Hablar del teatro Haffiano implica hablar del maestro Haffe Serrulle y de toda una legión de intérpretes dominicanos que ha seguido su estilo, técnica y doctrina de libertad, colectividad y transgresión de lo formal. Implica hablar de Haffe Serrulle, es dramaturgo, director, actor y pintor. Es una de las figuras fundamentales del teatro dominicano contemporáneo.
Fundador del Teatro Experimental Popular y creador de una propuesta escénica de ruptura; un lenguaje que se reconoce por la intensidad física, simbolismo, provocación estética y compromiso social. Ha desarrollado un teatro que transformó la escena dominicana conservadora y clasicista desplazándola hacia una propuesta más visceral, poética, confrontadora, donde el cuerpo, el espacio, el gesto, la voz y la técnica se convierten en partes esenciales de un mismo sistema que decodifica lo cotidiano y lo eleva a la extra-cotidianidad.
¿Por qué el teatro Haffiano es una corriente teatral dominicana?
Para responder esta pregunta primero habría que formular otras: ¿qué es una corriente teatral o artística?, ¿cómo puede reconocerse una propuesta teatral como lenguaje propio? Incluso podrían surgir cuestionantes todavía más filosóficas y mucho más académicas; sin embargo, responder estas interrogantes basta para derivar en la cuestión central que nos atañe: por qué el Teatro Haffiano (haffianismo) debe considerarse una corriente teatral dominicana.
La manera más natural de comprender el método implementado por Haffe Serrulle sería establecer relaciones con otros estilos y métodos teatrales universales. Demostrar la premisa resulta menos complejo de lo que aparenta, pues lo que tiene fundamento no necesita mucha explicación. Solo mencionando las características, permanencia, influencia, seguimiento y práctica del llamado estilo “Acrobático Guerrero” para comprender que estamos frente a una corriente teatral auténticamente dominicana.
Esto no significa la ausencia de referentes universales; por el contrario, todo lenguaje artístico nace de estímulos previos, del mismo modo en que la naturaleza se transforma a partir de otras existentes. El teatro no es la excepción.
El teatro dominicano tiene el privilegio de contar con discípulos de estilos y corrientes teatrales que han alimentado el quehacer escénico dominicano dotándolo de estructura, calidad y relevancia estética a niveles universales.
En el caso específico del Haffianismo podríamos remontarnos incluso a la Poética de Aristóteles y su concepción de la mimesis, entendida no como simple reproducción de la realidad, sino como recreación artística de las acciones humanas.
Aquí aparece una idea fundamental para el teatro Haffiano: esas acciones humanas provienen de la realidad, pero no son la realidad como se percibe, aquí la mimesis se convierte en origen, en fuente que abastece la imaginación del creador que parte de lo percibido para lograr lo extrasensorial y lo extracotidiano. Este término, difundido más adelante ampliamente por Eugenio Barba en su teoría de la Antropología Teatral y desarrollado desde el Odin Teatret, plantea la transformación de los movimientos cotidianos en acciones físicas rigurosas capaces de convertirse en imágenes escénicas autónomas. El cuerpo deja de responder únicamente a la lógica ordinaria y adquiere otra dimensión expresiva; un segundo cuerpo escénico que atraviesa la corporalidad del actor y la eleva hacia una presencia simbólica. En el teatro Haffiano, pueden reconocerse de forma clara elementos como la pre-expresividad, la presencia escénica y la transculturalidad propuestas por Barba.
Otro referente intrínseco del Haffianismo es el expresionismo alemán, tanto a nivel teatral como pictórico. La afinidad con Ernst Toller resulta evidente en aspectos como el compromiso político, los personajes colectivos, la lucha de clases, el lenguaje con una carga emocional dramática y la construcción de espacios oníricos y simbólicos. Toller transforma el escenario en una maquinaria poética donde convergen temas tabú, existenciales, excesos y carencias humanas.
En cuanto a la relación con el espectador, el vínculo con Artaud es inevitable. Artaud deseaba anular la distancia entre actor y público destruir la estructura tradicional que separa escena y espectador. No se trataba simplemente de romper la cuarta pared, no sería suficiente; era derribar todo el edificio de la concepción habitual del teatro en todos los sentidos. Esa provocación constituye precisamente uno de los núcleos del Tetro Haffiano, Haffe provoca, denuncia e introduce al espectador dentro del conflicto. Lo convierte en un testigo, antagonista y ejecutante de la escena. No existe aquí un ente pasivo ni domesticado.
La propuesta incomoda, moviliza, perturba. Mediante símbolos grotescos, crueles y fragmentados que reflejan la realidad social despojada de maquillaje, donde lo fantástico y la máscara reaparece para devolverle a ese espectador su verdad: la esconde bajo un velo de doble moral propio de sociedad extremadamente conservadoras. El gesto, el grito, los sonidos, la corporalidad no funciona como adorno sino como parte de un discurso total donde cada elemento escénico se cohesiona.
Así mismo, la relación espacial del Haffianismo encuentra resonancias en Peter Brook y su concepción del espacio vacío. El teatro flexible; el teatro puede suceder en cualquier parte: en un lobby, una calle, un parqueo, un baño, una galería, un patio, incluso en una sala convencional de teatro. El espacio se transforma a partir de la acción.
La imaginación adquiere entonces un papel determinante dentro del proceso creativo colectivo, y el decorado deja de ser mero ornamento para convertirse en organismo vivo de la representación tal como apreciamos en las propuestas escénicas de Haffe y otros creadores influenciados por esta técnica.
El Teatro Haffiano es una corriente teatral porque, aunque dialoga con referentes universales su raíz estética, corporal y simbólica nace de la identidad cultural dominicana. En sus montajes conviven ritmos afroantillanos, elementos del entorno: palo, sogas, telas, objetos reciclados. La corporalidad energética de sus actores propias de un país tropical; su coralidad, su ritualidad, su ancestralidad y sus timbres desgarrados pertenecen a la esencia folclórica caribeña herencia de esa mezcla cultural de la que somos parte.
A esto podemos sumar los temas de la idiosincrasia latinoamericana; la marginalidad, el poder, la pobreza, la violencia, la resistencia y el conflicto. El Haffianismo transforma todo eso en una postura, en un planteamiento en una tradición escénica donde lo propio no aparece como panfleto sino como sistema.
Todo esto demuestra que el Haffianismo no es únicamente un conjunto de influencias dispersas sino una estética estructurada, sostenida y reconocible. Una corriente artística no necesita proclamarse novedosa para existir, requiere permanencia, coherencia, práctica, capacidad de transformación e impacto sobre generaciones de creadores y espectadores. El Haffianismo posee esos elementos. Ha mantenido una imagen definida de ruptura, resistencia y experimentación dentro del teatro dominicano. Ha influido en actores, directores y dramaturgos; ha construido un lenguaje escénico identificable y ha definido un teatro capaz de confrontar conciencias y mover sensibilidades.
Por ello, el Teatro Haffiano debe considerarse una corriente teatral dominicana: porque posee una poética propia, una visión del cuerpo y el espacio, una relación particular con el espectador dominicano, una permanencia histórica y una práctica estética que se reconoce y que ha trascendido generaciones. Más que un estilo aislado, constituye un lenguaje que se conecta con lo universal, que está vinculado al arte de vanguardia y que ha continuado innovando dentro de la contemporaneidad, coexistiendo y redefiniendo las posibilidades de seguir explorando teatro dominicano independiente.
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