He visitado Villa Margarita muchas veces. Podría decir que conozco sus caminos, sus árboles y el silencio que envuelve la montaña cuando uno deja atrás el ruido de la ciudad. Sin embargo, cada vez que regreso descubro algo distinto. Hay lugares que uno termina de conocer en una sola visita; otros, en cambio, parecen guardar siempre un rincón nuevo para sorprendernos. Villa Margarita pertenece a esos últimos. Esta vez, sin embargo, el motivo de mi viaje era diferente.
Desirée Cepeda me había invitado a conocer la Casa Taller que acababa de crear en la montaña. No se trataba simplemente de un nuevo espacio de trabajo. Para ella representaba el comienzo de otra etapa de su vida. Después de más de treinta años dedicada al diseño de interiores, a la artesanía y a la creación de ambientes cargados de identidad, había tomado una decisión que solo se entiende cuando un sueño madura lo suficiente: dejar la ciudad y trasladar definitivamente su universo creativo a La Colonia, en las montañas de San Cristóbal.

Mientras subía por la carretera pensé que, quizá sin saberlo, iba camino a visitar algo más que un taller. Iba a conocer el lugar donde una artista había decidido reunir, por fin, todo aquello que la había acompañado durante una vida entera: el barro, la madera, las flores, la pintura, la cocina tradicional, la naturaleza y esa manera tan suya de convertir cualquier espacio en un lugar con personalidad.
Confieso que llegué con la curiosidad de quien cree conocer un sitio y termina descubriendo que todavía le falta mucho por mirar.

Desde la entrada de Villa Margarita se percibe que algo ha cambiado. El paisaje conserva la misma serenidad de siempre, pero el lugar respira una energía distinta. Es difícil explicarlo. No es una transformación que se vea de inmediato; más bien se siente. Como si la montaña hubiera aceptado definitivamente la presencia de un nuevo sueño entre sus árboles.
Entré a la casa principal y, casi sin darme cuenta, disminuí el paso. Siempre me ocurre lo mismo allí. Esa casa no se deja recorrer con prisa. Obliga a detenerse. A mirar. A regresar sobre los propios pasos para descubrir un detalle que hace apenas unos segundos había pasado inadvertido.
Siempre he pensado que las casas terminan pareciéndose a quienes las habitan. Aquella tarde confirmé nuevamente esa sospecha.
No encontré una decoración pensada para impresionar al visitante. Encontré la historia de una mujer contada a través de los objetos que ha ido reuniendo durante años. Máscaras, piezas artesanales, libros de arte, muebles restaurados, telas, hamacas, lámparas, cerámicas y pequeños detalles que, vistos por separado, podrían parecer simples adornos, pero que juntos terminan construyendo un lenguaje muy personal.
En ese recorrido comprendí algo que siempre había intuido en el trabajo de Desirée. Su estilo no consiste en llenar espacios. Consiste en darles alma. Hay en ella una inclinación natural hacia ese barroco caribeño donde conviven la memoria, la artesanía, lo mágico-religioso, lo popular y la elegancia sin artificios. Nada parece colocado para llamar la atención. Todo parece estar exactamente donde debía estar.

