En el cuento El caudillo de las manos rojas, de Gustavo Adolfo Bécquer, ningún elemento es al azar, sino que posee una profunda carga simbólica. En él se combinan aspectos propios de las tradiciones india e hispánica. Bécquer no intenta reproducir una cultura literalmente, sino que construye un universo con sus variantes inspiradas en ambas. Entre los elementos presentes se destaca la simbología numérica: los números estructuran este cosmos ideado por el autor, anticipan los acontecimientos y aportan aspectos claves en la naturaleza de algunos personajes, brindando una comprensión más profunda de la leyenda.
Desde esta perspectiva, se analizará el papel de los números en la obra, resaltando su función tanto individual como colectiva, con el fin de evidenciar su carga simbólica dentro de la narrativa.
El uno es el número que más se repite en la obra; indica el inicio y el final de la leyenda, es el origen de todos los sucesos. En la narración, Bécquer comienza describiendo el mundo de “Osiria”, una creación en la que la naturaleza exalta a su divinidad: “como un himno a la Divinidad levanta la Creación” (Bécquer, 2019, p. 1).
Se trata de un mundo dominado por algo más fuerte que el ser humano: dioses que influyen en los mortales aportando a su vida de acuerdo a sus acciones; castigan o bendicen según sus actos. En esta historia, Pulo Delhi comete un pecado: asesina a su hermano para quedarse con su esposa. Aun cuando se lava las manos, estas siguen rojas, símbolo de su deseo por Siannah y del crimen que cometió.

La intervención sobrenatural se manifiesta cuando el brahmín sacerdote relata cómo el dios Vichenú le reveló el crimen de Pulo:
“Como herido de un rayo… Un sordo rumor se elevó por grados del fondo del agua sagrada… Una manga de aire frío… Como un mundo descansar sobre mi hombro en tanto que me contaba al oído tu historia” (Bécquer, 2019, p. 6).
Aunque este dios estaba disgustado, se podía condoler del arrepentimiento. El uno se repite cuatro veces, mostrando de este modo el disgusto del dios Schiva, el cual se diferencia de su hermano, que solía optar por el juicio de los pecadores.
Mientras tanto, el número dos se encuentra desde el inicio de la leyenda mostrando oposición. Este número adquiere un carácter profético al anunciar, mediante el contraste, el asesinato de Tippot-Dheli, rey de Osiria y hermano de Pulo: “El día que muere y la noche que nacen luchan en un momento” (Bécquer, 2019, p. 1). En esta imagen, el día representa al hermano como una encarnación de la inocencia, y a Pulo como la noche o el anhelo que, naciendo en él, lo llevó a dos delitos: adulterio y asesinato.
Es por esto que este número también es símbolo de la lucha del personaje: contienda entre el deseo y la razón, la culpa y la pasión, la esperanza de redención y su temor al castigo. Tensión que se muestra a través de un dios defensor y otro que busca su mal. La vida del caudillo se debate entre estas dos fuerzas: el sueño de una vida feliz con la mujer que ama y el despertar en una realidad de la que no puede escapar al ver sus dos manos rojas.
La naturaleza misma comparte esta división; cobra vida a través de la lucha con un reptil que crece y cambia de forma. En esta parte se menciona el número dos cuatro veces para reflejar la oposición, la lucha y la muerte, además de la luna como un elemento sagrado de la naturaleza que apoya este hecho de la destrucción incitada por Schiva: “…se despierta de dos en dos lunas… sus ojos (dos) están clavados en los del caudillo… el cual desnuda por segunda vez el puñal” (Bécquer, 2019, p. 20).
Es necesario resaltar que en El caudillo de las manos rojas el destino de los mortales está liderado por tres dioses; es por esto que este número representa la vida de los personajes enlazada a sus voluntades, cuya función se encuentra en un orden jerárquico.
Schiva representa el juicio y la destrucción; Vichenú, la misericordia; mientras que Brahma es el dios creador de todo. Esto se connota cuando Siannah le pregunta a Pulo sobre la existencia del Árbol de la muerte, y este le responde de la siguiente forma: “el dios Schiva lo creó para destruir a los mortales, y su hermano Vichenú, apiadándose de nuestra infelicidad, se lo dio a conocer a Brahma” (Bécquer, 2019, p. 9).
Este número también es el reflejo de la defensa en la que el caudillo busca la manera de limpiar su culpa. Es por esto que va donde el sacerdote a preguntarle cómo eliminar su maldición, y al entrar registra la leyenda que: “El caudillo toca tres veces con el mango de su yutagán” (Bécquer, 2019, p. 5), referente al clamor o al anhelo de ser oído por alguien.
El tres también simboliza la dependencia, porque este, al entender que no puede limpiar su culpa, recurre a prácticas religiosas en busca de la redención y el perdón, de modo que el sacerdote le pregunta: “¿Has ayunado por tres lunas?” (Bécquer, 2019, p. 6). El ayuno es una práctica sagrada que conlleva la limpieza y, por lo tanto, el favor de Vichenú, posible solo a través del reconocimiento y la sumisión.
Aunque el número cuatro no aparece de forma directa, se puede hacer una relación simbólica con el uno, el cual se menciona cuatro veces dentro de un párrafo para expresar mortandad. Con el número cuarenta se amplía esta perspectiva, vinculándolo con la purificación y el castigo:
“Cuarenta lunas han nacido después de que abandonaron su alcázar; pero ¿quién podrá enumerar los países que han cruzado, los bosques que le han prestado su sombra, los ríos que han apagado su sed?” (Bécquer, 1838, p. 7).
En este fragmento se resalta el recorrido del caudillo en busca de su redención. Las “cuarenta lunas” podrían referirse al ciclo lunar.
