El mabuya no tiene pasaporte.
La imagen utilizada esta semana por Elisabeth de Puig en estas mismas páginas es difícil de mejorar. Ese pequeño reptil estaba en La Española mucho antes que nosotros y continuará desplazándose sin preguntarse si se encuentra en Haití o en la República Dominicana. Lo mismo hacen las aves, los ríos, los acuíferos, los huracanes y hasta los mosquitos. La naturaleza desconoce nuestras fronteras.
Hasta ahí, ninguna discusión.
Pero precisamente esa evidencia permite hacer otra pregunta: ¿lo que es cierto para el mabuya tiene que serlo también para las naciones?
Creo que no.
La geografía hizo una isla. La historia hizo dos pueblos que terminaron constituyendo dos naciones y dos Estados.
Comprender simultáneamente esas dos verdades puede ayudarnos a salir del interminable debate dominico-haitiano, donde con demasiada frecuencia se nos invita a escoger entre negar nuestra interdependencia o negar nuestras diferencias.
No tenemos que escoger ninguna.
Una sociedad que fue tomando forma
Cuando comenzó la experiencia europea de América a finales del siglo XV, Santo Domingo se convirtió muy pronto en centro de una nueva sociedad.
Aquí aparecieron ciudades, instituciones, familias, formas de producción, una lengua común y costumbres que fueron transformándose durante siglos. La primacía inicial desapareció. Vinieron el abandono, la pobreza, las devastaciones, la pérdida de importancia imperial y largos períodos durante los cuales las regiones tuvieron que vivir en buena medida de sí mismas.
Pero aquella sociedad no desapareció.
El Cibao, el Sur, el Este y Santo Domingo fueron desarrollando personalidades regionales dentro de una misma continuidad histórica. A veces España estaba muy presente; otras, apenas llegaba. Cambiaban los imperios, las economías y las fronteras. Permanecía, sin embargo, una población que aprendía lentamente a reconocerse en su lengua, sus costumbres, sus familias y su territorio.
Mucho antes de 1844 existía ya algo que ningún decreto podía fabricar: memoria compartida.
El Estado dominicano llegaría después.
Al otro lado ocurrió otra historia
La parte occidental de la isla siguió una trayectoria diferente.
La presencia francesa terminó consolidándose y Saint-Domingue se convirtió durante el siglo XVIII en una de las economías de plantación más ricas del mundo atlántico. Su población creció y se transformó vertiginosamente mediante la llegada masiva de africanos esclavizados procedentes de sociedades y regiones diversas.
De aquel mundo brutal surgió después una revolución extraordinaria que derribó el sistema esclavista y creó en 1804 el Estado haitiano.
No se trata de establecer superioridades entre una trayectoria y otra. Se trata de reconocer que no fueron la misma trayectoria.
Durante generaciones, dentro de un mismo espacio insular, se habían ido formando sociedades con experiencias históricas, lenguas de administración, estructuras económicas, relaciones metropolitanas y memorias diferentes.
La frontera política posterior no inventó todas esas diferencias. En buena medida, terminó expresándolas.
La República y el país
Hay incluso una pequeña pista en nuestro lenguaje cotidiano.
Los dominicanos decimos con frecuencia “la República” para referirnos al país. “Voy para la República”, “eso ocurrió en la República”, “cuando regrese a la República”. No solemos decir “la isla” cuando hablamos de nuestra comunidad política.
No pretendo convertir una costumbre lingüística en prueba histórica. Pero sí revela algo reconocible: la pertenencia política dominicana se expresa espontáneamente a través de la República.
Y la República es precisamente un Estado.
Cuando en 1822 el Estado haitiano extendió su autoridad sobre toda la isla, desapareció temporalmente la frontera política. No desapareció la diferencia histórica.
Durante veintidós años hubo un solo Estado, pero eso no produjo una sola nación. En 1844, la parte oriental se separó y constituyó la República Dominicana.
