Cada vez que se publican los resultados de la prueba PISA, estos son ampliamente difundidos y generan intensos debates antes, durante y después de su divulgación. Ocurre en la República Dominicana y, con toda seguridad, en cada uno de los países que participan en esta evaluación internacional.
La prueba PISA (Programme for International Student Assessment) evalúa el desempeño de estudiantes de 15 años en tres áreas fundamentales: lectura, matemáticas y ciencias. Es coordinada por la OCDE y la República Dominicana participa en ella porque el Estado dominicano destina recursos para formar parte de este estudio comparado. Como es bien conocido, el país suele ubicarse entre los últimos lugares del ranking, lo que provoca cuestionamientos a los hacedores de políticas públicas, debates en los medios de comunicación, inquietudes en el magisterio y expectativas en la ciudadanía.
En este contexto, el Instituto Dominicano de Evaluación e Investigación de la Calidad Educativa (Ideice), desempeña un rol clave como contraparte nacional de la OCDE para la aplicación de la prueba PISA. Sin embargo, su función no se limita a la logística de la prueba. Posterior a la publicación de los resultados, el Ideice impulsa foros, mesas de diálogo y estudios financiados, por ejemplo, a través de fondos concursables, orientados a comprender el fenómeno y aportar evidencia para la toma de decisiones.
Un ejemplo significativo fue el foro dedicado a PISA realizado el año pasado, donde se presentaron análisis técnicos sobre los resultados. En ese espacio participaron investigadores, educadores, tomadores de decisiones y representantes del Ministerio de Educación. Allí tuvo una intervención relevante la viceministra de Servicios Técnicos y Pedagógicos del Minerd, la doctora Ancell Scheker, quien explicó una serie de acciones implementadas antes de la aplicación de la prueba, dirigidas específicamente a estudiantes de 15 años, con el propósito de reforzar competencias.
Escuchar estas explicaciones fue importante. No obstante, como educador e investigador, considero necesario introducir una reflexión crítica de fondo: no podemos atacar consecuencias sin atender las causas. Como decía un profesor en mi etapa de formación, y como repite la sabiduría popular, la fiebre no está en la sábana.
Cuando los esfuerzos, recursos y estrategias se concentran en preparar al estudiantado que está próximo a enfrentarse a PISA, se interviene sobre un sujeto que ya posee una historia escolar de aproximadamente diez años dentro del sistema educativo. PISA no mide un grado aislado; mide el resultado acumulado de políticas curriculares, prácticas pedagógicas, secuencias didácticas y decisiones tomadas a lo largo de toda la trayectoria educativa del estudiante.
Por ello, si aspiramos a cambios reales y sostenidos en los resultados, es imprescindible adoptar una mirada sistémica y de largo plazo. Esa mirada conduce, de manera lógica, al nivel inicial y a la primera infancia. No se trata de una defensa corporativa del nivel que conozco y ejerzo, sino de una conclusión basada en evidencia pedagógica y neuroeducativa.
La alfabetización no comienza en primer grado del nivel primario. Comienza desde el nivel inicial. El gusto por la lectura, el vínculo con los libros, el descubrimiento del lenguaje y de sus múltiples formas de expresión se construye desde los primeros años. Y la comprensión lectora, que es una de las áreas evaluadas por PISA, está estrechamente relacionada con ese placer temprano por leer. Un niño que lee y comprende lo que lee tiene mayores probabilidades de desempeñarse mejor no solo en lectura, sino también en matemáticas y ciencias.
De este modo, los resultados de PISA no solo hablan de estudiantes: hablan de políticas educativas. Hablan del currículo, de la progresión entre niveles, de la coherencia entre lo que se enseña y cómo se enseña, y de las decisiones que se toman, o se postergan, en materia de primera infancia.
Existen, además, otros estudios internacionales relevantes en los que el país participa o podría participar. En este artículo nos centramos en PISA porque es el que mayor atención pública genera, pero lo verdaderamente importante es que los datos se traduzcan en políticas educativas basadas en evidencia científica. De lo contrario, los foros, las consultas y las inversiones pierden sentido.
PISA se aplica cada tres años. Si en cada ciclo reforzamos únicamente al grupo que será evaluado, estaremos gestionando resultados coyunturales, no transformaciones estructurales. Atender las causas implica comenzar desde el inicio del sistema educativo.
Finalmente, es pertinente que continúen realizándose foros y espacios de divulgación. Como decía Sócrates, el principio de la sabiduría es el conocimiento de uno mismo. Conocernos como sistema educativo, interpretar con honestidad los datos y convertirlos en decisiones coherentes es el camino para aspirar a mejores resultados futuros.
Porque, en educación, los cambios duraderos no se improvisan: se construyen desde el origen.
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