En diciembre de 1985 el aeda Mármol publica su segundo poemario, Encuentro con las mismas otredades (1). El libro, en tanto producto editorial, inaugura la Colección Egro de Poesía, fundada por el propio poeta. La Colección refuerza la voluntad de autonomía y originalidad del poeta y de quienes se identifican con sus postulados en el panorama literario de los ochenta. Es un instrumento para manifestar, articular en cierta medida el censo cohesionado de un proyecto literario común, pese a sus matices: la Generación de los Ochenta. La saga lírica, anunciada con el número uno entre paréntesis, será completada en 1989 con Encuentro con las mismas otredades (2). Cuarenta años después de aquellos partos de palabras, en 2025, Ediciones Cielonaranja ha reunido en un solo volumen ambos libros. Al salir esta «edición reunida», su editor Miguel D. Mena escribe:

«La publicación de “Encuentro con las mismas otredades” en 1985 fue una conmoción en nuestro escenario literario. Si un año antes José Mármol proponía un pensamiento sobre los mitos con tu poemario “El ojo del arúspice”, con la nueva obra marcaría un antes y un después en la poética nacional» (2025: s.p.)

Hay un elemento paratextual de Encuentro con las mismas otredades (1) que llama mi atención, y es la foto del autor, a la sazón de veinticinco años, que aparece en la contraportada. Mármol tiene una sonrisa tímida dibujada en el rostro, lentes anchos de los tiempos de la Guerra Fría, un afro de merenguero y una chaqueta relajada que le cubre el torso a quien parece pasarse la vida sobre una Harley. Su apariencia no era la del arquetípico intelectual dominicano —cuya corrección política y sus ínfulas de rigurosidad y compromiso se traslucen en el traje y la corbata—, sino la de un joven iconoclasta con aire de James Dean.

Encuentro con las mismas otredades (1) inicia con un prólogo, titulado «Escasa linterna diurna», que rinde tributo al poeta español Antonio Machado. Las colecciones de poemas de Mármol se caracterizan por estos homenajes a poetas y filósofos que han imprimido una huella en su vida y su obra. Siguiendo a Machado, Mármol declara que «la poesía es la palabra esencial en el tiempo»; reflexiona permanentemente sobre la naturaleza de la creación poética —«El instante es la realidad única del poema» (p. 6) — y su vínculo indivisible con el tiempo como barca lúdica, y a la vez atroz, de los días. Aunque el prólogo tiene un tono argumentativo, las emociones líricas de los golpes e incertidumbres que acuden al devenir humano, en su tránsito temporal, ya se presienten y amanecerán en las páginas siguientes con la serie de poemas.

La reciente muerte de su padre José D. Mármol, a cuya «sencilla memoria» dedica el libro, y el nacimiento de su primer hijo, Yasser José, a quien también honra en la dedicatoria «por la triste alegría de la vida» revelan un momento agridulce y de inflexión en la biografía de José Mármol.

Encuentro 1, con cincuenta y un poemas sin título, solo identificados con números del 1 al 50, es un libro menos ambicioso y experimental que otros de las primeras producciones de este autor, aunque conserva un timbre, una cadencia, una voz que le son característicos: la preocupación metafísica; el cuestionamiento de toda realidad dada; la cavilación sobre asuntos epistemológicos, como en el poema 7, «muere la idea sí pero no el pensamiento», y el 10, «siempre piensa el hombre en la cosa y en el pensamiento mismo de la cosa»; la ausencia de la coma y de mayúsculas y con ella la libertad morfosintáctica que se torna más aguda y rebelde en otros libros, y particularmente el canto a la muerte —«solo la muerte mensura lo exacto de la conciencia» (p. 50)—.

En su tesis doctoral José Mármol y su universo poético (obra poética 1984-2021), el académico dominicano Andrés Ulloa observa que

La muerte y el dolor son el centro temático del poemario [Encuentro con las mismas otredades (1)], como en El ojo del arúspice, solo que esta vez, la muerte es más pensada que contemplable. El poeta ahonda en sus análisis y, en lugar de mirar asombrado desde lejos, toca a la muerte, la evidencia, la caracteriza y asume que ella proviene de nuestros adentros y que mide nuestra conciencia y nuestra imaginación. (Ulloa, 2023: 168)

