En el largo poema Piedra de sol, Octavio Paz deja entrever su concepción del tiempo poético, en su composición rítmica y formal, entre la historia y el tiempo circular. Hay un “tiempo sin tiempo”, un “presente perpetuo”, donde las figuras geométricas del círculo y la espiral norman el ritmo temporal de los versos. En este autor hay —tanto en sus ensayos como en su poesía— una crítica a la noción occidental del tiempo lineal y progresivo, desde una concepción del tiempo cíclico, circular. En ese sentido, la profesora suiza Maya Scharer-Nussberger, en su libro Octavio Paz: trayectorias y visiones, señala:
“Y lo que se impone con él no es una suspensión del tiempo sino la fatalidad de un tiempo condenado a repetirse infinitamente, la pesadilla del “círculo vicioso”. Así, como lo irá recordando Paz en Los hijos del limo, el tiempo circular “agrava aún más los males inherentes al tiempo rectilíneo” (Scharer-Nussberger, 1989:142).
Las coordenadas espaciotemporales del poema y del arte en el poeta mexicano señalan un camino que se entrecruza con el tiempo circular y el tiempo rectilíneo: Oriente y Occidente, cristianismo y tantrismo. Entre quietud y movimiento de la imagen poética hay un espacio de inmediación —o intersección— que encarna en la plenitud del instante y el vacío de la trascendencia. Como nos dice de nuevo Scharer-Nussberger:
“Una vez más, topamos con una crítica del tiempo circular. Así, no se trata de dejarse fascinar por los espejismos del Eterno Retorno, sino de alcanzar otra dimensión temporal de buscar –lo mismo que en Piedra de sol– una “fecha viva”, definida aquí como un “punto de intersección” entre el movimiento y su negación, como el “instante-lugar” de una ruptura que revela ser simultáneamente también un recogimiento, y que Paz llama ahora: una “Quietud en el centro del movimiento” (Scherer-Nussberger, 1989:146).
En Paz, el poema adquiere una forma cíclica, como en Piedra de sol, y sus 584 versos que equivalen al ciclo del planeta Venus, cuya revolución cósmica y sinódica permite la circularidad en su estructura versicular —y cuyo principio es también el fin, es decir: el poema termina como empieza, y deja un final abierto. Es pues un largo poema erótico, en el que la mujer es su centro o leitmotiv, y su forma, la representación del calendario azteca, por lo que el poema deviene en homenaje y profanación mítica de la tradición prehispánica, y donde los dioses pugnan por su hegemonía, en un duelo por conquistar el espacio cósmico. De ahí que el texto se para en cosmogonía primitiva del tiempo mítico. El poema postula un sistema de correspondencias, una analogía entre la historia y el mito, el cuerpo femenino y la naturaleza. Aquí, Paz apela a la mitología, la historia y la religión, a sus símbolos, mitos y costumbres para articular un discurso poético que tiene a la mujer como eje central y motivo. De ahí que Rachel Phillips afirme: “El principio femenino como creador y renovador de la vida aparece y reaparece en toda su poesía, y parece ofrecerle la llave para penetrar en los secretos de la fuente de la energía que mueve el cosmos y la propia mente humana” (Phillips, 1976:58).
La concepción de la temporalidad en Paz oscila entre un tiempo profano (del mito) y un tiempo sagrado (de la religión), pero ambos representan espacios de escape de la conciencia “exactamente de la misma manera que todas las mitologías hacen volver al hombre a un tiempo y espacio ideales que reencarnan el “Gran Tiempo, el tiempo sagrado de los comienzos” (Phillips, 1976:86).
La poética de Paz es un constante desafío al tiempo, desde una perspectiva incluso onírica, como se observa en estos versos interrogativos:
“Y somos esa imagen que soñamos,
Sueños al tiempo hurtados,
¿Sueños del tiempo por burlar al tiempo?” (Paz 14, 1990:123).
En ese sentido, Rachel Phillips apunta: “La esencia de la desesperación del poeta es el tiempo, que amenaza a toda existencia, que hace regresar la vida a la no-vida en un proceso inexorable y silencioso” (Phillips, 1976:119). Así pues, el tiempo como imagen vital encarna la idea del doble, tan presente en Paz, Unamuno, Pessoa y Machado, y en la tradición poética surrealista. Esa presencia de la temporalidad del ser poético se expresa en angustia y desesperación, en “cárcel del ser”, que destruye y crea, y que recrea la imagen de la muerte. De suerte que no es la muerte la que destruye sino el tiempo, y esa conciencia del tiempo solo es una condición únicamente humana, pues los animales no tienen conciencia del tiempo, y por eso no se angustian. Así, Phillips reitera sobre la poesía de Paz, el siguiente juicio:
“En estos poemas el doble da testimonio al poeta de la angustia y la desesperación de la existencia. La duda epistemológica y un sentido del tiempo conducen al poeta al laberinto del que no encuentra escape y en el que su único compañero es un alter ego condenado al mismo, sino que él” (Phillips, 1976:119-120).
