Antes de que el reguetón naciera, visitaba con frecuencia Puerto Rico en sus tiempos de la bonanza económica generada por los Fondos 936[1]. Sobre ese incentivo federal para la inversión extranjera aprendería después con el Dr. Luis Heredia Bonetti, promotor de las ventajas complementarias para la República Dominicana de ese programa[2].
En 1976, me debía a mis ensoñaciones juveniles. Entré a la pubertad y a Puerto Rico por vez primera en su verano. Mi tía Nora Pagán me llevó con mi primito Roberto, dos benjamines descubriendo parte de nuestra identidad familiar.
El canto del coquí, grito coral cortando el silencio de la noche, armonizó con los nuevos estados de mi espíritu. Sin embargo, más que las ranitas silbantes y ocultas en la oscuridad, sería la emisora WKAQ, abeja reina del dial puertorriqueño en la jornada diurna, la que poblaría mi mente colegial ávida de emociones.
Locutores de rítmico acento complacían peticiones del alba al crepúsculo: serenatas de Danny Rivera, salsas de Willie Colón y Héctor Lavoe, pegajosos temas de Menudo, intercalados con las canciones de Tavarez, Earth, Wind and Fire, o Captain & Tennille y el resto del repertorio pop.
Puerto Rico resonaba como musicalidad sin fin. En secundaria, llegaría a la Isla del Encanto cada verano y me deslizaría por el cuerno de su abundancia. Tan pronto aterrizaba en el moderno hub de Eastern Airlines, San Juan se abría cosmopolita.
Allí nos esperaban sonrientes mi tío Toqui junto a su esposa, mi amorosa tía Anicia, para llevarnos hasta su hogar en el municipio de Carolina, residencia parecida a la casa montada por Bad Bunny en el espectáculo del Super Tazón, en un estadio de fútbol americano.
Los alegres boricuas en sus autos deportivos, descapotables o camper vans de último modelo, cruzando por las autopistas que entrelazaban a la isla me parecían un frenesí sensual orquestado por WKAQ, desde el radio del vehículo de mi tío.
La escena del Estado Libre Asociado de ese ayer fue novelada con maestría literaria por Luis Rafael Sánchez en “La Guaracha del Macho Camacho” (1976), obra icónica del español antillano.
Con deliciosa cadencia, el autor narra en el relato, el período que transitaba ese otro Puerto Rico y sus contradicciones, las que conducirían al país vecino en dirección a un gran choque económico y social.
La “Operación Manos a la Obra”, plan de desarrollo instaurado en 1947, basada en planes de incentivo, procuró transformar la economía de agrícola a industrial, pero, como anticipó Sánchez en su ficción, el destino sería una estrepitosa colisión.
El reguetón nacería después, en los años noventa 90. Su agudo chirrido es canto coral de la exclusión. Los errores de diseño y fisuras de la implementación de la política puertorriqueña, produjo un género popular de cruda expresión lingüística, estructura repetitiva y estrecha musicalidad melódica, tímbrica y armónica.
Aun así, cuidado con matar al mensajero. Los reguetoneros son el contrapunto del atascado desarrollo. El género, parido en la periferia antillana, ahora se ha apoderado si no del mundo entero, al menos de Occidente, en momentos desorden mundial. Excepto que su máximo exponente propone cambió de reglas de juego. El reguetón emprende otra búsqueda de su expresión.
El pasado 8 de febrero, Benito Antonio Martínez Ocasio, en la arena del Levi’s Stadium de Santa Clara, California, sostuvo un balón ovoide de fútbol americano con un mensaje escrito. A partir de ese momento, dejó de cantarles solo a sus admiradores o compatriotas. Fue un acto valiente, en beneficio de una causa más importante que su carrera artística.
Dos décadas antes de que la estrella mundial naciera en Bayamón, en mis paseos de adolescencia, Puerto Rico me parecía un lugar fabuloso. Y lo era, al menos en apariencia. Jamás imaginé que tanto esplendor podía alcanzar la bancarrota[3] o que sus parques, playas y plazas se vaciarían de juventud.
En 1962, Oscar “Toqui” Pagán Concha y Anicia Mejía, un joven matrimonio dominicano eligió a la isla vecina como su hogar. Emigraron junto a sus tres pequeños nacidos en Ciudad Trujillo, Iván, Christian y Oscarito. Fueron parte de ola migratoria tras la caída del dictador Rafael L. Trujillo.
Tío Toqui era músico y laboraba en los hoteles de San Juan para sostener a su familia, completada con mi primita Cindy Ann, nacida en la diáspora y epítome de su alegría. Tuvieron los retos propios de la errancia, superados por el amor, el trabajo y la unidad.
Los sobrinos de Toqui siempre fuimos recibidos desde esa abundancia de espíritu. Tía Anicia personificada la dulzura, su comedor en la cocina era el centro del hogar. Su arroz con gandules y bacalaítos, una delicia.
Mis primos vivían en un vecindario parecido al recreado por la producción del Super Bowl 60. El plano de secuencia activó mi memoria sensorial, de aquellas tardes saboreando piraguas y limbers con mi primita Cindy.