La muerte pasea en el libro con imágenes contundentes: «el mar y los escritos mudos para siempre (…) / los pájaros de polvo emigrando hacia el fuego» (p. 22) y con referencias al padre: «ignoraba desde siempre la muerte / sonreía pero siempre de hondo estuvo triste». El vate que ya en 1984, con su primer libro, discurría sobre la muerte con pasión creativa, ahora la encuentra incrustada en su seno familiar. La muerte no constituye ya solo un objeto de estudio, sino una fuente primaria, un monstruo que le corta la respiración a un ser amado, un cielo apagado a pedradas cuando el padre se ha ido entre los dedos de un trágico accidente: «la fatalidad no tiene nunca forma», «en la última noche se desvanece todo» (p. 15). El poema 24 continúa el abordaje sentimental de la muerte del padre, «el peso de la muerte ahora mide 30 noches (…) / en oriente son las 2 y 30 de la noche fría padre» (p. 35).

Los poemas de Encuentro 1 portan la brevedad que es habitual en Mármol, quien no se ha inclinado durante su trayectoria por las composiciones de largo calado narrativo, sino por el texto de extensión menor que da cuenta de una observación hacia dentro, hacia el ser, o hacia el entorno, a veces con la meditación de quien se sorprende por la sinuosa, amarga o festiva condición de estar vivo, o con el estetoscopio curioso de quien intenta trazar la lógica sombría del carnaval ciudadano. Por consiguiente, en este libro los poemas saltan de un tema a otro, constantes en una teoría de la lengua y en una vanguardia espiritual que se gestan con el sabor único por la palabra de un poeta creando su credo y su ritmo.

El poema 0 da cuenta de una existencia vaciada, inerte, de «fijezas deformes de un talvez» (p.11). En el 1 se invocan recuerdos familiares y rurales: «en mi antigua casa de palos pintados con verde y azul / voces de padre y madre en las noches lluviosas de diciembre» (p. 12). En el 5 conocemos, por el peso del tiempo ya subrayado en el prólogo, que «la memoria es el rostro de un mar que nos transita». En el 8 la hondura filosófica se narra con una retórica que llama la naturaleza y la ciudad: «deviene todo con profundo reposo de circo cerrado por la lluvia» (p. 19). El poema 25, como el 1, regresa a la infancia feliz, libre de las tragedias posteriores y de la dureza de la conciencia vital, envuelta en la inocencia y la naturaleza:

muerdo la guayaba y surge violenta la niñez en la memoria

casa grande azul muy rota   nido de muerciélagos y cucarachas negras

circular tamarindo de las tardes calientes y las noches cargadas de misterios

aquellos tricolores papalotes  aquellos pregoneros inmortales

con aire de recuerdo  rebosan esta burda soledad sin final sin inicio

nunca salir debimos del jardín con lirios   techo de sordo zinc

chubascos en agosto cada año para ser menos infantes   para ir

inevitablemente hacia la incertidumbre

del barrio perdido   de la calle sembrada de viejos con sombrero

narrando a los muchachos sus hazañas ya grises de tanto evocarlas

nunca salir debimos porque no hay retorno

además   se vuelven inhumanos y amargos los senderos (p. 36)

La infancia está tiznada ya no solo con la nostalgia usual de una época divertida, tierna y despreocupada, sino con un reconocimiento de que se gradualmente se diluía para siempre aquel Edén. Insiste en que de aquel «jardín con lirios», «del barrio perdido», «nunca salir debimos», pues sería sustituida por la «incertidumbre» y se tornarían «inhumanos y amargos los senderos». El abandono de los años infantiles es la transición hacia la angustia existencial y el empirismo de la muerte en el hogar. En otro poema es más implacable y taxativo su juicio: «infancia asesinada» (p. 45).

Más allá del análisis temático, resulta importante apreciar la calidad retórica de la escritura de Mármol en estas páginas, llena de imágenes sorprendentes, sobre todo en una gran imaginación para adjetivar. Cito íntegramente el poema 16, ubicado en la página 27, uno de los más logrados del libro y representativo como el que más de la entonación del libro que comento y coloco en cursiva algunos ejemplos de la singular adjetivación, a menudo sinestésica:

