El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
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Radu se quedó inmóvil, perplejo, cuando vio salir a un joven de su cuerpo: era él a la edad de dieciocho años, edad de la quimera, del salto; edad enrielada en la carne durante el encanto de las noches invernales. Ese cuerpo joven había salido de su pecho. Por pensar en esta experiencia, se propuso encontrar la manera de superar su constante imaginar porque, de seguir así, terminaría en un centro psiquiátrico de donde no saldría jamás. Sacudió la cabeza con fuerza. El polvo escondido en el ventanal se esparció por el aire, se volvió una masa gigante, arrastró con Radu y salió de la casa como una bola de fuego. El joven Radu escudriñó la maleza hasta donde pudo, se alisó la ropa que llevaba puesta: un pantalón corto, de color beige oscuro, y una camiseta verde sin mangas, con un sol apagado pintado en la parte frontal central y otro radiante en la parte de atrás. Al término de alisarse la ropa, se quedó pensativo porque se dio cuenta de que nunca antes había vestido así, de manera tan ligera. Se preguntó por qué estaba descalzo si iba a adentrarse en el bosque, a caminar un trecho abrupto, lleno de espinas y plantas venenosas, tales como acacia negra, junco serrano, azalea y hierba mora. Pensó en volver a la casa para vestirse de una manera más afín con el ambiente: pantalón largo, liviano, fresco; camisa de manga larga, de algodón.
―Si regreso, me atrapará el otro, el del ventanal ―dijo.
Incrédulo ante este pensamiento fugaz, se preguntó de qué otro hablaba. No dudó en responder con una exclamación de asombro: “¡Ah, sí, el del ventanal!”. Como atraído por una fuerza encubierta que él debió sentir a su lado, giró completo hacia Radu el viejo. En el primer parpadeo no vio nada. Siguió parpadeando hasta que se le cansaron los ojos, momento en que distinguió la figura del hombre maduro, reflexivo, pero adicto al juego de la imaginería. Se golpeó la frente con los nudillos de la mano derecha.
―Si vuelvo, él me agarrará, me encerrará en un cuarto de torturas y no podré juntarme con la mujer de la bicicleta ―dijo.
Dispuesto a echar la batalla contra la fronda, desistió de la idea de regresar a la casa. Hizo un trazo en el aire, como un profesor que limpia una pizarra. Comentó para sí que, habiendo él borrado la imagen del hombre del ventanal, nada podrá impedirle enfrentar los obstáculos y peligros en acecho. “Triunfaré en esta jornada”, dijo. Decidido, echó a andar. Pero vaya sorpresa, apenas dio diez pasos, vio un perro con cinco cabezas, veinte patas y una cola idéntica a una tralla dorada. Los ojos del animal eran como estrellas perdidas en el ocaso de la luz, y eran los de una mujer que acabada de salir de la barriga de una esfinge que apelaba a los reflejos atávicos del público. Rechazó esta visión porque la consideró inoportuna y porque su fijación era encontrarse lo antes posible con la mujer desnuda, cuyos cabellos, sin hablar de otras partes de su anatomía, le producían un placer especial, que se le transfería al ardor de su hombría a través de un insólito cosquilleo entreverado de la cabeza a la entrepierna. El Radu del ventanal dejó fluir una sonrisa leve, tal vez como un gesto de consolación a lo que él solía llamar en sus años de gloria acto medalaganario de una alegoría enganchada en los escollos del tiempo. Esa sonrisa, que le fluyó de manera espontánea, lo trasladó, en contra de su voluntad, a aquel día en que sus ojos creyeron ver a la niña desnuda en la aldea sin nombre junto con otros niños también desnudos. Ha transcurrido mucho tiempo de aquella vez a esta, pero él no ha olvidado a esa niña. Quizá sea ella, la niña, la mujer desnuda del joven Radu. ¡Quién sabe en qué están pensando estos dos hombres, es decir, el del ventanal y el de la floresta! Es preferible dejar este tema así, porque de ponernos a hacer esas averiguaciones no terminaríamos nunca, ya que los enigmas del cerebro son cada vez más. Radu, el del ventanal, no lo duda. ¿Cómo lo va a dudar si esos enigmas nunca han dejado de perseguirlo? Pero él no quiere confabularse con esta idea. Sus ojos están puestos en Radu joven, quien tiene prisa, pero camina despacio mientras trata de saber cuántas especies animales y vegetales viven en el bosque, y cuáles están en peligro de extinción. Mas, lejos de animales y vegetales, se tropieza con reliquias cubiertas de musgo, dejadas abandonadas tal vez por mercaderes de otros lares, rastreadores de océanos, no de zonas boscosas. Busca un trozo de gema entre las reliquias pensando en obsequiárselo a la mujer desnuda. De encontrarlo, lo guardará en su corazón: el lugar más seguro para resguardarlo de los delincuentes, a quienes combatió con bravura. No cejó en su empeño de instaurar un clima de paz entre los habitantes de Ciudad Sin Nombre. Se asombra porque, en vez de gema, se topa con un orificio en la tierra; un orificio profundo, limítrofe con el lindero original de Ciudad Sin Nombre, o sea, con el lugar donde se estableció aquel ermitaño sin nombre. ¡Ay, ojalá lo recuerden con gratitud! Allá, donde termina la profundidad, Radu se vuelve a encontrar con la niña desnuda. Solo ve sus ojos grandes, amarillos, tristes. Los asume como si fueran los de Eduviges del Sangrado, no de cuando ella enterró al niño, sino de cuando le sorprendió la muerte estando con él en la humilde vivienda levantada por su cónyuge, el obrero, y que él, Radu, reconstruyera años después ‒está dicho‒, sin pensar que un día sería destruida como muchas otras casuchas, con miras a establecer un proyecto de viviendas lujosas. Nunca se supo la causa de la muerte de Eduviges del Sangrado. Su ida representó una pérdida irreparable para Radu, quien por entonces era un hombre hecho y derecho. Eduviges del Sangrado no debió haberse muerto. Todo fue tan rápido. Él lo recuerda porque estaba a su lado. Recuerda que ella cayó al suelo sin decir ni una palabra. Empero, según él, Eduviges del Sangrado le habló.