Me detuve frente a una vieja pieza de madera restaurada. Después junto a un libro abierto sobre artesanía. Más adelante una hamaca me invitó, literalmente, a sentarme unos minutos. Sonreí. Pensé que aquel lugar tenía la extraña capacidad de hacer que el visitante dejara de comportarse como visitante y comenzara a sentirse en casa.
La cocina volvió a conquistarme.
No porque fuera una cocina lujosa, sino porque era una cocina verdadera. Amplia, luminosa y profundamente dominicana. La mesa estaba arreglada con ese cuidado que solo tienen las personas que disfrutan recibiendo amigos. Mirándola imaginé largas conversaciones, café recién colado, risas compartidas y sobremesas de esas que nadie quiere terminar. Hay casas donde la sala es el centro de la vida. En esta, sospeché desde el primer momento, ese privilegio lo tenía la cocina.
Mientras observaba cada rincón, Desirée caminaba delante con la tranquilidad de quien no necesita explicar demasiado. De vez en cuando acomodaba una flor, movía apenas unos centímetros una silla o retiraba una hoja caída sobre una mesa. Eran gestos pequeños, casi imperceptibles. Sin embargo, bastaban para comprender que aquella casa no era simplemente un lugar donde vivir. Era una obra que seguía construyéndose todos los días.
En un momento sonrió y nos dijo:
—Todavía falta una parte muy importante.
Salimos por la parte trasera de la casa y comenzamos a descender por unos escalones, primero de madera fuerte, y después escalones de piedra. Bajé despacio. No solamente porque el camino lo aconsejara, sino porque las laderas invitan a caminar de otra manera. A ambos lados crecían plantas florals cuyos nombres desconozco, a mano derecha bambúes que se mecían suavemente con el viento y flores de colores intensos que parecían haber encontrado allí el lugar perfecto para florecer. De vez en cuando levantaba la vista y me detenía unos segundos. No tenía ninguna prisa. Hay recorridos que merecen hacerse lentamente para que el paisaje también tenga tiempo de entrar en uno.
Al final de los escalones apareció una segunda casa.Tan hermosa como la primera, aunque con un carácter diferente. Más íntima. Más recogida. Con una sala preparada como para compartir en grupo. Tuve la impresión de que aquella casa guardaba una historia distinta.
Todavía no imaginaba que, al cruzar aquella puerta, iba a encontrar uno de los lugares más conmovedores de todo el recorrido.
El Fogón de Luna
Cruzamos la puerta de aquella segunda casa y sentí, desde el primer momento, que estaba entrando en un espacio diferente. La sala conservaba la misma calidez de la casa principal, pero todo parecía conducir hacia un lugar muy preciso. Como ocurre en muchas casas campesinas, el corazón de la vivienda estaba al fondo.
Allí estaba el Fogón de Luna.
No era un fogón construido para despertar nostalgias fáciles ni una escenografía pensada para las fotografías. Era un fogón verdadero. Un espacio donde la leña, el barro, la madera y los utensilios tradicionales seguían hablando el idioma de nuestras abuelas. Todo respiraba autenticidad. Bastaba permanecer unos minutos allí para comprender que la cocina dominicana también forma parte de nuestro patrimonio afectivo.
Recorrí lentamente aquel espacio mientras Desirée nos explicaba algunos detalles. Hablaba con la misma naturalidad con que un artista muestra su estudio o un escritor enseña la biblioteca donde ha vivido durante años. No había discurso. Había cariño. Se notaba que cada objeto había llegado hasta allí después de una historia y que ninguno ocupaba ese lugar por casualidad.
Antes de salir volvió a llamarme la atención una gran rueda de madera donde aparecía tallado el nombre Fogón de Luna. Me acerqué a contemplarla. Pensé que era una hermosa metáfora. Igual que una rueda, la memoria siempre termina regresando al mismo sitio.
Salimos entonces al pequeño patio que se abre detrás de la cocina. Allí nos esperaban unas mesas y unas sillas sencillas, colocadas bajo la sombra con esa elegancia discreta que tienen los lugares donde la conversación siempre encuentra acomodo. Me senté casi sin pensarlo. El aire de la montaña llegaba limpio, el olor de la leña seguía suspendido en el ambiente y el silencio parecía formar parte de la arquitectura del lugar.
Fue entonces cuando ocurrió algo que no esperaba.
No sé cuánto tiempo permanecí mirando aquel fogón. Lo cierto es que, de pronto, dejé de ver lo que tenía delante y comencé a mirar hacia atrás. Muy atrás.
Por un instante creí escuchar a mi madre.
La vi, como tantas veces durante mi infancia, inclinada sobre el fogón de nuestra casa del campo. La imaginé alimentando el fuego con pequeños trozos de leña, moviendo las ollas con la tranquilidad de quien sabe que cocinar también es una manera de querer. Y, mientras el fuego hacía su trabajo, la escuché cantando bajito, como acostumbraba hacerlo cuando preparaba la comida para la familia.

