Las arracadas, como cualquiera lo sabe, son unos aretes grandotes que embellecen a quien los luce, pero en el caso del corrido de Gilberto Parra Paz, sirven para identificar al héroe, un vaquero solitario que recorre la llanura en busca de un asesino que: «Cobardemente y sin piedad mató a mi padre».

La melodía se hizo tan famosa en la voz de Vicente Fernández que hasta hicieron una película (seguramente olvidable) a finales de los años setenta. Ahora bien, a mi me gusta más la interpretación que Los Tigres del Norte grabaron a manera de homenaje a don Bisonte –el único animal que canta, decían sus envidiosos detractores–, pero no me quería distraer, Los Tigres pusieron un acordeón junto al mariachi para imprimirle un ritmo, obvio, más norteño, más sabroso.

El Arracadas parece un tipo duro si uno se fija sólo en sus patillas tupidas, en la tejana negra que esconden unos ojos furiosos, en el pantalón gastado, pero si la mirada es tranquila es gracias a su perro, al que acaricia con frecuencia, lo cual nos muestra a un machote pet friendly que tampoco necesita de ningún iPhone 18 para cazar al canalla.

Sin embargo, después de lograr su cometido, no regresa donde su madre, ¿algún edipo mal tratado?, el corrido termina con un lamento lleno de incertidumbre: «Y un hijo ausente del que no se sabe nada». De esta forma, suponemos que El Arracadas no quiere problemas con la ley y aunque ella se queda doblemente sola, él prefiere continuar montaña arriba y vivir como un ermitaño justiciero.

¿Se parece al jinete concebido por José Alfredo Jiménez? Este también anda sin compañía, no hay si quiera lugar para el perro, no desea revanchas, solo desaparecer: «Por la lejana montaña, va cabalgando un jinete, vaga solito en el mundo y va deseando la muerte». ¿El melodrama ranchero en su máxima expresión? ¿La ausencia fatal de la amada no tiene otra salida que irse rápido y silenciosamente de este mundo? Un huapango melancólico que exige una voz potente, como la de Miguel Aceves Mejía (¿a veces mugía?) o Jorge Negrete.

Cabalgar sin rumbo aunque lleguemos a otro idioma y al rock&roll y a la música country, con un jinete que se imagina ser un fantasma que surca los cielos, interpretación libre si nos atenemos al título: Ghost riders in the sky, de Stan Jones (según wikipedia), cuyo mayor exponente es Johnny Cash, pero que incluso Raphael, sin miedo al ridículo, la cantó en español. En dicha versión, por supuesto, se habla de la pena que provocan los amores imposibles, muy alejada de las vacas de acero y ojos colorados que emprenden el vuelo como si fueran cohetes espaciales, escoltadas por vaqueros galácticos, acompañado todo por una guitarra enloquecida, genial. ¿La habrá escuchado José Alfredo? Que pregunta tan ociosa.

Y ya para terminar, sabemos que en estos días sobran los jinetes. Viajan solos, su caballo parece una pantalla interconectada a la mano. No lloran la pérdida de un amor, ni claman venganzas, salvo que galopen por sitios inhóspitos donde se escapa la cobertura, entonces sí, la cosa puede volverse trágica.

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

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