No se entra a conversar con Haffe Serulle.
Se entra, si acaso a una zona de fricción.
Hay algo en su manera de pensar el teatro que no admite la tibieza. No es teoría: es temperatura. Es una forma de vivir en estado de alerta, como quien entiende que el arte no nació para decorar la realidad, sino para confrontarla.
Desde los siete años, ya estaba ahí.
Un niño en el Colegio Padre Fantino del Santo Cerro montando obras con alumnos mayores, mientras los adultos observaban, quizás sin saberlo que aquello no era un simple juego infantil, sino el inicio de una vocación feroz.
Más tarde vendrían otros territorios: Cotuí, San Francisco de Macorís. Y entonces la memoria adquiere precisión:
“Durante el bachillerato, en San Francisco de Macorís, conocí a la profesora Luz Selene Plata, con quien representé varias obras breves. También conocí a doña Aurora Vda. González, que fungía como directora de Bellas Artes. Ella me introdujo en la lectura de los clásicos y motivó mi vocación teatral.”
Los clásicos.
Pero no como refugio académico, sino como detonación interior.
Hubo un aparente desvío hacia las Ciencias Económicas en Madrid, aunque el destino ya había elegido por él. La Real Escuela Superior de Arte Dramático terminaría imponiéndose como territorio definitivo. Allí encontró disciplina, estructura y rigor; pero también descubrió los límites de toda academia: “Los centros académicos aportan disciplina y metodología, pero no enseñan a crear.”
Y quizás esa frase explique buena parte de su trayectoria. Porque en Serulle la creación nunca ha sido una repetición de fórmulas, sino una búsqueda física, espiritual y social.
La escritura apareció temprano. A los diecinueve años ya había escrito Bianto y su señor, obra que todavía hoy menciona con una mezcla de orgullo y nostalgia:
“Bianto y su señor fue mi primera obra de teatro: la escribí a los 19 años. Tuve el honor de estrenarla en el Corral de Comedias de Almagro, una reliquia del siglo XVII. Recuerdo con especial nostalgia su proceso de creación. Con cinco ediciones publicadas y representaciones internacionales, sigue siendo una obra que leo con pasión.”
Y añade, casi como quien recuerda una prueba decisiva de juventud: “Los cazadores es un monólogo que presenté como mi examen de tesis.”
El cuerpo recuerda antes que la teoría
Antes de Brecht.
Antes de Grotowski.
Antes de cualquier manifiesto.
Hubo un río. Un árbol. Un salto.
Niños trepando alturas imposibles y lanzándose al agua como si el cuerpo descubriera allí su primera dramaturgia.
Entonces se comprende que su teatro jamás pudo nacer desde la comodidad del salón intelectual. Había una memoria física anterior a cualquier teoría:
“Pasé mis primeros años cerca de un río, observando cómo los jóvenes trepaban árboles con destreza y se lanzaban al agua desde lo más alto. Mi infancia transcurrió entre saltos y correrías que asociaba con danzas primitivas; por eso, mi teatro no podía surgir de otra forma que no fuera a partir de esa realidad.”
Pero aquella infancia no estuvo hecha solamente de asombro y movimiento. También estuvo atravesada por la dureza social:
“A esto debo sumar mis vivencias juveniles en un ambiente virulento, desgarrado por el oprobio y el hambre, males que era necesario combatir para vivir en una sociedad digna.”
Y allí aparece el núcleo profundo de su propuesta estética.
El llamado “teatro acrobático guerrero” no fue un capricho conceptual. Fue una respuesta orgánica a una realidad violenta, desigual y convulsa. El actor, en su visión, no está sobre escena para adornar emociones: está para arriesgarse. El cuerpo no ilustra: combate.
Por eso insiste en una idea que atraviesa toda su concepción escénica: la verticalidad como desafío, como impulso hacia lo imposible.

El teatro no es inocente
En el maestro Haffe Serulle hay una claridad absoluta sobre la función del arte.
El teatro no es entretenimiento vacío.
No es evasión.
No es ornamento cultural.
Es toma de posición.
“El teatro es un compromiso ineludible con las causas nobles de los pueblos.”
Y en consecuencia, el acto creativo adquiere una dimensión ética: “El teatro tiene la misión de despertar en el ser humano la necesidad de crear.”
Quizás por eso rechaza cualquier intento de domesticación artística: “La libertad creativa es innegociable.”
