Al principio creó Dios los cielos y la tierra. No hay comienzo más radical ni más influyente en la historia cultural de la humanidad. Con una sola frase, el Génesis funda el mundo, el tiempo, la autoridad y el sentido. No describe, no argumenta, no persuade. Afirma. El universo no nace del caos, sino de una decisión expresada en palabras. La creación es, antes que nada, un acto lingüístico.

Este inicio instala una idea que marcará siglos de pensamiento religioso, filosófico y literario: el verbo precede al hombre. La palabra no llega después de las cosas, las convoca. El lenguaje no nombra una realidad ya dada, la hace posible. Desde esa primera línea, el mundo existe porque ha sido dicho.

El Génesis no comienza con una imagen, sino con una voz implícita. No hay aún luz, ni forma, ni criaturas. Hay un acto de habla. Decir es crear. Nombrar es otorgar existencia. En ese gesto inaugural se cifra una concepción poderosa y peligrosa del lenguaje: la palabra como origen, como ley, como fundamento de toda autoridad.

Desde esta perspectiva, el hombre no es dueño del verbo, sino su heredero. Habla porque fue hablado primero. Vive dentro de una lengua que lo precede y lo excede. El lenguaje aparece como una instancia superior, no sometida a la voluntad humana, sino anterior a ella. No se trata de un instrumento, sino de un principio.

Esta primacía del verbo implica también una jerarquía. Si el mundo ha sido creado por la palabra, quien controla el lenguaje controla el orden de lo real. El Génesis lo entiende con claridad. Cada día de la creación está marcado por la misma fórmula ritual: la palabra es pronunciada y la realidad obedece. No hay conflicto. No hay resistencia. El verbo manda y el mundo responde.

Desde el punto de vista literario, este comienzo es tan sobrio como contundente. No busca seducir al lector, busca situarlo. No invita, impone. Todo lo que vendrá después, genealogías, castigos, pactos, exilios, se sostiene sobre esa primera afirmación incuestionable. El texto no abre una posibilidad narrativa, inaugura una verdad.

Ese es uno de sus mayores logros y también una de sus tensiones más profundas. Al aceptar esa primera línea, el lector acepta una visión del mundo donde el sentido es previo, donde el origen es único y donde el lenguaje no se discute. El Génesis crea así un lector obediente, inscrito en una lógica donde la palabra funda y el silencio amenaza.

Sin embargo, leído desde nuestro tiempo, este inicio también revela su fragilidad. La modernidad ha aprendido a desconfiar de los verbos absolutos. Ha puesto en duda la idea de una palabra originaria, incontestable, definitiva. Aun así, seguimos regresando a este comienzo. No por fe religiosa necesariamente, sino porque en él se cifra una intuición que la literatura no ha abandonado: no hay mundo sin lenguaje.

Toda la tradición literaria occidental, consciente o no, dialoga con esta frase. Algunos autores la continúan. Otros la discuten. Muchos la contradicen. Pero ninguno la ignora. Cada inicio posterior es una variación, una réplica o una rebelión frente a esta concepción inaugural del verbo.

Aquí nace, también, una de las grandes preguntas que atraviesan la escritura: ¿es el lenguaje una fuerza superior al hombre, o es el hombre quien intenta, vanamente, someterlo? El Génesis responde sin titubeos: el verbo es anterior, fundador, soberano. El ser humano escribe siempre desde dentro de una palabra que no le pertenece del todo.

Esa tensión no desaparecerá. Al contrario, se volverá cada vez más visible. La historia de la literatura puede leerse como la historia de ese conflicto: la lucha del hombre por habitar el lenguaje sin someterse por completo a él, y la resistencia del verbo a ser reducido a herramienta.

Comenzar esta serie con el Génesis no es un gesto de devoción, sino de conciencia crítica. Antes de todos los grandes comienzos literarios que exploraremos, hubo uno que enseñó al mundo que empezar es un acto de poder. Que la primera palabra no es inocente. Que toda historia, al nacer, decide ya su relación con la autoridad, el tiempo y el sentido.

Después de esta frase inaugural, la literatura no ha hecho otra cosa que buscar otras maneras de decir, de torcer o de desafiar ese verbo primero. A veces lo ha hecho con fe. Otras con ironía. Muchas con angustia. Siempre con la certeza de que escribir es entrar en diálogo con una palabra que nos precede.

Al principio fue el verbo: desde entonces, seguimos escribiendo para entender si alguna vez podremos alcanzarlo, o si es él quien, libre y soberano, se revela distinto en cada nuevo comienzo.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

Ver más