Toda poesía es autoconocimiento, en tanto sirve de lectura de la propia vida. A saber: es aprendizaje, en la medida en que sirve de terapia, catarsis o cura de los bajos instintos o de las bajas pasiones –función que creía Aristóteles que cumplía el teatro griego. Así pues, es liberación del cuerpo y autorrealización del espíritu. Su lectura y escritura expresan una experiencia de conocimiento interior. En consecuencia, al leer la poesía de José Mármol, sentimos esa sensación mental y esa experiencia sensorial. Su poesía no postula una experiencia escéptica ni sacrílega sino optimista y positiva, que afirma y reafirma la voluntad de vivir. No hay un desarraigo del espíritu ni de la memoria, sino, antes bien: representa al ser líquido, que se acostumbra, como un estoico, a las desdichas, y que no lo atormenta ni el pasado ni el porvenir. En el fondo, su ser mora en la vigilia del paraíso recobrado. De ahí que permanezca en su condición presente, y que quiera perseverar en su ser, como todas las cosas –al decir de Spinoza. Mármol, en su obra poética, no siente tampoco nostalgia del edén ni de la memoria perdida. Para él, como para Schopenhauer, solo existe el presente, un estado vivo del presente, donde existe la vida. Por lo tanto, la vida no es ni pasado ni futuro, sino presente, en perpetuo movimiento. Su poesía representa un viaje en el presente –o dentro del presente. Su escritura poética encarna la apoteosis de la memoria, en su batalla contra el olvido, que atormenta su conciencia vital. Por tanto, pasión y deseo delimitan su obra poética.
Como creador de la “poeta del pensar”, cuyo fundamento estético y filosófico descansa en la preeminencia del pensamiento sobre la emoción y el canto, Mármol postula, desde su poética nietzscheana “El poniente de los ídolos”, una nueva visión y concepción del lenguaje poético, una reivindicación del conocimiento en la poesía y un énfasis particular en la expresión formal del poema. Concibió así una mirada del hecho poético como cuerpo autónomo del lenguaje, desde los albores de la década de los ochenta. En su travesía, y sin proponérselo, estaba, junto a un puñado de poetas coetáneos, creando una nueva sensibilidad, tejiendo un nuevo discurso epocal, desafiante, transgresor, desde una conciencia espiritual y filosófica, tras la búsqueda utópica de la originalidad. Expresa su distinción en una sed de conocimiento, en un afán de sabiduría juvenil y en un apetito de cultura, como una tentativa incesante por encontrar las raíces ontológicas y antropológicas del ser nacional. Como sujeto protagónico de su generación, Mármol se distingue por la creación de un sistema de metáforas y símbolos, que caracterizan su obra y la de sus compañeros de generación. Sus desafíos, riesgos, angustias, ansiedades y miedos postulan su devenir social y ontológico. Igualmente, su ideal de ruptura, cambio y transformación, en relación a sus predecesores. La poesía del pensar ochentista postula una subversión de la memoria y una transgresión de la historia, frente a una conciencia desgarrada y un tiempo perdido. Se creó así una angustia del devenir y una incertidumbre del presente mismo, en la llamada “década perdida”.
