Hace ocho décadas se inauguró la era del multilateralismo. El nacimiento de nuevos Estados y el proceso de descolonización obligaron a buscar nuevas formas de relación entre el mundo industrializado, cuna de los desarrollos científicos de los últimos siglos, y un Tercer Mundo hasta entonces proveedor de materias primas y mano de obra. Programas de cooperación internacional intentaron cerrar las brechas y generar oportunidades más equitativas.
En ese modelo, los organismos globales se suponía contribuirían a un desarrollo compartido y la ciencia podría actuar como instrumento universal de progreso.
Sin embargo, el resultado es muy diferente de lo esperado. Las brechas no desaparecieron; en muchos casos se ampliaron, a pesar de las políticas que pretendían reducirlas, y hoy los países periféricos corren el riesgo de volverse aún más periféricos, y su ciencia de quedar relegada a un papel secundario.
Ha habido el programa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible; solamente una tercera parte se han alcanzado. Y el desarrollo de IA y quantum computing están ampliando la brecha.
Pero un indicio de la ineficacia del modelo estaba bajo los ojos de todos. La historia de la ciencia de la segunda mitad del siglo XX, a través del lente de los Premios Nobel, magnificaba una paradoja que requiere una reflexión.
Entre 1945 y 1980, incluso países con capacidades científicas limitadas podían alcanzar resultados de frontera y producir investigaciones dignas del máximo galardón científico.
En ese periodo, los premios Nobel otorgados en Física, Química, Medicina y Economía a científicos originarios de países del Tercer Mundo científico fueron siete: Bernardo Houssay, Har Gobind Khorana, Luis Federico Leloir, Arthur Lewis, Allan Cormack, Abdus Salam y Baruj Benacerraf.
No es significativo su número, sino dónde reaalizaron la investigación que condujo al reconocimiento.
Tres, de los cuatro en Medicina, los argentinos Houssay y Leloir y el surafricano Cormack, las habían realizado en su país de origen; el de física, Salam, había introducido el Higgs en la teoría electrodébil, cuando ya dirigía el ICTP, mientras que los otros son lo que hoy llamaríamos cerebros fugados: el economista Lewis de Santa Lucía a Inglaterra, los otros dos de medicina, Benacerraf de Venezuela a Estados Unidos, y Khorana de India a Norteamérica.
Esto muestra que, en los primeros años de la posguerra, países con capacidades limitadas podían aspirar a incorporarse a la modernidad científica. Era más fácil en medicina, pero se pudo también en física, en un marco multilateral.
La paradoja es que el multilateralismo, que hubiera debido ser garante de un desarrollo compartido, no ha reducido las desigualdades y la tendencia actual apunta a su consolidación en lo referente a la ciencia avanzada.
Lo comprueba la historia posterior de los Nobel. En los 45 años siguientes, no hubo cambios significativos en el número de los laureados originarios del Sur. Se redujeron a seis, o siete si se incluye China. Hubo dos surafricanos, un egipcio, un jordano, un maghrebino, un turco, un indio y un mexicano. Sin embargo, las investigaciones que les merecieron el premio, con la excepción del chino Te Youyou, en Medicina, todos ellos las hicieron en Estados Unidos y parcialmente en el Reino Unido. No incluimos entre los maghrebinos a Haroche y Cohen-Tannouji, porque, siendo ambos de familias judías, migraron y se formaron culturalmente en Francialmi
¿Se puede revertir esa situación?
En Física y Química, hay talento en el Sur, pero las condiciones para transformarlo en ciencia de frontera se dan fuera de él, con una aceleración en los últimos años.
En esas áreas, la ciencia se organiza alrededor de grandes centros de poder tecnológico, financiero y editorial. Las agendas de investigación se definen en función de intereses externos a las necesidades de las sociedades periféricas. El resultado es la consolidación de una geografía desigual del conocimiento.
Stefan Zweig, en Momentos estelares de la humanidad, recordó cómo el ideal universalista de Woodrow Wilson ya desde las primeras negociaciones se estrelló contra la política real e intereses nacionales. Así un proyecto de vocación universal fracasó por carecer de mecanismos efectivos de cumplimiento.
El tema se aplica bien a la división del trabajo en ciencia, donde una experiencia histórica confirma la existencia de mecanismos de exclusión. Hace medio siglo, cuando en Colombia se promovía la creación del Centro Internacional de Física, uno de los principales organismos financiadores de un gran país industrializado consideró que un esfuerzo en física no constituía una prioridad. Y recalco que habría contestado de la misma manera a un hipotético Crick o Watson impulsando la biofísica. Esta anécdota refleja que hay una lógica estructural que distingue entre productores legítimos de conocimiento y receptores periféricos.
Romper ese esquema requiere desarrollar Big Science.
