Durante mucho tiempo, hablar de población significó hablar del temor a que hubiera demasiadas personas.
En 1798, Thomas Robert Malthus advertía que la población podía crecer más rápidamente que los medios de subsistencia y que, llegado cierto punto, el hambre, las enfermedades y la pobreza actuarían como frenos.
Durante los siglos XIX y XX, aquella preocupación se transformó en el temor a la “explosión demográfica”. El mundo parecía condenado a una carrera entre nacimientos y recursos.
Pero el siglo XXI está cambiando la pregunta. En buena parte del planeta, y con particular rapidez en América Latina y el Caribe, el problema comienza a ser el contrario: nacen menos niños, las personas viven mucho más y las sociedades envejecen. La población puede incluso empezar a disminuir.
La CEPAL acaba de describir esa transformación como una situación demográfica inédita para la región. No se trata solamente de menos nacimientos: cambian simultáneamente la estructura por edades, el tamaño de los hogares, las familias, las migraciones, la urbanización y las necesidades de protección social, salud y cuidados.
La gran intuición que sobrevive a Malthus no es, por tanto, su pronóstico concreto. Es otra: la demografía nunca es una variable neutral para la economía y para la sociedad. Lo que ha cambiado es el sentido del problema.
De la superpoblación a la longevidad
La transición demográfica invirtió la antigua relación. Primero cayó la mortalidad, gracias a mejores condiciones sanitarias, alimentación, medicina y educación. Durante un período, los nacimientos siguieron siendo numerosos y la población creció aceleradamente. Después comenzó a caer también la fecundidad.
En América Latina y el Caribe, la velocidad de ese descenso ha sido extraordinaria. La fecundidad regional se situó en 1.8 hijos por mujer en 2024, claramente por debajo del nivel de reemplazo de 2.1. La región es hoy una de las de menor fecundidad del mundo.
La República Dominicana participa plenamente de ese viraje. Las nuevas proyecciones de la ONE-RD, elaboradas con acompañamiento técnico del CELADE-CEPAL, muestran una fecundidad que ha pasado de 7.57 hijos por mujer en 1950 a alrededor de 1.97 en 2026. Al mismo tiempo, la esperanza de vida ha aumentado extraordinariamente.
Pero aquí conviene detenerse porque habrá una República Dominicana demográficamente distinta.
La población todavía crecerá durante varias décadas, por la llamada inercia demográfica. A pesar de dicho fenómeno, la cuestión decisiva es su composición: habrá proporcionalmente menos niños, más adultos mayores y, después, menos personas en edades potencialmente activas.
El éxito que produce su propio problema
Existe una paradoja en el envejecimiento contemporáneo: es, en buena medida, el resultado del éxito de la modernización.
Vivimos más porque hemos vencido enfermedades, reducido la mortalidad infantil y mejorado las condiciones de vida. Las mujeres tienen más educación y más autonomía. Las familias disponen de métodos para decidir cuándo y cuántos hijos tener. La urbanización y la incorporación femenina al trabajo han transformado las aspiraciones y los costos asociados a la reproducción.
Pero presten atención: el envejecimiento no es el fracaso de la modernización; es uno de sus grandes éxitos, aunque las instituciones y sus autoridades todavía no hayan aprendido a administrarlo.
Por eso, el problema del siglo XXI no consiste simplemente en alimentar a una población creciente, sino en financiar vidas cada vez más largas con generaciones activas que, proporcionalmente, cada vez serán más pequeñas.
La isla de Santo Domingo: una frontera demográfica
Es aquí donde la isla de Santo Domingo ofrece un caso de estudio revelador.
República Dominicana y Haití comparten una geografía, pero no exactamente el mismo momento demográfico. La República Dominicana ha avanzado rápidamente hacia una fecundidad inferior al reemplazo y hacia el envejecimiento. Haití conserva una población mucho más joven y una fecundidad superior, aunque también se encuentra en transición hacia niveles más bajos.
La frontera política es, en cierto sentido, también una frontera demográfica. Esto último también importa porque las poblaciones no permanecen encerradas dentro de las fronteras. Las diferencias de empleo, ingresos, oportunidades y estructuras de edad producen movilidad.
La migración haitiana hacia la República Dominicana no puede explicarse únicamente por la desigualdad económica: también forma parte de una diferencia demográfica entre dos sociedades que avanzan a velocidades distintas.
Hoy, una República Dominicana todavía relativamente joven recibe población procedente de una sociedad cuya estructura demográfica es aún más joven. Pero sería un error imaginar que esa relación permanecerá congelada. Si ambas sociedades continúan reduciendo su fecundidad, la diferencia demográfica se irá modificando.
La migración, por ello, debe dejar de verse exclusivamente como un asunto de frontera. También es una variable demográfica, laboral y económica. Importan no solo las cantidades, sino la edad de quienes migran, su participación laboral, educación, situación familiar, residencia, aptitudes tecnológicas y condiciones de integración.
En ese contexto la isla puede convertirse en una especie de laboratorio del nuevo mundo demográfico: dos poblaciones que comparten territorio, pero atraviesan a ritmos diferentes el mismo proceso histórico de envejecimiento y transformación familiar.
El dividendo que tiene fecha de vencimiento
La República Dominicana posee todavía una ventaja que no debe desperdiciar.