No puedo explicar lo que sentí. Quizá fue el olor de la leña. Quizá el silencio de la montaña. Quizá esa extraña capacidad que tienen algunos lugares para abrir, sin pedir permiso, puertas que uno creía cerradas para siempre.
Lo cierto es que, durante unos segundos, dejé de estar en La Colonia. Volví a ser aquel muchachito que esperaba, con hambre y con alegría, que su madre llamara a la mesa.
Abrí los ojos lentamente y sonreí.
Comprendí que el Fogón de Luna hace mucho más que rescatar una manera tradicional de cocinar. También rescata una manera de recordar. Hay lugares que uno visita con los pies. Otros se recorren con la memoria. Aquel patio, aquellas mesas sencillas y aquel fogón de leña acababan de demostrarme que la memoria también necesita un sitio donde sentarse.
Permanecimos todavía un buen rato conversando. Ninguno parecía tener prisa por levantarse. En aquel rincón el tiempo transcurría de otra manera. Pensé que esa era, quizá, una de las mayores virtudes de La casa taller de Desirée: obligarnos, con una delicadeza casi imperceptible, a recuperar un ritmo que la ciudad nos ha ido robando poco a poco.
Cuando finalmente me incorporé, miré una vez más hacia el interior del Fogón de Luna. Tuve la sensación de que dejaba atrás algo más que una cocina. Dejaba un lugar donde acababa de encontrarme con una parte de mi propia historia.
Desirée, que parecía adivinar lo que me iba ocurriendo en cada visitante sin necesidad de hacer preguntas, sonrió nuevamente.
—Ahora quiero enseñarte la Casa Taller desde otro ángulo.
La seguí, pero todavía no imaginaba que, después de haberme devuelto a la memoria de mi madre, aquel recorrido todavía guardaba otra emoción que terminaría dándole sentido a todo el viaje.
El taller estaba a pocos pasos del Fogón de Luna. Sin embargo, bastó subir unos escalone para sentir que entraba en otro universo. Si el fogón había despertado la memoria, aquel espacio parecía celebrar la creación.
No encontré un salón de exhibición ni un lugar cuidadosamente preparado para que el visitante alabara lo que veía. Encontré un taller vivo. De esos donde las ideas todavía están ocurriendo. Sobre una gran mesa descansaban higüeros, piezas de barro, pinceles, pinturas, herramientas y muebles que esperaban pacientemente la siguiente intervención de las manos artesanas. No había sensación de obra terminada. Todo respiraba proceso, búsqueda, trabajo.
Me acerqué a uno de los higüeros. Lo levanté con cuidado y comencé a observarlo. Ninguno era igual al otro. Cada pieza conservaba pequeñas diferencias que la hacían irrepetible. Entonces comprendí algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy profundo. En un mundo donde casi todo sale de una máquina, aquellas piezas seguían naciendo de las manos de una persona. Cada una llevaba el tiempo, la paciencia y hasta el estado de ánimo de quien la había trabajado.

Eso, pensé, también es una forma de resistencia.
Mientras recorríamos el taller, Desirée hablaba con absoluta naturalidad de los materiales, de las técnicas y de los proyectos que todavía estaban en camino. Nunca tuve la impresión de que quisiera impresionar a nadie. Hablaba como hablan las personas cuando conversan sobre aquello que aman. Y esa diferencia se nota.
De pronto me descubrí observándola más a ella que a las piezas.
La vi detenerse para mover apenas unos centímetros una silla. Después acomodó unas flores. Más adelante retiró una hoja que el viento había dejado sobre una mesa. Eran gestos mínimos. Casi invisibles. Pero bastaban para comprender quién era la verdadera autora de todo aquel conjunto.
Siempre he pensado que las obras terminan pareciéndose a quienes las crean.
La Casa Taller también.
No transmite ostentación. Transmite cuidado.
No transmite lujo. Transmite sensibilidad.
No transmite perfección. Transmite vida.

Mientras caminaba entre los diferentes espacios tuve la sensación de que el taller no terminaba en sus paredes. Bastaba levantar la vista para descubrir el bosque entrando por las ventanas abiertas. Las flores parecían prolongar el trabajo de las manos. El verde de la montaña formaba parte de la decoración sin que nadie lo hubiera planeado. Allí la naturaleza no servía de fondo. Era una colaboradora silenciosa de todo cuanto ocurría.
Entonces pensé por qué Desirée había decidido abandonar la ciudad para instalarse definitivamente en La Colonia. Hay obras que necesitan silencio para terminar de nacer. Y aquel silencio solo podía encontrarse allí.
Conversamos un buen rato sobre la importancia del trabajo artesanal. Hablamos del barro, de la madera, de los muebles restaurados, del valor de las piezas únicas y de la necesidad de preservar los oficios tradicionales. Mientras la escuchaba pensaba que aquella Casa Taller no era solamente un lugar donde se hacían objetos hermosos. Era también una declaración de principios. Una defensa del trabajo hecho con calma, de las cosas que no pueden producirse en serie y de la belleza que nace cuando las manos todavía conservan el privilegio de crear.
Antes de salir miré una vez más el taller. No vi un negocio. No vi un emprendimiento. Vi una manera de entender la vida.
Y quizá por eso terminé admirando todavía más a Desirée. Porque comprendí que aquel espacio no había sido concebido para vender artesanías. Había sido creado para compartir una forma de mirar el mundo.
Algunos vecinos nos habian alcanzado en el recorrido cuando saliamos del taller. Fue entonces cuando Desirée sonrió y nos dijo, casi como quien hace una invitación entre amigos:
—¡Vamos, el chocolate ya debe estar listo!
Caminamos lentamente hasta el deck, ese tablado de madera fuerte elevado de suelo y que parece flotar en el aire. Mientras caminaba no imaginaba que la conversación que nos esperaba allí terminaría revelándome el verdadero sentido de todo aquel recorrido. Solo mucho después comprendí que hasta ese momento yo había conocido la obra.Todavía me faltaba conocer el sueño que la hizo posible.
Caminamos lentamente hasta el deck. El viento era diferente allí arriba. Corría con más libertad entre los pinares y parecía traer consigo ese silencio limpio que solo existe en las montañas. Sobre la mesa ya nos esperaban varias tazas de chocolate caliente. El pequeño grupo de personas, Desirée, los vecinos, nos fuimos acercando poco a poco. Conversando con esa confianza que solo tienen quienes han aprendido a vivir como comunidad. No había protocolo. No había ceremonia. Era, simplemente, un grupo de amigos compartiendo una tarde.

