Situada en una perspectiva diasincrónica, la relación literatura/historia se individualiza mediante la flexible integración de sus elementos mediadores y co—participantes: el hablar, la escritura, el imaginario creador y cultural.
La prosa histórica, el texto literario y el documento, así como las leyes que reglamentan la institución cultural y social, expresan a través del nombrar, la sustitución y la condición neohumanista del sujeto histórico, sus ideas y el contexto de la significación cultural y literia.
El significado epocal y sofiánico de los grupos culturales y de las élites intelectuales, tiende a caracterizar los usos históricos y literarios. En el caso de la literatura dominicana esta puede observarse en los períodos 1838—1844, 1863—1900, 1900—1923, dominados por un cierto liberalismo cultural de tipo nacionalista, cuando se asiste a la formación de estructuras intelectuales y políticas que luego tendrán repercusión en las obras literarias (idea de libertad, de nación libre, unidad del pueblo dominicano, caudillismo, organización financiera, gobierno provisional, constitución, derecho político, inversión, etc.).
Se necesita entonces una caracterización tipológica, procesualista, en la explicación desde el interior de la obra, reconocida como marca histórica y literaria, desde el movimiento mismo de su expresión extendida en las marcas fundacionales y hermenéuticas de la lectura.
El entendimiento histórico, y el manejo de las condiciones de cultura y producción material, implican una lectura ceñida particularmente al estudio de los textos orales y fundacionales de las diversas épocas no solamente históricas, sino literarias. Los textos producidos entonces por una visión liberal funcionan en el movimiento de la razón histórica y política del pensamiento hispanoamericano y dominicano con vocación formadora liberadora (Martí, Duarte, Luperón, Rodó, Montalvo, Bolívar), así como en la unidad del discurso histórico cuyo soporte se conoce como retórico, epocal, etnológico y lingüístico.
La escritura y los textos de indias (coloniales) se interiorizan en los productos y conjuntos diferenciales, tipológicos visibilizados en la figura y en los movimientos históricos indigenistas, religiosos y políticos (C. Colón, Fray Bartolomé de las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo, F. Juan de Zumárraga, Juan de Castellanos, y otros), en la formación del discurso historiográfico hispanoamericano, y en las fuentes manuscritas destacadas por Pedro Henríquez Ureña, Edmundo O’gorman, Américo Lugo, Benito Sánchez Alonso, Guy Rosat y otros), referidas al acto interpretativo y crítico de los textos.
En este sentido la investigación histórica es y será entendida a través del conjunto de programas discursivo—textuales, mediante los cuales se proyecta o autoproyecta el sujeto histórico y nacional.
La teoría de las mentalidades conjuntamente con la formación y el desarrollo del discurso histórico, instituye a través de la lógica interna del proceso intelectual, las relaciones, analogías y diferencias de la comprensión cultural, principalmente en las fases de la dicción propia de los textos históricos (relatos coloniales, manifiestos patrióticos, declaraciones independentistas, novelas históricas, testimonios, textos republicanos etc.). Es así como la historiografía hispanoamericana se va formando mediante un método de los tejidos históricos, conformados desde el interior de la contradictoriedad y el espesor textual.
La mentalidad mesiánica y providencialista (véase Fernando Pérez Memén, 1987, pp 49—59 y passim), así como las ejecuciones a través de la carta, la relación, la crónica y la cédula, hacen viable mediante el escrito—marca, las funciones mismas de la historicidad en el campo vasto y abierto de la estructura espiritual. Las décadas del nuevo mundo, La Historia del Pueblo de Florencia, de Leonardo Bruni y la Historia de Juan Francisco Poggi Bracciolini, así como innumerables textos de sabiduría compendiosa, sirven de muestra para el análisis de los contenidos y de los tejidos literarios oficiales e históricos. Pero, además, observamos en el análisis—lectura de las formaciones intelectuales, palimpsestos, palinodías e intertextos de corte medieval y renacentista, lo que presenta al estudioso de la literatura, la historia y la cultura, un nuevo aprestamiento, una alternativa dentro de la recepción del significante histórico—político. Esta perspectiva hace del investigador no sólo un conocedor, sino, un nuevo cronista de las obras y las creencias en el devenir de la conciencia nacional.
Apoyado en una tendencia globalizadora e integradora, el historiador no es solamente un recopilador o copista de textos documentales desconocidos, sino, un crítico de dichas fuentes y un hermeneuta del acto intelectual y formativo.
Es bastante notorio que, a partir de las herramientas metodológicas que refuncionalizan el objeto y visualizan la estructura histórico-cultural, el movimiento mismo del texto histórico se realiza en el Iudicium, la Crisis y la Imago antropohistórica. Estas relaciones se apoyan puntualmente en la idea del diálogo o la intertextualidad histórica, base esta de la estructura del discurso filosófico.
Indudablemente, la ciencia histórica se transmite a través de las ideas e instituciones que articulan el marco de una mentalidad cultural establecida a pesar de su alteridad, o alteridades.
