Entre 1820 y 1844 se forjó, en medio de ocupaciones extranjeras, conspiraciones y guerras defensivas, el núcleo originario de las Fuerzas Armadas Dominicanas. No surgieron de una academia ni de una herencia institucional estable, sino de la necesidad de sobrevivir como comunidad política. Fue un ejército que nació antes que el Estado, y que permitió que ese Estado existiera.

Diversos historiadores coinciden en que este período explica el carácter criollo, territorial y defensivo del poder militar dominicano (Moya Pons, 2013; Rodríguez Demorizi, 1971; Rouse, 1992; Alfau Durán, 1950), así como lo documenta el estudio base Origen y evolución de las Fuerzas Armadas Dominicanas (1820–1844).

El colapso del orden colonial y la desaparición del ejército español (1820–1821)

A inicios de la década de 1820, Santo Domingo era una colonia militarmente abandonada. España, debilitada tras la invasión napoleónica y las guerras internas, había dejado de sostener sus guarniciones. No había pago de sueldos, mantenimiento de fortificaciones ni refuerzos humanos.

Como resume Frank Moya Pons, para 1820 “el ejército colonial español en Santo Domingo era apenas una sombra de lo que había sido” (Moya Pons, 2013). Las fuerzas existentes se reducían a pequeñas milicias urbanas, destacamentos rurales aislados y oficiales criollos sin recursos.

La proclamación del Estado Independiente de Haití Español en diciembre de 1821, encabezada por José Núñez de Cáceres, nació con una falla decisiva: no tenía un ejército capaz de defenderla (Rodríguez Demorizi, 1971).

1822: la invasión haitiana y la militarización forzada

En febrero de 1822, el presidente haitiano Jean-Pierre Boyer ocupó el territorio oriental sin resistencia significativa. El Este carecía de tropas organizadas, liderazgo militar unificado y apoyo internacional, como explica Irving Rouse (Rouse, 1992).

Durante la ocupación haitiana (1822–1844):

·       se desarmaron las milicias dominicanas;

· se impuso el servicio militar obligatorio;

· oficiales locales fueron subordinados a mandos extranjeros;

· y se integró el territorio oriental a un sistema militar ajeno.

Paradójicamente, esta ocupación funcionó como escuela involuntaria: muchos dominicanos aprendieron disciplina, estructura y tácticas dentro del ejército haitiano, uno de los más experimentados del Caribe tras la Revolución haitiana (Moya Pons, 2013).

Rebeliones dominicanas y resistencia armada (1822–1838)

La ocupación nunca fue completamente aceptada. A lo largo de dos décadas surgieron conspiraciones urbanas, levantamientos rurales, guerrillas regionales y resistencia pasiva. Entre ellas se recuerdan movimientos en el Cibao, el Sur y zonas rurales del Este, así como conspiraciones tempranas como la de Los Alcarrizos (1824).

Emilio Rodríguez Demorizi documenta que estos focos, aunque fragmentarios, permitieron la formación de liderazgos locales y el desarrollo de una cultura de resistencia armada (Rodríguez Demorizi, 1971). De este caldo de cultivo emergieron figuras que luego serían jefes militares en 1844.

Duarte y La Trinitaria: el embrión político-militar

El salto cualitativo en la evolución de la resistencia dominicana se produjo en 1838 con la fundación de La Trinitaria por Juan Pablo Duarte. Aunque concebida formalmente como una sociedad política secreta orientada a la independencia nacional, La Trinitaria incorporó desde su origen elementos organizativos propios de una estructura militar en gestación. Su diseño en células cerradas, el uso de juramentos, la estricta disciplina interna, la jerarquización funcional y la planificación estratégica de acciones revelan una comprensión temprana de la necesidad de organizar la fuerza armada antes de proclamar el Estado (Rodríguez Demorizi, 1971; Moya Pons, 2013).

