Hay preguntas que no se formulan para obtener respuestas inmediatas, sino para obligarnos a pensar. “¿Quo vadis, universidad?”, ¿A dónde vas, universidad? es una de ellas. No es una pregunta técnica ni circunstancial. Es una pregunta de dirección. Y, sobre todo, de sentido. Hoy debemos hacérsela a la universidad.
Pero no como reproche. Hay que partir del reconocimiento de que las instituciones de educación superior forman parte de un sistema inmerso en profundos procesos de cambio aún no del todo descifrados. Por eso sería injusto y, además, un poco inútil acusarlas. Esta pregunta debemos hacerla no solo a las universidades, sino también a todos los que tienen alguna responsabilidad en la definición del sistema educativo: el Estado, la sociedad civil, el sector productivo y las propias instituciones de educación.
En el debate sobre la transformación de su sistema educativo que actualmente se lleva a cabo en el país, hay una intuición que permea todas las posiciones que se expresan a favor de esta transformación: la percepción de que algo estructural y profundo debe cambiar. Hay quienes reclaman la necesidad de ir hacia un modelo de sistema educativo más integrado; otros hablan de mayor articulación, y hay quienes reclaman reformas profundas en la gobernanza o en otras dimensiones del sistema. Cada vez más sectores se suman a quienes están convencidos de que el modelo que hemos heredado ya no responde plenamente a las exigencias y necesidades del presente.
“¿Quo vadis, universidad?” no es, por tanto, una pregunta para cerrar el debate, sino para abrirlo. No busca imponer una respuesta única, sino activar un proceso de reflexión compartida. No pretende señalar culpables, sino asumir responsabilidades.
Junto a esa intuición correcta, es cada vez más evidente que a pesar de todo lo discutido y analizado, todavía no hemos construido un entendimiento común ni sobre las raíces del problema ni sobre el rumbo que debemos tomar. Cada actor interpreta el cambio desde su propio marco. Las instituciones responden a sus urgencias. Cada propuesta ilumina una parte, reconoce la existencia de otras, pero no logra integrarlas en una arquitectura coherente del proceso de transformación.
En un artículo anterior señalaba que esta dificultad no es casual. En el mismo expresamos que el sistema educativo dominicano opera, en muchos sentidos, como un espejo roto. Cada sector, cada actor, opera como parte de ese espejo roto, refleja en sus posiciones una parte de la realidad, pero ninguno logra, igual que el espejo roto, capturar el conjunto. Allí expresamos que lo que para unos es un problema de condiciones laborales, para otros es una cuestión de calidad, de gobernanza, de empleabilidad o de gestión. Todas son miradas reales, pero lamentablemente parciales.
La metáfora del elefante en la oscuridad ayuda a comprenderlo mejor. Cada actor toca una parte del sistema y cree comprenderlo en su totalidad. Nadie miente, pero nadie ve el conjunto. Y cuando las decisiones se toman desde percepciones fragmentarias, lo que se produce no es articulación, sino acumulación de respuestas inconexas.
El sistema se mueve, sí, pero no necesariamente en la misma dirección. Y cuando la dirección no es clara, el movimiento puede convertirse en dispersión. Ahí se sitúa el dilema de la universidad.
Por un lado, las instituciones de educación superior perciben con claridad que el mundo ha cambiado. Entre esos cambios destacan, por su relación con el quehacer de estas instituciones, que el conocimiento ya no se produce ni circula exclusivamente dentro de sus muros y que el trabajo ha dejado de ofrecer trayectorias lineales y previsibles. De igual manera, se constata que las nuevas generaciones se relacionan con el saber de maneras distintas: más abiertas, más fragmentadas, más exigentes. Las demandas sociales hacia la educación superior son más complejas y, en muchos casos, más urgentes.
Por otro lado, observamos que la universidad sigue organizada, en buena medida, a partir de estructuras, lenguajes y prácticas que responden a otro tiempo. Esto ocurre no necesariamente por falta de conciencia ni de capacidad, que muchas instituciones tienen, sino porque transformar una institución históricamente relevante no es un proceso sencillo. Cambiar no es solo innovar. Es revisar lo que somos.
Iluminar este debate es, quizás, uno de los aportes más valiosos que la universidad puede ofrecer hoy a la sociedad dominicana. La pregunta sigue abierta: ¿estamos dispuestos a asumir ese reto?
Y ahí aparece la pregunta de fondo: cómo cambiar sin perder lo esencial y cómo preservar lo esencial sin quedar atrapados en lo que ya no funciona.
La nueva narrativa sobre la transformación integral del sistema educativo que el gobierno ha asumido abre, en este sentido, una oportunidad significativa. Desplaza el foco más allá de lo estrictamente administrativo y sugiere que el problema no es solo de estructuras. Pero también plantea una exigencia que debemos asumir con seriedad: no confundir la reorganización con la transformación.
En medio de estas circunstancias, para que la nueva narrativa sea creíble y conduzca a la construcción de un entendimiento común que sirva de base para responder a la pregunta ¿Quo Vadis?, debe tener claro, y transmitir el mensaje sin ambigüedad de que está consciente de que reorganizar puede ser necesario, que integrar puede ser conveniente y articular puede ser deseable; pero que ninguna de esas acciones, por sí sola, redefine el sentido del sistema educativo. Y sin redefinir el sentido, el cambio se queda en la superficie.
