No esperar al poder para comenzar
La pregunta quedó flotando después de aquella tarde con Haffe:
¿Qué podemos hacer por la cultura?
Quizás una de las primeras respuestas sea dejar de pensar que todo tiene que comenzar desde el poder.
El Estado tiene una responsabilidad fundamental. Eso es indiscutible.
Pero la sociedad cultural también tiene responsabilidades.
Los artistas, escritores, universidades, fundaciones, centros culturales, investigadores, educadores y gestores no podemos limitarnos a esperar que llegue un gobierno dispuesto a escucharnos.
También tenemos que pensar antes.
Proponer antes.
Debatir antes.
Organizarnos antes.
Y, sobre todo, atrevernos a imaginar aquello que todavía no existe.
Porque una cultura que espera permanentemente que otros decidan por ella termina perdiendo algo esencial: su capacidad de iniciativa.
La pregunta, entonces, adquiere otra dimensión:
¿Qué podemos comenzar a hacer nosotros, ahora, sin esperar a que nadie nos entregue las condiciones ideales?
Ahí comienza el verdadero desafío.

La pregunta que todavía no hemos respondido
Durante nuestra conversación apareció una preocupación que considero fundamental.
Sabemos muchas de las cosas que quisiéramos cambiar.
Sabemos que necesitamos una política cultural de largo plazo.
Sabemos que debemos fortalecer la formación artística.
Sabemos que hay que preservar nuestra memoria.
Sabemos que debemos descentralizar la cultura.
Sabemos que necesitamos mejores instituciones, más investigación, mayor articulación entre educación y cultura y nuevas oportunidades para los jóvenes.
Sabemos muchas cosas.
Pero hay una pregunta que continúa abierta:
¿Cuál es la chispa capaz de convertir todo ese conocimiento en una fuerza colectiva?
Haffe insistía en esa preocupación.
¿Cómo encontrar aquello que pueda convocar?
¿Qué puede conseguir que cientos de personas sientan que la cultura no es un asunto de unos cuantos artistas o intelectuales, sino una necesidad fundamental del país?
¿Cómo lograr que los jóvenes se incorporen no solamente como espectadores, sino como protagonistas?
¿Cómo pasar de la preocupación individual a una voluntad colectiva?
No tengo una respuesta definitiva.
Y quizás sería un error pretender tenerla.
Pero estoy convencido de que tenemos que buscarla.
Porque tal vez esa respuesta no la tenga una sola persona.
Quizás esté dispersa en muchos lugares.
En un artista.
En un maestro.
En un estudiante.
En un gestor cultural.
En un investigador.
En una comunidad.
En alguien que todavía no ha encontrado un espacio para participar.
Por eso esta pregunta no debería cerrarse.
Debería abrirse.
Y abrirse a todos.

Quizás nos falta una conversación nacional
Hay algo que la experiencia nos ha enseñado: las transformaciones culturales no nacen solamente de los presupuestos.
También nacen de las conversaciones.
De las ideas que se encuentran.
De las experiencias que se comparten.
De los errores que se reconocen.
De las preguntas que alguien se atreve a formular.
Por eso pienso que necesitamos provocar una gran conversación nacional sobre nuestra cultura.
No una conversación limitada a funcionarios.
Tampoco exclusivamente a escritores y artistas.
Mucho menos una conversación partidaria.
Una conversación abierta.
Que reúna a quienes han trabajado desde las instituciones culturales y a quienes han trabajado fuera de ellas.
A antiguos funcionarios.
A artistas.
A escritores.
A investigadores.
A educadores.
A gestores.
A universidades.
A fundaciones.
A empresarios comprometidos con la cultura.
A organizaciones comunitarias.
Y, de manera muy especial, a los jóvenes.
No para construir una plataforma de poder.
Sino para construir pensamiento.
No para repartir posiciones.
Sino para compartir experiencias.
No para mirar el pasado con nostalgia.
Sino para preguntarnos qué hemos aprendido y qué podemos hacer a partir de ahora.
Quizás de esa conversación pueda surgir algo que todavía no tenemos.
Un camino.
Una idea.
Una metodología.
Una nueva manera de organizarnos.
O, sencillamente, esa chispa que estamos buscando.
Pensar antes de llegar al poder
En medio de esta reflexión apareció una idea que puede resultar provocadora: crear espacios permanentes de pensamiento cultural capaces de funcionar como una especie de “gobierno cultural en la sombra”.
La expresión no debe entenderse literalmente.
No hablamos de un gobierno paralelo.
