El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:

La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.

"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.

"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.

(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).

*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela. 
Escena de la obra "Cara a cara", de Haffe Serulle.

XX

Radu llegó a la ciudad antes de lo previsto. Le sorprendió ver edificios muy altos donde hasta hace poco solo había viviendas humildes, callejones abiertos de manera antojadiza e intrincados cruces de caminos. Vio hermosas plazas en lugar de los basureros colindantes con el bosque: esas plazas eran la cara de nuevas avenidas que conectaban con el centro comercial de la ciudad, allí donde la algarabía se sustentaba en las filigranas del presente. Ante esto, pensó por un segundo qué ruta lo llevaría lo más rápido posible a la dotación policial. Podríamos hablar en detalle del desarrollo de Ciudad Sin Nombre, de cómo Radu se hizo un hueco en este entorno urbano; de sus amoríos, que fueron famosos porque cambiaba de novia cada año como si fuera una costumbre heredada de sus ancestros, quienes, atraídos por la singular belleza de sus mujeres, solían perder el juicio. Por eso, no les importaba probar nuevas monturas. Sería interesante referirnos a sus años como estudiante o a su intrepidez en los deportes de equitación y natación, o a los conocimientos botánicos que adquirió de Eduviges del Sangrado, pero, como está dicho en alguna parte de estas narraciones, debe haber un misterio en la vida de los humanos. Mejor dejémonos de encantos biográficos y de detalles descriptivos de la ciudad. Pasemos, pues, de inmediato al Cuartel General de Ciudad Sin Nombre, cuyo comandante, al ver a Radu, se muestra sorprendido y corre a abrazarlo eufórico, como un reencuentro de hermanos.

―¿Por qué no me avisó de esta visita, mi querido Radu? ―dijo el comandante―. Lo hubiera recibido con la banda de música.

Radu intentó sonreír, pero no pudo porque el asesinato de la mujer desnuda lo ocupaba demasiado. Aunque hubiera querido mostrarse diferente al sentimiento que albergaba, no lo habría logrado. Prefirió presentarse en la comandancia, como pedía el caso, antes de fingir alegría. El comandante miró el rostro contraído de Radu, dio tres pasos atrás y le preguntó, como a la espera de una mala noticia, a qué se debía su grata visita.

―He matado a una mujer ―dijo Radu de manera categórica.

El comandante se echó a reír. Cómo no reírse ante semejante broma. Se rio hasta más no poder. Cuando logró calmarse, le agradeció a Radu haberle hecho pasar por esa contentura, pues cuanto sucedía a su lado nada más le sabía a sangre. Entonces el comandante se cuadró ante él y le habló de los últimos crímenes ocurridos en Ciudad Sin Nombre, como forma de estimularlo a que volviera a su práctica investigativa, pero Radu le cortó la inspiración al instante.

―No es un juego, comandante ―dijo Radu.

Sin agregar palabras, lo tomó del  brazo y le pidió que lo acompañara al lugar del crimen.

El comandante iba a echarse a reír otra vez, mas por prudencia se aguantó.

―Dejémonos de payasadas, Radu ―dijo, como para salir del paso:

Radu insistió.

―Si me acompaña, será testigo de un crimen inaudito.

Ante esta ocurrencia, el comandante no pudo aguantar más; casi se muere de la risa. Radu no se inmutó. Esperó a que se le pasara la alegría, se acercó a él, le dio una palmada en el hombro y le dijo en voz baja, al oído:

―Ríase, pero es verdad. Venga conmigo. Compruébelo usted mismo.

Por compasión o por pena, o quizá solo para pasarlo bien con un hombre que fue jovial, alegre y espléndido, el comandante accedió. Le ofreció ir en su automóvil porque eso de andar en coche de caballos no era prudente por la congestión del tránsito urbano.

―Uno de mis ayudantes llevará su coche al estacionamiento del cuartel. Le dará de beber y comer al caballo, para que le sea cómodo el regreso.

Dicho esto, montaron en el carro oficial al servicio del comandante y salieron rumbo al lugar del crimen.  Por la delicadeza de la situación, el comandante prescindió de su chofer; prefirió manejar él. De esta manera hablaría con su amigo con entera confianza, pero durante el trayecto hablaron poco, por no decir nada. El silencio intranquilizó al comandante. En cambio, Radu lució tranquilo porque iba a superar su angustia. Este desahogo lo liberará de la incertidumbre forjada en él por estar mucho tiempo en el ventanal, pienso.

El comandante sintió alivio cuando Radu le advirtió que debía ir más despacio porque al doblar llegarían a la dirección pretendida.

―Aquí, aquí; es aquí ―gritó Radu, no sabemos si alegre o preocupado. El Comandante frenó de golpe. Miró a todos lados en busca de un estacionamiento.

―Ahí, donde está el cartel de bicicleta ―dijo Radu.

Salieron del automóvil. Radu lo hizo con prisa; el comandante, despacio, sin alterarse.

―¿Es aquí? ―preguntó el comandante.

―Sí, aquí ―respondió Radu, sin titubeos

El comandante escudriñó cada pormenor del lugar. Después de que caminó varios metros a la redonda, volvió a la zona del cartel de bicicleta. Miró de soslayo a Radu. Al verlo como ido, le preguntó, aquiescente:

―¿Dónde está la muerta?

Radu no supo qué contestarle. Se rascó la cabeza y se alejó del comandante sin saber a dónde ir.

