La apertura del FESTAE en el Teatro Nacional Eduardo Brito dejó claro desde la primera noche que el festival apostaba por un teatro de riesgo artístico, densidad conceptual y poderosa visión escénica. La elección de La casa de Bernarda Alba, en la versión de Elemental Teatro dirigida por John Viana, no fue simplemente un homenaje a un clásico universal, sino una reinterpretación contemporánea donde el universo lorquiano adquiere una dimensión ritual, expresionista y profundamente perturbadora.

Lejos de toda puesta conservadora o museográfica, Elemental Teatro transforma la obra de Federico García Lorca en una experiencia visual y corporal de enorme intensidad simbólica, donde el drama doméstico deja de sentirse distante o literario para convertirse en una ceremonia oscura del poder, la represión y el silenciamiento humano.

Desde sus primeras imágenes, la puesta revela una clara voluntad de alejarse del realismo tradicional para entrar en un territorio casi litúrgico. La casa de Bernarda ya no es únicamente una vivienda andaluza; es un organismo opresivo, una arquitectura del miedo, una maquinaria ritual donde el luto se convierte en disciplina moral y el silencio en forma extrema de control.

En una escena de desgarradora violencia emocional, Bernarda Alba descarga toda la furia de su autoridad sobre Adela, intentando sofocar su rebeldía y su deseo de libertad. La imagen resume el choque brutal entre la opresión y la vida, núcleo trágico de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca.

La dirección de John Viana constituye uno de los grandes aciertos del montaje. Su propuesta no intenta “modernizar” artificialmente a Lorca, sino descubrir la contemporaneidad que ya habita dentro de la obra: el fanatismo, la violencia sobre el cuerpo, la vigilancia social, la intolerancia, el autoritarismo y la represión del deseo continúan siendo mecanismos profundamente vigentes en nuestras sociedades.

La decisión de condensar los tres actos originales en una sola unidad dramática aporta a la puesta una sensación constante de asfixia emocional. El tiempo parece comprimirse dentro de una atmósfera sofocante donde el conflicto nunca concede reposo. Esa condensación dramatúrgica fortalece el carácter ritual y trágico del montaje, convirtiendo la experiencia del espectador en una inmersión continua dentro del encierro lorquiano.

La casa de Bernarda Alba: Lorca convertido en una herida contemporánea

Visualmente, la propuesta posee una fuerza impactante. La escenografía abandona el costumbrismo para construir espacios abstractos y simbólicos donde predominan:

la oscuridad, las zonas de sombra, los vacíos,

y una composición espacial casi pictórica.

Especialmente notable resulta el uso de estructuras modulares de puertas que los propios personajes desplazan y reorganizan constantemente para construir los distintos ambientes escénicos. Este recurso no solo aporta dinamismo visual, sino que refuerza de manera profundamente simbólica la idea del encierro, la vigilancia y la imposibilidad de escape. Las puertas dejan de ser simples elementos escenográficos para convertirse en límites emocionales y psicológicos dentro del universo opresivo de Bernarda.

La casa parece respirar sobre los personajes y estrecharse contra ellos. Los cuerpos no habitan el espacio; son absorbidos por él.

Adela, la hija menor que se rebela frente a la autoridad implacable de Bernarda, irrumpe en escena con su vestido verde como símbolo de pasión, juventud, deseo y una desesperada búsqueda de libertad, enfrentando el luto y la represión que asfixian la casa y el destino de sus hijas.

El trabajo de iluminación merece una mención especial. Más que iluminar, las luces narran emocionalmente la tragedia. Construuyen jerarquías de poder, delimitan zonas psicológicas y convierten muchas escenas en verdaderas visiones expresionistas y ceremoniales. Hay momentos donde la escena recuerda procesiones funerarias, rituales de duelo y atmósferas cercanas a una inquisición contemporánea.

La música y el diseño sonoro constituyen también uno de los grandes aciertos de la puesta. La musicalización acompaña con notable sensibilidad cada momento y cada acción dramática, potenciando la tensión emocional y contribuyendo decisivamente a la atmósfera opresiva del montaje. Más que simple acompañamiento, la música funciona como respiración interna de la tragedia, dialogando orgánicamente con el silencio, los cuerpos y las imágenes escénicas. En muchos pasajes, sonido y escena parecen fundirse en una misma pulsación ritual.

El negro absoluto domina el universo visual de la puesta y transforma el luto en una prisión espiritual. Los velos, maquillajes y vestuarios anulan progresivamente la individualidad de las hijas hasta convertirlas casi en cuerpos sometidos a una estructura de poder. No vemos simplemente personajes; vemos organismos disciplinados por el miedo, la culpa y el silencio.

La puesta además rescata con inteligencia los grandes símbolos del teatro lorquiano. El bastón de Bernarda aparece no solo como signo de autoridad, sino como extensión física del poder y mecanismo de sometimiento. El uso simbólico de los colores en los vestuarios resulta igualmente significativo: el negro domina la escena como representación del luto, la represión y la muerte espiritual; el blanco aparece asociado a una pureza sofocada y fantasmal; mientras el verde irrumpe como símbolo de deseo, juventud, rebeldía y vitalidad amenazada. Los velos, el encierro espacial, las sombras y la composición coral convierten los símbolos de Lorca en lenguaje escénico vivo y contemporáneo. Nada parece decorativo; cada elemento visual participa activamente de la tragedia.

Uno de los hallazgos más potentes del montaje es precisamente la construcción de Bernarda Alba. La interpretación de John Viana evita toda lectura naturalista y convierte al personaje en una figura monumental, cercana por momentos a una sacerdotisa del encierro, una inquisidora o una encarnación misma del autoritarismo. Su presencia física domina completamente el escenario mediante un trabajo corporal de enorme intensidad y riesgo expresivo.