No hablamos de una estructura partidaria.
No hablamos de sustituir al Estado.
Hablamos de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más ambicioso:
un espacio permanente de pensamiento, debate y formulación de propuestas.
Un lugar donde las ideas puedan discutirse antes de convertirse en programas oficiales.
Donde una política cultural pueda ser pensada antes de ser administrada.
Donde se puedan estudiar experiencias nacionales e internacionales.
Donde se evalúe lo que funciona y lo que no.
Donde se pueda decir, sin miedo, que algo salió mal.
Y donde también podamos reconocer aquello que sí ha dado resultados.
Porque cuando cambia un gobierno, cambian los funcionarios.
Pero no necesariamente cambian las prácticas.
Muchas veces se sustituye a una persona por otra y continúa la misma lógica.
Es el viejo:
“Quítate tú para ponerme yo.”
Pero una verdadera transformación institucional no consiste solamente en cambiar nombres.
Consiste en cambiar hábitos.
Cambiar métodos.
Evaluar.
Aprender.
Investigar.
Formar.
Proponer.
Y, sobre todo, construir continuidad.
Una política cultural no debería comenzar de cero cada vez que cambia una administración.
Una experiencia que merece ser estudiada
En medio de esta reflexión pensamos también en nuestras instituciones culturales.
No se trata de hacer un ranking ni de decidir cuál es mejor que otra.
Se trata de observar experiencias que pueden enseñarnos algo.
Entre ellas, el Centro León, en Santiago, constituye una experiencia que merece ser estudiada.
No porque tenga todas las respuestas ni porque deba convertirse en un modelo absoluto, sino porque su trayectoria permite observar cómo una institución cultural puede sostener en el tiempo una relación con la investigación, la creación, la formación, la divulgación, la memoria y el encuentro con la sociedad.
Lo importante no es copiar.
Es aprender.
Y quizás esa sea una de las tareas pendientes de nuestra cultura: aprender más de nuestras propias experiencias.
Preguntarnos qué ha funcionado.
Por qué funcionó.
Qué condiciones lo hicieron posible.
Qué podría reproducirse en otros lugares.
Y qué debemos modificar.
La pregunta no debería ser quién tiene la razón.
La pregunta debería ser:
¿Qué podemos aprender de lo que ya existe y cómo podemos multiplicar aquello que funciona?
Ahí comienza otra forma de pensar la cultura.

Del evento al proceso
Volvimos entonces a una preocupación que considero esencial.
Los eventos son necesarios.
Los festivales son necesarios.
Las exposiciones, conciertos, obras de teatro, presentaciones de libros y encuentros culturales son necesarios.
Pero ninguno debería ser un fin en sí mismo.
Después del evento tiene que quedar algo.
Un público.
Un conocimiento.
Una relación.
Un artista fortalecido.
Un joven interesado.
Una comunidad incorporada.
Una investigación.
Una memoria preservada.
Una institución que aprendió.
Un proceso que continúa.
Esa diferencia entre evento y proceso puede parecer pequeña, pero cambia completamente la manera de entender una política cultural.
Un concierto termina cuando se apagan las luces.
Pero la formación de un público comienza precisamente después.
Una exposición puede cerrar sus puertas.
Pero el conocimiento que produjo puede continuar circulando.
Una obra de teatro puede bajar de cartel.
Pero un joven que descubrió el teatro esa noche puede decidir convertirse en actor, dramaturgo, director o espectador permanente.
Ahí está la diferencia.
La cultura no debería medirse solamente por lo que ocurre, sino también por lo que queda.

La juventud y la chispa
Y aquí regresamos a la pregunta que más nos inquietó aquella tarde.
¿Cómo lograr que los jóvenes se incorporen?
No creo que podamos pedirles simplemente que se interesen por la cultura.
Tenemos que ofrecerles razones para hacerlo.
Espacios donde puedan crear.
Lugares donde puedan equivocarse.
Oportunidades para aprender.
Proyectos donde puedan participar.
Instituciones capaces de escucharlos.
Y, sobre todo, la posibilidad de sentir que su presencia tiene consecuencias.
Quizás hemos hablado demasiado de los jóvenes sin hablar suficientemente con ellos.
Los hemos convertido muchas veces en destinatarios de programas.
Pero necesitamos convertirlos en participantes de la conversación.
Preguntarles qué quieren.
Qué imaginan.
Qué les preocupa.
Qué cultura desean.
Qué país quieren construir.
Qué lenguajes utilizan.
