«El lenguaje no es un espejo del mundo, sino un laberinto donde el pensamiento se busca y se pierde.» (Fernando Pessoa)
La poesía producida por la generación de los ochenta se distingue, en una parte muy representativa de sus autores, por una marcada propensión a provocar una simbiosis intensa entre la imagen y el concepto. Esta fusión no ocurre de manera decorativa ni superficial, sino como resultado de una conciencia crítica del lenguaje que se manifiesta en la estructura misma del poema. La imagen deja de ser un simple recurso sensorial para convertirse en una forma de pensamiento, mientras que el concepto se encarna, se vuelve cuerpo verbal, ritmo y respiración. En esa zona de fricción —donde lo visual piensa y lo abstracto se vuelve palpable— se gesta una urdimbre lingüística cuya sintaxis no se limita a ordenar el sentido, sino que lo somete a una presión constante hasta hacerlo estallar. El poema se transforma, así, en un territorio inestable, atravesado por tensiones semánticas, filosóficas y existenciales.
A diferencia de generaciones anteriores, marcadas por la impronta de la literatura comprometida entendida como militancia explícita o como adhesión a una ideología determinada, los poetas ochentistas emergen, en su mayoría, despojados de esa noción ya gastada del compromiso literario. Este desprendimiento no implica indiferencia frente a la realidad histórica o social, sino un desplazamiento radical del lugar desde donde se piensa dicha realidad. El conflicto ya no se formula únicamente como denuncia externa, sino que se instala en el corazón mismo del lenguaje, en su capacidad —o incapacidad— para dar cuenta del mundo. En este sentido, resulta iluminadora la afirmación de Octavio Paz cuando señala que «el poema no dice: hace». El hacer poético de los ochenta es, precisamente, una acción crítica sobre el lenguaje y sobre la conciencia que lo produce.
Esta concepción conduce a una poesía nutrida de múltiples saberes. Filosofía, lingüística, psicoanálisis, mística, metafísica, ciencias y pensamiento contemporáneo confluyen en un discurso poético que se interroga a sí mismo de manera constante. No se trata de una acumulación erudita ni de un exhibicionismo intelectual, sino de una necesidad vital de pensar el poema como un espacio donde el conocimiento se problematiza. El lenguaje aparece inflado de filosofía porque necesita interpelarse como forma de conocimiento y, al mismo tiempo, poner en duda sus propios límites. En este punto, la reflexión de Heidegger —«el lenguaje es la casa del ser»— adquiere una resonancia particular: los poetas ochentistas no habitan pasivamente esa casa, sino que la recorren, la fisuran y, en ocasiones, la incendian para revelar sus cimientos ocultos.
La arremetida contra el lenguaje se convierte, entonces, en una de las marcas más visibles y persistentes de esta generación. El significante es forzado, tensado, llevado hasta el borde de su capacidad de significar, como si cada palabra tuviera que probar su resistencia antes de ser admitida en el poema. Esta violencia simbólica ejercida sobre el lenguaje no responde a un gesto caprichoso, sino a la conciencia de que las palabras heredadas ya no alcanzan para nombrar una realidad fragmentada y contradictoria.
De ahí que la sintaxis se vuelva quebrada, dislocada, a veces abrupta, reflejo de un pensamiento que rehúye las clausuras definitivas y las certezas tranquilizadoras. El poema se erige como una erótica del sentido: una danza peligrosa entre la revelación y el silencio, entre la aparición y el colapso del significado, entre la vida y la muerte de la palabra. Decir, en este contexto, es siempre un riesgo, y ese riesgo es asumido como condición esencial de la escritura poética.
En la poesía dominicana de los poetas ochentistas, estos rasgos se manifiestan con particular intensidad en la obra de José Mármol (1960). En Lenguaje del mar, el poeta desarrolla una escritura donde la imagen marina se convierte en metáfora del fluir del sentido y de su constante amenaza de disolución. El mar no es aquí un simple motivo lírico, sino una figura epistemológica: símbolo de lo inasible, de lo móvil, de aquello que se resiste a toda fijación definitiva. Versos como «la palabra es un pez que se asfixia en la orilla del sentido» condensan una poética en la que el lenguaje aparece siempre al borde de su desaparición. Mármol convierte el poema en un espacio de indagación ontológica, donde cada imagen funciona como una pregunta dirigida al ser y al acto mismo de nombrarlo.