En una de las imágenes más provocadoras y simbólicas de la puesta en escena, los personajes irrumpen sosteniendo la bandera española, convertida en el universo lorquiano no en un símbolo patriótico tradicional, sino en un emblema de libertad herida, tensión social y tragedia política. El luto, la histeria colectiva y la atmósfera opresiva se funden en un poderoso cuadro escénico que remite a las profundas fracturas humanas y sociales presentes en la obra de Federico García Lorca.( Fotos Mika Pasco)

John Viana no interpreta simplemente a Bernarda: la transforma en una entidad escénica perturbadora y simbólica. El maquillaje extremo, la expresividad física, la ritualización de sus movimientos y la poderosa energía de su presencia convierten al personaje en una representación viva del poder represivo. Su actuación resulta una de las más impactantes y memorables de toda la puesta.

Esa lectura simbólica resulta especialmente poderosa porque universaliza el conflicto lorquiano. Ya no se trata solamente de una tragedia rural española. La puesta dialoga con cualquier sistema social, político o religioso que convierta el control sobre los cuerpos y la libertad individual en instrumento de dominación.

El montaje posee además una evidente influencia del teatro físico y ritual contemporáneo. El cuerpo adquiere aquí una importancia esencial. Las tensiones musculares, las posturas extremas, los silencios, las miradas y la proximidad entre los actores generan una experiencia escénica de fuerte intensidad orgánica. En muchos momentos la tragedia parece desarrollarse más en los cuerpos que en las palabras.

Y precisamente ahí la propuesta encuentra una de sus mayores afinidades con Lorca. Como escribió el propio poeta:

“Mi teatro es poesía que se levanta del libro y se hace humana.”

Elemental Teatro parece comprender plenamente esa dimensión corporal y poética del universo lorquiano. La poesía no aparece como ornamento literario, sino como respiración escénica, tensión física y atmósfera emocional.

El trabajo actoral constituye uno de los pilares esenciales de la puesta. Más allá de interpretaciones individuales, Elemental Teatro construye un verdadero organismo coral donde cada intérprete aporta tensión, presencia y verdad escénica al universo opresivo de la obra.

Todos los personajes de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, reunidos en una escena de poderosa carga simbólica y conmovedora intensidad dramática, donde se manifiesta el dominio opresivo de Bernarda sobre sus hijas y la servidumbre, bajo un universo de luto, silencio y represión que marca el destino trágico de la obra.

El elenco conformado por Diana Carolina Cardona, Yeni Mira, Tatiana Castaño, Ferney Arboleda, Ana María Araque, Jhoana Villa Vargas, Juan Pablo Naranjo, Sebastián Pineda y John Viana consigue sostener una notable intensidad física y emocional durante toda la representación, construyendo un tejido escénico donde el cuerpo, el silencio y la tensión grupal poseen tanta fuerza como la propia palabra lorquiana.

Existe una notable disciplina coral en la composición de las escenas y una comprensión precisa del tono expresionista y trágico del montaje. Cada intérprete logra construir una presencia singular dentro de esa masa femenina sometida por el luto y el encierro.

Resultan especialmente memorables las interpretaciones de María Josefa, Angustias y Adela, personajes que alcanzan momentos de enorme intensidad emocional y poderosa conexión con el público. María Josefa emerge como una figura visionaria donde locura y verdad se confunden, mientras Angustias transmite con dolorosa humanidad el desgaste interior de una existencia condenada a sobrevivir dentro del miedo y la resignación. Igualmente sobresale la interpretación de Adela, la hija menor que se rebela frente a la autoridad de Bernarda y cuyo vestido verde irrumpe en escena como símbolo de pasión, juventud, deseo y búsqueda desesperada de libertad ante el luto y la represión que sofocan la casa.

La atmósfera escénica consigue sostener constantemente una sensación de angustia, hastío y desesperación, pero también momentos donde aparece con fuerza el deseo humano de libertad. Y ahí reside gran parte de la potencia del montaje: la tragedia no se contempla desde afuera; se experimenta emocionalmente.

El espectador atraviesa momentos verdaderamente intensos donde la identificación con los personajes se vuelve inevitable. La puesta nos conduce hacia zonas oscuras del alma humana, pero también hacia la necesidad profunda de libertad que atraviesa toda la obra de Lorca.

Sin embargo, y esto lo planteo como una apreciación muy personal, en algunos momentos del estreno el ritmo dramático pareció extenderse más de lo necesario, generando ciertas reiteraciones y leves zonas de estancamiento narrativo. Probablemente ello pueda explicarse por las complejidades técnicas y el poco tiempo de adaptación requerido para remontar la obra dentro de un contexto  de  montajes y participación dentro del tiempo y la presión de un festival   internacional.

Pero incluso en esos pasajes, la potencia estética y conceptual de la puesta logra sostener el interés del espectador. Porque cuando existe verdadera visión artística, incluso los excesos revelan vitalidad creadora.

La gran virtud de esta versión de Elemental Teatro consiste en demostrar que La casa de Bernarda Alba continúa siendo una obra profundamente contemporánea. No como reliquia literaria ni pieza de museo, sino como espejo incómodo de sociedades donde todavía persisten múltiples formas de:

represión, intolerancia, fanatismo, y control sobre la libertad individual.

Más que representar un clásico, esta puesta consigue despertarlo frente al espectador contemporáneo.

Y ahí radica su verdadero mérito.

Una propuesta especialmente recomendable para quienes buscan un teatro de imágenes poderosas, lecturas contemporáneas de los clásicos y experiencias escénicas capaces de conmover, incomodar y hacer reflexionar mucho después del aplauso final.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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