¿Es posible en el Sur? Los casos de astronomía y astrofísica parecen comprobarlo, aunque con la salvedad de que también responden a intereses exógenos. El primer ejemplo fue el Laboratorio de Chacaltaya en Bolivia. Interesaba a Japón que lo apoyó y contó con la presencia accidental de un exiliado de la Guerra Civil española, Ismael Escobar.
Hoy son muchos los observatorios en la región andina. Entre ellos, han surgido gracias a un apoyo externo, ESO, europeo, y Augier, proyecto cooperativo con Estados Unidos.
La Big Science tiene tres componentes: personal calificado, acceso a los grandes laboratorios y disponibilidad.
La ausencia de estructuras propias locales permite solamente los dos primeros componentes. La falta del tercero favorece la fuga de cerebros y significa una dependencia tecnológica y cultural sobre acceso, prioridades, calendarios, tecnologías y recursos.
Significa también que cuando un científico del Sur alcanza resultados internacionales puede verse negado el reconocimiento correspondiente. Chacaltaya y el tema de los Premios Nobel del Sur ofrecen un caso de estudio didáctico en este sentido: el caso Lattes.
El brasileño César Lattes, junto con Occhialini y Powell, jugó un rol fundamental para el descubrimiento del mesón π, mejorando la visibilidad de las trazas en las emulsiones expuestas a los rayos cósmicos en Chacaltaya, y analizadas en Bristol.
Ni él ni Occhialini recibieron el reconocimiento con Powell. Ambos recibieron candidaturas de alto nivel. La de Blackett, también Premio Nobel, por haber inventado la cámara de niebla, propuso los tres juntos.
Es posible que en el caso de Occhialini el obstáculo haya sido geopolítico, dado el momento. Su ciudadanía italiana, pese a su oposición al fascismo, ya había causado la interrupción de su relación institucional con la Universidad de São Paulo. Pero para Lattes la explicación es otra: una contribución científica de frontera puede surgir de una cadena internacional, pero la física en Brasil era demasiado joven.
¿Qué podemos prever? Las grandes transformaciones científicas contemporáneas dependen cada vez más de infraestructuras complejas y costosas. Sin embargo, la Big Science no es simplemente una forma más cara de hacer ciencia. Es un mecanismo de construcción de capacidades. Los países del Sur no deberían aceptar que estas sean patrimonio exclusivo de los países industrializados.
Ayer Víctor Gómez Valenzuela, en estas mismas páginas, ha analizado el nexo entre las ambiciones de posibles metas macroeconómicas a ocho años y la inversión en CTI en República Dominicana. Ha destacado que para la transición de renta baja a renta media un país requiere ciencia. Estas observaciones agregan un ladrillo. ¿Qué ciencia?
La ciencia de grandes infraestructuras forma investigadores, crea profesiones, impulsa industrias de alta tecnología, desarrolla instrumentación, electrónica, software y materiales avanzados, campos que tienen múltiples aplicaciones, genera redes universitarias y establece vínculos duraderos entre ciencia e industria. Esto permite participar en la definición de las preguntas científicas sin limitarse a utilizar respuestas producidas en otros lugares.
Su ausencia va mucho más allá de la ciencia: causa dependencia y soberanía limitada.
Esto se vuelve todavía más importante por la crisis del multilateralismo y por las tendencias mundiales actuales.
El riesgo para el Sur no consiste en perder acceso a determinados programas internacionales. Es que se consolide una división internacional del trabajo en la cual no produce conocimiento y no participa en las infraestructuras estratégicas, mientras consume tecnologías, accede de manera limitada a los resultados y provee la nueva materia prima, los datos.
No es una cuestión académica. Es un problema de soberanía.
Esto exige una nueva visión de la cooperación científica. Los países del Sur necesitan desarrollar infraestructuras regionales capaces de alcanzar la escala que, aislados, no podrían sostener. Necesitan transformar la cooperación Sur-Sur de un mecanismo para compartir carencias en un instrumento para construir capacidades.
Para el Sur Global, construir Big Science no es un lujo reservado para cuando se hayan resuelto todos los demás problemas. Es parte del ejercicio de su soberanía. Es poseer la capacidad de elegir, participar, negociar, crear sin depender de decisiones externas.
El pasado colonial y las desigualdades actuales no determinan el futuro. Definen necesidades ya que no se construirá espontáneamente. Se requieren instituciones, recursos, cooperación e infraestructuras que transformen talento científico en capacidad permanente. Se requiere una política de estado proyectada a nivel regional e internacional.
Para el Sur Global, desarrollar la Big Science significa asumir ese rol: no ser usuario de infraestructuras, receptor de conocimiento o proveedor de datos y materias primas, sino productor de conocimiento, constructor de capacidades y participante en la creación de la ciencia. Lo decía Sarmiento hace 150 años. No se hizo. No es tarde para hacerlo.
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