Otro ejemplo significativo es León Félix Batista (1964), especialmente en Poema con fines de humo. En este libro, el poema se construye desde una conciencia fragmentaria y un pensamiento que se sabe provisional, inestable, siempre en proceso de devenir. Cuando el poeta escribe: «El abismo se luxó / y eclosioné / quedé donde caí / boqueando por las branquias…», no sólo formula una declaración estética, sino que articula una ética de la escritura. El pensamiento no organiza el poema desde una lógica lineal; lo fractura, lo expone, lo abre a múltiples direcciones posibles. La quiebra sintáctica se convierte, así, en reflejo de una quiebra epistemológica más profunda: el conocimiento ya no se concibe como sistema cerrado, sino como experiencia límite.
También resulta emblemática la obra de Plinio Chahín (1958), cuya escritura lleva la ruptura del sentido a una intensidad casi paranoica, en el mejor sentido del término. En versos como «En las ondas danzantes / Un soplo más antiguo / Me supe desde entonces / Cayena azul / ojo boreal / Manos y pelvis», la sintaxis se fragmenta deliberadamente para liberar resonancias que desarticulan el hilo semántico tradicional. El poema no se ofrece como un mensaje descifrable, sino como una constelación de imágenes que activan múltiples capas de significación, desafiando al lector a habitar la inestabilidad del sentido.
Asimismo, destaca la obra de Ylonka Nacidit-Perdomo (1965), particularmente en Habitante de sombras, donde la voz poética interroga el cuerpo, la identidad y el lenguaje desde una sensibilidad filosófica y crítica. En versos como «habito la palabra como quien habita una ruina», se manifiesta con claridad la conciencia del lenguaje como espacio erosionado, lleno de restos, silencios y fracturas. La poeta no intenta restaurar un sentido perdido ni reconstruir una totalidad ilusoria; por el contrario, asume la ruina como condición de posibilidad del decir poético y convierte la fractura en lugar legítimo de enunciación. Así, sucesivamente, podríamos continuar presentando ejemplos de otros poetas igualmente representativos de la generación aludida y advertir, en sus obras poéticas, esas mismas características comunes o distinciones inherentes, persistentes y análogas que se reiteran en sus poemas, pero que, por razones de espacio, no es posible desarrollar en esta ocasión.
En un plano más amplio, la generación de los ochenta dialoga con tradiciones que conciben la poesía como pensamiento en acto y no como mera expresión emotiva. La influencia de Paul Valéry resulta perceptible cuando afirma que «un poema nunca se termina, sólo se abandona». Esta idea resuena profundamente en la escritura ochentista, donde el poema aparece siempre como proceso abierto, como tentativa consciente de su propia incompletud. La escritura no aspira a cerrar el sentido, sino a mantenerlo en estado de tensión permanente, como una herida que se rehúsa a cicatrizar.
La poesía de la generación de los poetas ochentistas constituye una de las apuestas más radicales por pensar el lenguaje desde sus propios límites y, al mismo tiempo, desde sus abismos. Su mayor aporte no reside únicamente en la renovación formal o en la densidad conceptual de sus textos, sino en haber desplazado el centro de gravedad de la poesía hacia una zona de riesgo permanente, donde escribir implica problematizar cada palabra, cada imagen y cada estructura sintáctica. Al apartarse de la comodidad de una ideología explícita y al asumir el lenguaje como un campo de batalla simbólico, estos poetas transformaron el poema en un espacio de interrogación ontológica, estética y existencial.
En esta escritura al límite, la imagen dejó de ser ornamento y el concepto dejó de ser abstracción fría: ambos se fundieron en una palabra que piensa y siente simultáneamente, que reflexiona mientras arde. La ruptura del sentido no aparece como negación nihilista, sino como gesto crítico que busca abrir nuevas posibilidades de significado allí donde el discurso tradicional se agota. En la combustión del significante, en la fragmentación deliberada de la sintaxis y en la erosión consciente del sentido, la poesía ochentista nos recuerda que el lenguaje no está para tranquilizar conciencias ni para ofrecer certezas cerradas. Por el contrario, el lenguaje poético se revela como un dispositivo de inquietud, una herramienta para fisurar la percepción de la realidad y para desestabilizar las formas establecidas del pensamiento.
En esa incomodidad reside su potencia ética y estética. El ser —como el poema— no es una entidad fija ni un objeto plenamente aprehensible, sino una pregunta en curso, una búsqueda incesante que sólo encuentra su verdad provisional en el acto mismo de interrogar. La poesía de los ochenta, al llevar el lenguaje hasta sus bordes, nos lega una lección aún vigente: pensar es siempre arriesgarse, y escribir es aceptar que toda palabra verdadera nace, inevitablemente, al filo de su propia ruina.
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