Al situarse en la tradición cristiana, este número rememora un diluvio de cuarenta días y noches, un pueblo que duró cuarenta años en el desierto, además de un ayuno de cuarenta días y noches. Bécquer, con un posible enfoque parecido a este, muestra irónicamente en este número el intento fallido de redención del caudillo.
Por otro lado, el número seis, un número par, se asocia culturalmente al ser humano. En la obra de Bécquer, el hombre es dependiente de dioses y sometido a impulsos que no puede controlar. Así ocurre con Pulo, quien, al besar a Siannah sin concluir el mandato, rompió el trato hecho con Vichenú y quedó a merced de la ira de Schiva; luego los dioses pelean para que el ganador dirija el destino de Pulo.
“Seis años tienes de término para reedificar la Pagoda” (Bécquer, 2019, p. 21). En este aspecto, el seis es la oportunidad de reconstrucción en un sentido más espiritual que físico. Esta no proviene de una acción del dios, sino de un acto consciente de Pulo, responsabilizándose de sus actos y, de manera bondadosa, dándole la oportunidad que tanto anhelaba.
Otro número representativo es el siete, el cual muestra la perfección divina. En el relato, el perdón de los dioses conlleva en el caudillo la abstinencia de sus deseos carnales. De este modo el sacerdote, figura de conexión espiritual entre los dioses y el hombre, le pregunta: “¿Has huido del lecho nupcial por 7 noches?” (Bécquer, 2019, p. 8). Esta pregunta muestra cómo el sacrificio para la purificación requería distancia física de la fuente de su anhelo.
No obstante, este número también muestra una voluntad divina que no puede ser alterada por el hombre; en este sentido, aun con siete invocaciones de los sacerdotes, Pulo no obtuvo el descanso. “En balde han invocado los brahmanes por siete veces al espíritu del reposo y al genio de los sueños nácar” (Bécquer, 2019, p. 3). De este modo, los dioses deciden si aplicar misericordia o castigo al caudillo.
Sumado a lo anterior, el número ocho se relaciona con la soberanía divina por su parentesco con el infinito, algo que no tiene inicio ni fin, una culpa que no podría ser borrada; mientras este intenta dirigir su destino, estaba en la disposición de Schiva cambiarlo. Es por esto que cuando el caudillo sale del palacio, la figura de los elefantes es un referente del autor que sustenta esta idea: “Ocho elefantes conducen su tienda de lino fino y oro” (Bécquer, 2019, p. 3).
Asimismo, el ocho también se refiere a las horas de sueño del ser humano, un estado de descanso para aquellos cuya conciencia no juzga, mientras que para el caudillo solo existía el temor y el desvelo.
Además, el ocho también nos lleva a la noche, que, aunque era un estado de descanso, para el caudillo no existía ni existiría el reposo. Es por esto que personifica el sueño como un dios que se parece a la muerte: no es un estado de quietud, sino de separación y tortura, cuya representación es a través del número noventa: “El sueño, hijo de la tumba, levanta a esta voz la frente, entreabre los soñolientos ojos y agita sus noventa manos” (Bécquer, 2019, p. 10).
Números como el diez y el cien son usados para representar la fuerza bruta o el intento de mejorar el estado por parte del ser humano, cuya esperanza es constante y se solidifica:
“En balde la seda de brillantes colores se ha extendido sobre diez pieles de tigres para que descansen sus miembros” (Bécquer, 2019, p. 3).
“El templo resplandece en su interior por cien y cien magníficas lámparas de bronce y oro” (Bécquer, 2019, p. 23).
Inicialmente está el dios Schiva que, a diferencia de Vichenú, no iba a ser misericordioso con el pecado de Pulo. Cuando el dios del juicio gana, se realiza la descripción del templo, donde el número cien es el mismo diez elevado, representando abundancia; elementos como el oro, el bronce y la luz aluden a la claridad a través del juicio. Fue más bien como un anuncio que llevaría a Pulo a la confesión próxima de su pecado, un acto de liberación al ya no ocultar sus manos rojas. Se las muestra al pueblo, le cuenta del juicio del dios Schiva y la desaparición de Siannah.
En El caudillo de las manos rojas, los números fortalecen los sucesos a través de predicciones: un pecado que sigue al caudillo; un dios cuyo castigo fue el recuerdo de lo que hizo a través de dos manos rojas; la oposición entre un deseo y su consideración de lo correcto; tres dioses cuyos caminos están divididos; la muerte que acecha en el reflejo de cuarenta lunas; seis años para edificar el templo, de modo que el caudillo asuma su culpa; un ayuno de siete noches para que se aleje de su pasión hacia Siannah; ocho elefantes que muestran un infinito donde no hay redención; y cien lámparas de bronce que muestran el descubrimiento del pecado del caudillo, donde este se apuñala en forma de sacrificio al dios.
Por último, Siannah aparece; Schiva le cumple esta petición segundos antes de morir. La leyenda finaliza volviendo al inicio, al uno del crimen y de la muerte:
“Un delirio del placer… la esmeralda de los ojos de una schiva… la luz de un diamante… la armonía de una noche de verano…” (Bécquer, 2019, p. 24). El uno que se repite cuatro veces dando a entender que Siannah acompañaría al caudillo hasta la muerte; luego de esta enumeración es que se cita: “Siannah fue la primera viuda indiana que se arrojó al fuego junto al cadáver de su esposo” (Bécquer, 2019, p. 23).
Referencias bibliográficas Bécquer, G. A. (2019). Leyendas (Ilustrado) (M. Cuesta Pamies, Ilustr.). Titivillus. (Obra original publicada en 1858).
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