Aunque el dato biológico de nuestra humanidad, fruto de la evolución de la vida en este planeta, es precondición para constituirnos como personas fruto de nuestra integración de una cultura determinada, no es cuestión para dejar de lado y sobre ello volveremos en otras entregas.
Todos los seres humanos nos articulamos como tal en un primer momento por el entorno en que somos acogidos, sobre todo por la madre (o quien cumpla ese rol) que nos recibe y nos cuida, nos habla y nos mima. Ese primer momento se proyectó luego en la familia ampliada, el barrio, la escuela, etc. Es en ese camino que se configura nuestro pensamiento y afectividad, nuestras creencias y valoraciones, nuestras costumbres, en síntesis, nuestra cultura. Por supuesto, los factores políticos, económicos y sociales donde las personas comienzan a formarse son en extremo relevantes. No es lo mismo ser un niño en Gaza o Haití actualmente que en Barcelona o Toronto. Nacer niña hoy, Afganistán es un destino horrible.
Es por tanto un factor muy relevante en ese proceso lo que la Carta de la Paz señala en el punto 9: “los jóvenes tienen derecho a ser motivados y entusiasmados en la alegría de existir, por el ejemplo de sus padres, familia y la sociedad”. Lograr que esos tres niveles sean favorables no es tan común como a veces pensamos.
La constitución de la persona, la articulación de su ser ahí proviene, por tanto, del exterior hacia el interior. La epigenética nos muestra que es indudable que tenemos condicionamientos genéticos, pero tanto o más relevantes que ellos son los factores culturales, materiales y sociales en que somos formados, incluso hasta el punto de modificar la herencia biológica en algunos casos. Mientras la casi totalidad de los bebés que nacen vienen con el condicionamiento de succionar al acercar sus labios al pecho de sus madres, ninguno nace con el impulso de hablarle a ella. La palabra viene de la madre al hijo, no al revés. Es la madre quien siembra la lengua en la conciencia del bebé.
En términos filosóficos, la argumentación cartesiana yerra en su fundamento de la conciencia humana, y con ella toda la modernidad, ya que somos, nos constituimos, no desde el cogito, sino desde el otro. Levinas y no Descartes, explica la naturaleza propia de los seres humanos en cuanto a resultado de la articulación de quienes somos por la acción de quienes nos reciben, nos cuidan y nos hablan. Lo que soy fue sembrado en mi interior por quienes se ocuparon de mí en los primeros años. Y ese será en gran medida el proceso del resto de nuestra vida.
Nuestra conciencia, nuestra interioridad, ego o yo, como quiera llamarse, se funda en el hablar de nuestra madre, en sus palabras. Nuestras neuronas se articulan en su individualización por quienes nos hablan en esos primeros meses y años. De la riqueza del vocabulario, de las expresiones usadas al hablarle, incluso de la logicidad y emotividad de lo que se le dice al niño, se articulará la base de lo que será su pensar, su expresividad y comunicabilidad. Por supuesto, siempre podrá modificarse por las experiencias juveniles y adultas. Lo que llamamos lengua materna será la primera matriz de nuestro pensar y sentir. Toda lengua es arbitraria como fenómeno social, pero sustancial en términos personales.
Hoy día se estudia el efecto que tiene en niños formarse en dos o más lenguas a la vez. Lo que hasta ahora se ha determinado es que la plasticidad de nuestro cerebro es mayor y más ágil en ambientes pluriculturales. Igual ocurre con la exposición temprana a la música, la pintura, la danza, las matemáticas o juegos como el ajedrez. Salvo patologías, la mente infantil responde bien a la estimulación de múltiples estructuras de comunicación y razonamiento, y sus resultados son ventajosos en relación a los que se forman con menos referentes.
De la madre se pasa a la familia, al barrio, a la escuela, a los clubes deportivos, a los grupos de iglesias, a los campamentos de verano, a todas las expresiones de sociabilidad que nos van modelando dentro de uno o varios patrones culturales. Somos lo que esos procesos nos esculpen, no de manera pasiva, sino activa, ya que cada uno ordena, recrea, prioriza lo que recibe y se constituye como una persona, que es una arista única de la poliédrica influencia que va recibiendo en el trato directo o indirecto con los otros. A la vez cada uno se convierte en un factor de influencia sobre los otros desde su mismo nacimiento, con el solo hecho de existir y mucho más con el despliegue de nuestra palabra y nuestra acción.
Nunca estamos solos, ya que siempre habitan en nuestro interior, nos constituyen, toda la riqueza que hemos recibido de los otros, al menos la que recordamos, porque nuestra mente es selectiva en los recuerdos. Lo que recibimos y lo que somos son narraciones, somos seres humanos por ser seres de lengua y por tanto de cultura, contadores de historias. Portamos, mientras memoria tengamos, una gran parte de lo que nos han dicho, vivido, interactuado con los demás. Siempre sometido a procesos de relevancia u olvido. Ya lo dijo Ortega Gasset: Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.
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