No obstante, no sería la nostalgia, mi epifanía, ni lo visto por 128 millones de personas tan solo una revista musical. En la declaratoria político-cultural de Bad Bunny sentí renovada esperanza.
Mi tío le debió su oficio de músico profesional a su madre, la profesora Angélica “Bon” Concha. Ella quedó sola en la crianza de sus cinco hijos y él, su único varón, era, según mi mamá, incontrolable. Durante la tiranía, en curso de esa rebeldía sin causa aparente, el muchacho empezó un “para arriba y para abajo”, con los primos Valera Benítez, me decía.
La madre temió por la vida de su hijo. Sus sobrinos Fefe, Lalo y Pipí Valera Benítez, jóvenes de coraje, militantes en el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, pondrían ideas peligrosas en la cabeza del mal portado. Bon hizo una apuesta arriesgada: enlistó a su enfant terrible en el Ejército Nacional Dominicano.
A mi abuela no la conocí, falleció días antes de mi nacimiento, dejándome su nombre de pila. Dos datos contrapuestos de su carácter y perfil me resultan indescifrables: crió a sus hijos con duras pelas, y, a la vez, era maestra de la Escuela Normal.
Hace poco, mi tía Evelia Pagán me regaló su certificado de título, como maestra normalista, emitido en 1922, en el esplendor del legado hostosiano. Lo miro y pienso en su férreo sistema de disciplina doméstica y la escasa información sobre su personalidad me llena de preguntas.
La guardia trujillista le dio disciplina al hijo. A pesar de lo anterior, la temida organización castrense, forjadora de matarifes, no doblegó al alma indómita del jovencito. Les demostró talento, estudió música con ellos, hasta alcanzar virtuosidad con los instrumentos de viento.
Así, en los últimos años de la tiranía, cuando ésta se hizo más férrea, Toqui estuvo a salvo en la alineación de los metales de la Súper Orquesta San José, dirigida por Papa Molina. —Mi mamá había logrado su cometido, contaba Amanda, la mía.
Toqui encontró arte y oficio, pero se negó a criar a sus hijos en nuestro país. Tal parece que presenció en esas fiestas oficiales, conductas abusivas que acentuaron su repudio contra el estatus quo. Antes de migrar, juró no volver al país, mientras lo gobernasen herederos del trujillato.
Partió antes de yo llegar al mundo, por lo que, en mi niñez, fue solo una figura mítica. Cumplió su juramento. Vine a conocerlo en tiempos del presidente Antonio Guzmán (1978-1982). En protesta, no pisó el suelo dominicano en casi veinte años.
Al conocerle, mi primera impresión fue de sorpresa. Imaginaba un hombre alto y fornido, otrora soldado enganchado por la madre a la fuerza a la guardia de Trujillo. En cambio, apareció este señor bajito, flaco y panzón, de aspecto inofensivo, con gorra de ala corta y copa redonda como la de Gilligan, el que tenía su propia isla en un programa de televisión. Rodeado por los abrazos de sus hermanas, pronto se ganaría mi simpatía.
En mis viajes a Puerto Rico, los Pagán Mejía me colmaban de atenciones. En las mañanas, luego de un rico desayuno preparado por mi tía Anicia, era un espectáculo ver a tío Toqui escuchar los programas políticos de la emisora WKAQ. Discutía con el aparato de radio, como si los periodistas de opinión pudieran verle expresar su desacuerdo con alguna declaración del gobernador Hernández Colón o su ayudante Sila Calderón.
Hace un año leímos en Tertulia Urbana “La Guaracha del Macho Camacho”. Disfruté la novela con una sonrisa pintada en la cara, por devolverme los nombres de esos políticos archivados en la memoria y otras estampas melódicas del acento y la música de ese viejo Puerto Rico de mis amores.
Mi tío insistía, desde la seguridad de su hogar, que ellos conducían mal la gobernación. El bravío, domesticado por Anicia, continuadora de la estrategia de Bon, no corría peligro alguno. Cuestionada el statu quo desde su modesta casa de familia, desde la libertad vivida en tierra borinqueña.
Luego, transformaba su humor en uno suave y bohemio, para practicar sus instrumentos musicales. Me complacía tocando el tema de “La Pantera Rosa” de Henri Mancini con el saxofón o “Dominicanita” del Rafael Solano con la flauta. Se le puede escuchar ejecutarla en el disco de larga duración de E. León Jimenez grabado por el maestro y compositor en San Juan.
Me hablaba de lo mucho que me parecía a mi mamá cuando tenía mi edad, nos llevaba al cine ver comedias de Peter Sellers y tenía un repertorio de chistes, de los que se reía antes de contarlos. No eran buenos, pero su risa previa era hilarante. A los sobrinos visitantes desde Santo Domingo nunca les contó sus vicisitudes como migrante, siempre nos dio su mejor cara.
En los años noventa el destino me alejó de Puerto Rico. Mi tío enfermaría de Alzheimer y moriría en 1993. Le vi por última vez en 1990 en un hermoso asilo donde pasó sus últimos días. Nos reencontramos en un jardín. Su sonrisa al verme a mis veinticinco años me dijo que creyó que era Amanda y habíamos vuelto a la juventud en el patio de Bon.