Las investigaciones educativas a nivel mundial hacen cada vez más evidente que, para lograr una verdadera transformación, es necesario intervenir en dimensiones más profundas que las que habitualmente hemos tocado, incluyendo, de manera decisiva, la definición de un modelo educativo que dé coherencia al conjunto del sistema. Se hace necesario cambiar la forma en que concebimos la formación, cómo pensamos y logramos vincular el conocimiento con la sociedad, y cómo vinculamos los distintos niveles del sistema; se hace necesario renovar los criterios de calidad que han servido de base al diseño que ha prevalecido, así como los mecanismos de evaluación y las formas de gobernanza. Y, sobre todo, las transformaciones que necesitamos deben orientarse a responder una pregunta que aún no hemos respondido juntos: ¿para qué educamos en este tiempo histórico?
Ese es, probablemente, el mayor desafío que enfrentamos. No es técnico. Es cultural, político y ético. Sabemos que el modelo heredado muestra signos de agotamiento. Sabemos que las respuestas tradicionales resultan insuficientes. Sabemos que es necesario cambiar. Pero todavía no hemos logrado ponernos de acuerdo con suficiente claridad sobre hacia dónde queremos ir.
Y sin ese “hacia dónde vamos”, la divergencia de perspectivas e intereses, real y legítima, corre el riesgo de convertirse en un obstáculo estructural para el cambio.
Es precisamente en ese punto donde la universidad adquiere una centralidad particular, que debe servirnos de brújula para responder a la pregunta inicial: ¿Quo vadis, universidad? En la búsqueda de esa respuesta tenemos que ver a la universidad no solo como una institución más dentro del sistema, sino también como uno de los pocos espacios donde es posible procesar esa divergencia y convertirla en una comprensión compartida.
La universidad, en su mejor versión, no es únicamente un lugar de formación profesional ni un centro de producción de conocimiento especializado. Es, sobre todo, un espacio de pensamiento, de deliberación, de articulación de saberes, de construcción de sentido.
En un momento en que las políticas públicas están llamadas a tomar decisiones de gran alcance, la universidad puede contribuir a que dichas decisiones se sustenten en una comprensión más profunda de la realidad. Puede ayudar a identificar las raíces de los problemas, a explorar alternativas, a anticipar consecuencias, a integrar perspectivas diversas.
Puede, en definitiva, ayudar a una sociedad a pensarse a sí misma en medio del cambio. Ese es su valor más importante en este momento histórico.
Pero para desempeñar ese rol, la universidad necesita dar un paso adicional. Necesita pasar de una posición predominantemente reactiva a otra más propositiva y orientadora. No se trata de sustituir a otros actores ni de asumir un rol hegemónico. Se trata de ejercer con mayor claridad su responsabilidad intelectual y pública.
Eso implica interrogar sus propias prácticas. Implica abrirse a un diálogo más amplio con otros sectores del sistema. Implica reconocer la pluralidad de trayectorias y saberes que hoy configuran la educación. Implica también participar activamente en la construcción de una visión de largo plazo.
No desde la imposición. Sino desde la deliberación.
No desde la certeza absoluta. Sino desde la búsqueda compartida.
Porque hay algo que debemos reconocer con honestidad: ningún actor, por sí solo, tiene la respuesta completa. Ni el Estado. Ni las universidades. Ni el sector productivo. Ni la sociedad civil.
El sentido del sistema educativo en este nuevo tiempo no puede definirse de manera unilateral. Debe construirse colectivamente y colaborativamente.
Y esa exigencia de construir el nuevo entendimiento común necesario para adecuar el sistema educativo a las características de los nuevos tiempos exige algo más que acuerdos formales. Es necesario generar condiciones para que las diferencias no fragmenten, sino que se integren en un propósito común. Para que la diversidad de intereses no paralice, sino que se articule. Para que las múltiples miradas dejen de competir por imponerse y comiencen a contribuir a la comprensión.
“¿Quo vadis, universidad?” no es, por tanto, una pregunta para cerrar el debate, sino para abrirlo. No busca imponer una respuesta única, sino activar un proceso de reflexión compartida. No pretende señalar culpables, sino asumir responsabilidades.
Hoy necesitamos hacernos esa pregunta con honestidad. A la universidad, al sistema educativo en su conjunto y al país. Porque el rumbo de la educación no es un asunto sectorial. Es, en última instancia, una decisión sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Pero toda decisión orientada a cambiar de rumbo exige algo más que claridad en el propósito: exige coherencia en la acción. Y es precisamente allí donde el desafío se vuelve más complejo y donde la universidad debe jugar un papel central contribuyendo a dar sentido y coherencia al rumbo que debe seguir el sistema educativo, en general, y la propia universidad, en particular. Porque incluso cuando comenzamos a intuir hacia dónde queremos ir, el sistema enfrenta una dificultad adicional: no logra funcionar como un todo articulado. Lograr este funcionamiento articulado es, quizás, el siguiente nivel del problema. Y también el siguiente paso en el debate. Sugerir vías y compartir reflexiones que contribuyan a esta búsqueda de un entendimiento común será el objetivo que nos propondremos alcanzar en una serie de artículos que desarrollaremos para dar continuidad a las ideas aquí expuestas. Iluminar este debate es, quizás, uno de los aportes más valiosos que la universidad puede ofrecer hoy a la sociedad dominicana. La pregunta sigue abierta: ¿estamos dispuestos a asumir ese reto?
En artículos posteriores abordaré de manera progresiva tres cuestiones clave. Por un lado, la necesidad de construir coherencia en el funcionamiento del sistema; por otro, las condiciones para que esa coherencia sea posible; y, finalmente, el papel del modelo educativo como eje que da sentido a toda transformación.
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