La Trinitaria no fue una agrupación espontánea ni meramente ideológica. Operó como una escuela clandestina de liderazgo político-militar, donde se formaron cuadros capaces de reclutar hombres, asegurar recursos, coordinar movimientos y mantener el secreto operativo en un contexto de ocupación extranjera. Esta estructura permitió articular la conspiración independentista con las milicias rurales, las redes urbanas y los jefes regionales, sentando las bases de una futura organización armada nacional. En términos históricos, La Trinitaria representó el primer intento consciente de dotar a la nación dominicana de una dirección político-militar propia, anticipando funciones que luego asumirían las Fuerzas Armadas del Estado independiente (Moya Pons, 2013).

Según Vetilio Alfau Durán, La Trinitaria constituyó “el primer intento serio de articular un proyecto nacional y militar al mismo tiempo” (Alfau Durán, 1950). Esta afirmación resulta clave para comprender el origen de las Fuerzas Armadas Dominicanas, ya que sitúa a Duarte no solo como pensador político, sino como estratega de la emancipación armada. A diferencia de otros procesos independentistas basados en acuerdos diplomáticos o rupturas administrativas, Duarte entendió que la independencia dominicana solo sería viable si se sustentaba en una capacidad militar propia, capaz de enfrentar y sostener una guerra defensiva prolongada.

Duarte asumió que las ideas, por sí solas, no bastaban frente a un poder ocupante con ejército regular. Por ello impulsó la organización material de la insurrección, promoviendo el entrenamiento básico, la preparación psicológica para el combate, la identificación de mandos naturales y la vinculación entre liderazgo político y acción armada. Este enfoque explica por qué los principales líderes militares de 1844 surgieron del entorno trinitario o de las redes que este movimiento articuló (Rodríguez Demorizi, 1971).

Desde el punto de vista histórico-militar, Duarte sentó un principio fundacional que marcaría a las Fuerzas Armadas Dominicanas: el ejército como instrumento de soberanía nacional y no como herencia colonial ni fuerza mercenaria. La concepción duartiana del poder armado estuvo vinculada a la defensa del territorio, a la movilización popular y a la subordinación del mando militar al proyecto nacional. En este sentido, La Trinitaria puede ser considerada el laboratorio político-militar donde se gestó la identidad inicial del Ejército Dominicano, mucho antes de su formalización jurídica tras 1844 (Moya Pons, 2013; Alfau Durán, 1950).

1843–1844: la oportunidad histórica y la preparación militar

La caída de Jean-Pierre Boyer en 1843 abrió una brecha decisiva en el sistema de dominación haitiano. El debilitamiento del poder central permitió a los trinitarios y a los jefes regionales activar una rebelión militar cuidadosamente calculada, apoyada en los intersticios territoriales y sociales donde la autoridad haitiana era más frágil (Moya Pons, 2013; Rodríguez Demorizi, 1971).

Antes de las grandes batallas campales que consolidaron la independencia dominicana en marzo de 1844, el conflicto se inició mediante una serie de escaramuzas locales y choques armados de baja intensidad, que marcaron el primer contacto bélico organizado entre fuerzas dominicanas y destacamentos haitianos. Estas acciones tempranas, desarrolladas inicialmente en el Sur y luego extendidas al Cibao, cumplieron una función decisiva en la maduración militar, psicológica y organizativa de la insurgencia dominicana (Rodríguez Demorizi, 1971; Moya Pons, 2013).

En el Sur, donde la autoridad haitiana dependía de guarniciones dispersas y de rutas interiores vulnerables, se produjeron algunos de los primeros enfrentamientos armados con identidad dominicana definida. Entre ellos destaca la acción conocida como Fuente del Rodeo, considerada por la historiografía como una de las primeras experiencias bélicas dominicanas propiamente dichas. En este choque, grupos de milicianos criollos —integrados por campesinos, ganaderos y combatientes con experiencia previa en el ejército haitiano— emplearon tácticas de emboscada, sorpresa y rápida dispersión, aprovechando el conocimiento del terreno para desorganizar a las tropas enemigas (Rodríguez Demorizi, 1971).

