“¿Qué soy?” “¿Qué llevo dentro?” De este material está hecha Renaida, primicia novelística de Juan Casillas Álvarez, poeta natural de Las Piedras, Puerto Rico. Esas preguntas que el personaje-historiador de la novela, el joven Neftalí, atribuye al protagonista hermafrodita, Renaida, y que en algún momento de su vida asomarán a los labios de todo lector de este extraordinario libro, son el meollo de su novela –la que Neftalí está escribiendo, y la que Neftalí está viviendo, dentro de su propia escritura. Y es que, cervantinamente, como esas manos de la litografía de Escher que se auto-dibujan, esta novela de espejos antepuestos también se pregunta –“Qué soy, qué llevo dentro? –¿novela, historia, trozo de entraña? Valga decir que de una manera sutil y orgánica, esta pregunta fundamental pareciera en esta novela ser también la del propio pueblo de identidad escindida, que, como otras grandes heroínas de la historia de la novela respecto del suelo de donde emergen, de alguna manera fundamental esta protagonista encarna.
Renaida, a quien hasta sus dieciocho años todos llaman René, ha nacido con la innegable anatomía reproductiva de una mujer, pero también con ciertos aspectos faciales y anatómicos masculinos. Sus padres y hermanos mayores le obligan a permanecer encerrada en su casa –salvo la inexcusable presencia en la escuela, donde René traba amistad cómplice con las niñas, cuyo baño usa. Sin embargo, en ese encierro, su madre, doña Consuelo Santa de León, la trata como hija, le permite que se vista con sus ropas, le enseña las tareas domésticas que en esa sociedad tradicional eran propias de una mujer, y la llama, dentro de su refugio, “Renaida”.

Al cumplir dieciocho años, René viaja a Buffalo, New York, donde le realizan una intervención quirúrgica que libera sus órganos reproductivos de mujer, tras la cual regresa a Las Piedras, para encontrar tan solo el absoluto rechazo de su familia, salvo su hermanito, Andy, y su madre, quien, fallecida durante su viaje, no tiene ya nada que objetar a ninguna cosa de este mundo. Renaida se instala en la casa familiar, en cuyos oscuros recintos conocerá a varios amantes, que llegan en vergonzoso y ensombrecido desfile a comprobar una y otra vez la condición excelente para el placer que ella les brinda, con entrega indefensa y voraz.
Dos amantes, sin embargo, se destacan de este verdadero regimiento de cobardes atrevidos, su primer hombre, Gertrudis, y Rosario, el hombre tatuado y cicatrizado con quien conociera cinco años de amor conyugal. De su primer hombre, Gertrudis, Renaida queda embarazada, si bien los médicos en Buffalo le habían advertido que, sin otra operación, muy probablemente no podría llevar a términos sus embarazos, sin que naciera la criatura mortalmente incompleta.

Renaida proclama a todo el pueblo que ha quedado embarazada de Gertrudis, quien, joven de provecho, con un brillante futuro por delante, la niega, sin que hiciera falta el canto de tres gallos, como indica el narrador. Escuchemos un poco la voz de René, seguida de parte del parlamento extraordinario, de la formidable doña Trinidad Miranda López, madre de Gertrudis, quien ha puesto un pleito contra Renaida por difamación. Primero, Renaida:
Eso fue así bien rápido, señor juez.
»Tú me gustas y quiero meter mano contigo para probar si yo puedo hacer eso por ahí.
»Yo se lo pedí. Quise experimentar con él porque era joven y bonito. Yo estaba barriendo el suelo de la casa y él salió casi desnudo de la ducha.
—¡Pues vamos! —me dijo ese desgraciado.
(Risas).
—¡Orden en mi corte! —El juez mandó a callar al público.
—¿En dónde?
—En dónde tú quieras
Se hizo un silencio en la corte.
–La primera vez fue en su casa. Y me quedé todo el día completo con él hasta que llegó doña Trinidad. Y boté sangre y él se desvirgó también. Sí, tuve mucho miedo. Para él fue la primera vez tanto como para mí. El resultado fue la experiencia sexual de una mujer normal. Los dos nos desgarramos. Y él botó un chorro de sangre. Él perdió el virgo y yo con él. Yo sentí que lo quería. Yo lo apreté y él me apretó. Sentí placer, por eso quedé preñá, porque me vine. Sentía placer apretando su cuerpo contra el mío. Y al otro día volvimos otra vez, pero nos fuimos a escondidas a los cerros de Don Felipe, donde nadie podía sospechar lo que estábamos haciendo.