El episodio contiene una lección que conserva actualidad: un Estado puede extender su administración sobre un territorio sin convertir automáticamente las sociedades que gobierna en una misma nación.
Geografía, nación y Estado son realidades distintas.
Compartir una isla no exige compartir soberanía
Hay cosas que inevitablemente son comunes.
Las cuencas hidrográficas atraviesan fronteras. La deforestación de una vertiente puede terminar afectando a la otra. Huracanes, terremotos, enfermedades y alteraciones climáticas no respetan puestos militares. La cooperación ambiental y sanitaria entre ambos Estados no es una concesión política. Es una necesidad geográfica.
También existen razones para coordinar comercio legal, seguridad fronteriza, infraestructuras y determinados recursos compartidos.
Pero de ahí no se desprende que debamos compartir nacionalidad, política migratoria, sistemas de salud, educación, fiscalidad o responsabilidad estatal.
Precisamente porque somos vecinos permanentes debemos saber qué compartimos y qué corresponde a cada uno.
El dominicano que busca trabajar en Estados Unidos, Canadá o Europa comprueba inmediatamente que la soberanía existe: necesita pasaporte, visa cuando corresponda, autorización laboral y debe someterse a las leyes del país receptor. Esa misma lógica de Estado de derecho debe aplicarse aquí, sin arbitrariedad y sin excepciones creadas por conveniencias económicas.
La irregularidad migratoria no debería convertirse en ventaja para empleadores que reducen costos evitando obligaciones laborales, mientras parte de los costos sociales termina trasladándose al trabajador y al Estado. Aplicar la ley con debido proceso y dignidad humana no es hostilidad hacia el extranjero. Es una responsabilidad elemental de cualquier República.
Y el Estado haitiano tiene, a su vez, responsabilidades fundamentales con sus propios ciudadanos.
Cuando uno de los dos Estados deja de cumplirlas, la solidaridad internacional puede y debe ayudar. Lo que no debería ocurrir es que el otro termine convertido, por simple proximidad geográfica, en sustituto permanente del que ha dejado de funcionar.
Cooperación sin confusión
Durante demasiado tiempo hemos discutido la relación insular desde una alternativa falsa.
Unos parecen creer que reconocer nuestras diferencias conduce inevitablemente al enfrentamiento. Otros temen que admitir nuestra interdependencia nos empuje hacia alguna forma de integración nacional.
Ninguna conclusión es necesaria.
Dos naciones distintas pueden cooperar estrechamente precisamente porque se reconocen como distintas.
La República Dominicana puede proteger con firmeza su frontera, su nacionalidad, su mercado laboral y sus servicios públicos y, simultáneamente, favorecer la reconstrucción de Haití.
Puede cooperar en agua y medio ambiente sin compartir soberanía. Promover comercio legal sin suprimir la frontera. Coordinar la salud pública sin convertir un sistema sanitario en sustituto permanente del otro. Formar trabajadores haitianos y favorecer, cuando las condiciones lo permitan, su retorno productivo sin transformar la permanencia irregular en solución definitiva.
Ayudar a Haití a recuperar capacidad estatal es también defender la estabilidad dominicana.
No hay contradicción.
Hay claridad.
Una isla, dos responsabilidades
El pequeño mabuya seguirá atravesando La Española sin pasaporte. Hace bien. Pertenece a una naturaleza mucho más antigua que nuestras Repúblicas.
Nosotros pertenecemos también a la historia.
Y esa historia nos dejó una isla geográficamente indivisible, pero también dos memorias nacionales, dos ciudadanías y dos responsabilidades políticas.
No necesitamos borrar ninguna para construir el futuro.
La Española no necesita inventar una nación común. Necesita algo más realista y más prometedor: dos naciones seguras de su identidad, dos Estados capaces de cumplir sus obligaciones y una cooperación suficientemente inteligente para cuidar juntos aquello que la geografía hizo común.
La naturaleza nos obliga a convivir.
La historia puede enseñarnos a hacerlo sin dejar de ser quienes somos.
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