Son muchos los temas que impactan directa e indirectamente al turismo. Particularmente, he reiterado que es necesario que les demos el carácter y la importancia que ameritan, sobre todo por ser el turismo uno de los sectores de mayor impacto económico en nuestro país.
Una de las variables que quizás no estamos considerando con suficiente atención —ni incorporando como deberíamos a la planificación de nuestro futuro turístico— es la vulnerabilidad de nuestros destinos frente al cambio climático.
Es mejor evitar alarmismos y no pronosticar catástrofes. Se trata, sencillamente, de reconocer una realidad científicamente documentada. El clima está cambiando y, para una actividad como el turismo, particularmente sensible a las condiciones ambientales, ese cambio constituye no solo un desafío ecológico, sino también económico y de competitividad.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM), en su informe Estado del clima en América Latina y el Caribe 2025, señala que los signos de un clima cambiante son ya evidentes en nuestra región. Estos incluyen el aumento de las temperaturas terrestres y oceánicas, elevación del nivel del mar, sequías, inundaciones y fenómenos meteorológicos extremos. Entre 1991 y 2025, América Central y el Caribe registraron una tendencia de calentamiento aproximada de 0.25 grados Celsius por década. Podría parecer una cifra modesta para una región turística como la nuestra. No lo es.
El turismo tiene una particularidad que a veces olvidamos: el clima también forma parte del producto que promocionamos. Un hotel puede remodelarse, una carretera reconstruirse y un aeropuerto ampliarse. Una playa severamente erosionada es otra historia. Recuperar un arrecife deteriorado o garantizar agua suficiente cuando las fuentes disponibles comienzan a sufrir estrés, resulta mucho más complejo.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) advierte que las islas se encuentran entre los territorios particularmente vulnerables al aumento de las temperaturas, los ciclones tropicales, las marejadas, las sequías, las modificaciones de las precipitaciones, el aumento del nivel del mar y el blanqueamiento de corales.
Para el Caribe, el IPCC plantea que un calentamiento adicional de entre 0.2 y 1 grado Celsius podría conducir hacia condiciones predominantemente más secas, con reducciones de las precipitaciones de entre 5 % y 15 % y una mayor ocurrencia de sequías.
¿Qué significa esto para nosotros? Que el cambio climático puede terminar afectando precisamente los recursos sobre los cuales hemos construido buena parte de nuestra oferta turística: playas, mar, arrecifes, clima agradable y hermosos paisajes.
El Caribe tiene razones adicionales para preocuparse. Nuestra vulnerabilidad no deriva exclusivamente de la condición insular. Existe una combinación particularmente compleja entre exposición climática y dependencia económica.
La CEPAL ha advertido, desde hace años, sobre algunas características que hacen especialmente vulnerable al turismo caribeño. Dependemos considerablemente de esta actividad para generar divisas y empleos; buena parte de nuestros hoteles, resorts e infraestructuras se concentra en zonas costeras expuestas; y, además, dependemos del transporte aéreo y marítimo de larga distancia para conectarnos con nuestros principales mercados emisores.
A esto se agrega un dato del Banco Mundial que debería llamarnos la atención. Bajo un escenario moderado de cambio climático, aproximadamente el 13 % de los hoteles ubicados junto al mar en el Caribe podrían experimentar pérdida de playa hacia 2050 como consecuencia del aumento del nivel del mar.
En nuestro país no necesitamos viajar demasiado para comprender la dimensión del riesgo. El problema está frente a nosotros.
Nuestros principales polos turísticos —Punta Cana-Bávaro, Bayahibe-La Romana, Puerto Plata, Sosúa, Cabarete, Samaná, Las Terrenas, Juan Dolio, Boca Chica y los nuevos desarrollos del sur— tienen una característica común: una importante proporción de su infraestructura y de su atractivo turístico se encuentra ubicada junto al litoral.
El Informe GEO República Dominicana 2024, elaborado por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, identifica entre los impactos proyectados sobre nuestros sistemas marino-costeros las inundaciones asociadas al aumento del nivel del mar, la erosión de playas, el blanqueamiento de corales, la degradación de manglares y la reducción de poblaciones de peces. Y señala expresamente que el turismo es sensible a estos fenómenos.
No estamos, por tanto, hablando de un problema exclusivamente futuro.
Durante décadas hemos promocionado internacionalmente nuestro país utilizando una imagen que todos conocemos: kilómetros de arena blanca, cocoteros y un mar azul turquesa. Pero las playas no son recursos inmutables.