–Y después lo hacíamos dentro de la corriente del río La Canoa, el río en que mi madre nunca me dejó bañarme. Sin embargo, con Gertrudis me bañé por primera vez. Yo lo buscaba por los callejones de la barriada y él me encontraba en el monte o en el río. Y nos hacíamos señas. Él tenía más de dieciocho años y estaba de servicio en el ejército. Y cuando venía, yo lo esperaba y nos íbamos para Collores, otro campo. Él siempre que me veía me acariciaba, don Gracia, pero cuando le dije que yo estaba con la barriga, respingó hacia atrás. Entonces, era otro Gertrudis que aparecía en mi vida.
(Risas).
—¡Basta orden en la corte! —Esta vez el juez dio malletazos.”
[…..]
Doña Trinidad:
“Mi lugar aquí es defender y hablar por mi hijo. He criado a mi hijo sola, le di una educación y le enseñé los mejores principios cristianos. Cómo muchacho ejemplar, al terminar la secundaria, mi único hijo, se alistó en la guerra. He sacrificado a mi hijo por los principios y valores de los americanos. Bastantes sufrimientos he tenido pensando que un día regresaría a mis brazos en una caja de plomo.
Dios es grande, escuchó mis plegarias y ahora está listo para una nueva vida. Él es mi único ser querido salido de mi vientre sano y cristiano. Me he pasado toda esta vida dedicada a él. Y lucharé y lucharé con todas mis fuerzas para que sea un ciudadano útil a nuestra sociedad. Pero, Don Gracia, qué saca René diciendo que eso que tiene dentro es una criatura normal. Lo que busca es venganza, y dañar el futuro de mi hijo. Si ella quiere ser madre que se case y tenga hijos. Pero, si no es mujer, que no se case ni ande por ahí murmurando que es madre porque se ha quedado hinchada de la barriga.
[…..]
Esto, Señor Juez, se debe acabar. Son muchos los afectados por sus profanas acciones. Don Gracia, usted tiene que parar a René de estar diciendo que tiene una barriga de mi hijo. En vez de decir que lo que se le ha formado es un abdomen duro y cilíndrico. Si fuera mujer yo sería la primera en decirle: “Hija, eres la madre de mi primer nieto”. Pero no lo puedo decir ni soñando. Para terminar, su Señoría, le diré a René, frente a este público que me respeta y que me conoce bien, lo siguiente.
Tú tendrás ese hijo, pero te juro que mi hijo nunca lo va a reconocer. Te conozco. Tú te vas a quedar llena en ese estado. De ahí no pasarás. ¿Qué va a nacer, me pregunto, de alguien mitad hombre y mitad mujer? No le amargues la vida a ese muchacho quien tiene un futuro por delante. Lo vas a perder de una forma o de otra. Tú te hinchas, pero no pares. Tú te aprovechaste queriendo experimentar después de esa operación allá afuera. Señor Juez, no tengo más que decir y que queden las cuentas claras.”
Extraordinario diálogo, característico de toda la obra. Ya algo hemos indicado en cuanto a la forma de esta hermosa novela, encuentro y re-encuentro de voces, miradas, dolores y gozos. Tan solo añdiré que la novela viaja en el tiempo, hacia atrás, hacia adelante, en un trasiego de eventos y desplazamientos de conciencias que logra una gran riqueza vivencial de profundo impronta realista; porque el realismo literario no es la representación más o menos exacta de un objeto, sino la representación de un objeto visto por –aprehendido por, vivido por—un sujeto, precisamente una conciencia. Y la conciencia es movimiento. Esto lo logra plenamente la novela Renaida de Juan Casillas Álvarez, y de esa manera, al terminarla, salimos de ese mundo estremecido y estremecedor como de un naufragio. Llegamos a la playa, mojados del mar, agradecidos, y sentimos la tierra compacta bajo nuestras plantas, nuestra propia tierra.
Alan Smith Soto
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