Las letras de la canción “Por amor” (1968), del maestro Rafael Solano (Puerto Plata, 1931), poseen un trasfondo cristiano, y un mensaje de amor y de paz: encarna la pasión, la misión mística y el evangelio de la confraternidad y la comunión con el mundo y la naturaleza. Las dos primeras estrofas representan el punto de vista del autor sobre el hombre y el amor, y la naturaleza será el centro motivacional de sus letras. Así pues, amor, naturaleza y belleza del mundo actúan como correlato del paisaje retórico de su lírica. Escrita para ser cantada, en “Por amor” confluyen ecos románticos, aderezados con resonancias de la filosofía de superación personal. Busca persuadir, no adoctrinar. Nos insta –a los dominicanos– a mirarnos a nosotros mismos: a mirar a la naturaleza y a los demás. Es decir, a poner en práctica el mensaje cristiano del amor: definición y descripción, canto e invocación. Es decir, sus letras persiguen evangelizar y cantarle a la vida humana. Hay un tono de impersonalidad en su lírica, como forma de huir del adoctrinamiento religioso. No dice por amor creó Dios a los hombres, ni fue Cristo “al calvario con una cruz a cuesta”, ni que Dios pintó, por amor, el color de la naturaleza, sino que escribe y canta:
“Por amor se han creado los hombres
en la faz de la tierra
por amor hay quien haya querido
regalar una estrella”.
O también cuando dice:
“Por amor fue una vez
al calvario con una cruz a cuesta
aquel que también por amor
entregó el alma entera”.
Las anáforas que representan el sintagma “por amor” funcionan como tentativa que le confiere a esta canción, ritmo, armonía y melodía. A partir de la quinta estrofa, la canción adopta un matiz temático distinto: aparece la apelación o invocación a un tú imaginario (Cristo o la amada), cuando se refiere a ese tú, o sea, el ti: “Por amor… soy de ti”…, por ejemplo.
La expresión “por amor” se repite como un leitmotiv, como una “voz que clama en el desierto”, o en el bosque de la noche, como un llamado a los hombres a cultivar el amor entre sí, y como esencia de la vida y razón de la reproducción humana. O a hacer conciencia de la potencia y sentido del amor, en cuanto condición existencial del ser humano: del amor cristiano se pasa al amor de pareja. Nunca al erotismo: siempre el amor, que se entrega puro, y cuya pasión la alimentan el beso, la mirada o el abrazo. Del sufrimiento en la cruz del Salvador Jesucristo, el mensaje se vuelve símbolo de redención.
“Por amor” es, en efecto, una canción de raíz profundamente bíblica; no evangélica sino laica, en el sentido occidental de la expresión. El sintagma “soy de ti” alude al Otro femenino: al “eterno femenino” o masculino de la pareja. A Cristo o a Dios. Es decir, la defensa del amor, en tanto preámbulo y condición natural de la vida. Ser del otro –o para el otro– es ser para la vida, para la trascendencia del yo y la eternidad, donde el amor se convierte en aliento y motivo de vida, razón y pasión de las cosas, dinamo y energía enamorada, que trasciende la muerte de los amantes, de raíz quevedesca. El amor como alimento vital y como fuego, como llama viva que enciende el deseo de vivir: el amor al vivir como permanencia y persistencia del ser. “Si todas las cosas quieren perseverar en su ser” —como dijo el sabio Spinoza en su Ética–, la vida para Rafael Solano existe para el amor y se vive por el amor, es decir, que el sentido de la vida en el mundo reside en el amor, como base de sustentación y razón de ser. Esa fuerza interior que sacude la sangra, mariposea en el corazón, nubla el pensamiento y aturde la memoria. El amor, en Solano, músico y cantor, se transforma en instrumento, que toca las cuerdas del espíritu y las teclas de la piel. El amor es “música callada”, silencio erguido y palabras cantadas. Por amor, Solano toca los acordes de la noche, y enciende y aviva las melodías de los días. Por amor, Manuel Troncoso y Rafael Solano se unen para inyectarles letras y música a la potencia que da vida, ata al mundo y le imprime sentido a la amistad y al deseo. Sonidos y letras pues se matrimonian entre la pasión amatoria desinteresada y el erotismo de la atracción. Dicha y fatalidad, locura y razón, fervor y deseo, el amor nos salva o nos condena, nos abisma o nos mata.