El aumento del nivel del mar, las marejadas, los fenómenos extremos y la degradación de arrecifes, manglares y dunas pueden acelerar los procesos erosivos. Y no podemos atribuirlo todo al clima. A estos factores debemos agregar otros provocados por nosotros mismos: construcciones próximas al litoral, intervenciones inadecuadas de la costa, eliminación de vegetación y ocupación de ecosistemas que constituyen nuestras propias defensas naturales.
Existe otro problema del cual hablamos todavía menos: el agua.
Un destino turístico necesita cantidades importantes de agua. La necesitan las habitaciones, piscinas, restaurantes, lavanderías, jardines, campos de golf y múltiples servicios complementarios. Pero esa misma agua la necesitan también las comunidades que rodean nuestros hoteles.
Si simultáneamente aumentamos habitaciones, población residente y demanda de servicios mientras el cambio climático incrementa los períodos de sequía, tenemos que preguntarnos: ¿cuántas personas y cuántas habitaciones puede realmente soportar cada destino turístico? En otras palabras, ¿cuál es su verdadera capacidad de carga?
Ha llegado el momento de que las autoridades, al otorgar las licencias a nuevos desarrollos turísticos, exijan mucho más que inversión económica, legalidad de los terrenos y cantidad de habitaciones a construir. Tenemos que preguntarnos también por la disponibilidad futura de agua, saneamiento, energía, movilidad y, por supuesto, por la exposición climática del proyecto.
El cambio climático no solamente modifica los destinos. Puede modificar también las preferencias del viajero.
Temperaturas excesivamente elevadas pueden reducir el confort, aumentar riesgos para la salud, incrementar el consumo de energía y modificar horarios y temporadas de actividades al aire libre. Al mismo tiempo, inviernos más suaves en algunos de nuestros mercados emisores podrían alterar parcialmente la motivación tradicional de viajar miles de kilómetros buscando sol.
Esto no significa que los turistas dejarán de venir al Caribe. Significa algo diferente y más importante desde el punto de vista estratégico: no podemos asumir que las ventajas competitivas que tuvimos durante los últimos cincuenta años permanecerán inalterables durante los próximos cincuenta.
El Banco Mundial, en su Country Climate and Development Report para República Dominicana, estima que, sin medidas adecuadas de adaptación, los impactos climáticos podrían provocar que hacia el año 2050 el país deje de generar hasta aproximadamente un 16.7 % del PIB potencial. Entre las causas se encuentran una menor demanda turística, una mayor incidencia de tormentas tropicales e inundaciones y la pérdida de productividad laboral debido al calor.
Para el turismo, los análisis utilizados por el Banco Mundial estiman que, bajo distintos escenarios climáticos, los ingresos podrían experimentar impactos negativos de entre 7 % y 16 % hacia mediados de siglo. Mientras tanto, el efecto de los huracanes podría reducir las llegadas hasta alrededor de un 6 % en 2050.
Creo que estas cifras merecen nuestra atención.
Nada de esto significa que debamos detener nuestro crecimiento turístico. Significa que debemos cambiar la manera de crecer.
De ahora en adelante deberíamos preguntarnos: ¿cuánta agua tendrá disponible el destino dentro de veinte o treinta años? ¿Qué ocurrirá con esa costa? ¿Hasta dónde podría llegar una marejada extraordinaria? ¿Qué infraestructura quedaría inundada? ¿Cómo protegemos los arrecifes? ¿Dónde podemos continuar construyendo y dónde definitivamente no deberíamos hacerlo?
El país está avanzando institucionalmente. Recientemente, el Ministerio de Medio Ambiente presentó la actualización de la NDC 3.0 (2025-2035), instrumento de planificación climática que eleva la ambición del país frente al Acuerdo de París, el cual refuerza las metas nacionales de mitigación y adaptación y reconoce la necesidad de financiamiento para incrementar nuestra resiliencia.
Pero el turismo necesita traducir esa política climática nacional a su propia realidad territorial.
Cada nuevo desarrollo turístico debería demostrar no solamente su viabilidad económica y ambiental, sino también su viabilidad climática a treinta o cincuenta años.
Y deberíamos comenzar a considerar nuestras playas, arrecifes, manglares, dunas y humedales como lo que realmente son: activos estratégicos de la economía turística nacional.
El Banco Mundial estima que medidas oportunas destinadas a reducir los daños provocados por la erosión, las inundaciones, el aumento del nivel del mar y las tormentas tropicales podrían reducir significativamente los impactos macroeconómicos potenciales hacia 2050.
Quizás haya llegado el momento de entender que la resiliencia climática no es solamente una responsabilidad ambiental. Es una política de competitividad turística, una política económica y, sobre todo, una responsabilidad con el futuro de nuestro país.
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