―La mujer desnuda está acoplada a ti ―le dijo.
Para enterrar a Eduviges del Sangrado, se puso su mejor traje y buscó la ayuda de algunos vecinos. A ella la vistió como a una santa.
―Debiste vivir más años, mi Eduviges ―dijo él, a modo de despedida. Por su mente pasaron imágenes de cuando él visitaba la cabaña donde ella vivió hasta la muerte de sus padres, porque después él le habilitó en la casa una habitación contigua a la suya, con el propósito de tenerla a su lado y oler mejor sus hierbas. De niño, frecuentaba la cabaña. Si Eduviges del Sangrado dormitaba, él se acercaba a ella con la idea de acariciarla como a una madre. Transcurrido un tiempo, volvió a aquel recinto, abrió las ventanas y ahuyentó sus ayeres. Se le aguaron los ojos. “¡Cuánto quise a Eduviges!”, no dudó en decir. Ese día ‒remoto en sus recuerdos‒, se vio parado ante el féretro de Eduviges. Entonces, decidió vivir solo por el resto de su tiempo. Si Eduviges del Sangrado hubiese procreado un hijo con su consorte o con su otro amante, habría sido, sin duda, el heredero de los bienes de Radu, pero, por razones ignoradas, ella no conoció la experiencia de ser madre. Claro, le bastó con el amor de Radu.
Radu-joven respiró hondo. Sintió ganas de proferir un grito que estremeciera el bosque, pero no gritó, no; prefirió levantar los brazos, desafiar el aire, si es que lo había, porque todo lucía paralizado. Sin embargo, en la mente de Radu-viejo se sentía una ventolera entre las ramas; todo se transformaba. A fin de apreciar los cambios, se vio en la necesidad de describirlos en voz alta a la vez que sucedían. Oigámoslo, pues: “Troncos de caoba con piel de cocodrilo, rocas con brazos de gorilas asesinados, un manto de nieblas negras envuelve la fachada de una iglesia antigua. Alzo la vista. Descubro a una mujer en la parte superior de un árbol. Esa mujer es Eduviges del Sangrado, cuando ella fue a casa por primera vez. A su lado hay una esfera de piedra como las que se han visto en la isla ártica de Champ, en la aldea de Kazaja de Toryih y en Costa Rica. Miro los troncos de izquierda a derecha: son negros, con llamas de fuego quemándolos por dentro. De las llamas salen máscaras de bronce con variadas irregularidades, tótems imperiales al servicio del hurto, indumentarias de soldados. Me dejo pillar por una hoja de calabaza, fruto de la calabacera. Como sus propiedades antioxidantes fortalecen el sistema inmunológico y ayudan a prevenir el cáncer y enfermedades del corazón, los curanderos le tienen un respeto especial. En mi infancia, recuerdo, vi algunas calabazas colgadas del techo de la cabaña donde durmió Eduviges del Sangrado por un buen tiempo. La hoja de calabaza me aprisiona. No puedo moverme ni seguir hablando”.
Tras un largo silencio, Radu, el del bosque, dio doce saltos seguidos, corrió a toda velocidad por el sendero empedrado y llegó sin darse cuenta al árbol donde estaba la mujer de la bicicleta. Respiró satisfecho de haber logrado al menos esta primera etapa. Los acontecimientos sucesivos los narraremos de inmediato, pero en secuencias separadas (el editor sigue prefiriendo el término capítulo), para dejar en claro que este nuevo contacto con la imagen corpórea de la mujer desnuda habrá de marcar una experiencia única en Radu. Quizá sea motivo de una investigación rigurosa en el futuro.
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