―Espere, Radu, espere ―dijo el comandante―. ¿Adónde cree usted que va?

―Estaba ahí; ahí debajo del cartel ―balbucea Radu, desesperado.  ―Veo el cartel ―asiente el comandante―. Sí, sí, el cartel está ahí. Quizás la muerta…

Nervioso, muy nervioso, Radu pega un grito al cielo.

―La muerta estaba ahí, le digo.

El comandante, sorprendido por el grito de Radu, va hacia él, le pone la mano en la espalda y le dice que todo va a estar bien. Radu se siente avergonzado.

―La muerta estaba ahí ―murmura―. Yo no he enloquecido. Jamás me inventaría esto ni le haría perder el tiempo a un hombre como usted.

Con tacto e inteligencia, el comandante le comenta a Radu:

―No descarto la posibilidad de que un curioso haya trasladado el cuerpo a otro lugar.

Segundos más tarde, al notarlo más calmado, le dice:

―Sangre no hay, ni nada que nos oriente a la muerte. Mejor regresemos.                                                                       ―Estaba aquí, comandante, se lo juro. Fueron las últimas palabras de Radu; las últimas de este encuentro porque, de vuelta a la comandancia, no dijeron nada, ni siquiera al momento de Radu desmontarse del automóvil y subirse en su coche.

De regreso a la casa, Radu pensó que, en virtud del percance, debía convocar a la prensa para anunciar, con pruebas irrefutables, lo que el comandante no pudo comprobar. “Diré, ante los periodistas ―meditó Radu―, que anoche maté a una mujer que iba desnuda en una bicicleta. La maté. Sí, la maté. La prensa difundirá la noticia. El mundo sabrá la verdad”.

Ilustración Emil Socías para Crimen incorpóreo.

Al llegar a la casa, desistió de esta idea. Prefirió recordar, sin que viniera al caso, que nunca tuvo necesidad de criar animales porque estos llegaban solos al bosque, como atraídos por una fuerza inexplicable: gallinas, pavos, carneros, chivos, becerros rondaban por los alrededores de la casa. Recordaba cómo Eduviges del Sangrado, eficiente como era, aprovechaba la presencia de estos animales a fin de darle de comer a él. También llegaban perros de todas partes, vigilantes naturales del bosque. Llegaban y se quedaban hasta que morían de viejo. Radu les tenía un especial afecto, el de amigos incondicionales. De noche, antes de echarse a dormir, jugaba con ellos; luego los dejaba en libertad de hacer lo que quisieran. Recuerda que los árboles frutales, los tubérculos y los vegetales crecían como fuentes primorosas nacidas en los pozos australes de la magia, razón por la cual nunca dudó de que aquellas tierras estaban relacionadas de alguna u otra forma con dioses tutelares.

Ahora, mientras Radu se prepara a aceptar de buena gana la conclusión de esta historia (en esto influiré yo con toda mi fuerza), el editor, alborozado y junto a mí como si se tratara del último juego de un mundial de fútbol, me alienta, movido por su inclinación crematística y por una exacerbación que lo mantiene fuera de control; me alienta, digo, a escribir la siguiente nota:

El deseo más oscuro del editor sería que Drácula le chupe hasta la última gota de sangre  a Radu y sepulte su escuálido despojo en lo más profundo del Mar Negro.

Me sonrío. Cómo no he de sonreírme. Me gustaría estallar en carcajadas, como lo hiciera el comandante, quien le hubiera dicho a Radu, de uno de los dos haber roto el silencio antes de despedirse: “No le dé mente a esa muerte. Mire, en las redes sociales suena un caso similar al suyo. Por su rareza, desborda el interés de los medios, sobre todo en Europa. Aconteció hace poco en una localidad de Normandía. Lo peor es que ha puesto en evidencia las limitaciones de los investigadores policiacos franceses”. Para remate, quién sabe si se atrevió a decirle, pasándole algunos folios impresos en las oficinas de la comandancia: “Le entrego, Radu, amigo mío, esta copia in extenso de una crónica periodística difundida por reconocidas agencias de noticias. En ella se habla de la muerte de una mujer invisible”.

Por suerte, cuando Radu llegó a la casa, hizo conciencia de su apuro y juró dejar atrás sus divagaciones. Se olvidó de la mujer de la bicicleta, se desnudó en la sala, contempló ―como un adiós cualquiera― los objetos decorativos, cruzó a su cuarto, abrió las ventanas, buscó en la gaveta de su mesita de noche aquel muñeco de palo confeccionado por su abuelo paterno, lo acarició y luego lo apretó fuerte. Pensativo, se echó en la cama: cómo no hacerlo si ella, la cama, lo esperaba desde el día anterior. Entonces, tras ofrecerle sus mejillas a una de las ventanas, se quedó dormido, sin darse cuenta de que nunca más despertaría.

Haffe Serulle

Escritor

Haffe Serulle es un escritor y director teatral. Estudió dirección e interpretación teatral en la reconocida Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, y Sociología Laboral, en la Escuela de Sociología, igualmente de Madrid, España. Autor de más de 20 obras teatrales, cuatro libros de poesia y dos de ensayo, es autor de las novelas: Voy a matar al Presidente, Las Tinieblas del Dictador, El vuelo de los imperios, El tránsito del reloj, Los Manuscritos de Alginatho, El plan perfecto de Poncio Pilá, y Plagas y predicciones de la familia Vick-Aux.

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