El ruido que ha generado en nuestro país la publicación de los resultados de las pruebas internacionales de estudiantes, conocidas como pruebas PISA, nos recuerda aquella leyenda urbana recreada en la sociología dominicana, conocida como “los escrúpulos de María Gargajo”, quien lavaba los huevos antes de freírlos y luego escupía el sartén para asegurarse de que el aceite estaba listo para su cocción, como viva expresión de una doble moral consumada.
¿Qué es lo que acontece con la “pretendida alarma” en los diferentes sectores al conocerse tales resultados que, aun sesgados, no dicen nada que previamente no conociéramos sobre el pobre desempeño de nuestros estudiantes en los aprendizajes básicos que debían alcanzar a edad oportuna?
¡Ah! Es que ahora nos lo viene a decir el club de países ricos a través de esta herramienta de evaluación que, por demás, pagamos muy caro por la inscripción y por compararnos con ellos, como si se tratara del concurso global de los mejores en el dominio y uso del conocimiento como palanca competitiva en los mercados.
¿Cuál es la gran farsa?
Detengámonos por un momento en su propia lógica. PISA 2025 recoge el mayor retroceso en lenguaje, una de las áreas básicas medidas, a partir de ponderar las habilidades y competencias de nuestros estudiantes al cumplir los 15 años, evaluando una información dada, estableciendo conexiones con otras y determinando el nivel de razonamiento y pensamiento crítico para arribar a conclusiones.
Tal retroceso en los últimos diez años afectó a casi todos los países participantes, especialmente a la gran potencia, Estados Unidos; al gigante latinoamericano, México; y a la madre patria, España, de quien aprendimos la lengua en que nos comunicamos.
Que estemos en el piso de la región en comprensión lectora, tan mal o peor que los grandes, es una amarga verdad que se registra desde hace más de 30 años, conforme a los resultados de las pruebas nacionales. Consistentemente, también se registra en las pruebas diagnósticas de tercero y sexto grado, que se vienen aplicando en el país a partir de 2016.
A diferencia de PISA que tiene un sesgo, pues, al tratarse de una prueba internacional, toma una muestra por países, no aleatoria, muy limitada y además, en el caso dominicano, “previamente preparada”, nuestras pruebas nacionales de último año de media y las diagnósticas de tercero y sexto grado son censales, por consiguiente, mucho más representativas.
El lenguaje es el mediador por excelencia desde la aparición de la escritura sumeria en la transmisión, acumulación y aprehensión del conocimiento como acervo de la humanidad.
Entonces, valdría la pena preguntarse: ¿es posible manejar el pensamiento lógico-matemático o discernir entre una información, una opinión o una tesis soportada en evidencias como quehacer científico, sin tener comprensión lectora?
Las conclusiones de las mentadas pruebas señalan el uso creciente de las pantallas y la inteligencia artificial por parte de nuestros estudiantes, pero también conocemos cómo su frecuente utilización está bloqueando el desarrollo neuronal y el razonamiento crítico de los niños y jóvenes en sus propios países, lo que les ha obligado a abandonar o postergar su inicial embrujo por esas tecnologías emergentes en la educación.
Precisamente, ese reconocimiento y vuelta atrás de “los nórdicos” constituye un aprendizaje: debemos curarnos de las modas, dejar de seguir a ciegas ciertas tendencias y aprender de nuestras propias falencias y errores.
Debemos reconocernos nosotros mismos y finalmente, identificar el problema clave del porqué seguimos patinando en alcanzar aprendizajes significativos.
Debemos dejar de mirarnos en el espejo de los más desarrollados y lamentarnos, conformándonos con el rol de ser un país de personas de pensamiento simple o, peor aún, rindiéndonos y reduciéndonos a una sociedad de perfectos idiotas.
Está más que comprobado que, en educación, no existe una receta ni una panacea conocida. Solo es válida la máxima del ensayo, prueba y error, acompañada de una buena dosis de disrupción y creatividad, pues haciendo más de lo mismo jamás alcanzaríamos resultados distintos.
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