El poema que se escribió en los ochenta, se hizo –o coció– al calor y a la luz –y no a la sombra—de la historia, pero que trascendió el acontecimiento, la circunstancia y la noción filosófica de los hechos. Ello así, ya que la historia y la poesía se rechazan: mientras que la poesía se instala y vive en el presente, la historia se inserta en el pasado. Ya en Aristóteles, en su Poética, está la diferencia: en tanto la historia nos cuenta el pasado, la poesía nos dice lo que ha de venir. Es decir, la poesía –el poeta o vate—nos vaticina el futuro. El poeta recrea el pasado y el historiador lo relata o interpreta. Por lo tanto, la poesía trasciende la historia, instalándose en el presente, o sea, en el instante, en la presencia. Justamente, a esta estirpe de poeta-pensador e intelectual corresponde, por derecho propio, José Mármol, por postular y sostener un discurso cónsono y coherente con su práctica de escritura y su vida letrada. De ese modo, deviene en poeta y ensayista, que reflexiona sobre su oficio, su instrumento de expresión y pensamiento. Por lo tanto, es deudor de una tradición ancestral en Occidente, y continuador consciente de un legado en la historia del pensamiento filosófico y de la poesía moderna. Representa, en efecto, al poeta que piensa, y al filósofo que poetiza, y que usa la imaginación como poder –o contra los poderes. En los años ochenta, Mármol y sus coetáneos en el viaje de la escritura poética, ejercieron el oficio de poetas (como pocas veces en el país) con conciencia crítica del lenguaje y con preocupación teórica y filosófica por la técnica y los registros temáticos y simbólicos. De igual modo, con conciencia generacional y del lugar de su papel histórico en la literatura dominicana del siglo XX. Y como tales, practicaron la escritura poética y ensayística, desde una pasión y una razón inéditas, a juzgar por la visión del estilo, la forma y la técnica. La generación poética de los ochenta exploró otras vertientes de la creación verbal y navegó en otras aristas de la conciencia creadora. Es decir, problematizó otros temas, lejanos y ajenos, del pasado, y no orillados por las generaciones precedentes, o al menos, sus mediaciones y vasos comunicantes, entre amor y erotismo, suicidio y vida, sexo y sensualidad, soledad y otredad, muerte y cuerpo. Exploraron tentativas delirantes y sueños fatales; ahondaron en los abismos de la tentación de los límites y navegaron en los bordes de la locura –o coquetearon con ella–, con ese “dios salvaje” –como le llamaron los antepasados. Simularon habitar mundos subterráneos y órbitas metafísicas con tal de alejarse de la poesía comprometida. La escritura poética se volvió intimista, a contrapelo de la poesía exteriorista, para afianzarse en el yo íntimo con su epopeya ontológica. Vivieron el oficio poético, a expensas del delirio y el juego, frente a la responsabilidad social, para asumir la responsabilidad del lenguaje. Esa hecatombe del yo lírico se expresa como mecanismo de compensación para no sucumbir a las tentaciones de la responsabilidad del oficio. Sin embargo, Mármol, en su poética, no se asomó ni peligrosamente (por ejemplo, como: Dionisio de Jesús, G. C. Manuel o José Alejandro Peña) al malditismo ni a lo sacrílego ni a lo profano. Al contrario, nombra a Dios, comulga con su fantasma, y dialoga simbólicamente (“Arroja tú los dados, Señor, te ha llegado el turno y es invierno”, en Deus ex maquina). De ahí la raíz teológica de cierta parte de su obra poética, pese a la influencia y lecturas tempranas de Nietzsche. Cito in extenso, este poema de su libro Lengua de paraíso:
ABDICACIÓN
Dios es como el fuego, cuya pasión redime,
Como el viento poderoso, cuyo ardor desnace todo.
Dios, temor y fuerza de seguirle o acosarlo,
Como el tiempo, como el sueño y como el baño santo
de las termas paganas.
Es como un fuego Dios, su amor devora y crea.
Dónde a Dios buscar sin vano desafío?
Sea en el prodigio de tu cuerpo y tu voz,
En el quejido lento de animales y brisas,
En la distancia unida por las hierbas y las piedras,
En los repliegues suaves del mar, que es piel del cielo
O en la muda palabra de una oración estéril.
¿Dios, perpetuo buscarse,
Forma transparente de lo que nunca es?
Es como el agua Dios, cuyo beso nos pudre,
Cuchillo destapando el centro de los sueños
Y si más hondo el filo, más fecundo, más brillante
el animal que acude.
Dios es el tormento de creer o descreer,
Dimensión de lo enorme y lo nimio simultáneos,
Sentido de lo ágil, lo inasible,
Equilibrio inmutable del designio y del azar,
Contenido sin esencia a no ser la de mi voz.
