Resumen

Este artículo examina la coexistencia histórica de los glotónimos castellano y español, empleados para designar una misma lengua. El problema no consiste únicamente en determinar cuál denominación es correcta; sino, en explicar por qué la historia produjo dos nombres legítimos, relacionados, pero no enteramente equivalentes en sus orígenes y valores culturales. Mediante una metodología histórico-filológica e historiográfica, se analizan la procedencia territorial de castellano, la ampliación política y cultural que favoreció el uso de español y la permanencia contemporánea de ambas denominaciones. Se parte de las aportaciones de Rafael Lapesa, Amado Alonso y Manuel Alvar, complementadas con la Gramática castellana de Antonio de Nebrija como fuente primaria. Se concluye que no se produjo una sustitución sencilla de un nombre por otro; sino, una coexistencia denominativa originada por la superposición de dos perspectivas: una remite al territorio donde se formó y expandió el romance castellano; la otra presenta esa lengua como medio común de una comunidad histórica más extensa.

Introducción

Millones de personas llaman español a la lengua que hablan, mientras otras emplean el nombre castellano. Ambas denominaciones aparecen en la enseñanza, las constituciones, los diccionarios, los medios de comunicación y la conversación cotidiana. Sin embargo, esta convivencia suele aceptarse sin plantear una pregunta fundamental: ¿por qué una misma lengua posee dos nombres históricamente consolidados?

La cuestión no debe reducirse a decidir cuál palabra es más correcta. Su verdadera importancia reside en reconstruir los procesos territoriales, políticos, culturales e ideológicos que dieron origen a cada denominación. Los nombres de las lenguas no son etiquetas neutrales e inmóviles: nacen en circunstancias históricas determinadas, se difunden, adquieren nuevos valores y pueden coexistir durante siglos.

El objetivo general de este artículo es explicar la formación histórica de los nombres castellano y español y establecer el marco conceptual de la serie. Se emplea una metodología histórico-filológica basada en la interpretación de fuentes primarias y secundarias y en la comparación de las explicaciones ofrecidas por la historiografía lingüística. La tesis central sostiene que ambos nombres expresan perspectivas históricas complementarias: castellano remite primordialmente al origen y expansión territorial de la lengua, mientras que español refleja su posterior integración en una comunidad política, cultural e internacional más amplia.

Desarrollo

  1. Una lengua puede tener más de un nombre

Una lengua puede recibir distintas denominaciones según el territorio, la época, la identidad de sus hablantes o la función política y cultural que se le atribuya. Por ello, la coexistencia de castellano y español no constituye por sí misma una anomalía.

Amado Alonso dedicó una obra completa a la historia cultural de los nombres castellano, español e idioma nacional. La organización de su estudio -con capítulos sobre los primeros tiempos, la nueva conciencia de nacionalidad y la tensión entre las dos denominaciones- demuestra que el problema no es exclusivamente gramatical: los nombres expresan distintas maneras históricas de comprender la lengua y la comunidad que la utiliza (Alonso, 1968). La edición de Losada registra expresamente esos capítulos y sitúa la discusión sobre la tensión entre castellano y español a partir de la página 42.

Podemos denominar coexistencia glotonímica a la permanencia simultánea de dos o más nombres para una misma lengua. Esta coexistencia no supone necesariamente que las denominaciones sean sinónimas perfectas. Pueden designar el mismo sistema lingüístico y, al mismo tiempo, conservar matices históricos, geográficos, identitarios o políticos diferentes.

  1. Castellano: el nombre del origen territorial

El glotónimo castellano procede de Castilla. Antes de designar una lengua de extensión internacional, nombró el romance desarrollado en los territorios castellanos y diferenciado progresivamente de otros romances peninsulares.

Manuel Alvar explica que Castilla surgió inicialmente como una región fronteriza cuyo nombre se relacionaba con castella, ‘los castillos’. A medida que el condado y posteriormente el reino extendieron sus dominios, también se expandió su modalidad romance. El crecimiento político de Castilla y el avance territorial hacia el sur contribuyeron a que el castellano se difundiera sobre espacios donde coexistían otras variedades románicas (Alvar, 1992).

La relación entre territorio y lengua permite comprender el valor originario del término:
Castellano es, en primer lugar, el nombre de la lengua vinculada históricamente con Castilla.

