El año era 1972 y con ocho años ingresé al Colegio Santo Domingo (CSD) al tercer curso de primaria. No pude hacerlo desde el primer grado, como antes lo habían hecho mis hermanas, porque ese centro de formación para niñas y señoritas ejecutaba una escalonada clausura anual de grados, tanto de la enseñanza primaria como su high school, para limitarse a la enseñanza de la secundaria en español.
Esa decisión contrariaba a mis padres. Desde 1968, con mucho esfuerzo habían construido una pequeña casa en la calle La Cantera, en el sector La Julia, a una distancia a pie de los colegios de La Salle y el CSD, en calculada proyección de las edades infantiles de sus cuatro hijos. El varón iría a La Salle y las niñas al CSD. Conforme ese plan, mis tres hermanos cursaron su escolaridad completa en esos colegios. Mis padres querían reunificarme con mis hermanas en las inmediaciones del hogar.
Para mi fortuna, el CSD suspendió provisionalmente su plan de clausura de la primaria, y junto a un puñado de otras niñas fui inscrita en el CSD. La maestra responsable de las principiantes era también docente de nuevo ingreso. Su nombre era Nora Valenzuela, una señora casada con cuatro niños. Sin embargo, a nosotras nos enseñaron a dirigirnos a ella como la «Srta. Nora».
Del CSD, fundado en 1945 por monjas dominicas provenientes de Míchigan, es más conocida su historia durante el régimen de Rafael L. Trujillo, en especial, luego de la publicación de La fiesta del chivo (2000) de Mario Vargas Llosa (1936-2025). La protagonista de la novela, Urania, es una estudiante del CSD durante la dictadura.
Pertenezco a una generación de alumnas educadas en un CSD de otros momentos. En 1973, casi al llegar, despedimos a las últimas novicias extranjeras del país. Quedamos en una mezcla de enseñanza secular y católica.
En primaria las maestras de generaciones fueron las señoritas Nora Valenzuela, Rosalía Sturla, Magaly Sánchez, Danisela Castro, Matilde de Nolasco, Mercedes Mencía, entre otras, capitaneadas por Ana Altagracia Abreu, la Srta. Ana, directora de primaria. El padre Valentín Camarena nos visitaba para oficiar las misas en el plantel.
Las últimas sisters de Míchigan eran novicias, sin vestimenta de hábitos, jugadoras de softball, bádminton y voleibol; organizadoras de vistosas veladas musicales navideñas en inglés y español. Antes de partir, fueron las encargadas de impartir la catequesis a mi curso, de egresar a las últimas bachilleras del high school y de entregar la administración del Arzobispado de Santo Domingo al CSD, institución a la que antes habían cedido la propiedad luego de la caída del régimen dictatorial, en un gesto de desprendimiento.
Mis compañeras y yo éramos muy chiquitas para conocer por qué se iban; aun así, compartimos la congoja y el sentimiento de pérdida de las alumnas como mis hermanas, para entonces en secundaria, que habían sido formadas desde pequeñas por las sisters y las maestras dominicanas en una labor de equipo.
Sin embargo, lejos de perder brillo y prestigio, el CSD vivió acaso sus mejores años en las décadas por venir, gracias al empeño impreso por su cuerpo de profesores. Centenas de niñas y adolescentes fuimos educadas en la construcción de una identidad personal, orientada por la mística, la sed por el conocimiento y el compromiso social infundido por ese magisterio.

El profesorado secular adoptó el Movimiento de Renovación Carismática de la Iglesia Católica, como parte de nuestra formación humana y religiosa con gracia y sabiduría, para influir en el conglomerado estudiantil durante los cambiantes años setenta y ochenta dominicanos.
Aun las que transitamos en la vida adulta por otros sistemas de creencias hemos sido alcanzadas, alguna vez, por la enseñanza dominica, basada en un enfoque integral que combina la búsqueda intelectual con la espiritualidad y el compromiso social. Fueron profesores que nos entrenaron en la autocrítica y la constante búsqueda de la verdad a través de la razón y la fe.
La Srta. Nora conjugó un carisma pedagógico con un estilo personal acorde con la filosofía dominica antes descrita. De elegante porte y voz grave, la profesora llevó siempre el pelo recogido en un pequeño moño, propio de una práctica maestra decimonónica. En contraste con ese rigor, siempre iba maquillada y vestía faldas entubadas y blusas sedosas cruzadas por algún largo collar. Sus zapatos de tacón medio nos anunciaban con pasos firmes su llegada.