Dios ya no enferma. Dios, cuyo destino le aterra
y desconcierta.
Dios soñó entonces con cuerpo de vestir,
viandas sobre la mesa,
Con cuentos de niñez (porque ha de ser terrible
haber nacido inmenso).
Dios es como un canto, cuya vocal se ahonda
Y va ganando plenas distancias eco adentro.
Dios, el que ama todo sin conocer ternuras,
Sin haber sido limpia superficie de un beso.
El iracundo, el sobrio, el que ha llorado ráfagas
de insensatez y tedio.
Es como el fuego Dios, cuya pasión consume,
Como lluvia torrencial, cuyo crimen fecunda.
Dios es como el aire, sin ser visto abraza todo,
Dios es como yo y en mi palabra quema la luz
que lo refugia.
La generación de los ochenta, capitaneada por Mármol, fue la generación de la rebeldía: que germinó, echó raíces y se estableció como ruptura en la tradición poética, representando un relevo generacional y vital, que le inyectó nueva química al torrente sanguíneo de la poesía criolla. Ante el anquilosamiento, la inercia y parálisis imaginativa y creativa, brotó de las entrañas del cuerpo y del nervio de nuestra tradición letrada para avivar sus textos y canalizar sus energías creadoras. Ante lo establecido, se impuso la analogía de la desmitificación. Los años ochenta fueron, pues, el epicentro del combate de las ideas estéticas, que sirvieron de motor de cambio y transformación. Representó el centro de gravedad de una batalla cultural, en aras de dinamizar nuestras letras y darle un giro creador a tono con la modernidad latinoamericana, ante los últimos suspiros del siglo y el canto de cisne de una época.
El poema y la poesía se transformaron en el tiempo de la vida, de las palabras y del lenguaje: se fundieron y fusionaron. Entraron en relación analógica y recíproca. Así pues, el oficio poético se convirtió en acto de rebeldía y rebelión, lúdica e irónica, contra los mitos, los poderes, las creencias religiosas y las órbitas sagradas.
En Mármol, en sus poemas en prosa y en su prosa poética, hay una búsqueda de sentido no en el canto, sino en el relato del sentido. Así, el poema deviene cuerpo verbal, que cuenta y argumenta, en claves líricas. El poema se transforma así en estructura, de una escritura sostenida por el ritmo y en equilibrio, entre el pensamiento y la metáfora, el “monólogo interior” de una mitología sin argumento y sin personajes. Se trata de un discurso lírico de estructura prosada que dialoga con la intimidad del yo. La prosa aquí representa un camino (recto, ondulante, zigzagueante) hecho con la sustancia de la poesía y el néctar del pensamiento. Nuestro poeta crea así una escritura en prosa, nutrida de la contemplación, que refleja el paisaje interior de la conciencia y la memoria. Encarna un pensamiento plástico y vertical, pero que se transforma en horizontal, en la medida en que su ritmo interior le imprime música y misterio al texto. Como al leer poesía, vemos, en el proceso de desciframiento de la escritura, tenemos la visión y la sensación, que nos revela dicha experiencia lectora.
Cabe destacar que, Mármol, al escribir (como todo poeta) crea un mundo, que refleja los signos y las voces de la tradición, pero siempre con la vocación de trascenderla y de postular una impronta estilística y una simbología imaginaria. Su vocabulario, su léxico y su lenguaje, los emplea para nombrar a las cosas por sus representaciones, desde la palabra que, al evocarlas e invocarlas, le inyecta su sensibilidad y sus matices personales. Al cantarles, las disuelve, dejando su huella y su estilo, metabolizado por su pulso creador. Su fraseología poética enriquece su prosa: describe escenas, relata situaciones y argumenta ideas. O, más bien, idealiza puntos de vista y piensa circunstancias. Mármol es, en efecto, un poeta de sensaciones, pensamiento y visiones. Y donde el deseo y la voluntad se convierten en mecanismos de impulso de escritura, en dinamo creador: evoca imágenes, piensa sensaciones, siente y percibe los signos de la temporalidad y define, como un dios, las cosas del mundo que ve y oye. Con su imaginación conceptual, crea un tejido de luz y sombra, un lenguaje de ideas plásticas y sensibles, que suenan y resuenan en la página.
