El episodio sucedido en las elecciones generales de Honduras, el 30 de noviembre del pasado año, y las subsiguientes secuelas, abre un parteaguas para que empecemos a ver la llamada “democracia” con ojeriza y mucho cuidado, en esta parte de las Américas.
Nasry Tito Asfura, “Papi a la orden”, no estaba en el radar de los electores hondureños, pues las encuestas le daban un lejano segundo lugar del puntero, Salvador Nasrralla. Aun con la sólida y tradicional base de su partido. Pero sucedió la magia de dos tuits de Donald Trump en su red social, llamando a votar por “Papi a la Orden”, y pan pan, se hizo la luz. Como por arte de magia, ya dije, y el trabajo, comprobado de la intromisión de los especialistas israelíes en fraude que hackearon el Sistema Electoral del CNE hondureño.
Y aparecieron los votos para que volviera la mafia de la ultraderecha a instalarse en el poder de esa maltratada nación, y de paso, saliera indultado de una cárcel de máxima seguridad, quien purgaba una condena por narcotráfico de 45 años impuesta por el sistema judicial norteamericano el armador de toda la trama: Juan Orlando Hernández, (JOH), hoy ya activando como “Pedro por su casa” de regreso en su país. Gracias al capital que el Estado judío pago por su liberación al mercader de Trump, según “las buenas lenguas”, alrededor de unos 100 millones de dólares.
Se robaron la esperanza de un cambio verdadero de millones de hondureños que soñaban con eso, y de paso, instalaron la más perversa componenda de ultraderecha que habrá jamás en el Istmo centroamericano. Este oscuro personaje junto al presidente de Argentina, Javier Milei, orquestaron un plan diabólico de manejo mediático y redes sociales, para empezar a estructurar la caída de los gobiernos de avanzada que quedan en la región, México, Brasil, entre otros. Los audios de esa componenda andan ahí y todos saben ya cómo se urdió el plan. Para robarse hasta el aliento, ya lo están haciendo. Y entonces, ¿de qué independencia nos hablan para celebrar este 15 de septiembre?
Cuando el Departamento de Estado y la Casa Blanca convocaron para la cumbre de Jefes de Estados apéndice a Washington, llamada:” Escudo de las Americas”, se estaba gestando la urdimbre del plan perfecto para la vuelta del Pirata W. Walker por estas tierras, no en el siglo XIX sino en pleno siglo XXI, a mancillar la soberanía de estas naciones y llevarse sus riquezas. Y una bandada de bandidos como corderitos acudió al llamado. La suerte estaba echada ya. Venezuela es el más cruel ejemplo; Ecuador, es el más servil de toda esa trama de ruptura histórica, pues con su gobierno pusilánime, no han escondido el refajo para ni poder defender a sus ciudadanos de los escuadrones de matones (hoy llamado eufemísticamente, Contratistas de Defensa) que los Estados Unidos ha enviado a su país para masacrar, con el pretexto del combate al narcotráfico. Chile, volvió a su rol de derecha de siempre.
Paraguay está atrapado en “su destino manifiesto” de ser reducto de lo más atrasado del continente. Bolivia siguió igual suerte. Perú, ya está en el radar de ellos para empezar su égida antihistórica. Y ya cayó el otro bastión: Colombia en las manos de esas huestes entreguistas de nuestras soberanías y riquezas.
En Honduras, es la más macabra historia que se está empezando a escribir de la manera más oscura y perversa. Los que se decían demócratas, han entregado la soberanía de la patria de Francisco Morazán, han mancillado el legado de uno de los hombres más libres y honorables de este pedazo de mundo, llamado Centroamérica, el prócer, José Cecilio del Valle, demócrata a carta cabal. De Dionisio de Herrera, quien fuera el primer Jefe de Estado de Honduras en 1824 y redactor de la primera Constitución del país en 1825, la que estos maleantes se la han pasado por donde no sale el sol.
Y qué decir de cómo han mancillado el legado de sus ancestros: el Cacique Lempira: Líder del pueblo Lenca. Aunque pertenece a la época de la conquista española en el siglo XVI, es honrado como el primer héroe nacional por su valiente resistencia en defensa de la soberanía. Entonces, cómo podemos pedirles a nuestros inocentes estudiantes de las escuelas a que desfilen y les rindan honor a sus países; no por favor, si estos sinvergüenzas lo han vendido al mejor o peor postor.