La expresión no significa que la lengua permaneciera encerrada en ese territorio ni que todos sus rasgos nacieran exclusivamente allí. Significa que Castilla se convirtió en el centro político y lingüístico desde el cual aquella variedad adquirió una expansión creciente. Alvar describe precisamente cómo el castellano avanzó junto con la ampliación territorial castellana y fue imponiéndose frente a otros romances peninsulares, aunque también recibió elementos procedentes de ellos (Alvar, 1992).

Rafael Lapesa estudia esta formación dentro de un proceso histórico prolongado en el que la evolución interna de la lengua aparece relacionada con transformaciones sociales, culturales y políticas. Su Historia de la lengua española constituye, por ello, una fuente fundamental para distinguir entre el nacimiento medieval del romance castellano y su posterior conversión en lengua de alcance suprarregional (Lapesa, 1981). La Biblioteca Nacional de España registra la edición de 1981 de esta obra entre las ediciones de la historia lingüística de Lapesa.

  1. Nebrija y la consolidación de “lengua castellana”

La Gramática castellana de Antonio de Nebrija, impresa en Salamanca en 1492, constituye una prueba primaria de la consolidación histórica del nombre castellano. La Biblioteca Nacional de España conserva dos ejemplares de la edición original, terminada de imprimir el 18 de agosto de aquel año y la describe como la primera gramática impresa dedicada al castellano. La obra se distribuye en cinco libros sobre ortografía, prosodia, etimología, sintaxis y aprendizaje de la lengua.

El título elegido por Nebrija resulta documentalmente significativo: no publicó una Gramática española; sino, una Gramática castellana. A finales del siglo XV, por tanto, la denominación territorial poseía suficiente reconocimiento para encabezar la primera codificación gramatical impresa de la lengua.
No obstante, ese hecho no demuestra que castellano fuera el único nombre posible ni que español no pudiera desarrollarse posteriormente. Prueba algo más delimitado: que el nombre vinculado con Castilla se encontraba plenamente establecido en la tradición gramatical de 1492.

  1. De lengua territorial a lengua de mayor extensión

La expansión política y cultural modificó la relación entre la lengua y su denominación. El castellano dejó de ser únicamente la modalidad propia de Castilla: se convirtió en instrumento de comunicación, administración, literatura y cultura para comunidades situadas fuera de su territorio originario.

Alvar interpreta este proceso como una ampliación histórica. El castellano alcanzó la hegemonía entre los romances peninsulares, se difundió por el centro y el sur y, en tiempos de la expansión ultramarina, adquirió una dimensión que ya no podía explicarse exclusivamente mediante su procedencia castellana (Alvar, 1992).

Desde esta perspectiva, el nombre español no nació porque la lengua dejara de ser históricamente castellana. Surgió y se consolidó porque aquella lengua comenzó a representar una realidad social y cultural mucho más amplia que Castilla. Alvar diferencia expresamente entre el castellano como lengua de Castilla y el español como lengua vinculada con una comunidad histórica más extensa. En su interpretación, el instrumento lingüístico adecuado para esa nueva unidad histórica sería el español (Alvar, 1992).

Conviene, sin embargo, evitar una lectura excesivamente lineal. No ocurrió que un día desapareciera castellano y al siguiente fuera reemplazado por español. Durante un largo período, ambos nombres coexistieron, compitieron, se especializaron y fueron preferidos en contextos distintos.

  1. Dos trayectorias históricas complementarias

Para comprender correctamente el fenómeno debemos distinguir dos trayectorias:

Trayectoria territorial:
Castilla – romance castellano – lengua castellana – castellano.

Trayectoria histórico-cultural:
Hispania/España – hispano/español como denominación de pertenencia – lengua española – español.

La primera explica de dónde procede lingüística y territorialmente la lengua. La segunda explica cómo llegó a ser concebida como medio común de una realidad histórica que trascendía su región originaria.

Las trayectorias no son enemigas. Se cruzan y se complementan. El castellano se convirtió históricamente en español sin perder la memoria de su origen castellano. A su vez, el nombre español no borra el hecho de que la base histórica de la lengua común se desarrolló a partir del romance de Castilla.

Por eso resulta inadecuado representar la historia mediante una fórmula simplista:
castellano – desaparición de castellano – español.