Asistimos a una nueva crítica y a un nuevo tratamiento de la formación historiográfica estudiada en tanto que formación plenamente discursiva, narrativa y textual.
En la cultura colonial, el pensamiento de F. Antón de Montesinos, Las Casas, G. Fernández de Oviedo, Fray Pedro de Córdoba y otros humanistas, exégetas y defensores de la cultura indiana, se transmite incluso allí donde la institución política se resiste a la aceptación liberadora del pensamiento y la condición indígena (ver, en este sentido la Relación vida—obra de Fray Bartolomé de Las Casas, Opúsculos y Tratados, Fray Antonio Remesal, O.P., Crónica de Guatemala, Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapas y Guatemala, de la orden de nuestro glorioso padre Santo Domingo y otras invenciones textuales).
Un aspecto que cabe discutir es el de la posibilidad de un estudio de la morfología de la cultura dominicana en el contexto latinoamericano y la posible interiorización de estratos y funciones continentales, no tratables solamente en la superficie histórica de las manifestaciones sociales, sino también en la estructura interna de la sociedad misma y de sus instituciones de cultura. De esta manera, la comprensión de las diversas textualidades y el acercamiento a los distintos marcos relacionales permiten una relevancia antropológica y cultural que partirá de:
1) — La vinculación contextual de las etnias y la manumisión, como fenómeno subordinante y discriminatorio.
2) — El proceso de ascendencia/linaje como oposición o decadencia, reflujo histórico y personalidad racial, tomándose en cuenta el choque, encuentro o sincretismo de culturas.
3) — La idea de libertad en la evolución histórica dominicana como filtro permanente en la estructura económica social (1era. República, 2da. República, periodo post—republicano).
4) — La idea de valor como filtro axiológico y ramificación en el cuadro ideológico y cultural situado en los períodos 1810—1821, 1822—1838; 1838—1844, 1844——1863, 1865—1900, 1901—1929, 1930—1960 y otras.
5) — La idea de emancipación encarnada por comunidades marginales en el contexto de reclamaciones sociales exteriores a la estructura jerarquizada de poder.
En efecto, la historia, la literatura y las ideas sociales se apoyan en los filtros de correspondencia e inmanencia cultural en la dinámica del texto (Los rompidos de Sanz Lajara, Crónica de Altocerro, de Virgilio Díaz Grullón; Compadre Mon de Manuel del Cabral; Balsié, Ramón Marrero Aristy; Rufinito, Alma Dominicana y Guanuma de F. García Godoy, etc.) unificando la razón político-cultural en el tejido histórico y testimonial, etc.
Sin lugar a dudas, todo el proceso de formación de texturas históricas tiene su apoyatura en la filosofía de la cultura y de las instituciones sociales y culturales.
El historiador e intérprete de las ideas políticas y culturales es un crítico, pero a la vez el narrador de los acontecimientos y acciones históricas, así como la palanca de la historicidad y los signos culturales, basándose en los efectos de la estructura jurídica, histórica y política y en cuyas redes existen los actores principales, presentados como ejecutores de la historia y el historiar mismo.
Es así como el escritor desentierra la historia pasada y despierta el tiempo histórico para cualificar las estructuras significativas y discursivas (Tulio M. Cestero: La Sangre, Sangre Solar y Ciudad Romántica), produciendo un ritmo histórico e ideológico en las estructuras jerarquizables de las diferentes "discursividades". El universo narrativo de los textos precitados significa y particulariza sus propios ejemplos: El caudillismo y la tiranía.
El investigador de las estructuras literarias, históricas y culturales, estará ceñido a la unidad del documento, o la fuente, unificando la comprensión a partir de las diversas formaciones historiográficas y discursivas y tomando como punto de apoyo la crónica epocal. Pero la crónica epocal se apoya tanto en la historia testimonial, así como en el fundamento de las diversas visiones culturales junto a la epopeya entendida como continuidad dramática y temporal.
A propósito de las fuentes épicas y refiriéndose a la historia y al Epos en particular, Ramón Menéndez Pidal apunta en sus Estudios Literarios, Ed. Espasa—Calpe, Madrid ed. de 1973, Pág. 138, lo siguiente:
> "La historia y la epopeya son hermanas; arraigan en los mismos sentimientos y persiguen fines análogos. En ambas se realiza una doble aspiración humana: la de sobrevivir en el pensamiento de las generaciones venideras, y la de revivir la existencia de las pasadas; la vehemente necesidad de recuerdo que palpita en las generaciones muertas, lo reanima, le da vida actual, y así la historia y la epopeya, cada una a su modo, son el doble enlace que anuda el pasado con el presente y el futuro".
Y más adelante Menéndez Pidal agrega:
"La historia era generalmente una producción oficial; la monarquía y el clero eran sus dos factores esenciales: la monarquía obra e inspira, y el clero inspira y escribe, según las concordes tendencias del trono y el altar; los reyes son pues la materia y el alma de las crónicas" (p.139).