No, jamás deberíamos pedirles a nuestros hermosos retoños que se quemen bajo el sol para rendir pleitesía a esa bandada de vendepatria, que por unos dólares más han entregado el legado de los que sí amaron y siguen en sus tumbas amando lo que con sangre y fuego defendieron y liberaron. Entonces, ¿por qué celebrar este 15 de septiembre la independencia que hoy no es tal?
“El fervor patrio ha vuelto a despertar en la región, donde 5 países comparten el 15 de septiembre como el Día de su Independencia. Las celebraciones pueden variar, pero de por medio está la identidad y el orgullo de patria.”, eso dice una nota de un medio local de El Salvador. Y podría ser verdad si hoy no estuviera la región pasando por las amenazas más sonadas en contra de su independencia y democracia verdadera. La que legaron los prohombres que lucharon por ella. No solo en Honduras, sino en todas las demás naciones del Istmo: El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica. Panamá, (aunque por otras causas no celebra este día), ya que fue de la Gran Colombia que tuvo su separación.
De Nicaragua, mejor ni hablar, pues ha decido trillar su destino, un destino que está muy lejos de lo que también ellos soñaron, pero que lo hace para plantar pecho al usurpador del norte, y si lo vemos en perspectiva, no están muy lejos de lo que toda una vida han estado combatiendo. Y así, los postulados de los que legaron su emancipación, en vez, de ser un ejemplo, están cayendo por el suelo. Pero es su manera de ver el mundo y la historicidad de este decisivo momento.
Y así llega el 15 de septiembre envuelto en el azul y blanco: símbolos de libertad y herencia común, de una esperanza que nunca acaba de cuajar y que cada día esta más lejos de materializar, a pesar de lo que digan los que escribieron y escriben la historia oficial.
El predominio del azul y blanco en las banderas de varios países de Centroamérica se remonta a la Federación de las Provincias Unidas del Centro de América, también conocida como la República Federal de Centroamérica (1823-1841). Esta federación unió a los actuales Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.
Su bandera original consistía en dos franjas horizontales azules y una blanca en el centro, con el escudo de armas en el medio. La inspiración provino de la bandera de Argentina, diseñada por Manuel Belgrano en 1812, cuyos colores simbolizan el cielo y las nubes, asociadas con la libertad y la pureza.
Entonces, llegamos a esta celebración de 204 años de haber firmado el Acta de Independencia del Imperio español. Y hoy estamos peor, hemos caídos como vasallos, lacayos de un imperio que recién ha cumplido 200 años de horror: el imperio norteamericano y ahora nos impone, desde sus antojadizos aranceles hasta sus peores costumbres enlatadas en las redes sociales, y otras maneras de enajenarnos con el único fin de la dominación.
Y no es solo una amenaza la que se ciernes en el cielo de estas tierras sagradas por la naturaleza y las riquezas que nos legó el cielo, hay otras muy peligrosas que cada día apuntan a quitarnos la identidad que por siglos hemos mantenido y luchado por ella.
El peligro más latente para las democracias de los países de Centroamérica que celebran su “independencia” este 15 de septiembre (Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica) es la erosión democrática desde el interior del propio sistema mediante el uso de mecanismos legales y el arraigo del autoritarismo electoral, producto de las manipulaciones más burdas, apañadas por los grupos de poder y otros micropoderes poderes de las sombras.
A diferencia de las dictaduras del siglo XX, que se consolidaban mediante golpes de Estado militares y violencia explícita, las amenazas del siglo XXI operan de forma más sutil y se fundamentan en dinámicas específicas, según tanques de pensamientos consultados. A saber:
1.Desmantelamiento de los contrapesos institucionales
El mayor riesgo actual es la captura y subordinación de los poderes judiciales, legislativos y de los tribunales electorales por parte del Ejecutivo. Líderes elegidos democráticamente utilizan sus mayorías parlamentarias para reformar constituciones, debilitar la fiscalización y asegurar su permanencia en el poder, eliminando la separación de poderes indispensable para una democracia real.
2.Autocratización por fatiga ciudadana
Existe un desencanto generalizado de la población hacia los partidos tradicionales debido a décadas de corrupción sistémica, ineficacia económica y falta de seguridad. Este escenario ha permitido el auge de liderazgos populistas que ofrecen soluciones rápidas y de mano dura a cambio de sacrificar libertades civiles. El peligro radica en que las sociedades validan el debilitamiento democrático si este viene acompañado de resultados inmediatos en infraestructura o seguridad.