Tomé la taza entre las manos y, casi sin proponérmelo, levanté la vista. Desde allí el paisaje era extraordinario. Los pinares abrían paso al valle y, a lo lejos, en el valle, aparecían Cambita Garabito y San Cristóbal descansando bajo la luz de la tarde. Permanecí unos minutos contemplando aquel horizonte. Siempre he pensado que hay paisajes que uno mira y otros que terminan mirándolo a uno.
La conversación fue derivando, como suelen hacerlo las buenas conversaciones, hasta llegar a la pregunta inevitable.
—¿Cómo nació todo esto?
Desirée sonrió.
No respondió enseguida.
Primero dejó que la mirada viajara lentamente hacia el valle, como si necesitara recorrer otra vez el camino que la había conducido hasta allí. Después comenzó a hablar. No habló de construcciones. No habló de inversiones. No habló de diseños. Habló de una necesidad que había ido creciendo dentro de ella durante años. La necesidad de encontrar un lugar donde pudiera reunir todo aquello que había amado desde siempre: el arte, la artesanía, la cocina tradicional, el barro, la madera, las flores, los jardines, la naturaleza, las conversaciones largas y esa hospitalidad que convierte una visita en un encuentro.

Mientras la escuchaba me di cuenta de que no estaba describiendo una propiedad. Estaba contándonos su vida. Hubo un instante que todavía conservo con absoluta claridad. Desirée hizo una pausa. Volvió la mirada hacia el horizonte e inclinó apenas la cabeza. No puedo afirmar lo que estaba sintiendo. Nadie tiene derecho a entrar de esa manera en el corazón de otra persona. Solo puedo decir lo que vi.
Me pareció descubrir en sus ojos un brillo apenas acuoso. Esa transparencia discreta que, a veces, acompaña a quienes han perseguido un sueño durante muchos años y, de pronto, descubren que ya no tienen que seguir imaginándolo porque ahora pueden vivir dentro de él.

No sé si alguien más lo advirtió. Yo sí. Y quizá lo advertí porque también soy artista y conozco esa emoción.
He visto esa misma mirada en personas que dedican media vida a levantar una obra sin saber si algún día llegarán a verla terminada. Es una alegría serena. Una felicidad que no necesita hacer ruido. Una emoción que, algunas veces, se acerca silenciosamente a las lágrimas.
Mientras ella seguía hablando comprendí, por fin, el verdadero sentido de mi visita. Yo había pensado que iba a conocer la Casa Taller de Desirée Cepeda y estaba equivocado. Lo que había recorrido, desde que crucé la entrada de Villa Margarita, era el largo camino de un sueño cumplido.
Entonces todo comenzó a tener sentido. La casa principal ya no era solamente una casa. El Fogón de Luna dejaba de ser únicamente una cocina. El taller ya no era solo un lugar donde nacían piezas artesanales. Cada espacio era una página distinta de la misma historia. La historia de una mujer que decidió crear y creer en una idea durante muchos años hasta encontrar el lugar donde esa idea pudiera florecer con absoluta libertad.

Cuando llegó la hora de despedirnos permanecí unos segundos mirando nuevamente la montaña. No sentía que estuviera dejando atrás una propiedad. Sentía que acababa de visitar una manera de entender la vida, y mientras descendía recordé una frase muy de Desirée. Cuando algo la emociona profundamente suele decir, entre risas y con una sinceridad que desarma a cualquiera:
—Me acosté en el piso.
Sonreí. Creo que por fin entendí lo que quiere decir. Porque al terminar de escribir esta crónica volví a sentarme, una vez más, en aquel patio detrás del Fogón de Luna. Volví a recorrer el taller. Volví a beber chocolate frente a los pinares. Volví a mirar a Desirée contemplando el valle sin saber que alguien había descubierto, en el brillo de sus ojos, la emoción silenciosa de un sueño cumplido.
Debo ser sincero Mientras escribía estas últimas líneas sentí que los ojos comenzaban a humedecerse. No era tristeza. Tampoco nostalgia. Era otra cosa. Era la gratitud de comprobar que todavía existen personas capaces de dedicar una vida entera a perseguir un sueño sin renunciar a él, comprendí que esa tarde no había hecho una visita. Había recibido un regalo.
Por eso, si Desirée me preguntara hoy qué sentí al terminar esta crónica, tendría que responderle con una sonrisa y utilizando una frase que le pertenece a ella:
—Desirée… casi me acosté en el piso.

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