‘’Divide las dificultades que examines en tantas partes como sea posible, para su mejor solución’’. René Descartes

Los cuentos ‘’El día en que dos ciudades contrarias descubrieron que eran hermanas’’ y ‘’¿Quién se robó el verde?’’ (2023), de Margarita Luciano López, publicados por Editora Nacional e ilustrados por Ezequiel Martínez, parecen habitar mundos distintos. En uno existen ciudades pobladas por letras y números que viven enfrentados; en el otro, una montaña pierde su color y unos niños emprenden, junto a seres fantásticos, la tarea de devolverle el verde. Sin embargo, debajo de sus personajes, sus ciudades imaginarias y sus paisajes, ambos relatos guardan una misma pregunta: ¿qué sucede cuando olvidamos que aquello que consideramos diferente también forma parte de nosotros?

La literatura infantil posee una capacidad especial para esconder grandes preguntas dentro de historias aparentemente sencillas. Una ciudad de letras puede convertirse en una reflexión sobre la convivencia; una montaña que pierde su color puede convertirse en una reflexión sobre la memoria, la pérdida y la responsabilidad. Así, Margarita Luciano López construye dos mundos imaginarios que, aunque diferentes, terminan hablándonos del mismo mundo real: aquel que habitamos todos.

En ‘’El día en que dos ciudades contrarias descubrieron que eran hermanas’’, la autora presenta dos pueblos que podrían parecer incompletos si permanecieran separados. ABC representa el mundo de las letras, del conocimiento y de las palabras; 1, 2, 3 representa el mundo de los números, del orden y de la organización.

Cada pueblo posee cualidades propias, pero transforma la diferencia en motivo de enfrentamiento. Las letras consideran enemigos a los números y los números consideran enemigos a las letras. Así, lo diferente deja de ser una posibilidad de aprendizaje y se convierte en una amenaza.

‘’Parecería a que todo era un encanto en la ciudad de ABC. Sin embargo, no era así. Las letras eran enemigas de los números que habitaban en la ciudad de 1,2,3’’ (página 4)

Esta situación recuerda una de las contradicciones más antiguas de la humanidad: muchas veces tememos aquello que no conocemos. Construimos fronteras antes de construir puentes. Miramos al otro desde lejos y le colocamos un nombre, una etiqueta o una intención sin habernos detenido a descubrir quién es realmente. La distancia alimenta el miedo, y el miedo puede alimentar el conflicto.

Entre letras, números y montañas: una reflexión sobre la unión, la memoria y la naturaleza

Había una ciudad de letras,

otra de números,

y entre ambas dormía un muro

hecho de miedo.

Una decía: “Somos distintos”.

La otra respondía: “También nosotros”.

Y ninguna comprendía

que la diferencia no era una guerra.

Porque una palabra necesita letras,

pero también puede necesitar números;

y el mundo, para ser completo,

necesita más de una manera de nombrarlo.

Quizás las fronteras no nacen en la tierra,

sino en los ojos que se niegan a mirar.

Margarita Luciano López.

El personaje de E rompe esa lógica. Al entrar en la ciudad de los números y convivir con sus habitantes, descubre que aquello que había sido presentado como enemigo también podía ser amigo. E no descubre que los números son iguales a las letras; descubre algo mucho más profundo: no necesitan ser iguales para poder convivir.

‘’E comprendió que no valía la pena guerrear con el pueblo de 1,2,3. Allí hizo muchos amigos, a quienes les habló sobre los abecianos. Quería convencerlos de que ambos pueblos debían parar las guerras’’ (página 6)

La amistad se convierte entonces en una forma de conocimiento. E comprende que conocer al otro permite desmontar las ideas que nacen del prejuicio. Después, otros personajes lo acompañan y las dos ciudades comienzan a acercarse.

Lo que antes parecía una oposición absoluta termina revelándose como una complementariedad. Letras y números, unidos, pueden crear nuevas posibilidades.

Quizás allí se encuentre una de las metáforas más hermosas del cuento: hay cosas que solamente adquieren sentido cuando dejan de estar solas. Una letra puede formar una palabra; un número puede expresar una cantidad; pero juntos pueden construir códigos, conocimientos y mundos enteros.

E caminó de noche,

con miedo en los bolsillos

y una pregunta entre las manos.