Y es que escribir la historia es proyectar y participar dinámicamente de los contenidos y formas que se producen en la relación cultura—objeto, lengua—historia, cultura—literatura. Construir un texto histórico, o la textualidad histórica, es ocupar la semiosis mediante la lengua y la narratio—interpretatio—poetarum enarratio. Ambas funciones retórico—estilísticas y narrativo—interpretativas forman la apoyatura de la crónica y la exégesis epocales. De ahí que el circuito histórico no sea solamente el circuito de las representaciones histórico—sociales, sino, la huella (mnemé) en franca unidad con la graphia y la relación grámmata—sophia, lo que implica un reconocimiento en la superficie textual unificada en el discurso histórico: Prognosis | Diagnosis | Semiosis.
Estas relaciones se promueven en el personaje histórico y en el contexto de los signos culturales, claves interpretativas que dinamizan el conocimiento histórico a través de la construcción discursiva, formando el bloque secuencial y el movimiento del "historiar".
Para el historiador, narrar | interpretar, se destaca en el concepto de espacio cultural entendido en el speculum mundi y la metáfora poliédrica articulada en la travesía intelectual de los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX y que oculta en los tramados sociales respectivos la ratio difficilis y la ratio facilis de todo pensamiento histórico—crítico. Las ocurrencias narrativas y los marcos vocálicos y lecturales de las expresiones críticas y narrativas, instituyen la polifonía cultural que impone el texto, la figuralidad histórica y los diversos registros lingüístico—discursivos impuestos además por la razón histórica más la figura histórica y su valor interpretativo.
La literatura y la historia crean el argumento, la demostración del conflicto cultural y las estructuras ideales y visuales de un contexto significativo: la realidad segmentada. Los diversos roles y actuantes del proceso se manifiestan en una biblioteca imaginaria, así como en el receptáculo textual de las mentalidades culturales en conflicto. Representantes oficiales, gobernadores, tribunos, juristas, embajadores, presidentes y rebeldes, configuran la biblioteca y el tejido histórico social de dichas secuencias culturales. Estas dos metáforas co—actúan en el concepto de recesividad cultural (véase, Odalís G. Pérez, RRL, Bucarest, 1985, pp 169—183).
La recesividad cultural es una totalidad semiótica y genética que interioriza en su dinamismo organizado los registros y efectos de la argumentación histórica y filosófica. Este concepto es aglutinante en el marco empírico de la ciencia, pero también de la filosofía y sus diferentes registros reflexivos.
En efecto, el pensamiento histórico y su espacio interno, la recesividad, describe y desteje las estructuras burocráticas en el límite de la institución social, estableciendo, además, como ya lo hemos señalado, una crítica de los fundamentos de la institucionalidad misma y una caracterización de todos los signos—síntomas culturales y cuyos efectos ideológicos disuelven la noción de poder político instituido por las relaciones económicas y burocráticas dominantes.
La relevancia histórica de esta dinámica abarca estructuras del discurso historiográfico y literario, así como diversas fórmulas tipológicas del historiador. Dicha relevancia asegura un conocimiento intersticial y ramificado de las diversas teorías destacadas en las siguientes preceptivas históricas e historiográficas:
-Sebastian Fox Morcillo, De Historia e Instituciones Dialogus (1543—1592).
-Paez de Castro, De las cosas necesarias para escribir historia (1892).
-Luis Vives, De Ratione Dicendi, 1532.
-Luis Cabrera Córdoba, De la historia para entenderla y escribirla (1592—1623).
-Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, Preceptos Historiales, Publicados en 1957 y escritos hacia 1685. (1684—1727).
-Jacinto Segura, Norte Crítico con las reglas más ciertas para la descripción en la historia (1733—1787).
-Fray Benito Feijoo, Reflexiones sobre la Historia (1773).
-Gaspar Melchor Jovellanos — Sobre la Necesidad de Unir el Estudio de la legislación al de nuestra historia y sus antigüedades.
Estos elementos de preceptiva histórica pueden confirmarse para un tratamiento más profundo en Walter de Mignolo: Cartas, Crónicas y relaciones del descubrimiento; véase Historia de la Literatura Hispanoamericana (Época Colonial) Ed. Cátedra, Madrid, 1982, Tomo I pp. 57-116; además, y para mayor utilidad, Benito Sánchez Alonso, op. cit. Historia de la Historiografía Española, op. cit. pp.103-110 y Bibliografía, pp. 111-116.
El movimiento crítico de las fuentes y la actitud posicional del sujeto lector, muestran las proposiciones que sirven de paradigmas al recorrido transversal y circular de los diversos campos documentales, pero también de las diferencias del pensamiento histórico y los abiertos modos de "hablar" y producir cuya base es la semiosis cultural indentificada en las comunidades históricamente situadas.
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