Por otro lado, en la poética de José Mármol, se percibe un halo de lirismo sensual y erótico. Es decir, una secreta música del deseo carnal, armado de la sutileza de los sentidos. El amor, en su potencia deseada, se expresa en un territorio no de búsqueda sino de consagración de los instintos, y en un juego de la pasión sensible. En la escritura poética de Mármol también hay, asimismo, una expresión de la influencia del mar y el río, la provincia y la ciudad, el paisaje campestre y el extranjero o exótico. Es decir, su isla, su país y su casa. Todo su mundo personal y sentimental se siente y se percibe: respira, late y silencia.
El país, con su exuberancia vegetal, el trópico fantástico y el clima exorbitante decoran, en cierto modo, su sensibilidad, atravesada por los recuerdos de la infancia feliz y la celebración cáustica de la madurez. El sentimiento actúa, en su poesía, como impulso alucinado no de la pérdida sino de la ganancia; es decir, del triunfo del yo ante la carne. Para este poeta, las palabras están henchidas o imantadas por la fuerza del erotismo. Esto es: hay una erotización de la palabra cuando se hacen poéticas. O cuando se produce una erotización del lenguaje por la acción de la palabra poética. La potencia erótica de su poesía reside, pues, en la sensorialidad del deseo, que transforma la fuerza vital de sus versos o de su prosa poética. En su poesía, Mármol habla consigo mismo, y, al hacerlo, habla con el lector. Siempre hay un viaje interior, una búsqueda hacia adentro del ser, y en esa búsqueda, navega en las aguas del placer, del deseo y de la memoria. Asimismo, hay en su mundo poético, un viaje a la transparencia y a luz: nunca a la penumbra ni a la oscuridad. Y en ese viaje, ilumina con las palabras y el pensamiento, su espíritu estético y su mente incandescente. Explora en la esencia de la naturaleza humana, desde una experiencia de soledad. Pero esta soledad no es un refugio sino un estado del ser momentáneo, efímero y vital para edificar su obra poética, desde un mundo de palabras: emplea la soledad como espacio para la comunión con el mundo exterior. Pero una vez que la usa como materia prima de su creación, la abandona por la comunión con los demás.
Así pues, entre soledad y comunión transcurre la vida social del hombre –como bien lo dice Octavio Paz, en El laberinto de la soledad. Cuando estamos solos buscamos soledad y cuando estamos acompañados, anhelamos la soledad. Ambos estados espirituales del ser se atraen y le confieren sentido a la existencia, es decir, la transforman en una dialéctica ontológica de la vida humana. Gran parte de la obra poética de Mármol (y de la gran poesía universal, y aun de la literatura en general) se alimenta de soledad, del estado solitario de la escritura y su desafío ante la página en blanco. De ese modo, palabra y voz, silencio y grito nutren el mundo de su poesía, y toda la poesía escrita. El primer verso viene del silencio en soledad; luego, los demás, los dicta una conciencia poética, que teje los hilos de las imágenes verbales. Según André Gide, el primer verso viene de dios, y en Baudelaire, de Satanás; para André Breton, procede del “automatismo psíquico”, y para Darío y Lugones, nace de la poesía misma. Desde una experiencia poética de soledad, el poeta José Mármol alcanza la plenitud, que vence el vacío de la página. Su soledad tiene pues sed de comunión, no tanto con el otro sino consigo mismo.
En fin, la obra poética de José Mármol, si bien apela a conceptos, no menos cierto es que no son abstractos, sino la concreción de metáforas del pensamiento, a partir de un secreto ardor de las palabras. Cada poema es un concierto de imágenes alegóricas, un despliegue lúdico de frases o versos, que se desplazan a un ritmo musical.
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