Como cineasta dominicano, he pasado décadas observando cómo se construyen las narrativas. Y hay una que me inquieta profundamente: la del emprendimiento como panacea universal. Es la misma lógica que se denuncia cuando se habla de la "uberización" del trabajo: se le hace creer al trabajador que es dueño de sí mismo, cuando en realidad carga con todos los riesgos sin ninguna protección.

En RD, esta bella oración del emprendimiento se asienta en la sociedad como un mantra. En 2025 nacieron 14,458 empresas, pero 5,417 cerraron (datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) y del Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM)). Se celebran las nuevas, se ignoran las que mueren. Es la misma falacia: se vende la libertad de ser "empresario de sí mismo" mientras se transfiere al individuo la responsabilidad que debería ser colectiva y desde el Estado.

El cine dominicano no escapa a esta dureza. En 2025, nuestra industria generó 2,206 empleos directos y recaudó más de RD$1,046 millones. Tres películas nacionales se posicionaron en el Top 10 de asistencia, con una cuota de mercado del 19% (portal presidencia.gob.do). Son cifras que celebramos, pero detrás de ellas hay una realidad incómoda: la mayoría de quienes trabajan en el cine lo hacen por proyecto, sin contrato estable, sin seguridad social, sin garantías.

Es la misma precarización de que se habla entre quienes tienen una cosmovisión social y laboral. El cineasta dominicano promedio no es un empleado con derechos; es un "emprendedor" que tiene que hacer malabares entre rodajes. Cuando no hay trabajo, no hay ingresos. No hay cesantía. No hay red de protección. Se parece peligrosamente a la "falacia del emprendimiento", que convierte al trabajador en un empresario sin derechos.

El debate sobre la reforma del Código de Trabajo y la cesantía revela esta contradicción. Mientras el sector empresarial propone topes y fondos de desempleo, el Congreso ha decidido -¿por ahora?- mantener la cesantía sin pellizquitos, reconociendo que es un mínimo irrenunciable. Es un freno a la precarización. Porque la cesantía en lugar de ser un privilegio, es el escudo que evita que el trabajador quede huérfano cuando el "emprendimiento" se convierte en paro.

El cine lo ha documentado. Películas como "Sugar Island", de Johanne Gómez Terrero, premiada en Venecia por su mensaje laboral, supongo, muestran a los trabajadores de los cañaverales protestando mientras la dichosa automatización avanza en un país agotado por lo exclusivo del capitalismo. Es la misma historia: el trabajador que se convierte en "emprendedor" forzado, sin patrón y sin derechos.

Como cineasta, creo en el poder de las historias. Pero también creo que hay narrativas que nos están haciendo daño. La del emprendimiento heroico que oculta la precarización. La del trabajador que "elige" ser su propio jefe cuando en realidad no tiene otra maldita opción. El cine dominicano debe contar esas historias, pero también debe ser un espacio donde quienes las cuentan puedan trabajar con dignidad.

La verdadera reforma no es la que reduce derechos bajo el disfraz de modernización, punto. Es la que reconoce que detrás de cada "emprendedor" hay un trabajador que merece protección, punto. Y es que detrás de cada película dominicana hay decenas de técnicos, actores y creativos que merecen un jodido contrato, seguridad social y cesantía. Esa es una historia que pide ser contada.

Etzel Báez

Gestor cultural

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