El 2024 presenció un hito histórico en la educación superior dominicana. Tres programas de ingeniería de una prestigiosa universidad privada lograron ser certificados por el Accreditation Board of Engineering and Technology, ABET de EE. UU.; alcanzando así el estándar más alto de calidad en la educación superior al que puede aspirarse mundialmente en dicha carrera. Pero, por paradójico que parezca, este indiscutible logro que concita y amerita elogio unánime implicó también un retroceso potencialmente peligroso para el país. Dicha acreditación, que da merecida ventaja competitiva sobre otras universidades a aquella que logró tal éxito a costa de esfuerzo y recursos invertidos, representó también un golpe quizá fatal al duro trabajo que por 15 años venía liderizando la República Dominicana en el Caribe por alcanzar ese mismo estándar mundial de calidad; pero no en provecho de una sola universidad, sino para elevar la competitividad del país entero y la región.
Todavía un grupo de líderes académicos intenta a brazo partido mantener vivo este sueño nacional; pero lo ocurrido con los programas referidos sentó un mensaje claro: si podemos certificarnos con la mejor acreditadora mundial en Ingeniería ¿para qué necesitamos que nuestra agencia dominicana se equipare a ABET? Este mensaje retrasa en más de una década la marcha hacia esa meta de igualarse con ABET -meta que el país estuvo a punto de lograr, y hubiera conseguido si algunas universidades no le hubieran escamoteado su apoyo. El retroceso hará también mucho más difícil el esfuerzo de quienes todavía intentan alcanzar dicha meta. El sistema regional dominicano de acreditación conocido como GCREAS, por sus siglas en inglés, estuvo en efecto a las puertas de demostrar ser equivalente a las mejoras acreditadoras ante el árbitro mundial en la materia: el Washington Accord (WA). El WA invitó dos veces a GCREAS justamente a hacer dicha demostración; pero, al negarle su apoyo, universidades dominicanas le cerraron a GCREAS la oportunidad de probar su argumento ante jueces internacionales. De haberlo logrado hubiera sido como alcanzar “un ABET” en el Caribe. Ahora, lo ocurrido con los tres programas referidos dan nuevos argumentos a otras universidades y a ciertos empleadores privados de ingenieros en RD para desmeritar la acreditación nacional y abrazar la curiosa idea de que acreditarse con una agencia extranjera es siempre, y a todo costo, preferible.
Esta visión, superada justo con la creación del WA en 1998, fue la misma que paralizó el siglo pasado a países como Sur Corea, Taiwán, China, India, etc. que por décadas se empeñaron en acreditarse con agencias extranjeras hasta que entendieron que lo que necesitaban para lograr la máxima calidad en educación de Ingeniería era alcanzar la “equivalencia sustancial” con los mejores, entrando con sus propias acreditadoras al WA. Pero dicha noción atrasada y largamente superada en Asia parece seguir hoy guiando a académicos y empresarios de RD, por aferrarse a una idea del mercado también obsoleta desde que -igual, hace casi 4 décadas- el experto mundial Michael Porter, usando la noción Marshalliana de “cluster” demostró que cierta cooperación entre rivales lejos de negar la competencia de mercado puede fortalecerla y crear ventajas competitivas para todos a nivel regional. El hecho de dar, a todo evento, más crédito o preferencia a lo extranjero sobre lo nacional o regional quizá esconda también el llamado “complejo Guacanagarix”, atribuido al cacique Taíno que recibió a Colón en 1492.
La historia está documentada y puede demostrarse. Desde el 2008, 19 entes privados y públicos del Caribe y Centro América, liderados por RD y apoyados por el BID y Hewlet Packard Labs, lanzaron a GCREAS como una iniciativa de cooperación “a lo ‘cluster’ de Porter”. En su carácter de bien público sin fin de lucro, la iniciativa GCREAS desde entonces promovió la calidad regional de la educación en Ingeniería, llegando a contar con 40 expertos evaluadores internacionales. A fuerza de materia gris, desarrolló óptimos productos de entrenamiento y organizó decenas de eventos internacionales de capacitación; realizando 21 evaluaciones, 14 acreditaciones y 5 reacreditaciones en 6 ramas de la ingeniería, todo en alianza con la propia ABET. Su rol pionero fue reconocido por organizaciones como: LACCEI, en cuyos simposios anuales GCREAS expuso sus muchos avances; el CNA de Colombia, que citó a GCREAS como ejemplo de acreditadora regional de punta; el SENACYT de Panamá, al que GCREAS asesoró en su plan de Ciencia, Tecnología e Innovación; y el instituto I.D.E.A.l. de ABET, que en 2023 y 2024 nos reconoció como “Scholar” certificado en la acreditación de clase mundial.
Se esperaba que empresarios, universidades, gobiernos y entes profesionales continuaran apoyando a GCREAS, no con dádivas sino pagando a precio de costo sus servicios de aseguramiento de calidad; y así la acreditadora acumularía, como de hecho lo hizo durante 15 años, calidad y experiencia suficiente para ser aceptada en el WA cual miembro equivalente a cualquier otro. Pero, al contrario de los líderes académicos dominicanos visionarios que sí apoyaron el esfuerzo, otros miembros de GCREAS descuidaron su misión y le quitaron apoyo a la agencia, negándose a usar sus servicios. La penuria de recursos fue tal que, llegado el momento crítico, GCREAS no contó ni siquiera con fondos para viajar en respuesta a las invitaciones del WA en 2023 y 2024, y no pudo presentarse en ese alto foro a exponer los méritos de RD para ingresar con su acreditadora nacional en la élite mundial de calidad de la educación en ingeniería. Si las acreditadoras de Costa Rica y Perú pudieron lograrlo -como lo han hecho- no existe razón para que RD no hubiera alcanzado tal alta membrecía de habérsele permitido la oportunidad.
Lejos estamos de quitarle méritos a la acreditación ABET; o a la Universidad de RD cuyos programas la lograron; o al provecho para sus estudiantes y patrocinadores. Pero la ventaja individual de hoy suele nublar la visión superior del beneficio colectivo de largo plazo. Como lo demostró Clayton Christensen, otro gigante de la moderna ciencia de los negocios y padre del enfoque de la llamada Innovación Disruptiva, quienes se aferran a las ventajas competitivas de corto plazo no son empresarios verdaderamente avispados y son los que a la larga se quedan atrás. En mi opinión profesional, esa misma crítica vale para los académicos, los países, y las regiones. ¿Estará, pues, aun rondando entre nosotros el espíritu de Guacanagarix, o simplemente es que nos sigue paralizando una idea de la competitividad, y del posicionamiento internacional de nuestro país y del Caribe, que es esencialmente cortoplacista y arcaica, por ser “suma-cero” y excluyente?
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