En tiempos donde gran parte de la producción cultural parece diseñada para agradar o sobrevivir al mercado, Serulle continúa defendiendo un teatro incómodo, crítico y transformador.
El maestro que nunca abandonó el aula
Mucho antes de fundar escuelas o dirigir compañías, ya había en él una pulsión pedagógica.
Un niño de doce años enseñando a otros niños a leer mediante juegos teatrales en una casa prestada. Ahí estaba ya la semilla de una ética que nunca abandonaría: “Concibo la educación como un proceso natural y vital para el progreso humano en armonía con la naturaleza; por ello, mi labor siempre ha sido desinteresada y sin fines de lucro.”
Después vendrían los hechos concretos.
El regreso al país.
La fundación de una escuela de teatro en Santiago.
Y aquel momento simbólico de 1971: “Al regresar al país tras finalizar mis estudios, fundé una escuela de teatro en la ciudad de Santiago. Con los estudiantes, monté una adaptación del poema ‘Hay un país en el mundo’, espectáculo estrenado en 1971 en el Politécnico Femenino Nuestra Señora de las Mercedes, en Santiago, al cual asistió el propio Pedro Mir junto a Salvador Jorge Blanco, quien más tarde asumiría la presidencia de la República.”
La docencia, en su caso, nunca fue un oficio paralelo al teatro. Fue parte esencial de su visión transformadora.
Y todavía hoy, cercano ya a los ochenta años, continúa enseñando:
“Jamás me he apartado de la docencia. A mis casi ochenta años de edad, continúo inmerso en la labor educativa, sintiéndome honrado al ver los frutos cosechados: la mayoría de los jóvenes que hoy hacen y administran teatro en el país fueron mis alumnos.”
Pero inmediatamente aparece la duda, casi como una preocupación histórica:
“Sin embargo, me asalta una duda: ¿seguirán el camino que les mostré?”
La frase queda suspendida.
Como advertencia.
Como herencia.
Como examen moral para las nuevas generaciones teatrales dominicanas.
Crear en contra
Crear, para Serulle, jamás ha sido cómodo.
El artista verdadero -parece decirnos- siempre incomoda alguna estructura.
Siempre desafía algún poder.
Siempre rompe una obediencia.
Por eso insiste en defender el acto creativo como resistencia:
“Crear con sentido transformador es el verdadero acto de resistencia.”
Y desde ahí también emerge su crítica institucional:
“El Ministerio de Cultura de la República Dominicana ha estado lejos de cumplir con su misión primordial: educar e incentivar la creatividad en el seno del pueblo.”
La frase no proviene del resentimiento, sino de una visión profundamente pedagógica del arte y la cultura. Serulle no concibe la cultura como espectáculo protocolar, sino como herramienta de conciencia colectiva.
El país como dramaturgia
Quizás una de sus respuestas más reveladoras sea aquella donde imagina el país como si fuese una puesta en escena.
No responde como político.
Responde como dramaturgo.
“Si me tocara dirigir la República Dominicana como una obra de teatro, empezaría por transformar la estructura social que ha imperado durante décadas, para cerrar con un canto alegórico a la igualdad, como condición indispensable para un salto cualitativo en nuestra calidad de vida.”
No es una metáfora decorativa.
Es un programa ético.
Un país entendido como conflicto dramático pendiente de resolución.
Y todavía añade otra confesión significativa:
“Precisamente, motivado por las ideas de nuestro dilecto amigo y poeta Carlos Sánchez, trabajo actualmente con el grupo Metamorfo Teatro en una propuesta que busca desnudar nuestra falsa alegría y nuestro cacareado progreso.”
Ahí vuelve a aparecer el verdadero Serulle: el creador que desconfía de las apariencias, que intenta rasgar el decorado social para mostrar las grietas ocultas.
Porque, en el fondo, su teatro nunca ha pretendido representar la vida pasivamente.
Ha querido interrogarla.
Empujarla.
Incomodarla.
Transformarla.
Y quizás por eso, al terminar de escucharlo, queda la sensación de que algunas voces no pertenecen únicamente al tiempo en que viven, sino a la conciencia crítica de un país.
Quedan entonces sus palabras, resonando más allá de la conversación:
“El teatro es un compromiso ineludible con las causas nobles de los pueblos.”
“Crear con sentido transformador es el verdadero acto de resistencia.”
“La libertad creativa es innegociable.”
Y uno comprende que, para el maestro Haffe Serulle, el teatro jamás ha sido un escenario para huir del mundo, sino un lugar peligroso y necesario para enfrentarlo.
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