“Por amor” es una canción en tiempo de bolero, que representa la voluntad de afirmación del ser, la entrega del espíritu, que se vuelca a la voluntad de vivir para negar la muerte. En este ilustre compositor, el amor es, en efecto, la antítesis de la muerte: la fuerza y la potencia que instauran el deseo y la necesidad de vivir, y que transforma la posibilidad en necesidad. El mensaje del amor y la paz, del amor a la naturaleza y a la mujer, cuyos ecos –de sus letras– retumban en la noche y el día, el alba y el crepúsculo –en las voces de Niní Cáffaro, Marco Antonio Muñiz o Vicky Carr–, constituye un evangelio y una homilía de fe a la naturaleza y a los hombres, a la civilización contra la barbarie, la confraternidad versus el salvajismo, el altruismo frente al egoísmo o la convivencia contra la intolerancia.
Rafael Solano es, en cierto modo, el Walt Whitman criollo que clama, con voz panteísta, urbe et orbis, con un mensaje lírico de tolerancia y convivencia pacífica. Su voz es un canto contra las tempestades del espíritu. Es, a mi juicio, el último canto de cisne del bolero latinoamericano, cuya edad dorada se remonta a la década de los 50, a la época de los grandes compositores e intérpretes de este género de la música popular del Nuevo Mundo. Solano deviene así en el mensajero del amor místico, en la tradición del bolero caribeño y latinoamericano. La esencia de su origen, acaso, haya que buscarla en la resaca que nos dejó la guerra yugulada, de 1965. Si René del Risco vio y sintió un “viento frío”, Solano le cantó a la esperanza para disipar el frío de la derrota y la utopía frustrada. Con Pedro Mir se funda la patria moderna de la vida democrática del país; con Solano, se recrea el amor, más que filial, de pareja, y el amor cristiano, que niega y se distancia del egoísmo y la guerra. El amor como “espejo de la naturaleza” y centro motriz del espíritu humano, aparece en este nonagenario músico clásico y popular, encarnado en el contexto de una atmósfera política y social de inestabilidad, y también convulsa. Nos llamó así a reivindicar el amor a todos los dominicanos, como una manera de encontrar el camino de la paz, la fraternidad y la reconciliación después de la guerra abrileña. Y de ahí que no es extraño que luego de “Por amor”, Solano escribiera la canción “Por caridad”, como una forma de clamar al país el cese del rencor y el odio, como Pedro Mir, que concluye Hay un país en el mundo, con un “enjambre de besos y el olvido”.
Del poema Hay un país en el mundo, a la canción popular, en clave de bolero de Solano, oscila, a mi modo de ver, la utopía social dominicana de posguerra y de la pos-dictadura trujillista; es decir: el sueño dominicano. En voz atenorada y vibrante de Niní Cáffaro, las letras de esta canción adquirieron un matiz y una inflexión, un color y una magia, que la hicieron convertirse en ese otro himno nacional dominicano, no de guerra –como son todos los himnos–, sino en el himno nacional del amor. De este modo, se transformó su lírica, en la encarnación simbólica del optimismo de la voluntad del dominicano, cuya melodía retumba en el campo y el bosque, la ciudad y el mar, los ríos y los intersticios de la vida cotidiana. Esta canción trascendió –sin proponérselo Solano– los límites de la isla, en voz de su amigo, Marco Antonio Muñiz, el “As de siempre”, para convertirse en emblema y símbolo no de la dominicanidad rígida, ni de la identidad chata, sino de las palabras, que representan la esperanza hecha música. Desde las letras de “En la oscuridad”, “Hay noche” o “Dominicanita”, en las voces del mago borinqueño Tito Rodríguez, del songo Francis Santana y del propio Solano, respectivamente, la dimensión como compositor y letrista de este maestro universal de la canción, adoptó aire de consagración y permanencia en el tiempo histórico, y ganó afectos en el gusto musical vernáculo.
Si Franklin Mieses Burgos concibió nuestro país como “paisaje con un merengue al fondo”, Solano vislumbró nuestro porvenir como una patria, con visión más universal y ecuménica. Por eso, el músico dominicano anheló una “paz perpetua” –como el filósofo Kant. De ahí que podemos considerar a Rafael Solano como un heraldo no de la muerte o la guerra, sino como un portavoz del amor y la vida que, al fin y al cabo, es lo mismo.
Canción humanística, ecuménica y ecologista. Canción de amor cósmico. Telúrica y celeste. “Por amor”, en cierto modo, encarna la luz y el silencio: el amor en su plenitud y pureza. A más de 50 años de esta memorable y emblemática pieza del cancionero dominicano, el espíritu de sus letras irradia y reverbera en el paisaje de nuestra naturaleza tropical, antillana y caribeña.
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