La Srta. Nora era oriunda de San Juan de la Maguana, egresada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo como doctora en Farmacia y Ciencias Químicas, y recién llegaba de residir junto a su familia en Estados Unidos, lo cual le daba un aire sofisticado y cosmopolita. Nos enseñaba a manejarnos con empatía y a conversar con buena dicción.
Las alumnas de esa década fuimos testigos de la restauración de la educación primaria desde el grado de alfabetización y, antes de 1980, por primera vez, el CSD abrió los grados de nivel inicial: nido, kínder y preprimario. La llegada de parvulitas y el regreso de las más pequeñitas fue una primavera para el alumnado, y el despertar de un natural instinto maternal.
Nora Valenzuela jugó un rol protagónico en ese proceso. Tenía capacidades didácticas para varias asignaturas; nos enseñaba ciencias naturales, inglés y religión, era perfectamente bilingüe, ferviente católica y poseía un don para el liderazgo situacional.
Fui una alumna de buenas notas y terrible conducta, con muchas visitas a la oficina de la dirección. Cuando la menudita Srta. Ana me veía llegar, solo me decía: «Noboa, tú de nuevo». Permanecería horas a su lado, en estricto silencio, y al final del castigo suscribía un conduce con su firma —aaa— para devolverme al aula, no sin antes preguntarme por qué tan solo no podía ser yo como mis hermanas mayores.
Arqueando sus cejas cada vez más arriba, al mencionar el nombre de cada niña Noboa Pagán decía: «Lourdes Leticia es tranquila y buena, Amanda es traviesa, pero buena. En cambio, tú… vuelva para su curso». La remitente del «expediente Noboa.3» a la dirección era la Srta. Nora, quien, a pesar de castigarme, me recibía de regreso en el aula paciente y amable. Con el tiempo, pasaría a secundaria, en el edificio La Altagracia, fuera de la regencia primaria. Sin embargo, mi más preciado recuerdo de la Srta. Nora ocurrió fuera del CSD.
Cuando era niña y su alumna, coincidíamos los domingos en la Iglesia San Antonio. La Srta. Nora, bellamente ataviada con una mantilla de encajes, era seguida por sus hijos: Angeliquín, Luisín, Joselín y Norín, modelos de educación durante la ceremonia. En cambio, yo tenía que hacer esfuerzos para permanecer quieta y atenta, pero hacía el esfuerzo.
Cuando la Srta. Nora llegaba cada domingo a la iglesia San Antonio, saludaba a mi mamá y se sentaba en el banco anterior al nuestro. Nunca le dijo a mi mamá lo mal que yo me portaba en el colegio. Por el contrario, nos saludaba con cariño, y sé que aprovechaba la ocasión para una lección continuada al sentarse junto a nosotros. Bien sabía que en las misas celebradas en la capilla del colegio con el padre Valentín yo me distraía y distraía a las demás. En la San Antonio, los domingos, finalmente aprendí a portarme bien en misa.
Con el retiro de la Srta. Ana, la Srta. Nora pasó a ser la directora de la primaria por largas décadas. Hoy día el CSD es una escuela mixta y parte del sistema público de enseñanza. Nora Valenzuela descansa en gloria. Me unen a su familia lazos de amistad y profundo afecto, y estas líneas las remito a sus hijos y sus nietos.
En 1987, cuando me gradué de la universidad, mis padres me hicieron un pequeño encuentro con un grupo de amigos, entre ellos Luis Heredia Valenzuela. Era una celebración de muchachos, pero al conocer quién era la graduanda, la Srta. Nora pidió a su hijo llevarla a mi casa para felicitarme. Era la primera vez que la maestra visitaba nuestra casa y su gesto nos hizo muy felices a mis padres y, más aún, a mí.
Transito por el agnosticismo, por lo que solo frecuento iglesias ocasionalmente. A pesar de ello, y con los años, me gusta cada vez más sentarme a escuchar misa. Me siento en casa, y durante el acto me acojo al ritual del silencio y la atención, en uno de los pocos encuentros sociales que nos quedan donde no hay que opinar, ni discutir, ni ver el teléfono móvil; tan solo escuchar, meditar, orar. Eso lo aprendí con la Srta. Nora.
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