“¿Y si el enemigo

solo era un desconocido?”

Entonces una letra abrazó un número,

y el número no desapareció.

La letra tampoco.

Seguían siendo diferentes,

pero ya no estaban solos.

Y comprendieron que la paz

no consiste en borrar las diferencias,

sino en aprender a caminar

con ellas de la mano.

Margarita Luciano López.

La autora convierte así un conflicto sencillo para los niños en una reflexión profundamente humana. ¿Cuántas veces las personas construimos ciudades imaginarias dentro de nosotros? ¿Cuántas veces dividimos el mundo entre “nosotros” y “ellos”? ¿Cuántas guerras comienzan simplemente porque alguien decidió que la diferencia debía ser una frontera?

El cuento parece responder que la convivencia comienza cuando dejamos de preguntarnos quién tiene que desaparecer y comenzamos a preguntarnos qué podemos construir juntos.

El segundo cuento, ‘’¿Quién se robó el verde?’’, cambia las ciudades por montañas, pero conserva esa preocupación por aquello que nos une. Aquí el conflicto no nace de dos pueblos enfrentados, sino de una pérdida: la naturaleza ha comenzado a desaparecer.

La montaña que alguna vez estuvo cubierta de verde ahora aparece marrón. Y frente a esa transformación surge una pregunta aparentemente infantil, pero profundamente filosófica:

¿Quién se robó el verde?

El verde representa mucho más que un color. Es la memoria de la infancia, el paisaje, las plantas, los árboles, la tierra mojada, el olor de la naturaleza y la relación afectiva que una persona establece con el lugar donde crece.

Cuando la autora recuerda las montañas de San José de las Matas, no está describiendo solamente un paisaje: está recuperando una parte de su propia historia.

‘’La naturaleza madrugaba encantos que despertaba el rocío. Por años, que parecieron instantes, me marché al reino del azul. Al regresar, noté que reinaba el marrón. Los había de todos los tonos y matices, porque alguien se había robado el verde’’ (página 13)

Por eso, cuando el verde desaparece, también parece desaparecer una parte de la memoria.

Una mañana la montaña despertó

y buscó su vestido verde.

Buscó entre las hojas,

entre la lluvia,

entre los caminos de la infancia,

pero nadie supo responder.

“¿Quién se robó el verde?”

preguntó una niña.

Y el eco llevó la pregunta

de montaña en montaña,

como si la tierra también quisiera saber.

Quizás el verde nunca fue robado,

quizás fuimos nosotros

quienes dejamos de cuidarlo.

Los niños del cuento inicialmente no comprenden la pregunta. Para ellos, el verde casi se ha convertido en algo desconocido. Esta escena puede interpretarse como una advertencia: lo que una generación deja de conocer puede convertirse en aquello que la siguiente generación nunca llegará a extrañar.

Si un niño crece sin árboles, sin montañas verdes y sin contacto con la naturaleza, ¿cómo podrá reconocer lo que se perdió?

La naturaleza, entonces, no es únicamente un escenario donde ocurren las historias. Es también una forma de memoria. Las montañas guardan recuerdos; los árboles guardan sombra; las semillas guardan futuros que todavía no podemos ver.

Entre letras, números y montañas: una reflexión sobre la unión, la memoria y la naturaleza

La montaña recuerda

lo que los hombres olvidan.

Recuerda la lluvia,

los pasos pequeños,

las manos que sembraron,

los juegos de la infancia.

Aunque el verde desaparezca,

la tierra conserva su secreto.

Debajo del marrón,

debajo del silencio,

una semilla espera.

Porque la naturaleza no muere del todo

mientras alguien recuerde

que alguna vez fue hermosa

y decida volver a cuidarla.

Pero el cuento no termina en la pérdida. Y esto es fundamental. Frente a la desaparición del verde, aparecen los duendes y las ninfas, quienes entregan semillas a los niños. Entonces ocurre algo hermoso: la solución no consiste simplemente en devolverles un paisaje, sino en enseñarles a participar en su recuperación.

‘’—¿Quién le robó el verde a la montaña? —preguntaron los duendes y ninfas que vivían a su lado. Y juntos, hicieron un plan para devolver sus sueños a los niños’’ (página 14)

Los niños siembran. La montaña vuelve a reverdecer.