La conciencia de la temporalidad está permeada siempre por el mito, la filosofía o la religión. A través del mito, el hombre ordena su percepción del tiempo, se sabe un ser temporal en el mundo, y por tanto finito; en cuanto que la filosofía le permite asumir una idea de la temporalidad, la religión le provee una creencia mística de que es un ser mortal. En efecto, el poeta apela a la dimensión temporal del arte para poner en crisis el instante de la creación estética. Así pues, Octavio Paz dice poéticamente:
“En la cima del instante
Me dije: Ya soy eterno
En la plenitud del tiempo.
Y el instante se caía
En otro, abismo sin tiempo” (Paz, citado por Phillips, 1976:132).
Esta obsesión paciana por el tiempo también se observa cuando dice:
“pero es verdad que el tiempo no se mide
Hay instantes que estallan y son astros…” (Paz, citado por Phillips, 1976:133).
El sentimiento y la percepción filosófica del tiempo en él están presentes, desde una visión existencialista y surrealista, y de ahí que sentencie en estos versos:
“Pasó el tiempo de esperar la llegada del tiempo, el
Tiempo de ayer, hoy y mañana,
Ayer es hoy, mañana es hoy, hoy todo es hoy, salió
De pronto de sí mismo y me mira…” (Paz, citado Phillips, 1976:134).
2.5. Tiempo, mediodía y presencia
Como se ve, Paz reduce el tiempo a hoy, al instante presente, a la presencia, pero sin abstraerse del espacio, donde mora el tiempo. Es decir, que el tiempo es el centro de su pensamiento y de sus creaciones, de sus reflexiones estéticas, su imaginación e intuiciones. El tiempo, en efecto, norma sus percepciones e iluminaciones estéticas, y actúa en un aquí-ahora, que es el instante de donde parte la trascendencia de su ser poético e intelectual —ese hic et nunc, como decían los latinos, y que define el tiempo y el espacio: la coordenada espaciotemporal de la realidad y del mundo. En su pensamiento estético y filosófico todo es cambio y movimiento, y su concepción de la vida está normada por las leyes del tiempo y el espacio, que encarna la imagen del río en su mundo poético. La obsesión de Paz por el tiempo tiene un cariz surrealista, deudor también de la filosofía de Heidegger. Así pues, el tiempo gobierna su poesía, se convierte en un imperio de signos y símbolos, que nimba su imaginario y sus impulsos creativos. En el Nobel mexicano, el mediodía representa un momento mágico de creación, y de ahí que gran parte de su obra poética esté matizada por el sol, la luz y el mediodía, como Piedra de sol.
“El mediodía es para Paz el momento mágico en que el tiempo parece suspendido o en que esta suspensión aparece de la manera más tentadora. El mediodía se convierte en el correlato objetivo de la expectación del poeta, la proyección en el ciclo natural de su percepción espiritual acrecentada” (Phillips, 1976:143).
La visión poética del mediodía en este poeta actúa como correlato de la noche, donde habitan las ensoñaciones y el insomnio, el mundo onírico, que es materia de creación e instrumento vital para los surrealistas. Esa figura del mediodía representa un presente perpetuo, un instante intemporal de creación atravesado por la luz del día. De ahí que Paz sea un poeta de cielo abierto, y en ocasiones, de duermevela, que escribe en estado de vigilia y capta las pulsaciones instantáneas de la realidad, en sus cavilaciones y visiones imaginarias. Hay un poema suyo que retrata lo antes dicho, como este:
“Es el secreto mediodía.
El alma canta, cara al cielo,
Y sueña en otro canto,
Sólo vibrante luz,
Plenitud silenciosa de lo vivo” (Paz, citado por Phillips 147).
El mediodía es un estado temporal de plenitud y de creación, en el que el poeta capta y percibe la atmósfera del tránsito del día sobre el hombre. La imagen del mediodía simboliza una percepción visual vital para la creación poética, como la mitad del día que alimenta toda tentativa de escritura lírica. La luz del mediodía atraviesa su sensibilidad y nos ofrece motivos que revelan sus creencias metafísicas sobre la vida. En síntesis, el mediodía es un motivo que representa la imagen de la transparencia y que participa, además, como uno de los temas de su poesía diurna, tal como aparece en sus poemarios Salamandra y Ladera este. En efecto, la luz traslúcida conlleva una experiencia poética que también puede estar asociada al silencio y a la transparencia del tiempo.
