Dentro de la programación del FESTAE 2026, la presentación de El Percusionista en la Sala Ravelo del Teatro Nacional Eduardo Brito constituyó una propuesta escénica auténtica, vibrantes y humanamente conmovedora en el festival.
El artista Gorsy Edú, de Guinea Ecuatorial, autor, director e intérprete de la obra, logra una extraordinaria fusión entre teatro, música, danza y tradición oral africana, construyendo un espectáculo donde la percusión deja de ser simple acompañamiento sonoro para convertirse en memoria, lenguaje y experiencia humana compartida.
Desde el inicio mismo de la representación, Gorsy Edú involucra al público sin importar edades ni generaciones, rompiendo la distancia convencional entre escenario y espectadores. La sala entera termina participando en una dinámica sostenida por el ritmo, la palabra y la energía colectiva. Ese “¡Oe, oe!” que atraviesa constantemente la obra termina convirtiéndose en un verdadero latido comunitario.
Uno de los momentos más entrañables surge cuando el actor recuerda su infancia, su proceso de alfabetización y las enseñanzas de su abuelo en “la casa de la palabra”. Allí convierte las sílabas escolares, los ejercicios de lectura y los trabalenguas en una auténtica percusión verbal donde el lenguaje adquiere musicalidad y la palabra se vuelve danza sonora.
Fotografía: Mika Pasco.
La escena del niño aprendiendo a leer, “Ma, me, mi, mo, mu…”, posee una ternura extraordinaria y revela uno de los grandes valores del montaje: la transmisión oral del conocimiento como herencia cultural y afectiva. Resulta admirable cómo el público termina participando espontáneamente en los juegos verbales y en los trabalenguas compartidos entre el nieto y el abuelo, mientras el actor transforma las palabras en música viva. Frases rápidas, juegos fonéticos y repeticiones rítmicas fluyen como un verdadero concierto oral donde la memoria, el humor y la tradición se unen con notable naturalidad escénica.
La percusión no aparece únicamente en los tambores. También vive en las pausas, en la respiración, en las sílabas y en la musicalidad interior de las palabras. Allí reside buena parte de la originalidad y el encanto del espectáculo.
Fotografía: Mika Pasco.
Otro de los grandes aciertos de la obra es la manera en que el humor y la musicalidad verbal terminan convirtiéndose en crítica social y reflexión humana. A través de palabras terminadas rítmicamente en “ante”, “visitante”, “caminante”, “comandante”, “ignorante”, “farsante”, el actor construye una secuencia cargada de comicidad, ironía y pensamiento crítico sobre el poder, la intolerancia y las contradicciones humanas.
El público ríe constantemente, pero detrás de esa comicidad emerge una profunda mirada humanista. La evocación de los misioneros que dividieron la aldea entre católicos y protestantes, la figura extravagante y arrogante del “comandante” o el sueño infantil de convertirse en un gobernante “dialogante” y no “farsante”, permiten que la obra dialogue sutilmente con temas universales sin perder nunca la ligereza poética de su narración.
Fotografía: Mika Pasco.
Resulta especialmente admirable cómo El Percusionista logra cumplir simultáneamente con tres dimensiones esenciales del mejor arte escénico: emocionar, formar y entretener. La obra educa sin didactismos, conmueve sin manipulación sentimental y mantiene permanentemente viva la conexión emocional con el público.
Uno de los pasajes más sobrecogedores de la representación ocurre cuando el abuelo inicia al joven narrador en el arte ancestral del tambor durante una ceremonia fúnebre en la aldea. Bajo la noche iluminada por la luna y una hoguera, el anciano coloca las manos del muchacho sobre el tambor y comienza a transmitirle no solo un conocimiento musical, sino también una profunda filosofía de vida.
Fotografía: Mija Pasco.
Las palabras del abuelo adquieren allí una dimensión casi espiritual. Le habla sobre la humildad, la necesidad de aprender constantemente, la importancia de escuchar la música y el ritmo de los demás, la obligación humana de ayudar y el verdadero significado del valor. “No es valiente el que nunca se cae, sino el que sabe levantarse del suelo”, le dice en uno de los momentos más hermosos y emocionalmente poderosos de toda la obra.
Esa escena resume gran parte de la esencia de El Percusionista: el arte entendido no como espectáculo vacío, sino como transmisión de sabiduría, memoria ancestral y crecimiento humano.
Fotografía: Mika Pasco.
Gorsy Edú despliega sobre el escenario una presencia escénica extraordinaria. Su dominio corporal, musical y narrativo le permite transitar con absoluta fluidez entre la actuación, la narración oral, la danza, el canto y la percusión. Cada gesto, cada silencio y cada golpe sobre el tambor parecen cargados de memoria ancestral.
Más que interpretar personajes, Edú parece invocar voces antiguas que hablan sobre el desarraigo, la migración, la transmisión de saberes y la necesidad de preservar la identidad cultural en medio de un mundo cada vez más homogeneizado.
Fotografía: Mika Pasco.
La historia del anciano que transmite a su nieto las enseñanzas de la tradición africana antes de su partida hacia Europa adquiere una dimensión profundamente universal. La obra habla sobre la emigración y la búsqueda de un futuro mejor, pero también sobre aquello que las personas intentan preservar mientras cruzan fronteras: la memoria, las raíces y la identidad espiritual.
El desenlace de El Percusionista alcanza una fuerza emocional difícil de olvidar. Lo que comenzó como una celebración del ritmo, la oralidad y la memoria africana termina convirtiéndose en una profunda reflexión sobre la condición humana, la violencia, las divisiones creadas entre los hombres y la necesidad urgente de reconocernos como parte de una misma humanidad.
A través del humor, los cantos colectivos y la participación constante del público, Gorsy Edú conduce la representación hacia un territorio de gran sensibilidad poética y filosófica. Frases como: “Si todos lloramos igual cuando nacemos, ¿por qué nos empeñamos en creer que somos diferentes?”, resonaron en la sala con una sencillez profundamente conmovedora.
La escena donde cuestiona la violencia humana posee una enorme fuerza ética sin caer nunca en discursos panfletarios. Y entonces aparece una de las frases más hermosas y memorables de toda la obra: “Las palabras son como los tambores: no solo importa cómo suenan, sino también dónde llegan; a algunos a los oídos, a otros al corazón”.
Crédito fotográfico:
Mika Pasco.
Esa frase parece resumir la esencia completa de El Percusionista.
Porque esta obra no busca únicamente entretener o impresionar desde el virtuosismo musical y corporal. Busca llegar al corazón del espectador mediante el ritmo, la memoria, la palabra y la humanidad compartida.
Y entonces apareció una de las imágenes más hermosas de toda la noche: el teatro completo convertido en un solo cuerpo rítmico y emocional. El público, de pie, acompañaba al actor en aquel coro colectivo de “¡Oe, oe!”, mientras los aplausos estallaban prolongadamente en la sala. Ya no parecía existir distancia entre escenario y espectadores; todos formaban parte de una misma celebración humana construida desde el ritmo, la palabra y la emoción compartida.
La ovación final no fue solamente un reconocimiento a la extraordinaria actuación, dirección y escritura de Gorsy Edú. Fue también la confirmación de que el FESTAE había recibido a uno de sus invitados internacionales más auténticos, sensibles y artísticamente memorables.
Y cuando un artista logra que el público no solo aplauda, sino que participe, reflexione, se emocione y termine cantando unido en una misma respiración colectiva, el teatro deja de ser únicamente representación.
Se convierte en encuentro humano.
Noticias relacionadas
Compartir esta nota