¿Podemos reconocer un texto producido por inteligencia artificial sin preguntarle a la máquina si fue ella quien lo escribió? Salvo error de mi parte, no existe una marca lingüística aislada que permita responder afirmativamente. Existen, empero, determinadas recurrencias sintácticas y discursivas que pueden despertar sospechas. Una de ellas es la que propongo denominar doble proposición.
¿Qué es una proposición lingüística? En términos generales, es un contenido de sentido susceptible de afirmación, negación o valoración. No equivale simplemente a una oración, pues constituye aquello que se predica o se pone en relación mediante el lenguaje. En un trabajo anterior sobre la oposición como principio lingüístico sostuve que la proposición debe examinarse también desde las relaciones de oposición que intervienen en la construcción del sentido (Roa Ogando, 2020).
La doble proposición aparece cuando una primera proposición se formula mediante una negación aparente para introducir inmediatamente otra afirmativa: «Duarte no solo fue el más grande patriota, sino también el Padre de la Patria». La primera proposición no se niega; «no solo» anuncia que será ampliada mediante una segunda. Otros ejemplos serían: «La literatura no solo refleja la sociedad, sino que también contribuye a transformarla»; «La universidad no solo transmite conocimientos, sino que también forma ciudadanos».
La construcción es legítima en español. El problema aparece cuando su recurrencia adquiere carácter de fórmula: «no solo…, sino también…», «no únicamente…, sino además…», «no se limita a…, sino que…». En determinados textos generados por IA, estas estructuras funcionan como verdaderos constatativos discursivos: presentan una afirmación y enseguida la amplían, reforzándola como si se tratara de una evidencia.
La IA puede convertirse, por tanto, en un medio extraordinariamente hábil para la escritura, pero su eficacia dependerá cada vez menos de la habilidad para escoger palabras y cada vez más de la capacidad intelectual para dominar los significados y los sentidos que esas palabras adquieren.
Amén de la doble proposición, llaman mi atención los adverbios puntualizadores «ahí», «de ahí», «allí», «de ese modo» y el adverbio de lugar «donde»: «ahí se encuentra la clave», «de ahí surge su importancia», «allí radica el problema», «de ese modo se demuestra que…», «es donde aparece la verdadera dimensión del fenómeno». En muchos casos dejan de señalar un espacio para señalar discursivamente una conclusión.
También merece observación el gerundio utilizado de manera excesiva o inadecuada, sobre todo cuando sustituye preposiciones, conjunciones u otras relaciones sintácticas: «generando», «permitiendo», «contribuyendo», «estableciendo», «constituyendo». El gerundio puede convertirse, de ese modo, en una especie de conector universal.
Ahora bien, aquí conviene desmontar otro espejismo contemporáneo: los llamados detectores de IA y los denominados humanizadores. Los primeros no «detectan» la inteligencia artificial en sentido estricto; identifican patrones estadísticos o estructuras recurrentes que también puede producir cualquier hablante. Por ello, pueden señalar como «texto de IA» un escrito genuinamente humano. Los llamados humanizadores, por su parte, intentan eliminar o modificar precisamente esas estructuras marcadas como artificiales, aunque esas mismas formas pueden haber sido producidas espontáneamente por un ser humano. Vender ambos procedimientos como mecanismos infalibles de identificación o humanización constituye, cuando menos, una farsa.
Estos apuntes los he obtenido al experimentar con textos escritos por mí y por otros autores de renombre. El falso positivo que más destacó fue cuando coloqué fragmentos de "Utopía de América", de Pedro Henríquez Ureña; indicando, el detector de IA, que el 82% había sido generado por una IA. Otros artículos con los que sometí a escrutio a los mal llamados detectores, y a los falsos humanizadores, corresponden a premios nacionales de literatura, a los cuales las aplicaciones susodichas les otorgan entre un 72% a un 88% de uso de IA, cuando para la fecha de publicados los textos objetos de análisis, los generadores de textos de IA no se conocían.
En mi condición de exégeta de textos seglares y seculares, considero que el verdadero problema está en otro lugar. En la era de la IA, quizás lo más importante ya no sea la forma del signo lingüístico, es decir, el uso corriente de las palabras para producir nuevos textos, sino el dominio del significado por parte del usuario. Quien conoce profundamente un campo del saber puede sin dudas formular mejores preguntas, reconocer errores, contrastar afirmaciones, exigir precisión conceptual y corregir las respuestas de la máquina. Quien carece de esa formación puede producir un texto impecablemente redactado y, sin embargo, conceptualmente vacío o equivocado.
La IA puede convertirse, por tanto, en un medio extraordinariamente hábil para la escritura, pero su eficacia dependerá cada vez menos de la habilidad para escoger palabras y cada vez más de la capacidad intelectual para dominar los significados y los sentidos que esas palabras adquieren.
La pregunta final es inevitable: ¿de qué sirve que una máquina escriba como un humano si el humano que la utiliza no sabe realmente lo que quiere decir?
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