Rebeca Ríos (nombre ficticio) es una periodista que terminó trabajando en un departamento de contabilidad. Las decisiones de su vida están marcadas por su hijo Michael, de ocho años, a quien reconoce como su gran amor y principal prioridad, al ser madre soltera.
Esa prioridad también implica convivir con una realidad que no siempre encuentra comprensión fuera de casa: Michael tiene diagnósticos de depresión y ansiedad, condiciones que parte de su entorno suele confundir con comportamientos erráticos o atribuir, simplemente, a que es un “carajito malcriado”
A Michael nunca le ha gustado la escuela. Rebeca cuenta que su abuela materna se convirtió en un apoyo fundamental en los primeros años de la crianza, atendiendo las necesidades de su hijo cuando ella salía a trabajar. Pero las quejas de conducta eran constantes.
“Me llamaban del colegio… Mi abuela también me hablaba de cómo se portaba. No quería hacer las tareas y yo pensé que solo estaba de malcriado, pero en la casa me demostró que le gusta aprender cuando son canciones y otros métodos no tan convencionales”, recuerda.
Sin embargo, la distracción constante del niño pasó de ser molesta a ser preocupante para Rebeca, en parte por la situación en el colegio: empezó a involucrarse en peleas constantes y a no entregar las tareas. A raíz de eso, la administración escolar solicitó la participación de su expareja y padre de Michael, cuya ausencia ha tenido un peso emocional sobre su hijo. Finalmente, una evaluación médica los llevó a recibir el diagnóstico que cambiaría sus vidas.
“Lo diagnosticaron con depresión y ansiedad", cuenta.
A pesar de que tener el diagnóstico puede ayudar a los padres a entender a qué se está enfrentando, el costo económico, en especial para una madre soltera, también significa una complicación: "las citas y los estudios son costosos", afirma Rebeca, quien inmediatamente dice con detereminación "es lo que me toca y saldré adelante con mi hijo”.
La depresión como principal causa de enfermedad infantojuvenil
El seis por ciento de los niños dominicanos se siente igual que Michael, según datos compartidos en 2022 por la Federación Latinoamericana de Psiquiatría Infanto-Juvenil y profesionales afines. Los síntomas depresivos que enfrentan los niños son consistentes y deben ser tratados.
En 2025, la Organización Mundial de la Salud (OMS), advirtió que la depresión es la principal causa de enfermedad y discapacidad de niños, niñas y adolescentes entre 10 y 19 años en el mundo, mientras que un artículo (s/f) del portal digital Radar Docente ubica la prevalencia de la depresión en adolescentes de la República Dominicana entre un 8 y un 15%.
Según explica la psicóloga y terapeuta infantil Isabel Ruiz, la depresión infantil no siempre se manifiesta de la misma manera que en los adultos. Aunque solemos asociar la depresión con tristeza o llanto constante, en los niños se pueden observar otras señales como irritabilidad, aislamiento, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban, alteraciones en el sueño o la alimentación, dificultades para concentrarse y cambios en su rendimiento escolar.
La principal diferencia entre estas manifestaciones y los cambios emocionales propios de la infancia radica en su frecuencia, intensidad, duración y el impacto que tienen en la vida cotidiana del niño.
Ruiz señala que es completamente normal que un niño tenga días difíciles, se frustre o experimente cambios de humor. Sin embargo, cuando estos comportamientos persisten durante semanas, se presentan en distintos entornos y afectan sus relaciones sociales o su desempeño escolar, es necesario buscar orientación profesional.
Asimismo, la especialista enfatiza la importancia de evaluar los cambios en relación con la conducta habitual del menor. Un niño que siempre ha sido sociable, pero que repentinamente comienza a aislarse, puede estar manifestando un malestar emocional que merece atención.
Manifestaciones en el comportamiento: irritabilidad y síntomas físicos
De acuerdo con Isabel Ruiz, los niños no siempre cuentan con el vocabulario emocional ni con las herramientas necesarias para identificar y expresar lo que sienten. Por esa razón, el malestar puede manifestarse a través de cambios en el comportamiento o de síntomas físicos.
Entre las señales más comunes se encuentran la irritabilidad, el llanto fácil, una menor tolerancia a la frustración y la evitación de actividades que antes disfrutaban. En otros casos, pueden aparecer dolores de cabeza, molestias estomacales, cansancio frecuente o dificultades para dormir. La terapeuta indica que, ante la recurrencia de estos síntomas físicos, es necesario descartar primero posibles causas médicas, sin perder de vista su eventual origen emocional.