En consecuencia, la presencia del tiempo es crucial en la poética paciana, y de ahí que Rachel Phillips afirme:
“El tiempo entonces se convierte en el objeto de su interrogación, y mientras contempla la belleza de la realidad exterior que parece exceder la dimensión de la temporalidad, le parece que el tiempo y la belleza son una misma cosa, de modo que el hombre podría medir su vida por la belleza en lugar de medirla por el tiempo. Lo que su visión le dice es que sólo la sombra del tiempo pasa, que el tiempo mismo está suspendido en las presencias” (Phillips, 1976:166-67).
Y sigue diciendo: “Dentro del fluir del tiempo hay otro tiempo esencial que el hombre sólo puede intuir pero que, por ser eterno, da realidad a la vida del espíritu” (Phillips, 1976:167). En tal virtud, Phillips cita un texto del libro Salamandra donde Paz dice:
“Dentro del tiempo hay otro tiempo
Quieto
Sin horas ni peso ni sombra
Sin pasado o futuro” (Paz, citado por Phillips, 1976: 167).
La presencia del tiempo en Octavio Paz aparece en su poesía temprana. Desde Bajo tu clara sombra, de 1935, hay versos como:
“Tu salto es un segundo congelado
que ni apresura el tiempo ni lo mata:
Preso en su movimiento ensimismado” (Paz 14, 1990: 77).
La poética del instante que cultivó, y que desarrolló durante toda su trayectoria, siempre hay un telón de fondo que gira en torno a la imagen del día y más aún, del mediodía.
En su libro Raíz del hombre (1936), dice:
“Y se agolpan los tiempos
Y vuelven al origen de los días,
…
Porque la vida gira en ese instante,
Y el tiempo es una muerte de los tiempos
Y se olvidan los nombres y las formas” (Paz 14, 1990:88).
Así, en su poema Día, canta, y se pregunta:
“De qué cielo caído,
oh insólito,
¿Inmóvil solitario en la ola del tiempo?
Eres la duración,
el tiempo que madura
en un instante enorme, diáfano:
flecha en el aire,
blanco embelesado
y espacio sin memoria ya de flecha.
Día hecho de tiempo y de vacío… (Paz 14, 1990:93).
La imagen del tiempo como vacío y duración es tematizada por Paz en la articulación de su estrategia poética. El tiempo es, así, personificación del movimiento, en diálogo imaginario y ficticio con otro yo lírico:
“El tiempo en ti se colma y desemboca
¡Y todo cobra ser, hasta la ausencia!” (Paz 14, 1990:101).
En su poema Apuntes del insomnio, hay un breve poema que enfatiza su concepto del instante. Veamos:
“En la cima del instante
me dije: “Ya soy eterno
en la plenitud del tiempo.”
Y el instante se caía
en otro, abismo sin tiempo” (Paz 14, 1990:111).
En su libro Calamidades y milagros, de 1937, en su poema Pregunta, Paz, vuelve a dialogar con el tiempo imaginario, pero desde la perspectiva del sueño:
“Y somos esa imagen que soñamos,
sueños al tiempo hurtados,
sueños del tiempo por burlar al tiempo?” (Paz 14, 1990:123).
Y vuelve a sentenciar su duelo con el tiempo:
“… y arrojo lo que el tiempo
deposita en mi alma” (Paz 14, 1990:123).
Esas sentencias metafóricas sobre -y contra- el tiempo adoptan corporización en Paz. Así, en algunos versos dice: “y tiempo que se come las entrañas”, y que aparece en el poema dedicado a Juan José Arreola, titulado Mar por la tarde (Paz 14, 1990:126); o en el poema La caída, dedicado a Jorge Cuesta, cuando dice: “abre el tiempo la entraña de lo vivo”, y también al decir en el mismo texto: “Mana el tiempo su ejército impasible” (Paz 14, 1990:127). En su poema Cuarto de hotel, acaso uno de los más elocuentes de su obra poética temprana, Paz se convierte en un pensador obsesionado por el referente del tiempo. Así lo oímos decir:
“Arde el tiempo fantasma:
Arde el ayer, el hoy se quema y el mañana.
Todo lo que soñé dura un minuto
Y es un minuto todo lo vivido.
Pero no importan siglos o minutos:
también el tiempo de la estrella es tiempo,
gota de sangre o fuego: parpadeo…
…
No hay antes ni después. ¿Lo que viví
lo estoy viviendo todavía?