3.Persecución de la disidencia y la prensa independiente
Se observa una restricción sistemática del espacio cívico. La instrumentalización de las leyes de ciberdelitos, el acoso fiscal a organizaciones no gubernamentales (ONG) y el asedio judicial a periodistas independientes buscan silenciar las voces críticas. Sin una prensa libre que audite al poder, la rendición de cuentas desaparece.
4.Captura del Estado y redes de corrupción
En varios de estos países, las estructuras estatales siguen fuertemente infiltradas por el crimen organizado y élites económicas corruptas. Esto distorsiona la competencia electoral mediante financiamientos ilícitos y manipula las políticas públicas en favor de intereses particulares, vaciando de contenido real la soberanía del voto popular. La paradoja centroamericana actual es que, mientras los desfiles y símbolos patrios recuerdan la soberanía formal obtenida en 1821, la soberanía ciudadana real y los derechos fundamentales se debilitan progresivamente frente a nuevos modelos políticos autocráticos fuertemente respaldados por la opinión pública.
A todo este panorama, la comunidad internacional hace caso omiso y responde de manera fragmentada, reactiva y con un impacto limitado frente a la erosión democrática en Centroamérica, debido a la pérdida de efectividad de las sanciones tradicionales y al surgimiento de nuevos aliados globales que financian a estos gobiernos sin exigir respeto a los derechos humanos.
Tanto el intervencionismo de los Estados Unidos, ahora que han revivido la Doctrina Monroe, en tiempos de Donald Trump, como la llegada de un visitante muy incómodo para los intereses de Washington en la región, China, con lo que la postura de Estados Unidos hacia el Istmo centroamericano y el resto de la región ha dado un giro drástico mediante la implementación oficial del “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”, una política exterior de fuerza y dominación directa que archiva definitivamente la diplomacia del soft power (poder blando), que permaneció por muchas administraciones, de los dos partidos del sistema norteamericano, bajo la bandera de la USAID.
Con este esquema, Washington prioriza el control territorial, comercial y militar de lo que considera su “patio delantero”, subordinando la defensa tradicional de la democracia institucional a sus propios intereses de seguridad nacional. A ese panorama es que hemos llegado en este momento del Istmo centroamericano, a 204 años de proclamada su independencia.
Entonces, ¿en qué situación nos encontramos en este momento geopolítico en que llegamos a septiembre de 2026 en la celebración de “la independencia” de la Centroamérica sitiada por los intereses más espurios que jamás existieron?
El regreso de la Doctrina Monroe (La "Doctrina Monroe")
La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos establece explícitamente que la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionada. Tras acontecimientos de gran impacto en la región —como la incursión militar que capturó al expresidente venezolano Nicolás Maduro—, la Casa Blanca ha revivido la doctrina de 1823 bajo un enfoque transaccional y punitivo, amparada en el concepto del “Destino Manifiesto” de estas naciones bananeras.
Desplazamiento militar:
Se ha ejecutado una redistribución de tropas y capacidades navales hacia el Caribe y las costas centroamericanas para controlar “rutas migratorias y operaciones de narcotráfico”. Contención de rivales globales: El objetivo principal no es reformar la política interna de los países del Istmo, sino obligarlos a romper lazos comerciales y de infraestructura con China, bajo la amenaza de represalias económicas severas.
Intromisión y pragmatismo electoral
El compromiso de Washington con “los valores democráticos tradicionales” ha sido sustituido por un enfoque de “tutela y conveniencia política”. La interferencia estadounidense en los procesos electorales e internos de la región se ha reportado en varios frentes y responde a un alineamiento ideológico y utilitario.
Preferencia por la mano dura y el orden
La administración estadounidense premia y otorga ventajas arancelarias a los gobiernos que detienen activamente la migración y combaten el crimen, sin importar si estos mismos líderes erosionan los contrapesos judiciales en sus propios países. Los ejemplos saltan a la vista y son conocidos por todos en” around the world”.
El pulso por los activos estratégicos del Istmo
El istmo centroamericano se encuentra en el centro de esta renovada política debido a su posición geográfica e infraestructura clave:
El control del Canal de Panamá
La administración estadounidense presiona de forma contundente para limitar la operación e influencia china en el Canal, buscando recuperar una tutela preferencial sobre las tarifas y la seguridad de la vía interoceánica. Hoy los litigios con empresas chinas frente al gobierno panameño están a la orden del día, las que por décadas usufructuaban este paso con su logística y estrategia comercial.
