONE), revela que el 98.9 % de los hogares dominicanos recibe energía eléctrica a través del tendido público.

Sin embargo, detrás de ese promedio nacional se esconden diferencias territoriales: mientras la cobertura alcanza el 99.5 % en las zonas urbanas, desciende al 95.3 % en las comunidades rurales.

La calidad y continuidad del servicio también varían según la región. A nivel nacional, los hogares reciben en promedio 21.5 horas diarias de electricidad. En el Cibao Noroeste, donde se ubica la provincia Valverde, el promedio asciende a 23.3 horas por día, uno de los más altos del país. En contraste, la región Valdesia registra apenas 19.2 horas de servicio diario, reflejando las desigualdades que aún persisten en el suministro eléctrico nacional.

No obstante, según Santos, la meta es construir una base energética capaz de sostener el crecimiento económico del país con una participación cada vez mayor de fuentes renovables. Dentro de esa estrategia, Esperanza Renovable es una pieza para alcanzar el objetivo gubernamental de que el 30 % de la generación eléctrica provenga de energías renovables para 2030.

A pesar de este objetivo, la matriz eléctrica dominicana continúa sustentándose principalmente en fuentes convencionales. Según el boletín de Generación y Gestión de Energía, de enero de este año, el gas natural fue la principal fuente de generación del Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI), con una participación del 35 % de toda la energía producida en el país.

  • Carbón mineral: 31 %.
  • Fuel Oil No. 6: 12 %.
  • Energía solar: 9 %.
  • Hidroeléctricas: 7 %.
  • Parques eólicos: 5 %.
  • Biomasa: 0.98 %.

Las cifras reflejan una matriz en proceso de transformación. Aunque los combustibles fósiles todavía dominan la producción eléctrica, la inauguración también coincide con una etapa de expansión del sistema eléctrico.

La Comisión Nacional de Energía proyecta incorporar más de 2,000 megavatios adicionales para 2028 mediante nuevos proyectos de generación a gas natural en ciclo combinado.

Desde el propio parque, José Rodríguez, gerente general de EGE Haina, destacó que la infraestructura representa una apuesta estratégica para diversificar la matriz energética nacional.

“Desde aquí se realiza una inyección de energía eólica y solar al Sistema Eléctrico Nacional Interconectado”, afirmó.

Las cifras reflejan una paradoja que se repite en distintos puntos del territorio. Mientras República Dominicana acelera la expansión de las energías renovables, atrae inversiones privadas bajo la Ley 57-07 de Energías Renovables y avanza en la reducción de su dependencia de los combustibles fósiles, miles de familias continúan enfrentando dificultades para acceder a un servicio eléctrico regular.

La meta cobra relevancia en comunidades donde la expansión de la infraestructura energética nacional todavía no se traduce plenamente en beneficios para todos los hogares, de acuerdo con la Ley 1-12. De hecho, en comunidades rurales como La Mina de Oro, la transición energética aún convive con velas, conexiones improvisadas y hogares que esperan ser incorporados a los beneficios del sistema eléctrico nacional.

Karla Alcántara

Abanderada por los viajes, postres y animales. Ha cursado diplomados sobre periodismo económico impartido por el Banco Central, periodismo de investigación por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, finanzas por el Ministerio de Hacienda y turismo gastronómico por la Organización Internacional Italo-Dominicano.

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