El acto de sembrar se convierte en un acto de esperanza.

Una semilla es pequeña, casi insignificante frente a una montaña. Sin embargo, contiene una posibilidad. Nos recuerda que los cambios importantes no siempre comienzan con grandes gestos; algunas veces empiezan con algo diminuto que alguien decide cuidar.

Aquí aparece una de las ideas filosóficas más profundas de ambos cuentos: somos responsables de aquello que decidimos conservar.

En el primer relato, las letras y los números descubren que pueden construir juntos un mundo mejor. En el segundo, los niños descubren que pueden ayudar a recuperar aquello que parecía perdido.

En ambos casos, el mundo cambia cuando sus habitantes dejan de observar desde lejos y comienzan a participar.

Dame una semilla,

no para guardarla,

sino para enterrarla.

Dame una palabra,

no para callarla,

sino para compartirla.

Dame una diferencia,

no para convertirla en muro,

sino para aprender de ella.

Porque todo futuro comienza pequeño:

una semilla,

una palabra,

una mano extendida.

Y quizás salvar el mundo

sea simplemente comenzar

a cuidar lo que tenemos cerca.

Existe una relación profunda entre el conocimiento y el cuidado. E logra transformar el conflicto porque se atreve a conocer al otro. Los niños logran recuperar el verde porque aprenden a relacionarse nuevamente con la naturaleza.

En ambos relatos, conocer significa mirar de otra manera.

Quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que Margarita Luciano López deja escondida dentro de estos cuentos: aquello que conocemos verdaderamente deja de ser indiferente para nosotros.

Cuando conocemos a una persona, podemos descubrir su humanidad. Cuando conocemos un árbol, una montaña o una semilla, podemos descubrir su valor. Cuando conocemos nuestra historia, comprendemos por qué debemos conservarla.

Los dos cuentos también hablan de la memoria. Las letras y los números recuerdan que alguna vez vivieron enfrentados y lamentan el tiempo perdido. La narradora de ‘’¿Quién se robó el verde?’’ recuerda las montañas de su infancia y desea recuperar aquello que contemplaba cuando era niña.

En ambos relatos existe una mirada hacia atrás que permite comprender el presente.

La memoria, entonces, no es solamente recordar. También es una responsabilidad.

Recordar cómo era la montaña puede impulsarnos a protegerla. Recordar los conflictos puede enseñarnos a no repetirlos.

Hay algo especialmente poético en que ambos cuentos terminen con una transformación.

En uno, las letras y los números terminan tomados de la mano. En el otro, los niños llenan nuevamente la montaña de verde.

Son imágenes sencillas, pero poderosas. Una representa la reconciliación y la otra, la restauración.

Tal vez el mensaje sea que el mundo no está terminado: el mundo también se construye con nuestras decisiones.

Podemos construir muros o puentes. Podemos convertir las diferencias en enemigos o en oportunidades para aprender. Podemos observar cómo desaparece el verde o plantar una semilla.

Podemos aceptar la pérdida como inevitable o preguntarnos, como los niños del cuento: “¿Quién se robó el verde?” y comenzar a buscar una respuesta.

En definitiva, ‘’El día en que dos ciudades contrarias descubrieron que eran hermanas’’ y ‘’¿Quién se robó el verde?’’ son cuentos infantiles que hablan de asuntos profundamente humanos.

Uno nos invita a descubrir la fraternidad detrás de las diferencias; el otro, a reconocer la naturaleza como parte de nuestra memoria y de nuestra responsabilidad.

Entre letras y números descubrimos que ninguna ciudad tiene que vivir aislada. Entre semillas y montañas descubrimos que ningún paisaje está completamente perdido mientras existan manos dispuestas a sembrar.

Porque quizá vivir también sea eso: aprender a reconocer que somos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Las letras necesitan números. Los números necesitan letras. Los niños necesitan montañas. Las montañas necesitan cuidado.

Y todos necesitamos aprender que aquello que parece distinto, lejano o ajeno puede ser, en realidad, una parte esencial de nuestra propia historia.

Al final, las dos ciudades siempre fueron hermanas y la montaña nunca dejó de llamarnos.

Solo hacía falta aprender a mirar.

Aprender a escuchar.

Y, sobre todo, aprender a cuidar.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

Ver más