Destino amarillo de las horas cayendo en su finito vacío circular

lo imposible presiento de manera difusa como es

cruz de palo añejo en la neblina

un trazo neurótico a medias en el cielo

una lluvia horrible tirándose a los techos con calzada violencia

la madrugada tiembla en el paisaje urbano cargado de anónimos estériles

un piano solloza a esta hora fuera del tiempo

me invade la impresión de que hay algún destino para todo

porque caben las palabras y las cosas en los dedos irónicos del azar y la rabia

El poema 18 está imbuido de un rico aliento de la literatura bíblica. Contiene el siguiente epígrafe: «el día veintisiete del mes segundo la tierra estaba seca. 14,8 Génesis». La cita dialoga con una voz en primera persona que habla de una edad prístina, de un inicio del cosmos:

cuando llegué no había ser ni había noser    hueco el espacio

y detrás del espacio más allá no había ni más acá con forma

cuando caí no había entonces suelo ni lugar había ni camino

sur contra norte ni este contra oeste había ni silencio ni palabra

todavía no era en mi origen la materia ni su alma en la conciencia

ni la causa primera ni los elementos ni la luz abierta en la mitología

no eran los humildes pregoneros ni los charcos de lodo ni mortales sequías (p.29)

Este alter ego del Adán bíblico narra la fundación del mundo en su lenguaje privado. Sabe más que Adán. Conoce la aristotélica «causa primera», la «mitología» e incluso que alguna vez habría «humildes pregoneros», o sea, vendedores ambulantes. Tras contar todo lo que no existía «cuando llegué», «cuando caí», sintetiza «la historia» en «la angustia» y «el pecado» de «el hombre sobre un quizá que aún había eternamente».

José Mármol, poeta.

Que Mármol sea recurrente en una actitud filosófica en su poesía no debe llamarnos a engaño. Su poesía, como atestigua muy bien este libro, se extiende hacia un dilatado abanico de intereses. En una entrevista concedida al poeta brasileño Floriano Martins, subtitulada, por cierto «La otredad sorprendida del poeta», conversan precisamente sobre la necesidad de que la crítica siga hurgando en otras dimensiones de su poesía, más allá del trillado enfoque en lo filosófico —innegable, ubicuo, agrego yo, pero no exclusivo, como hemos mostrado—:

FM | Dice José Rafael Lantigua que en tu poesía pasión y deseo conducen a “una reflexión sobre la presencia y el gozo, una reflexión sobre la materia de la dicha, sobre el camino demarcado y sobre las líneas de fondo de la realidad cotidiana”. ¿Ésta sería tu obsesión poética, la fundación de un espacio de diálogo a partir de la pasión y del deseo?

JM | Esa forma con la que José Rafael Lantigua precisa algunas consideraciones sobre mi poesía, centrándola sobre los ejes de la pasión y el deseo, teniendo, además, como marco referencial la cotidianidad, me parece bastante acertada. Se escribe siempre, sea en prosa ficticia o en versos, desde la pasión, el deseo y la nostalgia. Lo interesante en la observación que citas de Lantigua, un crítico que me merece consideración y respeto, sobre todo, porque no admite dobleces y porque su mayor compromiso es siempre con la calidad de la obra que estudia, es que se aparta del sambenito endilgado a mi poesía por la mayoría de los críticos dominicanos, a modo de arquetipo o cliché, que reduce mi escritura poética a un vínculo de fondo con la filosofía. Según esa crítica, mi poesía es eminentemente filosófica. Mientras que Lantigua se percata de su dimensión cotidiana, familiar, coloquial a veces, quiero decir, su dimensión humana, antes que mero tratamiento poético de categorías filosóficas o doctrinarias. Soledad Álvarez, poeta y crítica de admirable obra, también enfatiza en mi escritura aspectos que desbordan la reiterada preocupación por el tema filosófico. Ella destaca lo pasional, lo erótico, lo humanamente confesional y lo cotidiano, tratados siempre, eso sí, como objetos de lenguaje. Lo que admito y creo que mi propia escritura es capaz de revelar, sin mi ayuda explicativa siquiera, es la íntima relación entre el pensamiento y la palabra; es decir, la fundamentación gnoseológica y lingüística del fenómeno poético, hecho este que trasciende los linderos de una disciplina particular como lo es la filosofía. (Martins, 2021: s.p.)

 Encuentro 1 es un ejemplo cabal de que no se agota el ojo de Mármol en su curiosidad por todo lo que rodea y en el afán de que su poesía abarque una multiplicidad de temas. Más allá de ese mosaico ya analizado en estas páginas —infancia, familia, muerte, memoria, tiempo, razón, naturaleza, ciudad, cosmos, etc. —, seguimos hallando otros tópicos. El poema 21 es un ejercicio metapoético: «infinito e irrepetible el poema se crea en un instante irrepetible / circularidad de lo diverso   el poema insinúa lo inmediato» (p. 32).