Poco después se produjeron acciones similares en La Hicotea, donde las fuerzas dominicanas enfrentaron patrullas haitianas mediante hostigamientos constantes y choques breves, evitando el combate frontal prolongado. Estas escaramuzas buscaban debilitar la presencia haitiana, interrumpir sus movimientos y ganar control de pasos rurales estratégicos, más que obtener victorias territoriales decisivas. Según Vetilio Alfau Durán, este tipo de enfrentamientos permitió a los dominicanos adquirir experiencia práctica en la conducción de una guerra irregular adaptada a un ejército en formación (Alfau Durán, 1950).

Estas acciones sureñas tuvieron un impacto estratégico notable. Como señala Frank Moya Pons, contribuyeron a elevar la moral insurgente y a demostrar que la resistencia armada era viable, sentando las bases para la posterior confrontación abierta de 1844 (Moya Pons, 2013).

Posteriormente, el foco de los enfrentamientos iniciales se desplazó hacia el Cibao, región clave por su densidad poblacional, capacidad de movilización y control de rutas internas. Allí se produjeron escaramuzas en diversos puntos rurales, entre las que sobresalen los choques en Escalante, donde milicias cibaeñas enfrentaron destacamentos haitianos en acciones de contención, reconocimiento y control de caminos. Estas operaciones, aunque limitadas en escala, permitieron asegurar recursos, proteger núcleos urbanos y articular redes de apoyo civil, fundamentales para sostener el esfuerzo militar (Moya Pons, 2013).

Emilio Rodríguez Demorizi subraya que estas escaramuzas iniciales en el Cibao transformaron una conspiración política en una realidad militar en expansión, al involucrar activamente a la población en la defensa armada del territorio y legitimar el liderazgo de los jefes locales (Rodríguez Demorizi, 1971). De este modo, cuando se produjeron las batallas de Azua y Santiago, las fuerzas dominicanas ya contaban con experiencia de combate, mandos reconocidos y una moral fortalecida, producto directo de estos primeros enfrentamientos.

En conjunto, acciones como Fuente del Rodeo, La Hicotea y Escalante, junto a otras escaramuzas tempranas, constituyeron el verdadero bautismo de fuego del Ejército Dominicano. Aunque de alcance limitado, estas operaciones forjaron la cultura militar inicial de la República: una fuerza nacida de la comunidad, adaptada al terreno y orientada a la defensa territorial, que haría posible la victoria en los enfrentamientos decisivos de 1844 (Moya Pons, 2013; Alfau Durán, 1950).

La proclamación política y el nacimiento militar del Estado (1844)

Tras el 27 de febrero de 1844, la Junta Central Gubernativa emitió el Manifiesto del 10 de marzo, documento que justificó la separación de Haití y legitimó la organización de la defensa nacional. La República nació en guerra.

Las batallas de Azua y Santiago confirmaron una realidad fundamental: la independencia dominicana fue sostenida por las armas.

La Constitución del 6 de noviembre de 1844 dio marco jurídico al poder militar, subordinándolo al poder civil, mientras que el Decreto No. 23 formalizó la organización de los cuerpos armados, convirtiendo la fuerza insurgente en institución del Estado.

Conclusión

Entre 1820 y 1844, las Fuerzas Armadas Dominicanas surgieron de la ocupación, se moldearon en la resistencia y se consolidaron con la independencia. No fueron herencia colonial ni copia extranjera, sino creación criolla nacida del conflicto.

Como sintetiza Moya Pons (2013), la independencia dominicana fue, ante todo, una obra militar. En 1844 no solo nació una República: nació un ejército y con él una identidad militar que aún define a la nación.

Justo Del Orbe

General retirado

Justo Del Orbe Piña, Gral. ®, Ejercito de República Dominicana, Historiador Militar. Geo-politólogo.

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