Qué nuevas formas de creación están inventando.
Porque la chispa que buscamos quizás no esté solamente en lo que nosotros pensamos que ellos necesitan.
Quizás esté en escuchar lo que ellos tienen que decir.
La juventud no puede ser solamente el futuro de la cultura.
Tiene que ser parte de su presente.
Y quizás allí encontremos una de las claves.
No llevarles una cultura ya empaquetada.
Sino invitarlos a construirla.
Una red de personas, no una estructura más
Hay otra cuestión que debemos cuidar.
Cada vez que hablamos de organizar algo, inmediatamente pensamos en crear una nueva institución.
Otro consejo.
Otra comisión.
Otra estructura.
Quizás no necesitamos comenzar por ahí.
Tal vez necesitamos comenzar por una red.
Una red de personas que compartan una preocupación.
Personas dispuestas a aportar conocimiento, tiempo, experiencia, contactos, espacios o ideas.
Una red abierta.
Sin cuotas de entrada.
Sin jerarquías innecesarias.
Sin propietarios de la verdad.
Una red capaz de reunir generaciones diferentes.
Porque en nuestra cultura hay una enorme cantidad de conocimiento acumulado que permanece disperso.
Personas que han dirigido instituciones.
Personas que han creado proyectos.
Personas que han formado artistas.
Personas que han investigado.
Personas que han cometido errores.
Personas que han encontrado soluciones.
Personas que han trabajado durante décadas y tienen mucho que contar.
Y también hay jóvenes que poseen nuevas preguntas y nuevas herramientas.
Lo que necesitamos es poner esos conocimientos en conversación.
Quizás ahí comience a aparecer el camino que todavía no encontramos.
Un ministerio de Cultura para todo el país, todo el territorio nacional
También hablamos de la necesidad de mirar más allá de Santo Domingo.
La cultura dominicana no termina en la capital.
Está en Santiago.
En San Juan.
En Barahona.
En Puerto Plata.
En La Romana.
En San Pedro de Macorís.
En San José de Ocoa.
En Azua.
En Espaillat.
En Monte Cristi.
En cada comunidad donde alguien escribe, pinta, actúa, baila, canta, investiga, enseña o conserva una tradición.
El país cultural es mucho más grande que sus instituciones centrales.
Por eso una política cultural nacional tiene que ser realmente nacional.
No puede consistir solamente en trasladar ocasionalmente una actividad fuera de Santo Domingo.
Tiene que crear procesos permanentes en las comunidades.
Escuelas.
Talleres.
Bibliotecas activas.
Residencias artísticas.
Programas de formación.
Investigación sobre patrimonio.
Circuitos de circulación.
Espacios para jóvenes.
Y mecanismos para que las propias comunidades puedan participar en la definición de sus necesidades culturales.
El Ministerio de Cultura debe llegar a todo el territorio, pero la cultura no puede depender exclusivamente del Ministerio.
Ese es precisamente el punto.
Necesitamos un Estado que cumpla su responsabilidad y una sociedad capaz de asumir la suya.

¿Y si la propuesta comenzara por nosotros?
Quizás después de tantos años hemos esperado demasiado que alguien encuentre el camino.
Un gobierno.
Un ministro.
Una institución.
Una fundación.
Un empresario.
Una generación.
Pero puede que estemos formulando mal la pregunta.
Tal vez no debamos preguntar:
¿Quién va a hacerlo?
Sino:
¿Qué podemos comenzar a hacer nosotros?
Y, después:
¿A quién podemos invitar?
Porque si uno solo no ha encontrado el camino, otros pueden encontrarlo.
Si una generación no pudo resolver una pregunta, otra puede hacerlo.
Si una institución no encontró una respuesta, varias instituciones juntas quizás puedan acercarse a ella.
Y si una idea parece demasiado grande para una persona, puede dejar de serlo cuando se convierte en una conversación colectiva.
Por eso aquella inquietud de Haffe continúa acompañándome:
Tenemos que encontrar la chispa.
No sé todavía exactamente dónde está.
Pero sí sé que debemos buscarla.
Y que debemos buscarla juntos.

Que las ideas no se queden solas
Existe, además, otra preocupación que no podemos ignorar.
¿Quién lee estas cosas?
¿Quién escucha estas propuestas?
¿Quién las discute?
¿Quién está dispuesto a convertir una reflexión en una acción?
Es una pregunta dolorosa porque escribir puede producir a veces una extraña sensación de soledad.
Uno dedica tiempo a pensar.
A investigar.
