En los días del 25 al 28 de septiembre, por mis pantallas circularon imágenes de la visita oficial del papa León XIV a Francia que nunca imaginé posibles: los Campos Elíseos atiborrados de gente con confesionales a cielo abierto cada tres metros para poder acoger tantos deseos de absolución de los pecados, una vigilia multitudinaria en el estadio de fútbol más grande de París, en fin, demostraciones comparables a las que se presenciaron en España.
Tanto fervor religioso me resultaba extraño porque, aunque en algunos textos se habla de que ese antiguo reino fue “la primera hija de la Iglesia católica”, durante la misma y muy piadosa Edad Media se inició en ese país la composición de poemas que reflejaban desconfianza en el clero. Me refiero a El Cantar de Renart, una colección de piezas concebidas y en ocasiones copiadas[1] sobre un personaje del que quedan trazos dibujados en el siglo XII donde se le ve disfrazado de obispo engañando a los demás.
Más tarde, en el siglo XVI, vinieron las guerras de religión entre protestantes y católicos y aunque ganó el último bando, las confrontaciones fueron tan cruentas que yo creo que esta fue la primera base de una confianza nacional muy profunda en los beneficios de la laicidad. Se suele admitir a la Revolución de 1789 más las subsecuentes leyes de la escolaridad de Jules Ferry y de 1905 como momentos definitorios de esa separación entre iglesias y estado. Yo pienso que fueron más bien los cuatro millones de muertos (sobre alrededor de veinte millones de habitantes) de las guerras internas los que hicieron pensar a la gente que: “Para evitar masacrarnos entre nosotros, mejor no hablamos de religión”.
Sin embargo, la vocación religiosa persistía. El proverbio latino dice “Vocatus atque non vocatus, Deus aderit” (Se le llame o no, Dios está presente) y así era: por encima de recelos y dolores ancestrales, padres y madres seguían bautizando a los bebés, inscribiendo a unos cuantos de estos hijos en escuelas católicas (que suelen ser académicamente muy buenas) y, entre estos, algunos, llegados a la edad adulta, continuaban ordenándose como monjas y sacerdotes. Más: al momento del fallecimiento de los presidentes de la V República, es costumbre la celebración de misas solemnes en la catedral de Notre Dame. Solo dos presidentes no contaron con ese honor: Valéry Giscard d’Estaing, quien solicitó que sus ceremonias fueran estrictamente íntimas, y Jacques Chirac porque murió en el mismo año en que cayó el techo de la catedral cuya ubicación marca el kilómetro cero de todas las carreteras que pasan por París.
Así y todo, resulta sorprendente ver tanta demostración de entusiasmo por un papa que todavía no tiene dos años en ejercicio aunque tenga algunos puntos que lo hagan atractivo para la juventud francesa como el hecho de compartir apellido con un famoso escritor (el Abad Prevost, autor de “Manon Lescaut”), el haber publicado una encíclica en torno a la Inteligencia Artificial y el haber demostrado un genuino deseo de asumir las causas del público a quien sirve, como cuando solicitó nacionalizarse peruano por estar sirviendo a esa comunidad durante muchos años.
Sospecho que el hambre de Dios es más intensa que “el hambre y la sed de justicia” mencionadas en el sermón de las bienaventuranzas del evangelio de San Mateo. A este respecto, dos versículos más adelante Jesús no recomienda ni hablar con los sacerdotes ni visitar el templo. Lo que él asegura es que son “Bienaventurados los de corazón limpio, porque ellos verán el rostro de Dios”. Sospecho también, que León XIV leyó con atención esa frase porque parte de lo que publicó en la red X el día de la misa multitudinaria es muy elocuente: “La comunidad cristiana no constituye un refugio en el que replegarse para protegerse de nuestra propia época. Al contrario, se ofrece, al igual que las antiguas catedrales, como un espacio de acogida, respeto, revelación y sentido para todos”.
[1] La escritura era una práctica muy poco habitual, quienes “copiaban” no necesariamente eran quienes concebían las ideas y muchos de ellos eran monjes.
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