El poema 34 discurre sobre el acto de pensar, y práctica menos frecuente en este poemario que en otros del autor, menciona a varios poetas y filósofos que le interesan, como Dante, Baudelaire y Franklin Mieses Burgos: «todo mi pensamiento ahora un chorro detenido (…) / mi pensar ahora necesita sus tres alas (…)» (p.45). En el poema 35 aparece el tema de la locura: «creerse no estar loco es una tonta manera de temer al poder de la locura» (p. 46).

El mar es un símbolo omnipresente en el libro. Más aun, es distintivo de toda la poesía marmoliana, a tal punto que dos de sus obras futuras contendrán en sus títulos referencias marinas: Lenguaje de mar y Yo, la isla dividida. Andrés Ulloa nota que en Encuentro 1 Mármol vuelve al recurrido al tema del mar, pero desde una perspectiva del rico lenguaje creador. Usando imágenes preciosas, a modo de circunloquios, epítetos y aposiciones, caracteriza al mar de formas lingüísticamente extraordinarias:

  1. (mar) salobre mundo espeso de las serenidades
  2. (mar) cuerpo ideal del agua
  3. (mar) naturaleza infame
  4. (mar) aposento de música y mundos que se pierden
  5. (mar) de lo desconocido imagen
  6. (mar) del silencio grito poderoso que rompe los espacios
  7. (mar) enorme lomo de las ausencias falto de toda / ausencia

Usa, además, el hipérbaton para hacer extraña la expresión y jugar con el ritmo de intensidad, como en los ejemplos 5 y 6 anteriores. En el caso 6 la ruptura sintáctica hace además aparecer como oxímoron los sustantivos silencio y grito que en verdad son paradoja. Y, en el ejemplo 7 juega de modo único al circunloquio de la ausencia presencia: lomo de las ausencias donde faltan las ausencias. (2023: 183). 

Encuentro con las mismas otredades (1) puede ser apreciado hoy en día como la confirmación de que había surgido en la primera mitad de los años ochenta un poeta prodigioso e inesperado en panorama de las letras dominicanas, que pronto trascendería las fronteras nacionales. La literatura le depararía admiradores y enemigos en aquellos años iniciales. Unos y otros sentirían el influjo de riqueza y la novedad de la propuesta creativa de Mármol.  La muerte de su padre, sin embargo, le había abierto una larga herida. Era un tiempo de polémicas intelectuales, pero fundamentalmente de crisis personal. Los versos que cierran este libro no pueden ser más reveladore; son una declaración sintética y epifánica: «la poesía  ese rincón oscuro que todavía piensa / es un oficio arcano de difuntos / que tiene como ámbito el espacio de la tumba» (p. 61). 

Bibliografía:

Mármol, J. (1985). Encuentro con las mismas otredades (1). Colección Egro de Poesía Dominicana.

Martins, F. (27 de enero de 2021). Escritura | José Mármol (República Dominicana, 1960). La otredad sorprendida del poeta. Agulha Revista de Cultura. https://arcagulharevistadecultura.blogspot.com/2021/01/escritura-conquistada-jose-marmol.html.

Mena, Miguel D. (6 de diciembre de 2025). La edición reunida de “Encuentro con las      mismas otredades”, de José Mármol. Acento. https://acento.com.do/opinion/la-edicion-reunida-de-encuentro-con-las-mismas-otredades-de-jose-marmol-9587934.html.

Ulloa, A. (2023). José Mármol y su universo poético (obra poética 1984-2021). Tesis doctoral no publicada. Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).

Juan Hernández Inirio

Escritor, profesor y gestor cultural

Juan Hernández Inirio es escritor, profesor y gestor cultural. Nació en La Romana, República Dominicana, en 1991. Ex director provincial de Cultura de La Romana, fundador de la Feria del Libro de esa ciudad y de la Fundación Modesto Hernández (MODHERNA). Es Licenciado en Educación mención Letras, Magna Cum Laude, por la Universidad Dominicana O&M. Tiene un máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural por la Universidad Complutense de Madrid y la Fundación Ortega-Marañón. Ha publicado los libros Cantar de hojas muertas, Musa de un suicida, El oráculo ardiendo, La insurgencia de la metáfora. Treinta poetas de los años sesenta y El nieto postizo. Textos de su autoría han aparecido en periódicos, revistas y antologías latinoamericanas. Ha dictado conferencias en República Dominicana, España e Italia. Su trayectoria le ha merecido diversos galardones, entre los que se destacan ser declarado como ¨Hijo distinguido de La Romana¨ en 2017 por el ayuntamiento de esa ciudad y ser reconocido por la Academia Dominicana de la Lengua en 2019. jhernandezinirio@gmail.com

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