En 2026 hay aproximadamente 51.7 personas dependientes por cada 100 personas en edad laboral, frente a 93.4 en 1950. La ONE-RD estima que la ventana de oportunidad demográfica podría prolongarse aproximadamente hasta 2065.
Pero un dividendo demográfico no consiste simplemente en tener muchos adultos. Solo existe cuando esos adultos están educados, trabajan, son productivos y encuentran empleos capaces de generar suficiente riqueza.
De ahí que la próxima etapa sea decisiva.
La República Dominicana tiene unas décadas para convertir cantidad de población activa en capital humano y productividad. Educación de calidad, formalización del empleo, participación laboral femenina, tecnología, infraestructura, medio ambiente y desarrollo sostenible, pensiones y sistemas de cuidado no son políticas independientes de la demografía. Son la manera de prepararse para ella.
La ecuación es simple. Cuando la demografía deja de aportar trabajadores, la productividad deja de ser una opción de política económica y se convierte en una necesidad demográfica. La inmigración actual puede ganar tiempo frente al envejecimiento, pero no puede detenerlo indefinidamente si las sociedades de origen también envejecen.
Una población más pequeña tampoco significa necesariamente un país más pobre. Lo decisivo será la relación entre población, productividad y distribución de los recursos entre generaciones.
Dejar de perseguir a la demografía
Esta es quizá la mayor lección para las políticas públicas.
Durante décadas se actuó como si la población fuera una variable que podía administrarse desde el Estado. Hoy sabemos que la fecundidad responde a transformaciones sociales profundas y que las políticas pronatalistas tienen límites.
La pregunta inteligente no es simplemente cómo conseguir que las personas tengan más hijos. Es otra. ¿Qué obstáculos impiden que quienes desean tener hijos puedan tenerlos?
El precio de la vivienda, el cuidado infantil, la estabilidad laboral, los permisos parentales, la conciliación entre trabajo y familia y la distribución de las tareas domésticas forman parte de esa respuesta. La política pública no puede fabricar preferencias, pero sí puede reducir costos y ampliar opciones.
Al mismo tiempo, sería un error responder al envejecimiento construyendo únicamente más hospitales. Una sociedad longeva necesita una economía, una ciudad y un sistema de protección social pensados para vidas más largas: vivienda adecuada, transporte, cuidados de larga duración, prevención sanitaria, aprendizaje permanente y nuevas formas de participación laboral.
En definitivas, las políticas públicas no pueden cambiar fácilmente la dirección de la demografía; sí pueden decidir cuánto costará adaptarse a ella.
Malthus al revés
La paradoja histórica resulta extraordinaria. Malthus se preguntaba, en esencia, cuántas personas podía sostener una economía. Pero el siglo XXI nos obliga a formular la pregunta inversa: ¿cuántas personas en edad de trabajar necesita una sociedad para sostener dignamente los muchos años de vida que ha conseguido ganar?
La demografía no determina el destino. Pero sí establece, silenciosamente, las condiciones dentro de las cuales la política puede actuar. Y tiene una característica inexorable: casi nunca permite corregir hoy lo que se decidió ayer.
Los niños que no nacieron hace veinte años son los trabajadores que faltarán mañana; los trabajadores que no se formaron adecuadamente son la productividad que no tendremos después; y las personas que hoy llegan a la vejez son aquellas cuya mayor longevidad nuestras instituciones todavía no han aprendido a sostener.
Por eso, el verdadero riesgo demográfico no es simplemente que la población disminuya, sino que sigamos organizando el país como si no estuviera disminuyendo, envejeciendo y cambiando su estructura por edades.
Ahí aparece la verdadera inversión de Malthus.
En su mundo, el temor era que hubiera demasiadas personas para los recursos disponibles. En el nuestro, entramos en sociedades cuya estructura de edades ya no corresponde a las instituciones económicas, sociales y políticas que construimos cuando esas sociedades eran mucho más jóvenes.
Nuestro problema no es que las personas vivan demasiado, sino que nuestras instituciones todavía están diseñadas —de manera anacrónica— para una duración de la vida que ya no existe.
El desafío es, por consiguiente, triple: cómo sostener una economía cuando habrá proporcionalmente menos trabajadores; cómo elevar suficientemente la productividad para compensar esa reducción; y cómo repartir entre generaciones el costo y los beneficios de vidas cada vez más largas.
Por tanto, la pregunta final resulta particularmente inquietante: ¿qué economía estamos dispuestos a construir para que una población distinta de la que la creó pueda sostenerla?
Referencias
Fernández-Villaverde, J., & Norrick, P. (2026). Terra Incognita: The Economics of a Shrinking World. Manuscrito preparado para Annual Review of Economics, 10 de agosto de 2026.
Malthus, T. R. (1798). An Essay on the Principle of Population. London: J. Johnson.
Oficina Nacional de Estadística (ONE). (2026). Estimaciones y Proyecciones Nacionales de Población 1950-2100. República Dominicana. La ONE elaboró las nuevas proyecciones con acompañamiento técnico del CELADE-CEPAL.
Oficina Nacional de Estadística (ONE). (2025). Documento metodológico: Elaboración de las estimaciones y proyecciones nacionales de población.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2025). Observatorio Demográfico 2025: América Latina y el Caribe ante la baja fecundidad.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2024). Panorama Social de América Latina y el Caribe 2024.
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