Mientras los analistas en medios radiales debaten el alcance de los decretos 1-26, 2-26 y 3-26, que comenzó a remover al funcionariado y "relanzar al Gobierno",  una interrogante domina la conversación: la permanencia del canciller Roberto Álvarez frente al Ministerio de Relaciones Exteriores.

Con 5 años y 4 meses en el cargo, Álvarez es uno de los pocos funcionarios del gabinete original de 2020 que ha sobrevivido a todas las olas de cambios gubernamentales.

Sin embargo, la inamovilidad de Álvarez se sustenta en la Ley 630-16, que le otorga la potestad exclusiva de dirigir las negociaciones internacionales y coordinar la acción del Estado en el exterior, que en el panorama geopolítico actual es incierto.

Remover al incumbente en este momento, en medio de la tensión regional con Venezuela, desarticularía la única autoridad facultada por ley para validar la postura dominicana ante organismos multilaterales; y quien vendría…. Sería desde cero.

La historia diplomática enseña que los cancilleres no son simples fusibles políticos, sino arquitectos de paz o símbolos de resistencia cuya memoria institucional es vital en tiempos de crisis.

Especialistas recordaron el rol de la Cancillería durante la Revolución de Abril de 1965, cuando la diplomacia se convirtió en la trinchera para denunciar la intervención extranjera.

Indicaron que, a diferencia de la era de Trujillo, donde los ministros eran figuras subordinadas, la diplomacia moderna requiere una autonomía operativa similar a la de figuras históricas como Cordell Hull, secretario de Estado de los Estados Unidos que aportó con la creación de Naciones Unidas, o  Otto von Bismarck, el "Canciller de hierro" alemán.

Sustituir a Álvarez ahora obligaría a un nuevo funcionario a reiniciar la curva de aprendizaje frente a temas sensibles como el Consejo de Seguridad de la ONU y la relación bilateral con Haití.

La decisión de mantenerlo, a pesar de los cambios en otras carteras, responde a una lógica de seguridad nacional: en tiempos de turbulencia externa, la continuidad es la mayor fortaleza del Estado.

Retos del canciller Álvarez

El otro gran motivo para no tocar la Cancillería es la tormenta que se está formando en los organismos internacionales, que pasan por su peor momento de credibilidad.

El reto inmediato de Roberto Álvarez no es solo asistir a reuniones, sino lograr una misión casi imposible: que el Caribe y Estados Unidos hablen el mismo idioma sobre Venezuela.

Mientras Washington presiona por una línea dura ante la crisis venezolana, muchas islas vecinas dudan en romper lazos históricos por el recuerdo de las ayudas petroleras.

República Dominicana se ha convertido en el puente necesario para acercar estas dos posturas sin pelearse con nadie, una jugada que requiere contactos de alto nivel ya establecidos.

Sus declaraciones de ayer confirman por qué el Poder Ejecutivo no arriesga cambios en esta cartera: la situación con Venezuela requiere prudencia quirúrgica, no improvisación.

Mientras otros actores internacionales exigen medidas drásticas, Álvarez calificó como "prematuro" fijar una posición sobre nuevas elecciones, priorizando la paz social ante la incertidumbre.

El canciller recordó que la relación bilateral está "en pausa" pero no rota, manejando con pinzas la ausencia de personal diplomático y la suspensión de vuelos comerciales desde julio de 2024.

Cambiar al titular ahora implicaría traer a alguien que desconoce los detalles finos de esta tensión, poniendo en riesgo a los dominicanos que quedaron sin asistencia consular tras la expulsión de la misión.

Álvarez reiteró que República Dominicana no reconoce la legitimidad de las actas de 2024 por falta de transparencia, una postura sostenida en la OEA que requiere firmeza pero sin incendiar los puentes de diálogo.

Julio Solano

Periodista y poeta

Ver más