La participación del equipo dominicano en el Clásico Mundial de Béisbol fue una experiencia colectiva que reveló cómo vivimos el deporte cuando nos identificamos intensamente con un equipo.

Ya han transcurrido dos semanas desde la derrota en las semifinales, y la aflicción se ha ido diluyendo mediante mecanismos internos de regulación emocional que atenúan progresivamente el malestar, permitiéndonos procesar las experiencias sin quedar atrapados en ellas indefinidamente.

Cuando nos hacemos fanáticos de un equipo, construimos una identidad subjetiva que incluso nos lleva a sentir que "ganamos" o "perdimos" sin haber participado en el evento, quedando así atrapados en un ciclo de subidas y bajadas emocionales en función de los resultados deportivos.

En la victoria, el cerebro libera dopamina, generando una sensación placentera que puede alcanzar la euforia. Al mismo tiempo, la corteza prefrontal refuerza la identidad grupal y el sentido de pertenencia. Cuando la victoria es compartida, también puede liberarse oxitocina, la llamada "hormona del amor", lo que fortalece los lazos sociales, la confianza y la cercanía física, incluso entre personas desconocidas.

Sin embargo, cuando el equipo pierde, ese mismo sistema fisiológico se invierte: disminuye la dopamina y aumenta el cortisol, la hormona del estrés. Aparecen entonces la frustración, el desánimo y la irritación. La amígdala cerebral puede activarse ante la percepción de injusticia, como un strike mal cantado o un penal dudoso, lo que puede desencadenar rabia y expresiones agresivas hacia las decisiones arbitrales.

El malestar no proviene del juego en sí, sino de cómo procesamos su resultado y de la resistencia a aceptar la realidad tal como es. Surge de la fricción interna que aparece cuando intentamos imponer nuestra preferencia sobre lo ya ocurrido, lo que nos lleva a buscar culpables, ya sean árbitros, dirigentes o jugadores.

El organismo lo vive como una experiencia desagradable, no solo por el dolor emocional, sino porque, en un sentido más profundo, responde a una condición insana para el propio cuerpo.

Cuando ganamos, la sensación vital se expande y nos sentimos "más"; cuando perdemos, esa intensidad se manifiesta en sentido contrario. Cuanto mayor es la identificación con el equipo y con el tipo de partido, como una clasificación, una semifinal o una final, mayor es la inmersión emocional y la intensidad con la que se vive el resultado. Así, la victoria puede elevarnos de forma desproporcionada y la derrota hundirnos con gran fuerza.

Tanto en el triunfo como en la derrota, el estado emocional queda condicionado por factores ajenos a nuestro control, lo que refuerza el poder del mundo exterior para determinar cómo nos sentimos, reduciendo nuestra autonomía y capacidad de autorregulación.

El placer del triunfo y el dolor de la derrota alejan al cerebro del equilibrio, distanciándonos de la paz interior y sumergiéndonos en una dinámica de búsqueda del placer y evitación del sufrimiento, una condición clave para la infelicidad. Esta dinámica suele pasar inadvertida o considerarse intrascendente por darse en el ámbito deportivo, asumiéndose como algo normal y limitando la posibilidad de un entendimiento crítico y de su aprovechamiento como oportunidad de mejora.

Esta dificultad se acentúa en un mundo orientado hacia lo visible y lo poco sutil, hacia estímulos llamativos que capturan la atención y dificultan la percepción de los procesos internos y sus consecuencias. En ese contexto, las observaciones y análisis de lo que ocurre dentro de nosotros tienden a interpretarse como exagerados o incluso radicales.

Situación que no favorece la búsqueda de experiencias asociadas a procesos neurológicos de mayor coherencia y eficiencia, menos entrópicos y de menor gasto energético, que provienen desde estados de mayor neutralidad e imparcialidad y suelen traducirse en niveles más altos de plenitud y paz interior.

Estas experiencias son escasas en entornos como los actuales, donde predominan el narcisismo, el hedonismo y el individualismo, que ofrecen recompensas inmediatas a cambio de descompensaciones y déficits posteriores. Cuanto más se acentúan estos rasgos, ya sea como jugadores o como fanáticos, más exacerbadas y ofensivas tienden a ser las celebraciones de nuestros logros y triunfos, volviéndonos más centrados en nosotros mismos y más alejados de la humildad y la compasión hacia los demás.

Estas actitudes, presentes a nivel global, se ven amplificadas en una realidad marcada por la ampulosidad, la estridencia y, en muchos casos, el anonimato, que reduce la individualidad y refuerza la necesidad de exhibir los logros de forma visible y exagerada como afirmación de una identidad de "ganador" frente a otros.

Dentro de este esquema, cada cultura aporta su propio matiz. En nuestro caso, tendemos a intensificar estas conductas mediante una gestualidad excesiva y un fuerte exhibicionismo identitario, como ocurre con el uso reiterado del plátano y otros símbolos nacionales, así como con manifestaciones ofensivas como el "perreo" hacia el contrario. Actitudes que, en lugar de hermanar, distancian y abren brechas.

En este sentido, cabe esperar que en eventos futuros similares podamos competir con mayor humildad y humanidad, mostrando más respeto hacia el rival y reduciendo el histrionismo y el exhibicionismo en nuestros logros y celebraciones. Así, podríamos demostrar que un país más fraternal y menos centrado en nosotros mismos no solo es deseable, sino también posible.

Alejandro Moliné

Ingeniero civil

Formación en ingeniería, economía y administración de empresas. Experiencia en proyectos sociales e instituciones públicas del área de salud y seguridad social

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