Mis primos cuidaron celosamente a mi tía Anicia hasta sus últimos días y han hecho vida digna como ciudadanos estadounidenses. Heredaron el sentido del humor y la genialidad de Toqui y la dulzura de Anicia. Mi primo Christian, un abuelito, toca la flauta en una banda, en reencuentro espiritual con su padre.
Ajena al fenómeno del reguetón, por edad, convicciones y gustos, la Isla del Encanto se me hizo lejana. La sensación era de pérdida. Con mi autoexclusión perdía parte de mi herencia cultural. Una cuarta parte de mi sangre viene de la isla. Humberto Pagán, mi abuelo materno, era oriundo de El Junco, Puerto Rico.
No había nada “infinito” en el abuelo: fue un padre ausente al que escasamente conocimos. Mi Borinquen perdido era el de mi tío Toqui. Ese desarraigo llegó a un súbito e inesperado fin el domingo del Súper Tazón, y no porque me hice fanática instantánea de Bad Bunny.
Cuando Martínez Ocasio sostuvo el balón oblongo con el mensaje escrito en inglés: Together we are America (juntos somos América), tras enlistar, mirando fijamente al lente, el nombre de cada país americano me deslumbró su acto político.
La declaratoria de paz del boricua frente a la audiencia global me sirve como una recuperación. El artista sirvió un nuevo juego: El de la dignidad humana de los pueblos y personas americanos sin imputar acusaciones o levantar protestas; prefirió la clave hostosiana del mensaje escrito en el balón.
Desde tierra firme, no faltaron latinoamericanos reeditando el prejuicio contra les petit pays chauds (pequeños países calientes) para denostar la actuación. Se mofaron del diseño de producción inspirado en cañaverales y barriadas de Puerto Rico o de la presunta representación de la identidad regional por un reguetonero.
Ignoran que Ocasio Martínez comparte nacionalidad y ese día discurso, con el precursor del americanismo, Eugenio María de Hostos (1839-1903). Revocan valor al acto, en actitud de negación. Bad Bunny es un expansionista de lengua castellana.
Hostos, profeta de la libertad, concebía a América como una unidad continental, que debía alcanzar su verdadera independencia a través de la educación, la moral y la unión política. Se opuso al imperialismo, promovió la identidad basada en la dignidad y la razón, la justicia social, entre otros valores fundamentales.
El boricua nacido en Mayagüez es conocido por la historia como “el Ciudadano de América”. Su paisano se enlistó como hereditario de su discurso en pleno Súper Tazón. Bad Bunny se enganchó a la guardia de la paz hostosiana.
No sé cómo le hará Benito, pero debe mantener ese mensaje del balón en alto. Es hijo de una maestra de clase media y limitadas oportunidades como mi tío, que lo apuntó en clases de coro. A veces, solo se necesitan pequeñas oportunidades, para alcanzar valores fundamentales.
Nunca sabré demasiado sobre mi abuela, pero creo que el krausismo del puertorriqueño ilustre, fundador de la Escuela Normal dominicana, que procura la perfectibilidad humana a través de la cultura, de alguna manera le alcanzó a la joven Bon.
Ella nombró Oscar y Amanda a sus hijos mayores, inspirada en el título de una novela de Regina María Roche “Los niños de la abadía” (1796), huérfanos despojados de su herencia por un testamento falso. Tendré que descifrar la metáfora para conocerla mejor.
La toma de conciencia de quiénes somos y adónde vamos, a través de la educación, es el camino hostosiano de la liberación. En su canción “La Mudanza”, Bad Bunny cita a Hostos, cuando pide que sus restos regresen a Puerto Rico, únicamente cuando la isla sea independiente.
Mientras tanto, los dominicanos guardamos sus restos en el Panteón Nacional y honramos su impronta en nuestra tierra y el resto del continente.
Mi tío Toqui, quizás, fue un muchacho mal portado porque le faltaba un padre presente, y luego, un hombre apasionado porque le indignaba la opresión. Encontró centro en la música y la familia, y en la seguridad que le brindó Puerto Rico.
Bad Bunny, la estrella pop boricua nos miró de frente a través del lente, para chillar junto a él como coquíes, el mensaje hostosiano escrito en el balón. Me devolvió al Puerto Rico de mi tío Toqui, patria donde encontró independencia espiritual y tierra insular donde Hostos, entre cañas y bueyes, sembró las primeras ideas de unión americana.
[1] La Sección 936 del Código de Rentas Internas de Estados Unidos permitía a las corporaciones estadounidenses no pagar impuestos en sus operaciones ultramar hasta que repatriaran sus ganancias hasta Estados Unidos. Puerto Rico se benefició de ese incentivo entre los años 1976 a 1996.
[2] En 1984, la República Dominicana derivaría oportunidades de generación de empleos, a través del esquema de plantas gemelas, habilitado por Iniciativa de la Cuenca del Caribe (ICC) de la Administración Reagan
[3] (2017-2022)
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