Es más preciso proponer:
castellano – expansión y transformación histórica – español, con conservación y coexistencia de castellano.

  1. ¿Cuál de los dos nombres es correcto?

Desde una perspectiva histórica, ambos nombres son legítimos. Su preferencia depende de tradiciones nacionales, educativas, institucionales e identitarias.

Castellano puede destacar: el origen territorial; la relación con Castilla; la coexistencia con otras lenguas de España; determinadas tradiciones hispanoamericanas.

Español puede destacar: la extensión internacional; la comunidad lingüística compartida; la denominación ampliamente reconocida fuera de España; la realidad pluricontinental de la lengua.

Lo importante no es imponer una oposición absoluta, sino reconocer que cada nombre ilumina una dimensión del proceso. Uno conserva la memoria de la procedencia; el otro expresa la amplitud histórica alcanzada.

Conclusión

La lengua se llama castellano porque se formó, se caracterizó y comenzó a expandirse históricamente desde Castilla. Se llama español porque esa lengua superó su ámbito territorial originario y llegó a convertirse en medio de comunicación y cultura de una comunidad histórica mucho más extensa.

No estamos, por tanto, ante dos lenguas ni ante un nombre verdadero enfrentado a otro falso. Estamos ante dos glotónimos producidos por perspectivas históricas diferentes, pero complementarias.

La coexistencia de ambos términos demuestra que los nombres de las lenguas también tienen historia. Nacen, se transforman, adquieren sentidos políticos y culturales y pueden permanecer simultáneamente sin que uno elimine por completo al otro.

El problema decisivo ya no es preguntar cuál denominación debemos prohibir o imponer. La pregunta científicamente productiva es esta:

¿Qué proceso histórico permitió que el romance nacido en Castilla llegara a llamarse también español?

Para responderla será necesario retroceder hasta Hispania, estudiar la formación del gentilicio español y distinguir cuidadosamente la historia del territorio, la historia de sus habitantes y la historia del nombre de la lengua. Ese será el objeto del Artículo 2.

Glosario

Castellano: glotónimo originariamente relacionado con Castilla y con el romance desarrollado y expandido desde ese territorio.

Coexistencia glotonímica: permanencia simultánea de dos o más denominaciones para una misma lengua.

Glotónimo: nombre propio o denominación con que se identifica una lengua.

Glotonimia: estudio de los nombres de las lenguas, sus orígenes, transformaciones y valores históricos.

Historiografía lingüística: estudio crítico de las interpretaciones, fuentes y métodos empleados para reconstruir la historia de las lenguas.

Español: glotónimo consolidado históricamente para designar la lengua surgida del castellano y extendida por España, América y otras regiones.

Especialización denominativa: proceso por el cual dos nombres coexistentes adquieren preferencias o matices diferentes según los territorios, instituciones o contextos de uso.

Referencias

Alonso, A. (1968). Castellano, español, idioma nacional: Historia espiritual de tres nombres (4.ª ed.). Losada.

Alvar, M. (1992). Del castellano al español. Cuadernos Hispanoamericanos, (500), 7-40.

Lapesa, R. (1981). Historia de la lengua española (9.ª ed. corregida y aumentada). Gredos.

Nebrija, A. de. (1492). Gramática castellana. Juan de Porras.

Virgilio Hernández Pichardo

Educador, promotor cultural y escritor

Virgilio Hernández Pichardo. Es educador, promotor cultural y escritor. Doctor en Humanidades, en Estudios Sociales y Culturales del Caribe. Maestrías en Educación, Mención Planificación Educativa y en Lingüística Aplicada. Especialidades en Promoción de la lectura y la Literatura Infantil y en Lingüística Aplicada. Licenciado en educación, Mención Letras Modernas y Maestro Normal Primario. En el área cultural miembro fundador de los talleres literarios: “Líttera” de la Alianza Cibaeña. “2001” de la UTESA y “Letras Unidas” de Santiago. Ha sido expositor de trabajos en varias instituciones de Santiago y en Ferias del Libro. En el plano escritural ha escrito y publicado artículos y ensayos sobre el idioma español y literarios. Así como libros de poemas para niños y adultos. Ha desarrollado una propuesta teórica, práctica, espiritual, poética, educativa, antropológica, filosófica, lingüística, idiomática, literaria y cultural, llamada, Virgilioamaramorismo.

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