Acuerdos de seguridad subordinada
Se buscan y ejecutan nuevos pactos de acceso militar y despliegue terrestre en países aliados del Istmo, como Costa Rica, en Honduras ya están y El Salvador también, utilizándolos como bases logísticas avanzadas frente al resto de la región. Esta reactivación del intervencionismo norteamericano ha fragmentado aún más a Centroamérica. Mientras algunos gobiernos se subordinan por completo para recibir exenciones de aranceles o rescates financieros, otros experimentan una inestabilidad democrática creciente debido a que las elecciones y la soberanía popular nacional han pasado a ser piezas secundarias en el tablero geopolítico de Washington.
Para eso, es el intervencionismo en las elecciones por parte de los Estados Unidos, para controlar las riquezas de las naciones de la región y evitar la influencia China que de por sí, ya sobrepasó los límites que ellos (Washinton) creían permitir. Ahora también con el intervencionismo sionista y sus agencias de sangre.
Bajo este panorama, es imposible hablar y celebrar la independencia verdadera este 15 de septiembre en Centroamérica, ya que el concepto tradicional de soberanía ha sido reemplazado por una doble dependencia estructural: “por un lado, una subordinación geopolítica y militar total ante la renovada Doctrina Monroe de Estados Unidos, y por el otro, una asfixiante dependencia financiera y de deuda con potencias como China”. (“Contigo porque me mata y sin ti porque me muero”)
A más de dos siglos de la firma del acta de 1821, la realidad del Istmo demuestra que la soberanía nacional es hoy una fachada retórica debido a factores críticos que anulan la autonomía real de estos Estados:
1.El regreso de la soberanía tutelada por Washington
Bajo el actual despliegue geopolítico y militar estadounidense, las decisiones de política exterior e interior de los países centroamericanos están condicionadas por los intereses de seguridad de la Casa Blanca. La soberanía electoral e institucional de la región se ve vulnerada de forma constante: si los gobiernos locales no se alinean con las demandas de contención migratoria, ruptura de lazos con Pekín o control de activos estratégicos (como puertos y canales), enfrentan represalias comerciales inmediatas, intervenciones diplomáticas directas o asfixia financiera. Y todo esto se gestó en la cumbre “Escudo de las Americas”.
- La "independencia" hipotecada al financiamiento chino
Aquellos gobiernos que han intentado distanciarse de la órbita de Washington no han logrado una independencia real, sino que han cambiado de tutor. La masiva inyección de créditos y la entrega de proyectos de infraestructura clave a corporaciones estatales chinas han creado una trampa de deuda. Esto ata las políticas públicas y los recursos naturales de los países del Istmo a los intereses de Pekín, limitando su margen de maniobra económica para las próximas décadas.
- La soberanía popular confiscada por las autocracias
La verdadera independencia nace de la capacidad de un pueblo para decidir su destino de forma libre y democrática. En la Centroamérica de 2026, esa soberanía ciudadana está confiscada. El desmantelamiento de los contrapesos institucionales, la persecución de la prensa independiente, el destierro de la oposición y el control de los tribunales electorales significan que las elecciones ya no son una herramienta de autodeterminación, sino un trámite de legitimación de los regímenes de turno.
4.Dependencia económica de las remesas
Desde una perspectiva social, la supervivencia económica de millones de hogares centroamericanos no depende del aparato productivo de sus propios países, sino del dinero enviado por los migrantes en el extranjero (remesas). Una región que no puede retener, alimentar ni dar empleo a su propia población, y que sobrevive gracias a la economía de otro país, carece de la base material mínima para declararse plenamente independiente. Y esto tiene un triste corolario: las mayorías de los países del Istmo tienen en sus senos a ciudadanos que da pena decirlo, pero son “un ejército de mantenidos” por sus familiares que doblan el lomo en tierras ajenas. Pero lo más triste, es que, llegado el dinerito, “el pistillo”, “los molongos” van a un Pollo Campero o una gran superficie de tienda al detalle y lo tiran para arriba, porque “a lo que nada nos cuesta, hagámosle fiesta”. Así no hay toro que llegue a buey.
En conclusión, la celebración del 15 de septiembre se ha reducido a un acto folclórico y de nacionalismo oficialista. Las banderas, los desfiles escolares y los desfiles militares ocultan una realidad ineludible: Centroamérica sigue atrapada en la periferia de las grandes potencias, donde su territorio y sus instituciones operan más como fichas de un tablero de ajedrez global que como repúblicas verdaderamente libres y soberanas. Y esto, a 204 años de proclamadas las llamadas “independencias”, es una verdadera catástrofe que, en vez de alegrarnos y celebrar, lo que da, es ganas de llorar desconsoladamente.
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