¡lo que viví! ¿Fui acaso? Todo fluye:
Lo que viví lo estoy muriendo todavía.
No tiene fin el tiempo: finge labios,
minutos, muerte, cielos, finge infiernos,
puertas que dan a nada y nadie cruza
No hay fin, ni paraíso, ni domingo” (Paz 14, 1990:143-144).
Como se observa, en este poema, Paz presenta la imagen vertiginosa de la vida y lo viviente, que reivindica la idea presocrática del movimiento, con que niega la realidad y el presente. Esa visión de la movilidad se expresa como eje de mediación entre el instante que lo representa el minuto, y la eternidad, que la encarna la fugacidad y la destrucción, por medio del elemento fuego, que cuando arde liquida el presente.
En su libro Semillas para un himno, de 1943, en el poema Elogio, Paz hace la comparación en que postula su vocación neorromántica:
“Como el día y el fruto y la ola, como el tiempo que madura
un año para dar un instante de belleza y colmarse
así mismo con esa dicha instantánea” (Paz 14, 1990: 205).
En el poema que le da título al libro Semillas para un himno, el tiempo vuelve a ocupar un espacio central de su órbita imaginaria, como representación de la imagen del río heracliteano:
“Instantáneas (pero es verdad que el tiempo no se mide
Hay instantes que estallan y son astros
Otros son un rio detenido y unos árboles fijos
Otros son ese mismo río arrasando los mismos árboles” (Paz 14, 1990:210).
2.6 El Oriente: temporalidad e instante del haiku
En el libro Piedras sueltas, de 1955, y en el poema En Uxmal —ciudad maya cerca de Mérida, en la península de Yucatán—, hay una sección de haiku, tankas y poemas breves con resonancias japonesas. El primero se titula La piedra de los días, y dice:
“El sol es tiempo:
el tiempo, sol de piedra;
la piedra, sangre” (Paz 14, 1990:217).
Y en el titulado Mediodía, afirma:
“La luz no parpadea,
el tiempo se vacía de minutos,
se ha detenido un pájaro en el aire” (Paz 14, 1990:217).
Este haiku tiene un gran componente de la sabiduría oriental, en el cual Paz percibe y capta el espíritu de la tradición de esta forma tradicional japonesa de escritura caligráfica, en la que cada texto evoca y remite a una estación del año, en un estado de contemplación e iluminación de la experiencia poética y metafísica. La preocupación y el interés intelectual de Paz por Oriente y Medio Oriente serán centrales, a partir de su contacto con la India y Japón, sobre cuyas tradiciones culturales, espirituales, religiosas, filosóficas y artísticas escribió no pocas páginas, libros y ensayos memorables y emblemáticos. Basta pensar en Vislumbres de la India, Chuang Tzu, y múltiples artículos y conferencias que dictó sobre la tradición poética japonesa, así como traducciones de poetas como Matshuo Basho, su diario Sendas de Oku, y una serie de poemas desconocidos en Occidente, que fueron leídos gracias a su talento de traductor de poesía y a su fervor y pasión por esta cultura milenaria, de la que fue un devoto difusor y lector.
El verso que resume de modo tajante su concepción poética del tiempo es el de su libro, de estirpe oriental, Ladera este, que dice: “El presente es perpetuo” —contenido en su poema “Viento entero”. Y con el que deja clara su visión de la eternidad del presente ante la movilidad del pasado y del futuro. Para Paz, sólo el presente es eterno, posee perpetuidad y trascendencia, en virtud de su presencia, y de que la vida es un presente eterno y fijo, que tiene sentido en la instantaneidad del presente. El poema en él deviene en imagen circular del espacio y del tiempo: define su concepción filosófica del tiempo real y psicológico, poético y mítico. El tiempo también lo emplea como técnica o procedimiento poético, como se lee en sus poemarios experimentales y vanguardistas Topoemas y Blanco. En resumen, el universo poético de Paz siempre está normado por la analogía de opuestos y contrarios, que revelan la influencia de la dimensión metafísica oriental y occidental del tiempo, el mito y la historia, como también de las filosofías y religiones orientales, que tanta presencia tienen en su imaginario fantástico, estético y sensible.
Ante la obra poética de Octavio Paz, conviene destacar lo que afirma Maya Scharer-Nussberger, en su libro Octavio Paz: Trayectorias y visiones: “Alternativa, o simultáneamente, estaremos ante poemas que se tejen y destejen en el interior de fluctuaciones temporales, y ante otros en los que las palabras designan, más que nada, los puntos cardinales de un espacio mental” (Scharer-Nussberger, 1989:11).
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