Por otro lado, la psicóloga advierte que algunos niños continúan con sus actividades habituales —asisten a clases y cumplen con sus rutinas— mientras atraviesan un momento difícil.
“Muchas veces, lo que los adultos interpretamos como un problema de comportamiento es en realidad una dificultad emocional que el niño todavía no sabe cómo comunicar”.Isabel Ruiz, psicóloga y terapeuta infantil.
Por ello, considera importante comprender qué hay detrás de la conducta antes de centrarse únicamente en corregirla.
Desencadenantes comunes en la infancia
Desde su experiencia clínica, Isabel Ruiz precisa que la depresión infantil no responde a una causa única, sino a la interacción de factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales.
Entre las situaciones que pueden contribuir a su aparición menciona los conflictos familiares, las separaciones conflictivas, el acoso escolar, las pérdidas significativas, los cambios bruscos en el entorno, la presión académica excesiva y los ambientes en los que las emociones del menor son invalidadas.

Ilustración sobre depresión infantil. Imagen realizada con IA.La especialista enfatiza la necesidad de desmontar el mito de que los niños no pueden deprimirse porque “no tienen razones para estar tristes”. Un menor puede crecer en un entorno favorable y aun así desarrollar depresión, lo que refleja la complejidad de la salud mental. Por ello, Ruiz aconseja no evaluar el sufrimiento infantil desde la perspectiva adulta, sino tomar en cuenta la historia, el entorno y los recursos emocionales de cada niño.
El proceso de la psicoterapia infantil
Respecto al abordaje clínico, la terapeuta infantil señala que la psicoterapia debe adaptarse al desarrollo emocional de cada paciente. A diferencia de lo que ocurre en la terapia con adultos, el juego, el dibujo y las actividades creativas son herramientas fundamentales para facilitar la expresión emocional y construir un vínculo terapéutico seguro.
No obstante, Ruiz aclara que el juego, por sí solo, no constituye un tratamiento completo. Es necesario incorporar intervenciones basadas en evidencia, como la terapia cognitivo-conductual, que permite trabajar la regulación emocional, los pensamientos negativos y la resolución de problemas. Según la gravedad del caso, también puede ser necesaria una evaluación psiquiátrica.
Otro pilar del proceso es el acompañamiento a los padres, a quienes se orienta para que comprendan las necesidades de sus hijos y refuercen en casa las herramientas trabajadas durante las consultas.
El rol de la familia y la escuela
Para la psicóloga Isabel Ruiz, la participación activa de la familia y del centro educativo es determinante en el proceso terapéutico. “Podemos trabajar herramientas emocionales durante una sesión, pero si el niño regresa constantemente a un ambiente en el que sus necesidades son ignoradas, el proceso puede verse limitado”, advierte.
En el hogar, recomienda fomentar la comunicación abierta, establecer rutinas saludables y responder a las necesidades emocionales de los niños desde la comprensión. En la escuela, los docentes desempeñan un papel importante en la detección temprana de cambios en la conducta o el rendimiento académico.
La especialista subraya que la coordinación entre la familia, el centro educativo y el profesional de la salud mental permite construir una red de apoyo, sin que esto implique responsabilizar o culpar a los padres por la situación que atraviesa el menor.
Herramientas de prevención y resiliencia
Para evitar que el sufrimiento infantil pase inadvertido, Ruiz recomienda a los padres crear un entorno seguro en el que los niños puedan expresar sus emociones sin temor a ser juzgados. Esto implica evitar frases que minimicen lo que sienten, como “no es para tanto” o “no tienes motivos para estar triste”.
Asimismo, sugiere compartir tiempo de calidad, enseñarles a identificar y nombrar sus emociones y permitirles enfrentar dificultades acordes con su edad, como una forma de fortalecer su confianza y tolerancia a la frustración.
“Fomentar la resiliencia no significa criar niños que nunca lloren, sino niños que sepan que pueden expresar lo que sienten y pedir ayuda”, sostiene la especialista.
Finalmente, Isabel Ruiz remarca que la salud mental infantil debe recibir la misma atención que la salud física. Desde su perspectiva, la atención psicológica no debe considerarse un último recurso, sino una forma de acompañar el desarrollo emocional de los hijos.
La experta advierte que si un menor expresa ideas relacionadas con la muerte o manifiesta deseos de hacerse daño, necesita una valoración profesional urgente. “Como adultos, no siempre podremos evitar que nuestros hijos experimenten situaciones difíciles, pero sí podemos procurar que no tengan que atravesarlas sintiéndose solos”, concluye Ruiz.
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