A escribir.
A proponer.
Y después se pregunta si alguien lo leyó.
Si alguien se detuvo.
Si alguien discutió una idea.
Si algo de lo escrito consiguió provocar una pregunta en otra persona.
Pero quizás la tarea de quien escribe no sea saber inmediatamente qué efecto tendrá lo que escribe.
Quizás su primera responsabilidad sea dejar constancia.
Poner la idea sobre la mesa.
Nombrar aquello que otros también están pensando y todavía no han dicho.
Porque una idea escrita puede permanecer.
Puede viajar.
Puede ser discutida años después.
Puede encontrar a alguien que no conocemos.
Y, alguna vez, puede convertirse en acción.
Por eso escribimos.
No porque tengamos todas las respuestas.
Sino porque creemos que las preguntas merecen ser formuladas.
Una conversación que debe continuar
Al terminar aquella tarde, Haffe y yo comprendimos que no podíamos quedarnos solamente en la conversación.
Pensamos que sería posible reunir a antiguos funcionarios, artistas, escritores, gestores, investigadores, educadores y personas que hayan tenido responsabilidades en la vida cultural dominicana.
Pero ahora pienso que deberíamos ir más lejos.
No solamente reunir a quienes ya conocemos.
También abrir la puerta a quienes todavía no conocemos.
A los jóvenes.
A quienes trabajan en las provincias.
A quienes están creando nuevas formas de expresión.
A quienes tienen ideas distintas.
A quienes quizá nunca han sido invitados a una mesa cultural.
Porque si estamos buscando una chispa nueva, no podemos reunir siempre a las mismas personas para hacernos las mismas preguntas.
Tenemos que ampliar la conversación.
Escuchar otras voces.
Cruzar generaciones.
Cruzar territorios.
Cruzar disciplinas.
Y aceptar incluso que algunas respuestas puedan contradecir nuestras propias certezas.
Quizás de esa mezcla surja algo nuevo.
No una plataforma partidaria.
No una candidatura.
No una lucha por posiciones.
Sino una propuesta cultural para el país.
Una propuesta que pueda ser discutida públicamente.
Una propuesta que pueda ser corregida.
Una propuesta que pueda ser enriquecida.
Una propuesta que no pertenezca a una persona, sino que pueda convertirse en patrimonio de una conversación colectiva.
La chispa que todavía estamos buscando
Tal vez esa sea, finalmente, la respuesta provisional a la pregunta de aquella tarde:
¿Qué podemos hacer por la cultura?
Podemos comenzar por pensar juntos.
Podemos reunir la experiencia dispersa.
Podemos escuchar a los jóvenes.
Podemos estudiar lo que ya funciona.
Podemos aprender de nuestros errores.
Podemos convertir los eventos en procesos.
Podemos llevar la cultura al territorio.
Podemos formular propuestas antes de que lleguen los gobiernos.
Podemos crear espacios permanentes de pensamiento.
Podemos escribir.
Podemos debatir.
Podemos convocar.
Podemos insistir.
Y podemos buscar esa chispa.
Porque quizás la chispa no sea una idea extraordinaria.
Quizás sea algo más sencillo:
la decisión de muchas personas de dejar de esperar.
Dejar de esperar que otro comience.
Dejar de esperar que otro convoque.
Dejar de esperar que otro resuelva.
Dejar de esperar que otro nos diga qué hacer.
Comenzar.
Convocar.
Escuchar.
Proponer.
Y volver a comenzar cuando sea necesario.
No sabemos todavía cuál es el camino definitivo.
Pero sí podemos hacer algo fundamental:
buscarlo juntos.
Fecha:08/11/2021. Acento.com.do
Quizás Haffe tenga razón.
Quizás ninguno de nosotros haya encontrado todavía la respuesta.
Pero eso no significa que no exista.
Significa que tenemos que seguir buscándola.
Y quizás, en algún lugar de esa búsqueda, entre una conversación, una lectura, un joven que se incorpora, un artista que propone, un maestro que enseña, una comunidad que participa y una idea que consigue reunir voluntades, aparezca finalmente la chispa.
La chispa que nos permita pasar de la preocupación a la acción.
De la dispersión a la articulación.
Del evento al proceso.
De la queja a la propuesta.
Y de las propuestas a una cultura capaz de pensarse a sí misma.
Porque quizás el verdadero comienzo no sea esperar a que alguien llegue al poder.
Quizás el verdadero comienzo sea descubrir que ya tenemos el derecho y la responsabilidad de comenzar.
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