La paciencia suele confundirse con debilidad. Se cree que quien espera calla, que quien aguanta cede, que quien resiste se resigna. Pero en la vida dominicana la paciencia no es pasividad: es una forma de coraje.
Basta mirar una jornada común. Una fila interminable. Un trámite que obliga a regresar mañana. Una consulta médica que se aplaza. Un salario que se diluye antes de terminar el mes. Y, sin embargo, la gente permanece. No con indiferencia, sino con una dignidad callada que rara vez se convierte en noticia.
El dominicano no solo resiste: espera con compostura.
Esperar aquí no es inmovilidad. Es levantarse cada día aunque la incertidumbre insista. Es sostener la casa cuando los pagos se atrasan y las deudas no esperan. Es ajustar el presupuesto sin ajustar la esperanza. Es seguir creyendo que el esfuerzo tendrá sentido, aun cuando el resultado tarde en llegar.
Hoy las presiones son más densas. Aunque el país exhibe estabilidad macroeconómica, muchas familias viven bajo la tensión del empleo precario, del costo creciente de la vida y de proyectos que se postergan. Muchos emigran buscando una seguridad que sienten lejana. Padres que parten primero. Hijos que se van después. Hogares que se fragmentan. La migración no es solo un viaje: es una herida doméstica que se aprende a sobrellevar.
Están también las madres solteras, convertidas en columna vertebral de sus hogares. Trabajan doble jornada, administran la escasez con ingenio y sostienen emocionalmente a sus hijos mientras cargan preocupaciones que nadie ve. Esa paciencia no es sumisión: es amor que resiste.
Y en este Mes de la Patria conviene recordarlo: la nación no se sostiene solo con discursos ni con fechas en el calendario, sino con el carácter de su gente. La bandera no es únicamente un símbolo que se iza: es una responsabilidad que se vive.
Nuestra capacidad de esperar tiene raíces profundas. La memoria social dominicana no es una abstracción: es una herencia histórica forjada en el mestizaje taíno, español y africano, y templada antes incluso de existir como República. Durante más de veinte años de ocupación haitiana, el pueblo dominicano aprendió a resistir con paciencia, a cuidar su lengua, sus costumbres y su sentido de pertenencia hasta convertir la espera en voluntad de independencia. Luego, entre la proclamación de la Independencia y la traición que intentó revertirla, el país atravesó un tiempo de incertidumbre hasta alcanzar la Restauración: años de dignidad herida y conciencia acumulada. Más tarde, volvimos a aprender a persistir en la larga noche de treinta y un años de dictadura y en el complejo período de ajuste para respirar nuevamente en democracia.
Pero esa misma paciencia, cuando madura, también sabe transformarse en coraje. La República Dominicana tiene una larga historia de espera que, al no encontrar solución, se convierte en sublevación legítima. Nuestro pueblo ha sabido aguantar, pero también levantarse cuando la espera deja de ser digna. La paciencia no es pasividad; es una reserva ética que, cuando se agota, se convierte en coraje colectivo. Así ocurrió entre la Independencia y la Restauración. Así volvió a expresarse en el tránsito desde la dictadura hacia la vida democrática. Y así se manifestó en las sublevaciones populares, como la de 1984, cuando después de una Semana Santa la población cansada de alzas, impuestos y carencias convirtió la espera en voz pública.
Por eso, cuando hoy un ciudadano hace una fila bajo el sol o enfrenta la precariedad sin perder la compostura, no actúa solo desde la necesidad inmediata. Actúa desde una memoria de resistencia: desde el campesino que sembró sin certeza de cosecha; desde el obrero urbano que sobrevivió a la inestabilidad; desde el emigrante que cruzó fronteras con más esperanza que equipaje; desde el escritor que sigue escribiendo mientras soporta sus propias adversidades.
La resiliencia y la solidaridad siguen siendo prácticas vivas: el vecino que ayuda, la familia extendida que sostiene, la comunidad que se organiza cuando las soluciones tardan. Ese es el país invisible que no siempre aparece en los titulares, pero que mantiene en pie la vida cotidiana.
Pero la historia también enseña que la paciencia tiene límites. Cuando la espera se vuelve abandono, deja de ser virtud. Cuando aguantar sustituye a participar, el coraje se desgasta. La paciencia es fuerza mientras conserve conciencia.
Esperar no es renunciar.
Resistir no es desaparecer.
Callar no es siempre aceptar.
La paciencia es valiosa cuando protege la dignidad, no cuando la diluye. Es coraje cuando acompaña la esperanza, no cuando sustituye la exigencia.
Pero también es cierto que en medio de la espera florecen gestos que sostienen la nación sin ruido. La madre que sonríe aun cuando la cosa esté apretada. El joven que estudia aun cuando el futuro parece incierto. El trabajador que cumple aunque nadie lo mire. El escritor que persiste creando mientras soporta adversidades. En esos actos silenciosos late un país mejor que el que solemos describir.
El dominicano sabe esperar, pero no ha perdido la capacidad de abrazar, de compartir un café, de cantar en diciembre, de tender la mano cuando otro tropieza. Esa ternura cotidiana es también una forma de resistencia.
Y en este Mes de la Patria conviene recordarlo: la nación no se sostiene solo con discursos ni con fechas en el calendario, sino con el carácter de su gente. La bandera no es únicamente un símbolo que se iza: es una responsabilidad que se vive. En su cruz blanca aprendimos a encontrarnos como pueblo, y en el centro del escudo, donde late el lema Dios, Patria y Libertad, se nos recuerda que la paciencia también es fe, pertenencia y coraje. Cada generación ha tenido que esperar, resistir y finalmente actuar para que ese tricolor no pierda su sentido.
Tal vez ahí esté nuestra mayor fortaleza: en no dejar que la dureza del tiempo nos quite la humanidad. En seguir creyendo, aun cuando dudamos. En agradecer la vida, aun cuando pesa. En mirar el mañana sin dejar de exigirlo.
Porque la paciencia no es un refugio para esconderse, sino un puente para cruzar las dificultades sin perder el alma.
El dominicano sabe esperar.
Y cuando espera con conciencia, también sabe construir patria.
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